Destrucción ambiental, crisis climática y agricultura industrial: la pandemia perfecta

Cuando se combinan el extractivismo con la crisis climática parecen “abrir la caja de Pandora” a la emergencia de viejas y nuevas enfermedades globales. Como el ya muy conocido dengue que llegó para quedarse, de la mano del calentamiento global. Por otra parte, no tenemos que olvidar la capacidad bélica de destruirse a si misma y de aniquilar o extinguir animales de vida silvestre de la especie humana. Esta belicosidad, agresividad innata o como queramos llamarle, es una condición ancestral de nuestra alienada sociedad. Seguramente por esto usemos términos militares para casi cualquier cosa, por ejemplo “la guerra contra los virus”, “el enemigo invisible”, “combatir una enfermedad” y así muchos más.

En este paradigma “amigo-enemigo”, “bueno-malo” se emplean términos como “remedios” para denominar a potentes y peligrosos agrotóxicos, que “combaten” “malezas”. Esta concepción reduccionista del organismo humano, la naturaleza y de la salud a un campo de batalla está directamente vinculada a las estrategias de “mercado” de la industria global farmacéutica, las industrias química, biotecnológica o agroquímica, que simplemente los ven a todos como “objetos de negocios”.

Extractivismos y academia

Lamentablemente, en muchos casos desde los claustros académicos (y lo que es peor, hasta desde la misma Universidad Publica) este discurso también es apoyado por las mismas autoridades universitarias es pos de obtener algún mísero subsidio, o por temor a cuestionar un statu quo ya establecido a favor de las grandes corporaciones con las que están en connivencia. Lo mismo ocurre con la aparente “negación” a reconocer que alentando y promoviendo modelos extractivistas vinculados a los agronegocios biotecnológicos, la megaminería y el fracking también se está colaborando a la destrucción ambiental, la crisis climática y el aumento de la desigualdad social.

Haciendo foco en el “extractivismo” como un proceso de explotación indiscriminada de los bienes comunes, “recursos naturales” para los economicistas o “expertos” en ciencias ambientales, se lo puede relacionar muy fácilmente con las “pandemias” o enfermedades que se extienden a distintos países y continentes. Por ejemplo, revisando las estadísticas de los últimos años probablemente encontremos que las ultimas “revoluciones” agrícolas (“verde” en los 60` y de los “organismos modificados genéticamente” en los 90´) han tenido un enorme impacto sobre la tasa de desmontes de todo el planeta, provocado perdidas de diversidad biológica, simplificación paisajística, cambio climático, contaminación y según los expertos, todos estos factores colaboran en gran medida con el surgimiento de nuevas epidemias.

Resistencia bacteriana

Otra consecuencia directa de la agricultura industrializada es que al ocupar grandes territorios, tiende a confinar a los animales de granja en los famosos “feedlot”. Justamente estas formas de hacinamiento animal, principalmente pollos, cerdos y vacunos, recargados de hormonas, antibióticos y antiinflamatorios para que puedan soportar condiciones de vida infrahumanas y fuera de cualquier regulación ética animal. Poco se sabe en nuestro país sobre los impactos ambientales, o de salud humana, de esta agroindustria. No obstante, podríamos recordar que en 2017 la Dra. Paola Peltzer y un equipo de investigadores de la Universidad Nacional del Litoral estudiaron por primera vez para Sudamérica los efectos ambientales de las conocidas “camas de pollo” en criaderos de pollos de Crespo (Entre Ríos).

Cabe destacar que en esa región se encuentran concentradas entre el 65 y 70% de las granjas avícolas del país. Estas “camas de pollo” o “poultrylitter” son una mezcla de aserrín, cáscara de arroz y viruta. Y hasta los mismos cadáveres de los pollos muertos forman parte de este compost donde los animales deyectan permanentemente excretando numerosos fármacos como analgésicos, antibióticos y hormonas que se convertirán, una vez liberados indiscriminadamente al ambiente como fertilizantes, en peligros disruptores endocrinos ambiéntales.

En el caso de los antibióticos están fuertemente vinculados a una nueva “gran amenaza global” pandémica del futuro, “la resistencia bacteriana”. La FAO anticipa que “10 millones de personas podrían morir antes de 2050 por el aumento de la resistencia de los antibióticos”. Tampoco hay que dejar de recordar que estas “granjas de carne industrializadas” son el caldo de cultivo para el surgimiento de ya conocidas enfermedades, algunas pandémicas, como la gripe aviar de Asia, y de la gripe porcina (o H1N1), también del SARS (síndrome respiratorio agudo severo).

Salud natural, salud humana

Es indiscutible la conexión entre la salud humana, la salud animal y el medio ambiente. Por esto mismo, tendríamos que prestar mucha atención a recientes noticias (en medio de la pandemia global COVID19 originada en China) sobre “Agronegocios” propiciados casualmente por la industria farmacéutica veterinaria Biogénesis Bagó, que anuncian un megaproyecto productivo para la cría intensiva en Argentina de 100 millones cerdos que necesita este país asiático.

Tenemos que recordar que Asia es una de las regiones del mundo con altísimas tasas de deforestación, con una pérdida del 30% de la superficie forestal en los últimos 40 años. Que junto con el aumento de la intrusión de humanos en hábitats de vida silvestre y el hacinamiento de diferentes especies silvestre en mercados y granjas húmedas, facilitan la transmisión interespecies. Por lo tanto, no fue una sorpresa que en 2003 haya habido una epidemia de SARS que causó 774 muertes entre 8098 casos en más de 30 países. Existiendo como reservorio natural ancestrales de coronavirus grandes poblaciones del murciélago de herradura chino (Rhinolophussinicus), que puede haber transmitido el virus a otros mamíferos de caza, incluidas las civetas de la palma del Himalaya (Pagumalarvata), perros mapache (Nyctereutesprocyonoides) y hurón chino tejones (Melogalemoschata) en mercados de vida silvestre en el sur de China.

Por esto, desde hace años ecoepidemiólogos de China y de otras partes del mundo, advierten que debido a la deforestación, el aumento de la intrusión humana en hábitats de vida silvestre más el hacinamiento de diferentes especies de vida silvestre en mercados y granjas húmedas facilitarían la transmisión interespecies de coronavirus. De hecho, el 2018 científicos polacos y franceses publicaron una estimación de riesgo del 31% de enfermedades emergentes asociadas a la trasmisión de coronavirus de los murciélagos a los humanos de Asia.

Los virus del hielo

Con el diario del lunes, sabemos que es la explicación científica mas aceptada sobre la pandemia de la enfermedad por coronavirus iniciada en China en diciembre 2019 o COVID19. Si a todo lo dicho anteriormente le sumamos la emergencia de nuevos virus y bacterias de los derretimientos del “permafrost” (capa de terreno que se encuentra helada durante dos años o más consecutivos) originando por la emisión de grandes cantidades de gases de efecto invernadero, tenemos un escenario ambiental global preparando la “tormenta perfecta” para la propagación de patógenos.

Ya lo advierte el biólogo Jean-Michel Claverie de la Universidad Aix-Marseille en Francia. La próxima pandemia podría estar escondiéndose en el permafrost: “Los virus patógenos que pueden infectar a humanos o animales podrían conservarse en viejas capas de permafrost, incluidos algunos que han causado epidemias mundiales en el pasado”.

Es indispensable no solo pensar y describir las causas de estos “emergentes globales” sino también dar las propuestas para modificarlos y prevenirlo. Entre estas causas ya por todos conocidas, sin dudas la mayoría entran en disputa con los modelos capitalistas globales, pero seguramente, un cambio en la forma de producción de alimentos hacia la agroecología podría ser un buen comienzo, al igual que intentar dejar de estar “en guerra” con la naturaleza y dejar de seguir alentando el “extractivismo salvaje”.

Rafael Lajmanovich, profesor de ecotoxicología en la facultad de Bioquímica de la UNL. Investigador independiente de Conicet.

Fuente

23/04/2020