“Economía
Verde”, Izquierda Marrón
Eduardo Gudynas
En
estos días está en marcha una nueva cumbre global sobre
ambiente y desarrollo. La llamada “Rio +20”, se celebra
veinte años después de la famosa Eco ’92 de Rio
de Janeiro. Las apuestas a una nueva “economía verde”
que permita relanzar el crecimiento en los países industrializados,
no logran superar las contradicciones entre economías y ecología
que se mantienen en las últimas décadas. Entretanto la
situación ambiental planetaria se ha deteriorado sustancialmente.
Todos
los informes científicos que están leyendo los delegados
gubernamentales que viajarán a Rio concuerdan en alertar sobre
la grave situación ambiental del planeta. Por ejemplo, el indicador
del “Estado de la Vida” en el planeta, que recopila información
sobre mamíferos, aves y otros grupos, ha caído un 30%
desde 1970.
En
paralelo al cambio climático, se considera que aproximadamente
la mitad de la superficie terrestre estará artificializada en
los próximos años, cubiertas por cultivos, carreteras
o ciudades. Los lectores más jóvenes de Brecha serán
testigos del futuro colapso de dos de las más grandes ecoregiones
sudamericanas: el cerrado y la caatinga en Brasil. Terminarán
desvaneciéndose, tal como ocurrió hace un siglo atrás
con la Mata Atlántica, la segunda selva tropical más extensa
del continente.
Se
avecinan nuevos problemas, muchos de los cuales resultarán esotéricos
para el lector: la acumulación de miles de millones de diminutas
partículas de plástico o la pérdida de oxígeno
en distintas áreas oceánicas que desembocarán en
zonas sin vida. Así como hoy se habla de cambio climático
global, también se está comenzando a discutir cambios
planetarios, por ejemplo, en los ciclos del nitrógeno.
La
capacidad biológica de todo el planeta tierra, estimada por un
indicador de la superficie que brinda recursos como alimentos o agua,
o que recibe los desperdicios, suma un total de 12 mil millones de hectáreas
disponibles en cada año. Pero la población actual consume
mucho más, unos 18,2 miles millones de equivalentes globales
de hectáreas. Ya hemos superado los límites ecológicos
del planeta.
La
acumulación de estos problemas, apenas resumida aquí,
lleva a que muchos expertos alerten sobre un inminente cambio ecológico
a escala planetaria. No se está hablando de la desaparición
de una especie en algún sitio remoto o la contaminación
de alguna laguna, sino que al traspasarse un umbral, se encadenan una
serie de crisis ecológicas.
La
apuesta desarrollista
La
actitud prevaleciente en muchos gobiernos por momentos admite la seriedad
de los problemas ambientales enfrentados, pero las soluciones que ponen
sobre la mesa no sólo son insuficientes, sino que pueden agravar
la situación.
Actualmente
el centro de las discusiones gira alrededor de la llamada “economía
verde”, postulándose reformas de diverso tipo en procesos
productivos, paquetes de subsidios o sistemas impositivos, para promover
actividades amigables con el ambiente. No hay cambios sustanciales en
los procesos productivos, sino que se busca ampliar el espectro de negocios
posibles para incorporar a la propia Naturaleza.
Las
naciones industrializadas llegan a Rio de Janeiro con una agenda dividida
en muchos temas específicos, como puede ser el abordaje del cambio
climático, pero casi todas ellas aspiran a implantar esta nueva
“economía verde”. Su propósito es relanzar
el crecimiento económico a partir de sectores ecológicos,
como serían las energías renovables o la instalación
de “servicios ecológicos” que se podrían comprar
o vender en los mercados. Muchos consideran que el estancamiento económico
europeo podría superarse con esta “economía verde”.
Las
naciones del sur en general observan estas propuestas por un lado como
una oportunidad para lograr beneficios (por ejemplo, acceder a nuevos
mercados de bienes y servicios ambientales), pero por otro lado, hay
cierto temor en que sean usadas para el proteccionismo comercial.
El
diálogo político por momentos se vuelve bizarro. Los países
del norte reclaman algunas medidas ambientales contundentes, pero los
del sur responden que como son pobres, aceptarían esas medidas
si se les transfieren recursos financieros y tecnologías. Naciones
como China o Brasil en unos momentos se presentan como nuevas potencias
económicas emergentes, pero en otros momentos se encogen, vuelven
a ser subdesarrolladas, y piden dinero de la cooperación internacional.
El
contexto latinoamericano
En
ese marco, los países latinoamericanos llegarán a Rio
de Janeiro también cargando con sus divergencias. Comencemos
por Brasil: bajo el gobierno Lula da Silva los temas ambientales perdieron
relevancia; se intentó controlar la deforestación en la
Amazonia, pero en otras áreas se priorizaron proyectos productivos
y exportadores. La situación se ha agravado bajo el gobierno
de Dilma Rousseff a tal punto que un grupo de grandes organizaciones
ambientalistas hace pocos meses atrás sostuvieron que se vive
el “mayor retroceso de la agenda socio-ambiental desde el final
de la dictadura militar”. En el plano internacional, Brasilia
sigue una agenda ambiental unilateral, ya que no coordina ni el seno
del MERCOSUR (donde hay un grupo en esta materia), ni tampoco con los
demás países del continente (GRULAC – Grupo Latinoamericano).
Todos
los demás vecinos sudamericanos llegarán a Rio de Janeiro
cargando serios problemas ambientales. En estas últimas semanas
están en marcha graves conflictos ambientales especialmente en
las naciones andinas. En Bolivia está avanzando una nueva marcha
indígena que reclama proteger un parque nacional, en Perú
las protestas mineras han incluido represión policial, muertos,
y hasta una crisis en el gabinete de Ollanta Humana, y en Ecuador, finalizó
pocas semanas atrás una multitudinaria marcha nacional en defensa
del agua y contra la minería. Con una conflictividad mas baja,
aunque no sin tensión, se encuentran las resistencias locales
a la minería en Argentina o las represas en Chile, similares
a las disputas que se viven en Uruguay frente a Aratirí u otros
proyectos.
La
respuesta de buena parte de estos gobiernos ha sido muy similar: criminalizar
la protesta ciudadana, iniciar acciones judiciales contra sus líderes,
y burlarse de los temas ambientales, concibiéndolos como trabas
al desarrollo. La criminizalización y judicialización,
que avanza en los países andinos y Argentina, se enfoca en los
líderes sociales o en condicionamientos legales a las ONGs de
base o redes nacionales.
Las
posturas políticas se pueblan de contradicciones. El presidente
Evo Morales reclama medidas globales enérgicas contra el cambio
climático, pero no las toma dentro de sus países, y ahora
considera que las demandas de indígenas o ambientalistas son
una nueva forma de colonialismo.
La
burla se ha convertido en otro instrumento común. Así
como José Mujica se burlaba de quienes defienden los venados
o las dunas costeras, otros mandatarios hacen cosas similares. Rafael
Correa de Ecuador califica las demandas ambientales como “infantilismo
de izquierda” y Cristina Fernández de Argentina, los tipifica
como una postura esnob.
Todo
esto hace que el progresismo gobernante en América del Sur llegue
a Rio de Janeiro en una situación muy incómoda. En todos
los países la agenda ambiental está en retroceso, se flexibilizan
los controles ecológicos, y se aceptan grandes inversiones con
alto impacto en el entorno.
Las
estrategias de desarrollo siguen basadas en aumentar las exportaciones
de materias primas, aprovechando el alto precio en los mercados internacionales
y la voraz demanda asiática. Es cierto que bajo el progresismo
ha regresado el Estado, y que se intentan distintos programas de asistencia
social para reducir la pobreza, y que esto ha sido exitoso. Pero también
debe reconocerse que en todos estos países, desde la Venezuela
de Chávez al modelo Kirchner “nac & pop” (nacional
y popular), se sigue dependiendo de las materias primas.
Las
nuevas estrellas que alimentan el actual crecimiento económico
en unos casos son hidrocarburos, en otros minerales, y más cerca
nuestro, monocultivos como la soja. Esta estrategia está repleta
de impactos ambientales, que van desde la contaminación minera
y petrolera, a la pérdida de áreas silvestres por el avance
de la frontera agropecuaria. Pero el progresismo necesita de esos emprendimientos,
ya que ellos son esenciales para financiar sus planes de lucha contra
la pobreza basados en pagos mensuales en dinero (tal como hace el MIDES
en nuestro país).
No
se logra romper una relación productiva y comercial desigual.
Mientras que en el pasado América Latina enviaba sus materias
primas al norte industrializado para luego comprarles sus manufacturas,
mientras que hoy las exportamos a China, para importar desde allí
electrodomésticos, automóviles o textiles.
Bajo
esta situación, si se implantan medidas ambientales en serio,
muchos emprendimientos extractivos serían inviables ya que nunca
lograrían pasar las evaluaciones de impacto ambiental. También
sería necesario contener el consumismo, en unos casos porque
involucra productos con componentes tóxicos, terminan en mucho
desperdicio o consumen mucha energía. Estos son límites
que ni siquiera los gobiernos progresistas están dispuestos a
cruzar, de donde sus intervenciones en las negociaciones de Rio+20 terminan
en cuestiones menores, campañas publicitarias o apelaciones a
la responsabilidad empresarial.
También
han cambiado los actores involucrados en estas contradicciones ambientales.
En el pasado, las empresas transnacionales de los países industrializados
eran responsables de muchas debacles ecológicas. Pero hoy nos
encontramos que se viven problemas concretos con corporaciones que son
latinoamericanas, como pueden ser las brasileñas Petrobrás
(hidrocarburos) o Vale (una de las empresas mineras más grande
del mundo). La situación se vuelve más complicada todavía,
cuando se descubre que buena parte de la propiedad accionaria de esas
empresas está en manos del gobierno brasileño, su banco
de desarrollo (BNDES) o de los fondos de pensión de los grandes
sindicatos. Aquí se origina una nueva tensión y fractura
en los debates en Rio de Janeiro, ya que unos cuantos movimientos sociales,
incluyendo grandes sindicatos, ven con buenos ojos la actual ola extractivista
que descansa en los recursos naturales, y no están dispuestos
a aceptar medidas ambientales sustantivas.
Entretanto,
para las comunidades campesinas o indígenas de Perú, Bolivia
o Ecuador afectadas por emprendimientos petroleros, hidroeléctricos
o mineros, no encuentran diferencias entre empresas brasileñas
o afincadas en el hemisferio norte, o entre aquellas que en su junta
directiva tienen sindicalistas progresistas o economistas neoliberales.
Es
así que a Rio de Janeiro llega una izquierda latinoamericana
que ha reciclado la vieja tradición de exportar materias primas.
Su agenda es cada vez menos verde, en tanto acepta la destrucción
de la Naturaleza, y al centrarse en el desarrollismo convencional, se
vuelve marrón, con toda su carga de contaminación. Es
por estas razones que este progresismo se está convirtiendo en
una “izquierda marrón”.
Bajo
esta compleja situación, y a su vez enmarcada en una crisis económica
en los países desarrollados, nadie está dispuesto a asumir
los costos de un cambio de rumbo sustancial en el desarrollo. La idea
de una “economía verde”, por sus limitaciones, alimenta
el creciente escepticismo. Seguirá por lo tanto, pendiente el
recurrente problema de la inviabilidad del camino desarrollista actual.
La sal y pimienta
Hace
veinte años atrás estuve en la Eco’92 de Rio de
Janeiro. La vitalidad en aquellos tiempos es muy distinta a la actual
Rio +20, y vale la pena compartir algunos recuerdos.
Al
finalizar la década de 1980, la temática ambiental estaba
en una fase de expansión y proliferación, tanto en ideas
como en sus prácticas. Se estaban instalando nuevas disciplinas
como la biología de la conservación, la economía
ecológica o la ética ambiental, las que de variadas formas
contribuyeron a los debates en Rio. Uruguay no estuvo ajeno a esas innovaciones;
por ejemplo, en Montevideo se celebró la consulta latinoamericana
sobre una nueva estrategia para conservar la biodiversidad, la que fue
uno de los insumo claves en el texto de la convención que en
esa materia aprobaron los gobiernos en Rio.
La
perspectiva ecológica se adentraba en campos totalmente novedosos
en aquellos tiempos, como eran las implicancias ambientales en el comercio
internacional de mercancías o en los flujos de capital. Uruguay
también alcanzó visibilidad en estos temas, al evaluarse
los impactos de un préstamo del BID para la electrificación
del riego para arroz. La desaparición de bañados y esteros
en el Este del país afectaría a poblaciones de aves, que
no sólo eran uruguayas, ya que también había migrantes
desde el extremo sur del continente como desde Canadá y Estados
Unidos.
La
presión ciudadana era enorme. Fue la primera cumbre gubernamental
de las Naciones Unidas con una participación de varios miles
de delegados de movimientos sociales, que incluso organizaron su propia
“cumbre paralela”. Centenas de carpas se agrupaban en la
explanada de la playa de Flamengo, con sus talleres en las mañanas
y tardes, reuniones de trabajo o recitales en las noches, albergando
una variedad multirracial y cultural impactante. Se agolpaban trajes
típicos, lucidos con orgullo, y lenguas de los más alejados
rincones del planeta. Toda esa masa humana ejercía una presión
enorme sobre los gobiernos.
Las
actitudes políticas también eran otras. Nadie se burlaba
públicamente del tema ambiental. En Uruguay, entre los principales
promotores de la temática ambiental se encontraban un senador
del Partido Comunista, Leopoldo Bruera, y un diputado del Partido Socialista,
Ramón Legnani. Las posturas verdes de esos y otros legisladores
de aquel Frente Amplio, se me ocurren imposibles en la actualidad. Bruera,
por ejemplo, insistía en potenciar al ministerio del ambiente
y en contar con una ley efectiva en evaluación del impacto ambiental,
mientras que en la actualidad muchos parlamentarios observan en silencio
los intentos para desmembrar ese ministerio y aligerar las exigencias
ambientales.
Uruguay
ya contaba con un ministerio del ambiente, desde donde se elaboró
un informe técnico, a su vez basado en una consultoría
realizada con la OEA, que fue coordinada por Jorge Rucks, quien ahora
es el director de la Dirección Nacional de Medio Ambiente. El
presidente Luis A. Lacalle viajó a Río, junto a una delegación
multipartidaria, mientras que el intendente Tabaré Vázquez
participó de un foro de alcaldes. Durante la cumbre, al presidente
Lacalle se le escapó que buscaba construir una central nuclear
en Paso de los Toros, lo que desató un fuerte rechazo ciudadano.
Un
proceso de cuarenta años
1972
Rio+20 es el paso más reciente en un proceso que formalmente
comenzó en 1972, con la primera cumbre internacional sobre ambiente
y desarrollo, celebrada en Estocolmo (Suecia). En aquel tiempo, las
naciones occidentales, el bloque soviético, y los países
del sur, incluyendo los que se denominaban “no alineadas”,
abordaron los primeros síntomas de la crisis ecológica.
En
esos años se lanzó la advertencia que el crecimiento económico
perpetuo era imposible, ya que más tarde o más temprano,
las economías encontrarían sus límites ambientales.
En unos casos éstos se debían al agotamiento de recursos
naturales, como hidrocarburos o minerales. En otros casos, respondían
a las limitaciones de la Naturaleza en poder superar la contaminación
y otros impactos humanos. Durante casi quince años se agudizó
un debate que concebía una oposición entre metas económicas
y ecológicas que no era posible resolver bajo el estilo de desarrollo
convencional. Esas advertencias ambientales eran combatidas tanto por
la derecha como la izquierda política, y en particular los dependentistas
latinoamericanos.
1987
Un nuevo paso tuvo lugar en 1987, cuando una comisión de las
Naciones Unidas intentó superar la contradicción entre
“conservación” y “crecimiento” económico.
Su reporte, “Nuestro Futuro Común”, presentó
una versión del “desarrollo sostenible” que entendía
a la protección de la Naturaleza como indispensable para asegurar
el crecimiento económico. Se buscó dejar contentos a todos:
se reconocía la gravedad creciente de la crisis ambiental, pero
no se rechazaba el crecimiento económico; se defendía
cierta conservación de la Naturaleza, pero se mantenía
la clásica postura de aceptar que la pobreza y el desarrollo
dependían de la marcha económica.
1992
El siguiente paso se concretó en 1992 con la Cumbre de la Tierra
en Rio de Janeiro, donde se aprobaron los más importantes tratados
internacionales ambientales, como es el caso de la Convención
sobre la Diversidad Biológica o la Convención Marco sobre
Cambio Climático. El impacto de aquel evento fue enorme, y sentó
las bases de la gobernanza ambiental contemporánea.
2002
Los diez años del encuentro en Rio de Janeiro (Rio + 10) se celebraron
con una nueva cumbre pero en Sud África. No se acordó
ningún nuevo tratado en temas ambientales, pero bajo la sombra
de las ideas neoliberales, se instalaron los reclamos para mercantilizar
la Naturaleza. Los países sudamericanos, con Brasil a la cabeza,
se sumaron a esa perspectiva.
Brecha, 15 junio
2012, Montevideo.