De
fitomejoradores y agrotóxicos
Es cada vez más insoslayable enfrentar ya no en nuestro país
sino en el mundo entero una crisis, multifactorial, con distinta intensidad
en diversas sociedades y regiones, crisis que nos viene acosando,
hostigando en varios ámbitos; una pérdida de biodiversidad
cada vez mayor, anunciada ya por Rachel Carson en los ‘60 ;
una contaminación cada vez más generalizada y cada vez
más omnipresente en tierra, agua y aire; la ya registrada en
los ’70 desaparición progresiva del ozono, destrozado
con cómodos productos químicos (como los clorofluorocarbonados
y otros), emitidos con ligereza por una industria siempre en expansión
buscando soluciones sin querer advertir que genera problemas; una
llamativa pérdida de fecundidad en la especie humana (al menos
en aquellas sociedades, como la de EE.UU., donde la intervención
química es mayor y a la vez se han elaborado estadísticas
al respecto), así como en varias especies animales.1
Los registros históricos atestiguan que el dióxido de
carbono estaba por debajo de 300 ppm en los inicios de la Revolución
Industrial. Insensiblemente, año a año ha ido corriéndose
esa presencia que se suponía hasta entonces estable y ligada
a las condiciones bióticas del planeta. Ha sobrepasado, tras
un siglo largo de constante avance, más de 400 ppm. Sabemos
que eso significa alteraciones de las condiciones de vida en el planeta,
pero no sabemos cuáles.
Podríamos
seguir enumerando datos que atestiguan el deterioro planetario y consiguientemente
nuestras propias condiciones de existencia.2 Para tomar este partido,
tendríamos también que elaborar los aportes –valiosos
o capciosos- de la pléyade de negadores del calentamiento climático
y del drama ecológico que apenas apuntamos. Desde el irresponsable
e imperial Donald Trump, actual presidente de EE.UU., hasta negadores
un poco más dignos de atención, como Jorge Orduna empeñado
contra un “ecofascismo” (mucho más atento al papel
globalizador –en rigor como bien lo ha bautizado Frei Betto,
globocolonizador– del “internacionalismo ecologista”),
o Aramís Latchinian, justamente preocupado e indignado contra
un ambientalismo burocrático y mediático, o Roberto
Ferrero, con justeza dedicado a diferenciar el ecologismo de los satisfechos
y desarrollados de un ecologismo periférico que, desesperado
ante los destrozos de la industrialización, intenta ahogar
todo desarrollo industrial, afianzando el corte centro/periferia.
Pero nos interesa ir un paso atrás. En la historia todavía
reciente de nuestra modernidad. La que suele datarse, en Occidente,
como el Renacimiento europeo y el mal llamado “Descubrimiento”
bautizado por europeos, de América.
A la primera de estas manifestaciones se la suele asociar, con razón,
con un desplazamiento de lo religioso a lo científico, pausado,
irregular, pero desplazamiento que la modernidad, asentándose
y universalizándose, puede verificar como decisivo.
La segunda, en cambio, redefinirá una nueva globalización,
puesto que América será finalmente deglutida, cultural
y físicamente, por Europa, enseñoreándose en
el planeta.
Hasta el siglo XV, Europa había coexistido con África
y Asia, constituyendo lo que con el tiempo se llamará el Viejo
Mundo, en una suerte de globalización que tenía como
eje el mar Mediterráneo, sobre todo oriental.
Pero la asimetría establecida entre la Europa transatlántica
y el continente americano fue decisiva para establecer una relación
de dominio de lo europeo y su proyección planetaria. Con un
nuevo eje, en el océano Atlántico.
En 1520, inicialmente a cargo de Fernando de Magallanes y finalmente
de Juan Sebastián Elcano, los humanos dan “la vuelta
al mundo”. Muy poco después esa expansión, con
desigual intensidad, se aplicará sobre las otras “partes”
del Viejo Mundo, por ejemplo convirtiendo al África en proveedor
de esclavos para el Nuevo Continente, donde los europeos no establecerán,
salvo excepciones, una relación de igualdad, de humanidad,
con sus pobladores; “los indios”. En muchos casos, ni
siquiera tratados como sirvientes o vencidos. Deslumbrados por las
riquezas, los europeos optarán, masivamente, por la eliminación
de los “subhumanos” encontrados, sobre todo los varones,
o en todo caso –la versión buenista de Las Casas- procurarán
con educación, adiestramiento y proselitismo como si de niños
se tratara– rehacerlos “a la europea”.
La conquista de América Sierva
Con la expansión de Europa, su consiguiente colonización
de El Nuevo Mundo, tendremos desplegado en toda su amplitud lo que
Tzvetan Todorov llamará con singular acierto “La cuestión
del otro”.
Entramos así a la modernidad con esta configuración:
la existencia, la presencia de “el otro”. La otredad.
Esto significa, brutalmente, la desaparición del universo,
es decir, de la unidad del cosmos.
Los griegos habían trabajado siempre con el opuesto conceptual
cosmos-caos. Ahora, en presencia de una colonización galopante,
ya no estamos enfrentados al caos, a la falta de la regularidad propia
del cosmos; ahora estamos en territorio adverso.
Los aborígenes resisten hacerse, ser hechos esclavos. Para
extraer de África millones de seres humanos y convertirlos
en esclavos, hubo que matar a otros tantos, a veces muchos más
todavía. Y en el Nuevo Mundo, los europeos ante la resistencia
de las sociedades aborígenes, también se valieron de
las armas, el terror, la tortura, para someter a estos otros otros.
Desde entonces, con el Occidente colonizador, floreció el racismo.
Y con el racismo, la idea de superioridad. Sentimientos similares,
de ombligo del mundo, podían albergarse en mentalidades “de
aldea”, localmente apenas. Pero con el dominio sobre el nuevo
continente, esa actitud caracterizará, como norma, a los europeos
respecto de los colonizados.
Y la idea de superioridad también abarcará lo humano
respecto de lo no humano.3
Así empezamos a ver a la naturaleza como ajena. Y eso está
a un solo paso de verla como enemiga. Nada para extrañarse
si tenemos en cuenta que estamos hablando de hace 500 años.
Con una naturaleza mucho más presente que lo que hoy podemos
calificar como tal. Y con una humanidad mucho menos significativa
que la actual.
Pero esa configuración de el otro implica romper con toda idea
de común-unión. De comunión. Significa elaborar
una estrategia de enfrentamiento. A muerte. Significa la instauración
de el enemigo, un poco por doquier.
Al romper con el “orden natural” y encaramados en el consiguiente
despliegue de los desarrollos tecnológicos, tenemos el auge
de las ciencias físicas, astronómicas, naturales, químicas.
Que revolucionan el cuadro del conocimiento humano, hasta entonces
centrado en las disciplinas del lenguaje; el teatro, la literatura,
la historia, la lógica, la oratoria, y ramas fundamentales
del tejido social, como el derecho.
Ese desarrollo renacentista nos traerá, por ejemplo, el microscopio
(inventado en 1590) y el telescopio (en 1610). Y la ampliación
de disciplinas conexas, como la astronomía y la cosmografía
vinculadas con el manejo del telescopio, así como de la biología
y la química accediendo al mundo microscópico.
La llegada de estas nuevas áreas del conocimiento se inscriben
entonces en un mundo ahora cuantitativizado, cuantitativizable. Mundo
enseñoreado con el concepto de el otro.
En el siglo XVI entonces ya teníamos a Monsanto, Syngenta,
Bayer… la agroindustria deshaciendo el planeta.
No en sentido literal, obviamente, pero en germen. Como diría
Aristóteles, en potencia.
Es el american way of life el que encarna con mayor vigor ese “nuevo
mundo”.
Con orgullo, los americans, en rigor los White, Anglo, Saxon, Protestants,
los WASP, se deslastran de tradiciones europeas, de pasados europeos,
para ellos, precisamente, “pasados de moda”.
Con estos deslastres, empero, se llevaron todo atisbo de comunidad
que “el mundo viejo” todavía tuviera.
Y ese empuje hacia un mundo nuevo, se lleva a cabo desde una coyuntura
histórica excepcional: con el fin de la llamada 2GM, 1945,
EE.UU. quedó dueño virtual del mundo entero, al disponer
de los tres complejos industriales mayores del planeta que eran, precisamente,
los que llevaban adelante la construcción de la nueva era.4
Será apenas un momento el del unicato norteamericano, porque
la década del ’50 comienza con la bomba H soviética
y el establecimiento, al menos convencional, de dos superpotencias
planetarias.
Pero fue suficiente para modelar lo que estaba sobreviniendo.
En ese cambio múltiple sobrevenido con la guerra mundial y
su desenlace, aunado a los cambios tecnológicos cada vez más
significativos, por ejemplo en los desarrollos químicos o en
los comunicacionales (para señalar apenas un par), el american
way of life por ser un racismo colonialista, generó inevitablemente
un nosotros y un ellos. Los otros, es decir el resto del mundo; lo
ignoto, lo amenazante, lo conquistable.
Esto último se expresará en el terreno cultural y comunicacional:
Hollywood “hará” nuestra próxima realidad.
Y la vida cotidiana, tendrá con la irrupción de los
termoplásticos, toda una revolución de “la comodidad”
que tardará décadas para que la sociedad vea sus atroces
secuelas.
Chovinismo y microbios: una forma de entender el mundo y sus “luchas”
En ese “caldo” cultural se produjo, por ejemplo, la semántica
de microbio. La designación es neutra; pequeñísima
porción viva. Pero el american way of life la consideró
enemiga.
Y sobrevino el ataque, cultural y militar, contra los (despreciables)
microbios: todavía recuerdo los documentales para escolares
–cientificistas y pedagógicos– sobre el cuidado
de los dientes y la boca: la pasta de dientes y los cepillos remedando
armas haciendo operaciones de limpieza de esos impiadosos enemigos,
los microbios y las caries. Made in Hollywood.
Y los proyectos alimentarios –monstruosos e ignorantes–
de la década del ’50, de llegar a alimentarnos con las
dietas científicamente calculadas de nuestras calorías,
sin necesidad de andar comiendo alimentos, que siempre podían
traernos visitantes indeseados: vivir de pastillas compuestas con
todos nuestros nutrientes. Reader’s Digest.
Y ya en plena década de los ’60, los emporios tecnológicos
llevando su batería de insecticidas del universo militar –para
el cual fueran creados– al de la agricultura, para luchar contra
los “microbios”, las “plagas”. El caso paradigmático
del DDT.
En esa época, cuando los grandes laboratorios productores de
tales venenos (insecticidas, nematicidas, fungicidas) estaban “otorgando
la solución” a los agricultores occidentales, europeos
y a sus colonias más o menos ex, como el continente americano,
todo un universo agrícola, con centenares de millones de agricultores
–la India–, resistió la llegada de tales “salvadores”
(aunque se trató de una resistencia vencida).
Los campesinos indios, generalmente minifundistas, no veían
necesidad de arrebatarles a los insectos y demás “sabandijas”
la comida (la merma para el consumo humano rondaba el 10% de cada
cosecha). Los laboratorios procuraban tentar a los agricultores para
que se adueñaran de ese 10% también (algo matemáticamente
imposible, porque los agrotóxicos que querían venderles
costaban dinero… y porque, con el tiempo, iban a costar más
que aquel 10 % inicial…). Los agricultores aducían que
así vivían también los bichitos, como ellos mismos.
La India carecía, entonces, de… modernidad.
La contaminación planetaria creciente, y hoy con carácter
de metástasis planetaria, nos está revelando que aquellos
campesinos indios analfabetos eran más sabios, sabían
más de naturaleza, que los laboratorios. Y que el sueño
del chovinismo tecnocrático en la lucha contra los microbios
ha resultado miope. Porque cualquier biólogo sabe que el 99,9999%
de los microbios son benéficos, saludables, imprescindibles
para nuestra propia vida (y la del planeta en general). Y que toda
campaña dedicada a combatirlos o extirparlos, bajo pretextos
de higiene o calidad alimentaria, es equivocada, y contraproducente.
Porque no existe salvación hundiendo al otro. A costa de lo
demás.
Pero al imperio le cuesta entender eso. Porque le sigue rindiendo
atender a su propia exclusividad; por eso, las élites de poder
estadounidense, israelí, británica, por ejemplo, siguen
apostando a la guerra.
Y aquí ya no hablamos solamente de las guerras alimentarias
(aunque también). Nos referimos a todas las guerras, incluidas
las más “tradicionales”.
A las de los laboratorios en el caso de la agricultura, pero también
a la guerra clásica para la apropiación de bienes considerados
valiosos, como el petróleo, que, por ejemplo, existe bajo los
pies de tantos musulmanes.
Por eso, como bien explicita Denis Rancourt5 y explica Naomi Klein6,
se siguen desmantelando estados, sociedades y países mediante
guerras y agresiones en el mundo árabe. Política de
shock.
Volviendo a nuestro momento cultural, vemos que la guerra está
presente en los más diversos aspectos de nuestras sociedades.
Y que la guerra es la pretensión de borrar a el otro. Y nuestra
convicción es que, por el contrario, sólo multiplicándonos
con los otros podremos construir un mundo vivible. ¿Pero podemos
compartir algo con quienes pretenden quedarse con todo?
Nota: Una suscriptora de una revista que editara hace años
me preguntó si fitomejoradores y agrotóxicos no se referían
a lo mismo, a las mismas sustancias. Le contesté que por cierto
era así y que el doble bautismo revelaba las muy distintas
significaciones que le dábamos a lo mismo.
Referencias:
1 A lo largo de la segunda mitad del siglo XX, se registra década
a década, ininterrumpidamente una pérdida de capacidad
espermática en varones humanos estadounidenses. La misma investigación
ha verificado, también marcada disminución de fertilidad
en aves marinas, por ejemplo, y en cocodrilos de la península
de Florida (Myer, Dumanoski y Peterson, Nuestro futuro robado, 1996).
2 Aunque no se trata de resultados de sencilla lectura, unívocos.
Junto con tales deterioros existen a veces formidables avances en
el conocimiento humano, que permite sortear algunos obstáculos
como nunca antes. Como único ejemplo; progresos quirúrgicos.
3 Lynn White en “Las raíces históricas de nuestra
crisis ecológica” [1968] reseña el papel de los
cristianos, particularmente sacerdotes, acabando con el paganismo
característico de los indígenas, para implantar un mundo
moderno ajeno a todo pathos panteísta, a toda identificación
con, por ejemplo, la naturaleza. Al romper con el paganismo se rompía
con un nosotros que abarcaba todo y se introduce así, la cuestión
de el otro, no ya entre humanos (donde por cierto ya estaba bien consolidada
por el colonialismo y el racismo consiguiente) sino respecto del resto
del mundo.
4 1. La franja atlántica de EE.UU.; 2. La cuenca del Ruhr,
casi toda asentada en territorio alemán, ahora ocupado por
Los Aliados (es decir, primordialmente, por EE.UU.) y 3. El cordón
industrial dentro del archipiélago japonés (Kyoto, Yokohama,
Tokyo) también bajo ocupación de EE.UU. Fuera de tales
centros industriales había algunos otros como el soviético,
el sueco o el norte italiano, pero todos de muy secundaria significación,
entonces (v. James Burnham, La revolución de los directores,
1941).
5 Cit. p. Jonas Alexis y Michael Cangemi, “Alfred Lilienthal
y otros lucharon contra la mafia jázara”, Veterans Today,
publicado en castellano, rebelión.org, 6 oct. 2019.
6 La doctrina del shock, 2007.
- Luis
E. Sabini Fernández es docente del área de Ecología
y DD.HH. de la Cátedra Libre de Derechos Humanos de la Facultad
de Filosofía y Letras de la UBA, periodista y editor de Futuros.
http://revistafuturos.noblogs.org/
Alainet
24/10/2019