Más allá de Monsanto

Aunque la noticia rondaba desde el año pasado, la confirmación el 14 de septiembre de que Monsanto aceptó finalmente ser comprada por Bayer causó alarma. Son dos de las más viejas productoras de veneno, con un largo historial de crímenes contra la salud, el ambiente, los derechos humanos. Esto muestra el perfil de estas empresas, pero el trasfondo es más complejo.

Monsanto es probablemente la trasnacional más denunciada a nivel planetario. No sólo por los cultivos transgénicos, también por muchos otros atentados contra la gente y el ambiente, como haber creado el agente naranja, un arma química que usó Estados Unidos contra las y los campesinos en la guerra de Vietnam; la hormona transgénica de crecimiento bovino, que se supone asociada a cáncer de seno y próstata y se vende en México y otros países de América Latina sin declararla; haber inventado el glifosato, un herbicida de amplio espectro y el agrotóxico más usado de la historia de la agricultura, afirmando que no era peligroso. Por el contrario, en 2015 fue declarado cancerígeno por la Organización Mundial de la Salud.

Bayer no se queda atrás. Desde sus inicios desarrolló la heroína para vender como medicamento –con una historia de promover adicciones para vender más–; tuvo estrecha y voluntaria colaboración con los nazis como parte del conglomerado químico IG Farben, que desarrolló el gas Zyklon B para aplicar en las cámaras de gas de Auschwitz; ha sido llevada a juicio múltiples veces por daños causados por sus medicamentos y agrotóxicos, como la muerte de 24 niños en Taucamarca, Perú, al distribuir agrotóxicos de alta peligrosidad sin advertencias, y muchos otros casos que han denunciado víctimas, a menudo con apoyo de la Coalición contra los peligros de Bayer, donde se puede conocer más sobre su inescrupulosa historia.

La historia de cada una de ellas por separado es terrible y todo indica que juntas serán peores. Sin embargo, esta es apenas una de las megafusiones que están ocurriendo en el último año entre las mayores empresas de agricultura y alimentación.

Las seis transnacionales que controlan los cultivos transgénicos en todo el mundo, Monsanto, Syngenta, DuPont, Dow, Bayer y Basf, son todas originalmente fabricantes de veneno, químicos y agrotóxicos, cada una de ellas tiene un historial similar y todas intentan fusionarse con otras. Desde hace tres décadas, la industria química se lanzó a comprar semilleras comerciales –que hasta entonces eran miles y ninguna tenía ni el uno por ciento del mercado mundial. Lo hicieron para encajonar a los agricultores a comprar el paquete de semillas y agrotóxicos. Ya estaban en camino las semillas transgénicas, que lejos de la propaganda de aumento de producción y otras falacias que nunca cumplieron, eran desde sus inicios semillas resistentes a los agrotóxicos de las mismas compañías, porque vender veneno es su negocio y éste era el principal objetivo.

Actualmente, entre esas seis controlan el 62 por ciento del mercado de semillas comerciales –de todo tipo– y 75 por ciento del mercado global de agrotóxicos. En el último año, acordaron fusionarse DuPont con Dow y Syngenta con ChemChina (que es dueña de Adama, la séptima empresa de agrotóxicos a nivel global), por lo que en la práctica, si las autoridades anti-monopolio lo condonan, serán solo tres empresas que controlen esos enormes porcentajes de mercado.

Es difícil imaginarse que podrían seguir fusionándose para ser aún mayores. Sin embargo, el valor anual del mercado mundial de semillas (según ventas 2013) es de 39 mil millones de dólares (mmdd) y el de agrotóxicos de 54 mmdd, pero el de maquinaria agrícola es de 116 mmdd y el de fertilizantes 175 mmdd. Y los sectores de maquinaria y fertilizantes también se están consolidando, al igual que los distribuidores de cereales, el paso siguiente en la cadena. Por tanto, no tomará mucho tiempo para que esos sectores compren a los primeros. (Por más datos, ver el reporte Campo Jurásico, La guerra de los dinosaurios del agronegocio, de Grupo ETC)

Solo un ejemplo cercano de esas otras fusiones: casi al mismo tiempo que el anuncio de la fusión de Monsanto-Bayer, se decidieron fusionar dos grandes empresas de fertilizantes (Agrium y Potash Corp) para formar la más grande del mundo y Bunge, uno de los cinco mayores distribuidores globales de cereales, acordó la compra de Minsa, uno de los dos mayores distribuidores de harina de maíz en México.

Todas estas fusiones no son solamente para controlar mayores porcentajes de mercado, también son una carrera para aumentar su control/monopolio de nuevas tecnologías de manipulación genómica –patentes de biología sintética, CRISPR-Cas9 y otras nuevas biotecnologías– y especialmente, controlar bancos de datos digitales relacionados a suelos, agua, clima y otros aspectos claves de la producción agrícola. El horizonte es que quien se dedique a la agricultura industrial no podrá comprar semillas en un lugar y los insumos que decida en otros, sino que de más en más será una sola ventanilla empresarial que vende un paquete que va desde la semilla al seguro agrícola, pasando por agrotóxicos, maquinaria y datos que deberá pagar y aplicar para acceder al paquete.

Muchos se preguntan ante este panorama que parece de ciencia ficción y solamente diseñado para grandes agricultores industriales, de qué forma esto puede afectar a los campesinos y agricultores familiares y qué diferencia hay si son 3 o 6 o 10 empresas. Una factor es el aumento del poder de presión de las empresas a nivel nacional e internacional, que ya no será solo por su tamaño y poder de corrupción, sino también por el control de eslabones básicos de la cadena agroalimentaria. Podrán conseguir aún más leyes y normativas a su favor, desde semillas a ocupación de tierras, permisos y subsidios por uso de agua, incluso dinero del erario para apoyarlos por ser “sectores claves de producción”. Algo que ya comenzó son las nuevas leyes de semillas para ilegalizar la circulación de semillas campesinas, al no estar registradas, los créditos y apoyos ligados a la compra de determinadas semillas, agrotóxicos y seguros. Otro aspecto es que el uso de drones, sensores, GPS y satélites que vienen en el paquete, no solamente son para proveer datos e insumos en esta “agricultura de precisión”, sino al mismo tiempo sirven para extraer datos, no solamente de productos agrícolas, también de agua, suelo, subsuelo, vegetación, bosques, fauna, etc. Lo cual a su vez puede articular con otros proyectos nocivos, como mercados de carbono, biopiratería, exploración de recursos y monitoreo/vigilancia de comunidades y pueblos.

Pero pese la enormidad de las amenazas, siguen siendo los más pequeños, campesinas y campesinos, indígenas, pescadores artesanales, huertas urbanas, caza y recolección artesanal, los que proveen la alimentación a más del 70 por ciento de la humanidad. Lo hacen pese a el acoso y amenazas permanentes a sus territorios, recursos y formas de vida. Por tanto, oponernos a estos monstruos corporativos y su dominio de la alimentación y la salud de todas y todos, pasa por apoyar esas comunidades y formas de vida y construir/afirmar redes y acciones concretas de apoyo mutuo.

Por Silvia Ribeiro
22 de septiembre, 2016
Fuente: Desinformémonos