“Aratirí
es como amputarse un dedo”
Entrevista
a Eduardo Gudynas*
por Jorge Lauro y Alfredo García
Una encuesta reciente sobre el proyecto Aratiri manifestó que
uno de cada cuatro uruguayos desconocía el tema y nos hizo preguntarnos
qué tan importantes son los problemas ambientales para la ciudadanía.
Acudimos a un experto que estudia el tema desde hace años no
solo en Uruguay sino en gran parte de nuestro continente. Luego de la
charla quedamos con más incertidumbres que certezas y con ganas
de seguir profundizando en el problema.
¿Es
fuerte el movimiento ambientalista en Uruguay?
Es
muy similar en lo que tiene de fuerte y de débil a los movimientos
que hay en Chile, Argentina y en
alguna medida en lo que se observa en Perú y en Brasil. Es un
grupo menor dentro de la sociedad. Las encuestas que se han hecho en
el país muestran que estamos dentro del promedio mundial. Ahora
hay como un redescubrimiento del tema ambiental porque hubo un quiebre
por la polémica por la planta de celulosa (ex Botnia), que fue
un golpe muy duro para el ambientalismo uruguayo.
¿Por
qué no ha tenido expresión política como los partidos
verdes en Europa?
En
toda América Latina los partidos verdes han tenido una expresión
muy marginal. Hay partidos verdes de centro, de derecha y de izquierda,
no están predeterminados políticamente.
Parece
como que los partidos toman determinados temas ambientales por intereses
coyunturales políticos.
El
ambientalismo no es para resolver todos los problemas de la sociedad
de por sí, no va a generar una plataforma por ejemplo para la
previsión social, políticas educativas, políticas
de seguridad.
También
es bueno que la dimensión ambiental esté dentro de cada
una de las diferentes corrientes políticas que tenga cada país.
¿La
izquierda, antes de que subiera al gobierno, levantaba la bandera ambientalista?
No,
eso es parte de un mito. En el gobierno de Batlle empezó este
deterioro porque, cuando un país entra en crisis aguda, el tema
ambiental junto con otros queda muy relegado. En los gobiernos anteriores
sucedía que todos los partidos tenían adentro algunas
minorías a las que les interesaba el tema ambiental. Lo paradojal
que sucedió a partir del 2005 fue que aquellos que levantaban
la bandera ambiental dentro de la izquierda abandonaron la vida política
activa, o abandonaron el tema ambiental. Esto generó una situación
muy extraña donde esos actores clave para el debate político-ecológico
se desvanecieron.
¿Por
qué hay un corte grueso a partir de Botnia?
Mucha
de la militancia ambiental estaba vinculada a la izquierda; entonces,
cuando el Frente Amplio llegó al gobierno esa militancia consideraba
que se había logrado un objetivo de vida o, por otro lado, entendía
que no se podía cuestionar al partido que había promocionado
durante tantas décadas. En paralelo, como la situación
del país era muy complicada eso afectó a las organizaciones
ciudadanas ya que cada uno de los militantes tenía que dedicarse
a resolver su problema de la crisis, etc. Por otro lado, Botnia introdujo
una condición de nacionalismo donde cualquier crítica
que venía de lo ambiental implicaba ser igual a los cuestionamientos
que venían de Gualeguaychú, ser igual a las demandas que
hacía el gobierno de Kirchner y, de alguna manera, explotaba
un sentimiento antipatriota.
En el caso Botnia, ¿hubo eso que Mujica denomina como
“terrorismo ecológico”?
La
contraparte de Gualeguaychú, si hubieran sido solo los vecinos,
era un grupo minoritario que asumió posturas radicales y cobró
notoriedad porque tuvo apoyo del gobierno de Kirchner. Si no hubiera
tenido el apoyo del gobierno, hubiera quedado en una protesta marginal.
Ese hecho de un conflicto ambiental en un área de frontera compartida
entre dos países con ese cariz político es muy raro en
el mundo.
A nivel de los ecologistas, ¿no había esa postura
radical?
Esos
son los de Argentina. En general, el movimiento ambientalista uruguayo
no acompañó eso. Las declaraciones decían que,
si se imponía la instalación de la planta, quería
sistemas transparentes de monitoreo y de regulación; alertaba
además que no se le prestaba atención a la acumulación
de lodos tóxicos dentro del propio territorio uruguayo más
que las emisiones de gases.
En
las prevenciones que el movimiento uruguayo tenía con Botnia,
varios años después, ¿en qué estamos?
De
las principales prevenciones lo que hay que averiguar -y es parte de
los problemas de acceso a la información y de transparencia-
es cómo se van a manejar los residuos sólidos y los lodos
de las plantas de celulosa. Eso es un elemento clave. Un elemento positivo
que tendría que ser potenciado es el seguimiento ciudadano del
manejo de efluentes. Ahí hay un debate donde participan científicos
sobre si ese manejo es o no es bueno. Tercero, hay una preocupación
en que la agenda ambiental uruguaya quedó “botnizada”.
Esto quiere decir que el Estado utiliza recursos humanos y financieros
enormes para evaluar continuamente qué sucede en Botnia, y se
desatienden otros temas tan o más graves de los que pasan en
esa planta.
¿Por
ejemplo, cuáles?
Los
problemas ambientales del país ahora serían esencialmente
en el medio rural y tienen que ver con problemas en la gestión
del agua, de suelos y de agroquímicos. Sobre los problemas de
residuos en la ciudad o contaminación de los arroyos urbanos
hay una conciencia de que eso es un problema; entonces, la dificultad
es si las autoridades municipales o ministeriales son eficientes o no
en resolverlos. Eso también va a depender de la presión
pública exigiendo su solución. En erosión de suelos
y en el uso exagerado de los agroquímicos y en qué pasa
con la contaminación, por ejemplo, de la cuenca Santa Lucía,
ahí es mucho más complejo porque involucra áreas
rurales con menos gente para que se movilice y detrás hay intereses
económicos mucho más fuertes. Entonces, ahí está
la prioridad en el país. El tema es que el país no tiene
estructura institucional para lidiar con esto.
¿De
qué es producto la erosión de los suelos? ¿Del
desmonte?
No,
sobre todo de la agricultura.
¿Del
monocultivo?
Sí,
la erosión de suelos es sobre todo por los cultivos y especialmente
eso aumenta cuando se intensifican y se abandonan las prácticas
de rotación entre cultivos y ganadería. Uruguay tiene
una situación compleja porque la información de los datos
es del año 2000 e indica que alrededor del 30% de la superficie
del país tiene algún nivel de erosión. Es mucho,
y de ese 30% una parte muy importante es de erosión leve o moderada.
Posiblemente esta figura haya aumentado por la presión intensa
de cultivos como la soja. Es un impacto muy grande y no debe de ser
evaluado solo desde el punto de vista ambiental. Es un impacto económico
también serio.
¿A
futuro?
No,
ahora. Por ejemplo, por los agroquímicos. Hay denuncias constantes,
por un lado, de mal uso de agroquímicos que involucran a la salud
de las personas, y después tenemos denuncias ocasionales de pérdida
de algunos productos de exportación como por ejemplo de hortalizas
porque pasaron el límite de agroquímicos tolerados. Tercero,
tampoco sabemos cuánto se controla o no se controlan los agroquímicos
en los productos del consumo doméstico.
Hablaste del río Santa Lucía.
Digo
como ejemplo porque era otra de las alertas ambientales que se vienen
haciendo desde hace décadas y siempre fue minimizada hasta que
se hizo evidente que hay un problema serio de contaminación en
el río Santa Lucía.
¿Producto
de los agroquímicos, de los cultivos?
De
todo el paquete. Es un uso intensivo agropecuario, ganadería,
los tambos, efluentes de pequeñas ciudades, casas, villas, etc.
Fue
uno de los temas que se suponía que se había solucionado
durante la administración de Vázquez y no se solucionó.
Esa es otra de las limitaciones institucionales que tiene el país.
Cuando se piensa en el tema ambiental, pensamos en el Ministerio de
Medio Ambiente, pero la gestión ambiental uruguaya es bicéfala,
por lo menos. Entonces, una parte está en el Ministerio de Ambiente
y la otra, que es todo el manejo ambiental rural que incluye el tema
de aguas, suelos, bosques, fitosanitarios, etc., está en manos
del Ministerio de Ganadería. El análogo de la DINAMA sería
la Dirección de Recursos Naturales Renovables que, por lo menos
desde que Mujica estuvo de ministro, ha dejado atrás el rol de
gestión ambiental porque ha favorecido el rol productivo del
ministerio. Entonces, muchos problemas que tendrían que resolverse
mediante un diálogo entre el Ministerio de Ganadería y
el Ministerio de Medio Ambiente no se resuelven y quedan estancados.
Otra cosa que me llama la atención son las repetidas críticas
de la lentitud de la DINAMA para hacer cosas, pero el Ministerio de
Ganadería, Agricultura y Pesca ha tardado años en implementar
los planes de conservación de suelos. Ahí hay un problema
institucional y político de cómo abordar el tema ambiental.
¿Por
qué decís que no se visualiza el impacto económico?
Cuando
los economistas ponen los indicadores de aumento de valor por la producción
agropecuaria, a esos indicadores hay que restarles lo que se perdió
en el año de erosión de suelos, lo que se perdió
de contaminación de aguas y lo que se perdió en lo que
tiene que gastar el Estado para, por ejemplo, lidiar con la recuperación
y tratamiento de los envases de agroquímicos, salud, etc. Eso
hay que restarlo al producto sectorial agropecuario. Ese tipo de cuentas
no se hacen acá; en otros países sí. Es un problema
institucional en el manejo de la gestión ambiental, es un problema
político en que esto no se reconoce y, finalmente, hay un problema
conceptual, ya que en Uruguay prevalecen unos entendimientos del desarrollo
de la economía que son muy de mediados del siglo XX, que no están
capacitados para abordar el tema ambiental y no ven estos impactos ambientales,
creen que esto va a generar un impacto negativo pero en un futuro lejano.
¿Hay lugares donde esto se vea?
Sí,
y Uruguay ya ha pasado por esta crisis. En los años 50 y 60 tenía
una agricultura muy intensiva y generó gravísimos problemas
de suelo y su consecuencia clara hasta el día de hoy son todas
las cárcavas en el departamento de Canelones, que sigue siendo
el departamento más afectado por la erosión. El país
ya pasó por problemas serios de erosión. Y ahí
se instalaron las prácticas de rotación de cultivos y
ganadería. Ese conocimiento como que se perdió y estamos
entrando de nuevo al mismo problema.
En Europa hay países que aparentemente renuncian a determinados
negocios en función de preservar el ambiente. Pero se dice que
el capitalismo es depredador. ¿Dónde está el límite?
Ese es un problema a escala global. Pero porque los del norte hagan
algo espantoso no deberíamos hacerlo nosotros.
Pero
Latinoamérica toda vive este problema.
Hay
diferencias. El único país de América del Sur que
no tiene una frontera frente a áreas naturales silvestres no
modificadas es Uruguay. En Uruguay la naturaleza silvestre desapareció
probablemente en algún momento del siglo XIX. Es distinta la
situación en los países andinos o en los países
tropicales porque ellos tienen remanentes, aunque cada vez menores,
de naturaleza.
En
Uruguay hay un paisaje modificado. Hay una situación que se parece
en ese sentido a las de las naciones europeas. Dicho eso, ese paisaje
modificado hay que saber preservarlo para que no se siga deteriorando,
y, por otro lado, ahora hay instrumentos para ir recuperando algunos
paisajes modificados a un estadio próximo o cercano a como eran
en su origen, silvestres. Este tipo de instrumentos llamados de restauración
ambiental no se aplican en Uruguay. Una de las falacias en que cae un
artículo de IR es en decir que eso no se puede hacer, y por lo
tanto no hay restauraciones posibles.
¿La
restauración es viable?
Sí,
la urgencia de Uruguay sería dentro de su sistema de áreas
protegidas poder recuperar las praderas que eran el sistema silvestre
original y que han desaparecido totalmente. La pradera original antes
de la entrada del ganado europeo, y el otro es el monte nativo. Hay
montes nativos emblemáticos de nuestro país, muy importantes,
que han desaparecido. Por dos cosas, una, por la Ley de Promoción
de la Forestación que declaró como solo de prioridad forestal
a las serranías, por ejemplo, que es el segundo ecosistema más
rico del Uruguay después de los bañados.
Desde
el punto de vista agronómico, es de poca relevancia, pero desde
el punto de vista ecológico era muy rico. Luego había
el famoso bosque costero que ha desparecido de gran parte del país.
Hay
una dificultad para la uruguayidad con el ambiente. En tanto nosotros
somos en buena parte una sociedad culturalmente implantada de inmigrantes,
con ello también se implantó un paisaje que nosotros tomamos
hoy por lo natural. El ejemplo más claro es la costa de Canelones,
que para poderla fraccionar y vender, y que fuera apetitosa, a principios
del siglo XX se recreó un bosque europeo. Un ambiente que era
más parecido a lo que es Cabo Polonio, con grandes dunas, arbustos
y bañados, fue convertido en bosques plantados para que después
recién se instalaran las personas. La implantación cultural
iba de la mano con un paso previo que era la transformación ecológica.
¿Dónde
debe estar el límite entre la actividad económica, el
crecimiento y el desarrollo de la sociedad y la protección del
ambiente? Porque cualquier emprendimiento implica cierta destrucción
del ambiente.
Por
eso sostengo que en Uruguay no hay ambientalismo fundamentalista. En
el ambientalismo como movimiento todas las organizaciones aceptan eso,
nosotros vamos a utilizar el ambiente. Tenemos que reconocer que para
crear esas actividades que generen calidad de vida no hay que destruir
el ambiente, porque si no eso va a arrastrar cualquier actividad económica.
Por eso, llama la atención en procesos como este de la pérdida
de suelos que hubo en los años 50 y 60. Ninguna actividad económica
es viable en el mediano y largo plazo si destruís la base ecológica
en la que se basa, y más en un país agropecuario como
Uruguay.
¿Cuál
es el modelo? Porque Uruguay tiene una producción ganadera que
es contaminante en muchos aspectos.
En
Uruguay la propia crisis permitió, obligó, por circunstancias
de los mercados internacionales, a darle una enorme jerarquía
a lo que se llama carne pastoril y orgánica, que es la ganadería
de menor impacto ambiental, natural -en algunos casos es orgánica-
y eso es todo un nicho de mercado específico. Nueva Zelandia
asume que en un futuro cercano las condiciones de exportación
de carne van a implicar que sea natural toda, por cuestiones de manejo
de la vaca loca, de residuos de antibióticos, etc. Ese es un
nicho funcional en que Uruguay tiene una gran ventaja.
En
eso y en la producción de agroalimentos porque ya tiene una capacidad
instalada de industrialización de alimentos. Esa es otra gran
ventaja que tiene el país para producir. Tercero, en la producción
de arroz, que tiene sus bemoles, pero ya está instalada, los
propios productores decidieron no utilizar variedades transgénicas,
porque saben que es comercialmente mucho más inteligente apostar
por variedades de arroz natural de alta calidad. Uruguay en su momento
exportaba más miel que vino y las colmenas están desapareciendo
por los agroquímicos.
¿El
arroz es intensivo usa mucha agua y bastantes agroquímicos?
El
arroz se hace con rotaciones agrícolas-ganaderas, entonces su
propia dinámica obliga a esos períodos de descanso. El
arroz, teniendo la ventaja de utilizar una variedad convencional no
transgénica y con mejor manejo del agua y las rotaciones, es
una buena salida frente a otras que son más intensivas.
El
arroz ha tenido producciones récord por hectárea.
Sí.
Si tomo los productos de exportación de Uruguay del año
pasado, ese Uruguay de futuro ecológico incluiría buena
parte de los principales productos de exportación, que son en
el rubro agropecuario (sacando la soja que tiene toda su problemática),
los demás granos, la carne, el arroz y los lácteos. Ese
es el gran paquete de producción.
La
soja hoy es el principal producto de exportación
Sí,
pero el problema que tiene es que es un paquete tecnológico que
implica un cultivo muy intensivo, uso de una variedad transgénica
sobre la cual hay mucho debate sobre si es buena o mala, y genera mayores
presiones sobre el suelo a pesar de las bondades que tiene la siembra
directa, porque permite cultivar en aún en las áreas más
marginales dentro de cada predio, y en varios casos evita esos períodos
más largos de rotaciones que había en el pasado. Entonces,
es mucho más intensiva.
Por
lo tanto es bastante más perjudicial.
Sí,
en el caso de la soja, y en alguna medida en el caso de la celulosa,
abordaría una reflexión de economía ecológica
sobre por qué eso no es bueno para el país. Cuando se
tiene un país totalmente dependiente de materias primas, eso
genera varios efectos a escala país, que son: la subordinación
al comercio global -no controlás esos mercados-; segundo, ese
comercio es usualmente muy viable porque los países son los que
se quedan con los impactos sociales y ambientales de esa producción,
por eso exportan; y tercero, impide -especialmente en el éxito-
la diversificación de la producción. No tiene sentido
armar cadenas industriales. Para Uruguay tendría más sentido
enfatizar, alentar, subvencionar y diversificar la cadena de agroalimentos
industriales que seguir exportando porotos de soja.
¿Estamos
hablando de lácteos, etc.?
Sí,
y carnes elaboradas, etc.
¿La celulosa es el segundo producto de exportación?
Es
el tercero.
¿Cuál
es el segundo?
Carne
congelada. Lo que pasa es que Uruguay formalmente exporta troncos, porque
van a las zonas francas.
En los hechos, ahora se está por abrir la segunda planta de celulosa,
que no generó el mismo revuelo que generó la primera.
No,
porque hay un tema cultural en el fondo, que se asume que ese es un
tipo de desarrollo deseado. Una vez dije en una radio que estas plantas
de celulosa son casi PYMES porque tienen unos pocos cientos de empleados,
y la audiencia casi me mata, porque tienen en el imaginario que se trata
de grandes fábricas. En eso hay un tema, en el fondo, cultural.
El debate político que tendría que haber para poder manejar
esas trabas culturales sobre el desarrollo en Uruguay se estancó,
entonces no hay muchas opciones para abordar esta problemática.
¿Se
puede hacer que la forestación en el mediano y largo plazo respete
el tema ambiental?
Ya
está implementado un mecanismo de forestación que está
sobre los segundos ambientes más ricos del país. Es bastante
irreversible.
¿Se
utilizó tierra que podría haberse aprovechado para otro
tipo de cultivos?
No,
se utilizó un ambiente que ecológicamente era muy rico
y que era de poco valor agropecuario, y por eso se lo utilizó
para la forestación. Entonces, el típico monte serrano
fue reconvertido en algunas zonas del país -como en el norte,
en la cuesta basáltica- a tierra de cultivo forestal. Pero entrabas
en el monte serrano y encontrabas un extracto bajo de vegetación,
aves, animales, etc. Sin embargo entrás a un monte de pino o
de eucaliptos y eso no ocurre; hay mucho menos vida dentro de ese bosque.
Se
habla de que estamos yendo a un modelo extractivista. ¿Qué
es eso?
El
extractivismo es un término genérico para gran minería,
petróleo, monocultivos de exportación como la soja, caña
de azúcar en algunos sitios, la extracción intensiva de
pesquerías para hacer harina de pescado; es la extracción
de materias primas que se exportan como tales, a gran escala y con gran
intensidad. Es importante tenerlo presente; no quiere decir que toda
actividad agrícola o toda actividad ganadera sea extractivista
y sea mala. La discusión que hay en América Latina es
contra el extractivismo de gran escala. Hay una reacción contra
los monocultivos o contra el petróleo porque estamos viviendo
un extractivismo que es de tercera o de cuarta generación en
varios casos. De tercera generación son los emprendimientos de
gran escala y de gran superficie, que remueven mucha materia, porque
en algunos casos van a recursos minerales de menor calidad -como es
el caso del proyecto Aratirí-, o van a áreas de gran fragilidad
ecológica para hacer extracciones de mucho riesgo, como es la
explotación de petróleo en la Amazonía o la plataforma
oceánica a alta profundidad.
¿O
Vaca Muerta en Argentina?
Sí,
con el fracking, que es cuarta generación porque se tiene que
modificar aún más el ambiente para poder extraer el recurso.
Como
hay un boom de las materias primas, que explica este aumento del extractivismo
en América del Sur, ha pasado que se han originado dos formas
de organizarlo. Tenés los gobiernos de centro-derecha que mantienen
los emprendimientos mineros, petroleros, agropecuarios, en manos sobre
todo del empresariado privado, como el caso de Chile, Perú y
Colombia. Y también están los gobiernos progresistas que
dicen que de alguna manera intervienen en el uso de los recursos naturales
porque lo necesitan para mantener sus programas sociales, de educación,
etc. Ahí tenés varias maneras de cómo articulan
una mayor presencia del Estado en la apropiación de los recursos
naturales. El caso de mayor intervención del Estado es en el
sector petrolero donde hay muy altas regalías y donde en varios
países participan intensivamente empresas estatales, como es
el caso de Venezuela, Bolivia y Ecuador. En el sector petrolero un caso
intermedio sería Brasil, porque Petrobras es una empresa mixta.
En el sector agropecuario el único país que interviene
para captar excedentes de la exportación de recursos naturales
es Argentina, y en el sector minero, en general los países progresistas
no intervienen con altas regalías o con empresa nacionales potentes.
En el caso de Bolivia es marginal. Todos estos casos son dependientes
de insertarse en un capitalismo global para la venta de las materias
primas. Entonces, aun los países con gobiernos progresistas dependen
de la intermediación de los brokers que hacen la venta de estas
materias primas. Por ejemplo, el gobierno de Correa en Ecuador, que
tiene una disputa muy potente con la empresa Chevron, opta por venderle
petróleo a empresas chinas y hace pocos meses atrás una
investigación descubrió que estas empresas chinas compran
el petróleo formalmente pero ni siquiera lo embarcan hacia China,
sino que ese petróleo ya parte hacia Estados Unidos donde la
empresa china se lo revende a Chevron. Para salir del extractivismo
tenés que poner un ojo en estas condiciones del capitalismo global
y eso es lo que no discute la izquierda.
Mirá
el caso del litio en Bolivia, tienen un yacimiento brutal los tipos.
¿Cuál es la solución dejarlo, utilizarlo o cómo
usarlo?
Si
nuestros países siguen en esa estrategia reeditan y aceptan que
son proveedores de materias primas para el consumo global.
¿Los
nuevos Potosí u Ouro Preto?
Exacto,
en algún momento hay que comenzar a pensar que nosotros no tenemos
ninguna obligación moral de ser los proveedores de las baterías
de los celulares de todo el planeta. No es cierto que se esté
en contra de utilizar el litio en la tecnología, pero habría
que ver cómo utilizar esos materiales que se agotan rápidamente
sobre todo en nuestra región y habría que ponerlos en
otra escala de jerarquía para ver si nuestra primera prioridad
es tener todos los años un celular nuevo o son otras.
¿Eso
es un ataque a uno de los paradigmas más grandes de este sistema?
Sí,
claro, pero quiero subrayar que en el hemisferio del norte son más
de un grupo y corriente tanto del mundo empresarial, político
y de movimientos ciudadanos que entienden que la actual situación
es inviable y ya ellos se están preparando para un futuro cercano
en donde este tipo de globalización de materia prima no va a
ocurrir.
Ellos
se están preparando mientras nosotros estamos discutiendo a ver
quién exporta más materia prima y más rápido.O
quién bate el récord de venta de autos cero kilómetro.
Claro.
Por ejemplo, China tiene demandas en la Organización Mundial
del Comercio porque impide a las empresas extranjeras hacer minería
de tierras raras dentro de su propio territorio; en cambio, las empresas
chinas van a buscar esos minerales en África o en América
Latina.
¿Y
China hace la explotación de tierras raras con empresas propias?
No,
las reserva. Las tiene reservadas. Me sorprende que buena parte de esta
discusión tenga su efecto reversivo porque es contra el sistema.
Esa es la discusión potente que había en los 60, en los
70 y en parte de los 80 sobre qué se entiende por desarrollo
y cuál es el papel de América Latina. Sorpresivamente,
en los años 90, con un escenario increíble, esta discusión
se perdió.
¿Qué
escenario increíble?
Fue
que cayó la Unión Soviética que permitió
una especie de reflorecimiento de la izquierda latinoamericana y ganaron
los gobiernos de izquierda en gran parte de los países de América
Latina, y en 2007 colapsó Wall Street. Era un escenario soñado.
Izquierdas autónomas del sur, gobiernos en manos de la izquierda
y colapso en Wall Street, y no se generó ninguna versión
sustantiva de cambio de desarrollo. Lo más impactante sobre las
estrategias de desarrollo es cómo dos personas totalmente distintas
como Santos en Colombia y Mujica en Uruguay, en la gestión y
en su programa de desarrollo, se parecen tanto. Los dos tienen programas
potentes en minería, los dos apuestan a la inversión,
a maximizar las exportaciones y cada uno con su estilo mantienen diferentes
programas de asistencia social. Los dos, con distintos discursos, dicen
que hay un posible capitalismo benévolo donde el éxito
de la exportación permitiría reducir los impactos sociales.
¿Será
que se gobierna desde el Banco Mundial?
No,
ese es otro cambio interesante. La participación del Banco Mundial
y del BID como prestatarios para América Latina ha caído
muchísimo y los principales financiadores son la Comunidad Andina
de Fomento (CAF), que son nuestros propios gobiernos. El Banco Nacional
de Desarrollo Económico y Social de Brasil (BNDS), que financia
las empresas brasileñas en los países vecinos es nuestro
propio financiamiento. No tenemos financiamiento externo, estamos usando
nuestra plata.
¿Los
programas de asistencia social no son necesarios?
Es
muy bueno porque hay que ponerse en los zapatos de esa gente a la que
le soluciona situaciones de angustia. Pero eso no puede hacernos olvidar
que la justicia social es mucho más que eso. Entonces, no puede
quedar solamente en la redistribución económica. Para
mantener esos paquetes y el crecimiento del aparato del Estado que han
tenido todos estos países, ellos se obligan a ser todavía
más extractivistas y vender más materias primas; por lo
tanto, terminan aceptando más inversiones y favoreciendo la atracción
de inversiones. Hay equilibrios inestables entre contenciones y restricciones
al capital que en el fondo tampoco los manejan ellos porque dependen
de los precios y demanda de la materia prima.
Ahora
apostamos a encontrar petróleo en la plataforma marítima
y petróleo de esquistos.
Probablemente en el norte del país. Ese de esquisto es lo que
se llama el extractivismo de cuarta generación. No hay que pensar
en petróleo, eso se parece a la actividad minera porque es un
pozo al lado del otro.
¿En
algunos lugares está prohibido?
En
unos pocos lugares, es una actividad muy nueva cuyo impacto ambiental
recién ahora se está conociendo y por el otro lado la
cuenca más grande que hay, que está en Estados Unidos,
indica que es económicamente inviable. Solo sería viable
con un petróleo de más de cien dólares de valor
el barril porque es muy costoso sacarlo, el pequeño pozo se agota
rápidamente y hay que volver a perforar. Además, nos estamos
acercando a un umbral donde la energía que tengo que poner para
sacar un barril de petróleo, es un barril de petróleo.
No tiene sentido. En algún momento nosotros tenemos que discutir
si vamos a seguir exportando materias primas porque es un futuro muy
acotado.
¿Y la soja?
No
tiene sentido abandonar las actividades agropecuarias con todos los
problemas que puede haber en ellas por una actividad de corto plazo
como la minera. La actividad agropecuaria permite plazos muy largos
y siempre se tiene la opción de mejorar. En un emprendimiento
minero como Aratirí no se tiene esas opciones.
Hay
muchas salidas alternativas que permiten otros usos productivos sin
caer en los usos depredadores. Es más, se ha estado usando mucho
decir que la advertencia ambientalista nos llevaría a la Edad
de Piedra, nos quisiera llevar a ser indígenas y nos impediría
el progreso. No conozco a ninguna de las organizaciones de Uruguay que
tenga ese discurso.
¿Es
viable una economía que sustente el bienestar de la gente manteniendo
el ambiente?
Sin
dudas, porque ahora gran parte de nuestras economías funcionan
para sostener el alto consumo de otras regiones del planeta, no son
para nosotros. Toda América del Sur es un gran proveedor de materias
primas a escala global.
Durante
años la izquierda era crítica a las venas abiertas de
América Latina, ¿hoy está abriendo las arterias?
En
los años 60 la izquierda era critica a lo que ahora sería
el tipo de desarrollo extractivista por su dependencia internacional
y porque, además, genera efectos de derrame que impiden la industrialización
y la diversificación productiva y reproduce relaciones de subordinación
internacional. La izquierda latinoamericana era muy refractaria a la
temática ambiental en los 70. En esa época se organizó
el embate más fuerte y duro contra la idea de límites
ecológicos al crecimiento porque se suponía que eso era
una imposición de tipo imperialista o una excentricidad burguesa
y se organizó desde América Latina un discurso que decía
que socializando todos los medios de producción desaparecerían
los problemas ambientales.
Lo
cual se demostró que no era así.
Pero
ahí hay un problema conceptual para la izquierda más vieja
que viene del siglo XIX. El mandato marxiano del futuro de la abundancia
está claro que no es posible porque los recursos naturales son
limitados; pero además, las capacidades del planeta de tolerar
y manejar los impactos ambientales también son limitadas. Por
otro lado, esa izquierda tradicional es muy apegada a la idea del progreso
material. La imagen de avance era el consumo material, las fábricas,
el proletariado organizado, etc. Esa idea del progreso continuado también
tiene muchas dificultades en mantenerse por varias razones, desde las
limitaciones sociales a las limitaciones ecológicas. El tercer
flanco de discusión es que la sensibilidad ambiental implica
otra forma de relacionarse con el ambiente que incluye sensibilidades,
espiritualidad, etc. donde el aporte latinoamericano ha sido clave con
los movimientos indígenas. La idea del socialismo, que comparte
con el liberalismo y con los conservadores, de que solo lo humano es
sujeto de valor, ahora cruje en muchos sitios.
¿Limitaciones
tecnológicas? Porque el mundo es capaz de alimentar -transgénicos
mediante- a toda su población.
El
cuarto aspecto es el optimismo científico-técnico. Estos
problemas en el fondo se van a solucionar con alguna nueva tecnología.
Lo
transgénico ha logrado que se plante en lugares que antes no
era posible.
No,
quedó claramente demostrado que con estos transgénicos
de primera generación que hay acá siguen siendo determinantes
la calidad del suelo, la disponibilidad de agua y las condiciones del
clima. Hay una idea de que estos límites ambientales pueden ser
manejados tecnológicamente. Eso lo han dicho Mujica, Lula, Correa
y Morales. La propia tecnología muy sofisticada trae nuevos riesgos
en su implementación. Esa es la otra área de discusión.
Todo el discurso que hubo en Uruguay sobre la central nuclear segura.
Si no hubiera habido Fukushima, se habría invertido en una central
nuclear y se suponía que Fukushima era segura.
¿El
paradigma es ir contra el sistema de consumo?
El
nuevo paradigma que hay abandona el consumismo como consecuencia de
ese cambio de paradigma. Su piedra angular es volver a poner en el centro
dos ideas con el mismo nivel de jerarquía: la calidad de vida
de las personas y la protección de la naturaleza. Las dos con
el mismo nivel y la consecuencia de ese mandato es que hay que abandonar
cierto tipo de consumismo y reemplazarlo por uso de cosas, servicios,
etc. Tenés algunos gobiernos o personalidades de los gobiernos
que hacen un discurso contra el consumismo pero las prácticas
de su gestión y en su gobierno se alimenta esto. Es el caso de
Evo, de Correa y de Mujica. Más allá de su discurso contra
el consumo, la gestión de su gobierno es parte de alimentar estas
estrategias de desarrollo global volcadas al consumismo y, además,
alientan el consumismo dentro de sus países.
Hoy en día esto no lo discute nadie.
La
situación de las izquierdas está cambiando. En los últimos
meses separamos progresismo de lo que es una perspectiva de izquierda.
El progresismo es un nicho político nuevo que nació desde
la izquierda, que estando en el gobierno y adquiriendo ciertas prácticas
se está consolidando como algo nuevo con identidad propia. Tenemos
sectores que vienen de aquella izquierda plural, abierta, democrática,
independiente que había tomado temas de las minorías sexuales,
el género, lo ambiental, lo indígena, etc., que se sienten
defraudados por muchas cosas que están viendo en estos gobiernos.
Clarifica bastante la discusión separar la perspectiva de izquierda
de las prácticas reales del progresismo. Desde esa mirada de
izquierda hay muchos que están discutiendo qué tenemos
que hacer con los patrones de consumo.
¿Qué pensás sobre que acerca de Aratirí
había un 26% de encuestados que no sabía de qué
se trataba?
Pero
hay una parte importante de la población que no pasa por los
medios masivos. Hay medios de prensa que a los temas como Aratirí
les cuesta manejarlos hasta que no son parte del debate partidario.
Hay una especie de tertulización radial (no es periodismo porque
no informa) o la parodia radial donde a través de personajes
cómicos se comenta lo que pasa pero tampoco sirve para la información
pública. El acceso a la información pública no
es transparente y es cada vez más opaco.
¿Sería viable que el Estado optara por la explotación
de hierro en Valentines? ¿Hay un modelo ecológico?
No
lo conozco en el mundo. Sería una explotación de muy pequeña
escala a muy largo tiempo. La única que vi fue en el año
91 cuando conocí a Al Gore y me llevaron a ver en Florida una
minera que sacaba minerales raros en manglares. Es un gasto brutal.
¿La explotación de la tierra entonces va más
allá de quién sea el explotador?
Sí.
Me parece demasiado valiosa la posibilidad de diferentes opciones productivas
agropecuarias que tiene Uruguay, muchas de ellas con muchas potencialidades
económicas y ecológicas de ceder y perder eso a cambio
de una incierta minería.
Tampoco
el área es enorme
Hay
muchos impactos en áreas muy pequeñas que siguen siendo
malos; el área no es un determinante de la cualidad del impacto.
Por ejemplo, nosotros tenemos en la ciudad de Montevideo el impacto
de la volqueta de residuos que ocupan una pequeña superficie
pero generan un impacto terrible. La megaminería es una amputación
ecológica, es una remoción masiva de parte del ambiente.
En Uruguay se discuten cuestiones ambientales de los efectos colaterales
de esa remoción, más o menos polvo y más o menos
contaminantes químicos, pero el daño ambiental primario
es la remoción masiva y eso es una amputación ecológica.
¿El plebiscito sale?
Las
firmas las van a juntar, el problema de ellos es recogerlas. Cada vez
hay más gente que firma. No hay apuro porque pueden presentarlas
para esta elección o para la elección municipal. Si no
llegan a presentarlas ahora no pasa nada y quizás es mejor porque
se va a seguir discutiendo en la campaña electoral. Se nota que
hay como una avalancha y, además, hay un agotamiento de los argumentos
del gobierno para poder defender el emprendimiento.
¿El emprendimiento sale?
Depende
de las condiciones internacionales.
¿El puerto de aguas profundas
Estoy
de acuerdo en que haya un puerto de aguas profundas, me parece mala
la estrategia del gobierno de darle a cada empresita su puertito porque
hay una cantidad de puertitos empresariales desde el curso del río
Uruguay, el Río de la Plata y ahora en el océano Atlántico.
Me parece que el gobierno debería enfocar a varias de esas demandas
empresariales y juntarlas en un lugar. Tendría que haber un estudio
serio de dónde ubicar ese puerto que tendría que ser con
una planificación a escala de varios departamentos y, como en
el sitio de donde se ubique ese puerto no va a haber actividades turísticas
en el futuro, por tanto hay que pensar muy bien quiénes ganan
y quiénes pierden
¿La
regasificadora?
Todo
parece indicar que es necesaria para el emprendimiento minero más
que para nuestras necesidades, por lo menos, una regasificadora de ese
volumen.
Cuatrocientos millones de dólares por año, ¿se
puede renunciar por un agujerito?
No está claro que esa sea la cifra. Esta es parte de la oscuridad
de la información
Lo
primero que habría que hacer es terminar con el secretismo.
Aratirí
es como amputarse la falange de un dedo. La discusión es: ¿cuánta
plata me van a dar por la falange del dedo? Hay una parte de la sociedad
que responde que vende su dedo si me dan suficiente plata como para
comprarme un dedo ortopédico y va a tener diamantes y un arito
de oro súper cool. Hay otra gente que responde que no quiere
renunciar a su falange del dedo. Esto genera un diálogo de dos
planos hasta filosóficamente distintos.
Hay
personas que no están dispuestas a renunciar a ciertas cuestiones
de la calidad de vida por el dinero. No todo es compensable económicamente.
Ese es otro de los virajes del progresismo. El progresismo introduce
la idea de que todo es compensable económicamente y este otro
plano más filosófico no se entiende. Más allá
de la crítica al consumismo, creo que en el gobierno eso no se
entiende. Mientras que la discusión esté solo en el plano
económico, por cierto que las dimensiones sociales, ambientales
y territoriales desaparecen.
*Eduardo
Gudynas: Nació hace cincuenta y cuatro años en Montevideo,
en el barrio La Comercial, donde vivió casi toda su vida y ahora
vive en Cordón. Es casado y tiene una hija. Estudió Medicina
pero, como trabajaba en el tema de militancia ambiental, terminó
haciendo unos cursos con los franciscanos sobre Ecología Social.
Está
en el Sistema Nacional de Investigadores de Uruguay y es investigador
asociado a la Universidad de California.
Integra
el Centro Latinoamericano de Ecología Social, que trabaja con
varias contrapartes en distintos países de América Latina.
Fuente:
Semanario VOCES, 27 marzo 2014.