¿A cuántos millones de personas alimenta realmente la producción agropecuaria de Uruguay?

Un trabajo publicado recientemente da herramientas para llevar adelante ese cálculo.

También analiza para quiénes producimos alimentos y qué porcentaje de las frutas y verduras recomendadas para una alimentación saludable vuelca el sistema productivo al mercado interno.

Dicen que una mentira repetidas muchas veces se transforma en una verdad. A veces no es tanto que existan ganas deliberadas de mentir, sino que la repetición de conceptos de los que se ignora su procedencia termina imponiendo cifras que se dan por buenas cuando detrás tienen escasa evidencia. Un ejemplo sería el de que es necesario beber dos litros de agua por día, cifra que en ocasiones aumenta a tres o cuatro. Otro ejemplo similar sería el de que Uruguay, con los productos agropecuarios que exporta, alimenta a 28 millones de personas. Si bien podemos escuchar esa repetición irreflexiva sobre cantidades de agua en gimnasios, charlas familiares, redes sociales o conversaciones en el trabajo, la de la producción de alimentos para un mundo que los necesita suele salir de bocas de jerarcas, ministros, tomadores de decisiones y actores del sistema político y productivo. Lejos de lo que podría pensarse, la ciencia no promueve tanto la certeza como la duda. Y fue justamente dudar de ese número mágico lo que llevó al ingeniero agrónomo Alberto Gómez a analizar si efectivamente producimos alimentos para tal cantidad de personas. No contento con eso, fue un poco más allá y se preguntó si esos alimentos que producimos van para las personas que más los necesitan y si nuestra tierra produce lo necesario para que quienes vivimos en Uruguay nos alimentemos de forma saludable.

¿Alimentando a 28 millones?

“Uruguay produce alimentos, en términos de kilocalorías por habitante y por día, para 28 millones de personas, tres veces más que hace diez años, y tiene capacidad para alcanzar a 40 millones, aseguró el ministro de Ganadería, Agricultura y Pesca, Tabaré Aguerre, en la celebración del Día Mundial de la Alimentación”, sostiene un artículo de octubre de 2014 en el portal de Presidencia. “Habitado por cerca de 3,4 millones de habitantes, Uruguay provee de alimentos a casi 30 millones, con potencial de llegar a 50 millones”, dice un artículo más reciente, de noviembre de 2018, en el portal Uruguay XXI. Por ello, con un enfoque desde la agroecología, Gómez, en la nota técnica “Uruguay: país productor de alimentos para un sistema alimentario disfuncional”, se propone revisar “en forma crítica la inserción del país en el sistema alimentario mundial en base a tres indicadores: 1) número de personas alimentadas por la producción nacional de alimentos; 2) contribución a la seguridad alimentaria según país de destino de las exportaciones y 3) producción nacional de frutas y verduras por persona”.

Alberto Gómez, que integra el Núcleo Interdisciplinario Colectivo TÁ de la Universidad de la República y el Departamento de Sistemas Ambientales de Facultad de Agronomía, nos recibe en el piso 22 de la Intendencia de Montevideo, donde también trabaja como agrónomo en la Unidad de Montevideo Rural. Lo primero que hacemos es hablar sobre la disciplina desde la que realiza su análisis. “La agroecología empieza como una disciplina más focalizada en la parcela y en el cultivo. Luego se empezó a trabajar más en el sistema de producción, en el predio y la explotación agropecuaria, y luego fue sumando una mirada más sistémica, abarcando el sistema alimentario”, dice. “Hoy todas esas capas se mantienen, y hay gente que estudia a escalas muy chicas, como por ejemplo la relación de microorganismos con las plantas, otros que trabajan más a nivel de predio rural, en lo que se llama agroecosistema, donde se mezcla lo productivo con el ecosistema, donde tenés lo ambiental, lo social, lo económico y lo cultural”, agrega, y remata diciendo que en los últimos años, “dado que los sistemas de producción se van globalizando, para entender cómo funciona un predio también tenés que verlo en el marco de un sistema mayor, que a esta altura, como es el caso para Uruguay, es mundial”. Justamente ese es el enfoque del artículo publicado, que analiza la producción de nuestro país en relación con el mundo.

Luego de la introducción pasamos rápidamente a la cantidad de bocas que alimenta nuestro país. “Me empecé a dar cuenta de que esa cifra de 28 millones de personas alimentadas era como una cifra mágica y que a la vez era un dato importante que importaba a muchos actores”, dice, y afirma que ese fenómeno de medir la cantidad de personas alimentadas es algo que se repite en Brasil y Argentina. “Es un discurso muy común en esta zona de América, en la que somos productores y exportadores de alimentos”, comenta. “Lo primero que me llevó a esto fue un trabajo realizado por técnicos de la Oficina de Planificación y Política Agropecuaria del Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca, que en vez de medir las exportaciones en plata, que es lo más común, medía la producción en calorías”, recuerda, y señala que en ese tipo de análisis “hay un link con la agroecología, porque en ella se utiliza mucho el concepto de energía y el análisis de la eficiencia energética de los sistemas”.

Pero además de analizar qué tan real era esa cifra tan repetida, Gómez reconoce que como había gente que hablaba de 30 millones de personas alimentadas y proyecciones de aumentar a 50 o 60 millones esa cifra, se propuso ver cómo era el tema. La cifra reiterada de 28 millones de personas alimentadas provenía de un trabajo de un economista agrario presentado en un foro, pero no publicado. “Había leído otros trabajos que me daban la pauta de que ese número había sido calculado sin tomar en cuenta algunas ineficiencias”, sostiene Gómez. Es así que, al analizar lo que producimos, medido en calorías, Gómez cuantificó algo que no había sido tenido en cuenta: “Una parte importante del esfuerzo productivo se destina a la producción de granos para alimentación animal (32% del total de las calorías producidas), y su aprovechamiento para alimentación humana implica una pérdida de eficiencia energética”, dice en su artículo. “64% de estas calorías provienen de la soja, el cultivo más importante del mundo en términos de cantidad de producción, uso de la tierra y comercio internacional. En los últimos 60 años la producción mundial de soja creció 1.000%”, amplía el trabajo.

Gómez explica que luego se puso a ver hacia dónde iba destinada la soja que producimos. “La mayor parte de nuestra soja va a China, donde la mayor parte se emplea para alimentar cerdos y en segundo lugar aves”, señala, al tiempo que comenta que cada animal tiene una eficiencia energética distinta. “La eficiencia de los cerdos es de diez a uno; por cada diez calorías que le doy a un cerdo obtengo una de alimento. Las restantes nueve se pierden el proceso”. Haciendo entonces los cálculos pertinentes, detallados en el trabajo, el investigador concluyó que “la cantidad de calorías producidas en alimentos para animales es de 32 % del total. Si todas las calorías en el alimento para animales fueran destinadas directamente para consumo humano, la cantidad de personas alimentadas sería de 27,8 millones, pero debido a la pérdida de eficiencia por conversión se alimenta a 8,4 millones de personas menos”. El trabajo de Gómez le hace un violento baño de realidad a la cifra mágica de los 28 millones: “La cantidad de personas potencialmente alimentadas por la producción nacional es de 19,4 millones”. Así como suena: produciendo soja para los cerdos chinos hay una pérdida de calorías que no podemos añadir a la cantidad de personas alimentadas.

Gómez explica que China, desde los años 80, “promueve un modelo industrializado de producción de cerdos que depende de la importación de granos como la soja, ya que debe alimentar a 21% de la población mundial con 9% de las tierras agrícolas”. Y ahí países como el nuestro entran al ruedo del mercado global. “Lo que pone de relieve esto es algo que ya se sabe; no es tanto un tema de Uruguay, sino de un sistema alimentario del que somos parte. En algún momento, por razones de mercado y geopolíticas, Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay comenzaron a producir soja para ración animal, impulsados por la demanda de Europa y China”, añade.

“Producir granos acá para que en China engorden cerdos es bastante irracional”. Alberto Gómez

El perjuicio de producir alimentos animales de esta manera ya ha sido notado por investigadores del mundo entero. “Hay un diagnóstico de que el mundo no es muy sustentable con los niveles de producción de carne que tenemos ahora. Por eso el Panel Intergubernamental para el Cambio Climático sale a decir que tenemos que desperdiciar menos alimentos, porque en el mundo se desperdicia 30% de los alimentos, y por otro lado dice que hay que comer menos carne”, dispara Gómez, quien aclara que esto no responde tanto a“una carne producida como la nuestra, que es carne de pradera y que es un sistema que está bastante en equilibrio”, sino a que “producir granos acá para que en China engorden ganado es bastante irracional”. Sobre esta irracionalidad amplía, contando que cuando fue a presentar este trabajo a Ecuador conversó con un español que se especializa en temas de eficiencia energética. “Me dijo que a España, que no es un país ganadero sino más bien agrícola de secano, lo han convertido en un país ganadero, mientras que Uruguay, que no sería un país agrícola sino más bien ganadero, está exportando granos. Para el experto español está todo al revés”.

Gómez comparte ese diagnóstico y va más allá: “Ese estar al revés tiene costos energéticos y ambientales”. Si bien concuerda con el perfil exportador, dado que “tenemos mucha tierra y somos pocas personas”, se cuestiona: “Si para nosotros producir soja fuera fantástico no habría problema, pero con todos los problemas ambientales y sociales que genera, no sólo para nosotros sino en las dos puntas de la cadena, este modelo no es el más racional”.

¿28 millones de bocas hambrientas?

Bien, no producimos alimentos para 28 millones de personas sino para 19,4 millones, pero el discurso repetido no hablaba sólo de cantidades, sino también de la contribución de nuestro país a la seguridad alimentaria mundial. Julio Berdegué, subdirector de Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), dijo en julio de 2017 en el programa De siembra de Radio Uruguay que se necesitan “más países como Uruguay haciendo un mayor esfuerzo para alimentarnos”. ¿Realmente estamos produciendo alimentos para un mundo que los necesita? El trabajo de Gómez también analizó ese aspecto, y la respuesta no es tan altruista como se nos dice: “Los alimentos que exporta Uruguay se destinan en 94% a países de baja (89%) o moderada (5%) inseguridad alimentaria”, lo que relativiza su aporte a situaciones graves de inseguridad alimentaria.

En las conclusiones de su artículo Gómez dice con descarnada contundencia que “los alimentos no van a donde más se necesitan, sino a donde consiguen mayor ganancia”. Cuando le pregunto por esa frase, una mueca sonriente le llena el rostro. “Eso que digo parece obvio, pero va contra el mito que se sostiene desde hace años. Eso no pasa sólo en Uruguay, pasa en muchos países, por ejemplo en Estados Unidos. En el caso de ellos es peor: los alimentos que producen van aun a menos países necesitados”, contesta. “Nuestras exportaciones van a China y Europa. Donde hoy está más concentrada el hambre en el mundo es en África y en el sudeste asiático. China ya salió del hambre, y no fue por nosotros sino por méritos chinos”, añade.

Mal de muchos, consuelo de tontos, reza el refrán. Tal vez cierto grado de sinceramiento sería más saludable. Gómez comparte: “Se dice que podemos producir mucho más alimento que el que producimos, y si los impactos que eso produciría se justificaran en que estamos solucionando problemas alimentarios del mundo tal vez sería atendible aumentar la producción, pero lo que producimos no va para esos países que lo necesitan porque el sistema no está armado así; en el sistema en que estamos los alimentos van a donde tienen más rentabilidad. Si bien eso es obvio, el discurso para justificar el aumento de la producción es otro”, reflexiona. “Si es que el país precisa divisas, discutámoslo en esos términos y capaz que lo que tenemos que hacer es aumentar la producción de alimentos, pero no lo disfracemos de una cuestión moral ante los problemas del mundo”.

“No tiene mucho sentido producir mucho en otras regiones del planeta que terminan exportando hacia los países ricos con mucho impacto ambiental, cuando el hambre está en otras regiones que no van a poder recurrir al uso de transgénicos, ni comprar fertilizantes, ni tractores de 300 caballos de fuerza. Tan así es la situación que la FAO, que fue la impulsora de la revolución verde, ya tiene un programa de agroecología para contribuir a acabar con el hambre en el mundo”, agrega el agrónomo. “No estamos resolviendo el tema de hambre del mundo, porque en los últimos tres o cuatro años ha aumentado el hambre mundial tanto en porcentajes como en el número bruto de personas con hambre”, dice.

¿Un país con una alimentación saludable?

Gómez también trató de ver qué relación hay entre la producción de frutas y verduras de nuestro país con el cumplimiento de lo que según la FAO es lo recomendado para una alimentación saludable, es decir, la ingesta de al menos 400 gramos de frutas y verduras, excluyendo de esa dieta a la papa y el boniato. Nuevamente, sus resultados llaman la atención: el volumen de frutas y verduras que nuestro país produce y vuelca al mercado interno no alcanza para cubrir 50% de la ingesta recomendada para los habitantes del país. En el artículo se afirma que “la cantidad de fruta y verdura fresca destinada al mercado interno producida en el país es de 73 kg por persona por año”, cuando el consumo mínimo recomendado sería de 146 kg por persona por año. “Si somos un país exportador uno supondría que nuestras necesidades de frutas y verduras están cubiertas, pero lamentablemente no es así”.

“Una de las cosas que dice la FAO es que está aumentando el número de personas con hambre, pero al mismo tiempo hoy en el mundo hay más obesos y gente con sobrepeso que personas con hambre. Ahí entra el problema de las enfermedades crónicas no transmisibles, que se deben al tabaco, el alcohol, al sedentarismo y a la alimentación. La recomendación entonces es comer menos alimentos ultraprocesados y consumir más frutas y verduras”, comenta el investigador. En el trabajo se señala que “la superficie dedicada a horticultura, citrus, frutales de hojas caducas y viñedos es de 37.000 hectáreas, 0,2% de la superficie agropecuaria nacional, por lo tanto, la disponibilidad de tierras no es la limitante para el crecimiento de este tipo de alimentos”.

A este respecto, Gómez comenta que “si bien podríamos producir perfectamente el 100% de la ingesta recomendada de frutas y verduras para los habitantes del país, no se trata sólo de un tema de producción. Los productores podrían decir que si producen el doble no tendrían a quién venderle. Hay temas culturales, de acceso, de precios, de rentabilidad. También tenés que buscarles salida para su producción a los productores”. Lo que dice es evidente: la economía clásica dice que de aumentar la oferta de productos pero no la demanda los precios caerían, y por tanto lo mismo sucedería con el estímulo para aumentar la producción de frutas y verduras. Gómez asiente y agrega: “La culpa no es necesariamente de los productores, es del sistema. Por eso proponemos la agroecología”.

¿Cómo sigue?

Luego de la publicación del trabajo de Alberto Gómez, que si bien no salió en Science o en Nature es una completa nota científica que establece cómo calcular la cantidad de personas a las que alimenta el país en un revista arbitrada de la temática local, cabría esperar que de aquí en más nadie más repitiera lo de los 28 millones. Alberto sonríe: “Soy consciente de que el artículo es un aporte, pero sólo con eso me temo que no alcanza. He presentado este trabajo en charlas y congresos; alguna gente, como por ejemplo desde el INDA [Instituto Nacional de Alimentación], me lo ha pedido. Hay sectores que están más afines a esto, y espero que se produzca alguna reflexión”.

En ese sentido, Gómez aporta otros insumos: “Si uno mira el fenómeno de cambio climático tendríamos que empezar a repensar el tema del crecimiento económico ilimitado. El crecimiento económico de 3% anual, que es algo que se considera un mínimo que si no se alcanza la gente entra en pánico, implica que en 21 años duplicás la producción. Por otro lado, uno ve que toda la ciencia dice que si seguimos como venimos reventamos. Si hay algo de lo que estoy convencido es de que en un planeta finito no se puede crecer infinitamente, pero eso nadie lo va a decir, todos hablan de aumentar el PIB y de que si el PIB no aumenta hay crisis”.

“Los alimentos que producimos no van a los países que más los necesitan porque el sistema no está armado así; en el sistema en que estamos los alimentos van a donde tienen más rentabilidad. Si bien eso es obvio, el discurso para justificar el aumento de la producción es otro”. Alberto Gómez

Le digo que para un mundo con demanda creciente de alimentos se plantean dos caminos, o la intensificación de la producción en donde ya se produce, o la expansión de tierras de cultivos a zonas donde no se produce. “Es el debate del momento. La población mundial va a seguir aumentado, al menos por unos años más. Pero la cuenta no puede ser lineal. Si vamos a ser 12.000 millones de personas pero seguimos desperdiciando 30% de los alimentos que producimos y encima mantenemos las ineficiencias energéticas de las que hablamos, el planeta no aguanta”.

El investigador agrega que la agricultura consume casi 70% del agua dulce y que su expansión, junto con la de la ganadería, es uno de los factores que inciden en la pérdida de biodiversidad. “Así como en Brasil se pierde parte del Amazonas, en nuestro país el Amazonas serían las praderas. El avance de la soja y la forestación en nuestro país se produce sobre campo natural”. Luego dispara un par de interrogantes: “¿Qué sentido tiene que Uruguay ponga todo su empeño en producir un commodity de bajo valor con gran impacto ambiental, cuando podríamos estar produciendo soja para consumo humano, que se paga mejor y se produce de otra manera? ¿Por qué producimos el producto más barato de la vuelta si, siendo un país chico en volumen, nunca le vamos a ganar a Argentina o Brasil?”.

Tanto pregunta él que uno también piensa en cuánto tiene que ver el hecho de que esas decisiones no las tomamos nosotros como país, dado que grandes empresas que producen soja aquí no son uruguayas ni están pensando en cómo quedarán nuestros suelos y ecosistemas. “Evidentemente que eso significaría reasumir algo de soberanía”, responde, pero, lejos de ser pesimista, Gómez es puro entusiasmo. Cita la aprobación de la comisión que armará el Plan Nacional de Agroecología. “Esa aprobación del Parlamento se dio más por impulso de organizaciones sociales y de productores y fue posible porque, en el fondo, se reconoce que hay una crisis del otro modelo”, dice. “De a poco, se van ganando lugares. En este Plan Nacional de Agroecología hay representantes de la Universidad de la República, del INIA [Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria] y de la Universidad Tecnológica. En todos lados hay gente trabajando y preocupada por estos temas”.

Artículo: “Uruguay: país productor de alimentos para un sistema alimentario disfuncional”
Publicación: Agrociencia Uruguay (2019)
Autor: Alberto Gómez Perazzoli

Los cambios empiezan por casa

Le hablo de que en el libro La economía rosquilla, la autora Kate Raworth demuestra lo incongruente de esa idea del crecimiento perpetuo de la economía pero afirma que para cambiar ese paradigma hay que empezar por los centros de enseñanza que forman a los economistas. Le pregunto si no pasará lo mismo con los agrónomos, cuánto de la agroecología se les está enseñando, cómo los estamos formando, qué se les dice al respecto del aumento de la producción y las consecuencias ambientales y sociales.

“Te diría que dentro de la academia el tratamiento de estos temas, como la producción orgánica, es minoritario pero creciente. En la economía creo que es más duro aun, por ejemplo en el colectivo TÁ hay biólogos, agrónomos, antropólogos, pero hasta hoy no tenemos ningún economista. Hace dos años se está dando un curso de agroecología para grado y posgrado que se llena. La idea es que en el nuevo plan de estudio para todos los agrónomos haya uno o dos cursos de agroecología. Antes nadie te decía que uno produciendo podría generar impacto ambiental”, contesta. “Lo difícil para los agrónomos es que esto mezcla agronomía, biología, economía, ambiente, lo social. Eso es muy desafiante, y por eso se precisan equipos multidisciplinarios”.

Leo Lagos en Investigación científica

7 de septiembre de 2019