Dow Chemical,
Monsanto y la muerte enlatada. Asesinos multinacionales S.A.
Por Carlos Machado, febrero 2007
La llegada de la revolución
industrial trajo, indudablemente, un gran progreso y muchos beneficios
a la humanidad. Pero ésta, en forma paralela, comenzó
en poco tiempo a padecer los sistemas implementados por la industria
para lograr esos progresos, que de estar inicialmente pensados para
el hombre han llegado a transformarse en su destrucción.
La llegada de la revolución
industrial trajo, indudablemente, un gran progreso y muchos beneficios
a la humanidad. Pero ésta, en forma paralela, comenzó
en poco tiempo a padecer los sistemas implementados por la industria
para lograr esos progresos, que de estar inicialmente pensados para
el hombre han llegado a transformarse en su destrucción. De hecho,
a constituirse en beneficios únicamente para las multinacionales,
que en realidad desprecian a la humanidad y sólo contemplan su
progreso propio, creando continuamente nuevas formas de destrucción,
mientras ocultan datos, mienten, sobornan y atacan a quienes pretendan
denunciarlas. Intentaremos reflejar de qué manera han acumulado
desastres y daños en el planeta esas multinacionales del terror,
y además de quiénes se trata.
Comenzaremos por recordar que hace
poco se cumplieron 22 años de que ocurriera uno de los mayores
de esos desastres. En la noche del 2 al 3 de diciembre de 1984 se produjo
la fuga de 30 a 40 toneladas de gases letales en la fábrica de
pesticidas de la Union Carbide Corporation en la ciudad de Bhopal, en
la India. Esos gases, que se escaparon de algunos de los tanques durante
una rutinaria operación de mantenimiento, contenían isocianato
de metilo y cianuro de hidrógeno, entre otras sustancias altamente
tóxicas. Esa noche, seis de las medidas dispuestas para prevenir
una fuga de gases no funcionaron, fueron desconectadas o resultaron
inadecuadas, además de no funcionar tampoco la sirena de alarma.
Los gases, que rápidamente se expandieron por la ciudad, quemaron
los ojos y las vías respiratorias de la gente, se introdujeron
en su corriente sanguínea y dañaron todos sus sistemas
corporales. Muchos murieron en sus camas, otros salieron de sus casas
a tropezones, ciegos y ahogándose, para morir en la calle, y
otros murieron al llegar a un hospital. Esos gases mataron de inmediato
a 8.000 personas y envenenaron a otras 20.000, comenzando una tragedia
que aún no ha llegado a su fin. Desde entonces, y de acuerdo
a cálculos de organizaciones de sobrevivientes, continúan
muriendo de diez a quince personas por mes a consecuencia de enfermedades
relacionadas con la exposición a aquellos gases tóxicos.
Actualmente, los más de 150.000 sobrevivientes de la catástrofe
son enfermos crónicos que deben seguir recibiendo tratamiento
médico, y aproximadamente 500.000 de los que estuvieron expuestos
de otras formas a los gases tienen sustancias tóxicas en su flujo
sanguíneo, mientras todos ellos más los hijos de los afectados
viven enfrentados a las secuelas de ese legado, entre ellas cáncer,
problemas neurológicos, ciclos menstruales caóticos, enfermedades
mentales y daños en los sistemas musculoesquelético, reproductivo
e inmunológico. A 22 años de ese desastre, la empresa
responsable del mismo y sus antiguos ejecutivos, que huyeron de la India
dejando abandonada la fábrica, siguen eludiendo a la justicia.
En 1999, Union Carbide se fusionó
con la multinacional Dow Chemical, al comprar ésta a aquella
por unos 9.500 millones de dólares, pasando así a convertirse
en la compañía química más grande del mundo.
Pero Dow Chemical no sólo había comprado los activos de
Union Carbide, sino también sus obligaciones. Sin embargo, se
negó a aceptar las responsabilidades morales por las operaciones
de Union Carbide en Bhopal. Mientras sigue la batalla legal intentándose
probar esa responsabilidad en los tribunales estadounidenses, el pueblo
de Bhopal sigue sufriendo, como se dijo, las consecuencias y secuelas
de esa catástrofe y, todavía, la exposición a sustancias
tóxicas en las instalaciones industriales abandonadas.
Se había pedido a Union
Carbide que indemnizara a los afectados de Bhopal, pero después
de cinco años de luchar en los tribunales, el gobierno indio,
por debilidad o por corruptela, aceptó un acuerdo extrajudicial
por sólo 470 millones de dólares, que se firmó
en febrero de 1989. Eso fue todo. Según la propia Dow Chemical,
ambas empresas suman ingresos anuales por más de 25.000 millones
de dólares. La indemnización media por daños personales
fue de entre 370 y 533 dólares por persona, apenas el dinero
necesario para cubrir gastos médicos por cinco años, pese
a que miles de los afectados y sus hijos permanecerán enfermos
y no podrán trabajar durante todo lo que les reste de vida. Desde
esa catástrofe se han iniciado más de 140 causas civiles
en los tribunales federales de Estados Unidos a favor de las víctimas
y los sobrevivientes, en un intento por obtener una indemnización
apropiada para ellos. Todos esos casos aún siguen pendientes.
Dow Chemical y el Agente
Naranja
El curriculum de la Dow Chemical
abunda en muchas otras iniquidades además de la de Bhopal, pero
nos remitiremos a las más destacadas y las que mejor reflejan
su “espíritu de progreso”.
En 1964, y anticipándose
a los encargos que poco después le haría el gobierno norteamericano,
Dow Chemical contrató a un dermatólogo de la Universidad
de Pensilvania para que hiciera algo que no tuviera nada que envidiarle
a uno de los preferidos de Adolf Hitler, el doctor Josef Mengele, y
se le pusiera a la par. El dermatólogo realizó ensayos
con dioxinas utilizando a setenta reclusos de la prisión de Holmesburg,
en Filadelfia, cuyos resultados serían usados al poco tiempo
y en gran escala contra la población civil vietnamita. Las dioxinas
son las sustancias más dañinas que se conocen. Además
de cancerígenas, son cinco millones de veces más tóxicas
que el cianuro. En 1971, la compañía química volvió
a los ensayos con presidiarios para probar un pesticida tóxico
en el organismo humano. El resultado, considerado “satisfactorio”,
le sirvió para lograr un nuevo agente nervioso, el Chlorpyrifos,
producto que sustituyó al DDT cuando éste fue prohibido
en 1972, pero tanto o más dañino. Obviamente, nunca llegó
a saberse qué fue de todos los reclusos utilizados para los experimentos.
Entre 1970 y 1971, la planta de
la Dow Chemical en Midland, Michigan, arrojó más de 17.000
millones de litros de aguas residuales al río Brazos y al Golfo
de México. En 1980, un grupo de investigadores descubrió
que 25 trabajadores de la factoría de la empresa en Freeport,
Texas, tenían tumores cerebrales, 24 de los cuales resultaron
mortales. Sin embargo, la fabricación y manipulación de
productos de alta peligrosidad por parte de los trabajadores nunca se
detuvo.
La última hazaña es
tema hace un tiempo de los diarios de Nicaragua, ya que miles de agricultores
allí están contaminados por el pesticida Nemagón,
un producto que elimina las plagas pero también a los seres humanos.
Solamente entre los trabajadores bananeros, el pesticida acabó
con la vida de 849 de ellos en los últimos años, y la
Dow Chemical, uno de los baluartes en la fabricación de pesticidas
y sustancias letales, figura entre las compañías demandadas
por los agricultores nicaragüenses.
Pero quizás la esmeralda
que resalta en la corona de Dow Chemical ha sido hasta ahora, al menos
hasta que no invente algo peor, el Agente Naranja.
Esta otra creación de la
compañía química es una mezcla de dos herbicidas:
el 2,4-D y el 2,4,5-T, y fue utilizado como desfoliante en los bosques
y los arrozales por el ejército norteamericano en la guerra de
Vietnam. Por cuestiones propias del apuro militar para ponerlo en práctica
en esa guerra fue producido con una deficiente purificación,
presentando contenidos elevados de una dioxina cancerígena: la
tetraclorodibenzodioxina, tóxico cuyo uso afectó a más
de tres millones de vietnamitas e incluso a muchos soldados estadounidenses
a quienes, por supuesto, no se les informó debidamente sobre
lo que arrojaban desde los aviones y sobre lo que recibían los
que estaban abajo. Algo habitual en los emperadores del Norte, si recordamos
que ni siquiera la tripulación del “Enola Gay”, el
avión que arrojó la primera bomba atómica sobre
población civil en Hiroshima -con las consecuencias que aún
hoy sufren los sobrevivientes y su progenie-, conocía el poder
de lo que transportaban. Un producto, esta letal dioxina, que además
dejó secuelas en los afectados de ambos bandos en Vietnam, ya
que ellos y sus descendientes siguen padeciendo graves problemas de
salud, entre ellos malformaciones genéticas.
Un grupo de vietnamitas inició
un juicio en Estados Unidos contra las grandes compañías
fabricantes del Agente Naranja. Mientras ellos aún aguardan el
resultado de sus demandas, al menos un grupo de más de noventa
veteranos de guerra de Estados Unidos tuvieron algo de suerte dentro
de sus padecimientos: en 1984 obtuvieron la suma de 180 millones de
dólares en concepto de daños a la salud por los efectos
adversos de la exposición a ese herbicida. Por su parte, los
representantes de las compañías depredadoras esgrimen
en su descargo dos palabras casualmente bien conocidas en la Argentina,
sobre todo en los últimos años de su historia reciente:
“obediencia debida”. Para ellos, simplemente “se siguieron
órdenes del gobierno”.
Como la Dow Chemical, también
la empresa Monsanto suministró al ejército estadounidense
su propia versión del Agente Naranja, pero esta versión
contenía concentraciones de dioxina mucho más altas que
la de su competidora en el negocio cívico-militar que representaba
entonces la guerra de Vietnam. De todas maneras, ambas compañías
y otras menores pero no menos peligrosas siempre han convivido perfectamente
en este circo de horrores conformado por el complejo militar-industrial
norteamericano.
Monsanto: de la sacarina
a Vietnam
La compañía química
Monsanto fue fundada en 1901 en la ciudad estadounidense de Saint Louis,
Missouri, por John Francis Queeny, un veterano de la industria farmacéutica
que invirtió capital propio y dio a la nueva empresa el nombre
de soltera de su esposa, la española Olga Monsanto. A poco de
entrar en escena, Monsanto lanzó el edulcorante artificial “Sacarina”,
si bien en realidad su fundador había traído algunos antecedentes
de ese producto desde Alemania, ya que había trabajado para la
firma Merck. También se constituyó en uno de los principales
proveedores de cafeína para la Coca-Cola. En la década
de 1920 expandió sus negocios hacia la química industrial,
por ejemplo produciendo ácido sulfúrico, y en la de 1940
ya era líder en la fabricación de plásticos, entre
ellos poliestireno y fibras sintéticas. Desde entonces, Monsanto
se consolidó como una de las diez mayores compañías
químicas americanas.
A poco andar y al igual que sus
competidoras multinacionales –la Dow Chemical es un claro ejemplo
de ello- Monsanto no escapó a la saga de desastres que las caracterizan.
En 1947 un carguero francés que transportaba fertilizantes de
nitrato de amonio explotó en un muelle, a sólo 80 metros
de la fábrica de plásticos de la empresa en Galveston,
Texas, donde murieron más de 500 personas. Esa fábrica
producía plásticos de estireno y poliestireno, hoy importantes
componentes de envases alimenticios, botellas de aguas mineralizadas
y gaseosas y muchos otros productos de consumo, además de encontrarse
en ventanas de edificios, papeles pintados, tuberías, cables,
tarjetas de crédito y hasta en algunos instrumentos médicos.
En la década de 1980 la EPA –siglas en inglés de
la Agencia de Protección al Medioambiente, organismo del gobierno
norteamericano- clasificó al poliestireno como el quinto producto
químico cuya producción genera más desechos peligrosos.
Su elaboración disemina dioxinas por el aire, y su incineración
contamina por otras vías. Pero Monsanto también comenzó
a diseminar por el mundo otro engendro letal: el PCB.
En 1929 Monsanto compró la
compañía química Swann, que había comenzado
a desarrollar el bifenil policlorado llamado comúnmente PCB (por
Polychlorinated Biphenyl, su denominación en inglés).
El producto fue ampliamente elogiado por ser no inflamable y de alta
estabilidad química, y de inmediato se lo utilizó en la
industria de los equipamientos eléctricos, que lo adoptó
como refrigerante para su nueva generación de transformadores.
Para la década de 1960, los PCB de Monsanto ya eran utilizados
como lubricantes, fluidos hidráulicos, selladores líquidos
y protecciones a prueba de agua, entre otras aplicaciones. Pero investigaciones
a partir de esos años comenzaron a demostrar la alta toxicidad
del producto: científicos suecos que habían estudiado
los efectos biológicos del DDT habían encontrado concentraciones
significativas de PCB en la sangre, pelo y tejido graso de animales
salvajes, e investigaciones durante los años ‘60 y ‘70
revelaron que los PCB y otros cloruros orgánicos eran potentes
agentes cancerígenos, y también los relacionaron con un
amplio abanico de desórdenes inmunológicos, reproductivos
y de crecimiento. El PCB puede ingresar al cuerpo humano a través
del contacto por la piel, por la inhalación de vapores o por
la ingestión de alimentos que contengan residuos del compuesto.
Este tóxico fue prohibido en Estados Unidos y Europa a partir
de 1976, luego de que se sucedieran algunos accidentes, siendo reemplazado
por productos alternativos más seguros como los aceites de silicón
o ciertos tipos de aceite mineral, o bien pasaron a utilizarse transformadores
“secos” o refrigerados por aire. De todas maneras, los efectos
destructores y tóxicos del PCB persisten en el mundo entero.
En uno de tantos “países
basurero” como la Argentina -pese a que las compañías
de electricidad se comprometieron a reemplazar los transformadores con
PCB luego de haberse puesto en evidencia que la muerte de varias personas
con diversos tipos de cáncer se produjo por residir en proximidades
de los mismos- aún existen muchos transformadores de media y
baja tensión conteniendo aceite refrigerante de PCB. En varios
casos se descubrió que ese lubricante chorrea por falta de mantenimiento
–más la habitual abundancia de desidia de los gobiernos
municipales de turno-, y la liberación de ese aditivo contamina
el suelo, las napas y el agua. Ello ocurre no sólo en un barrio
sino en una amplia zona, ya que una de las características del
PCB, además de su resistencia a la ruptura o degradación
química y biológica a través de procesos naturales
más su tendencia a acumularse y permanecer en organismos vivos,
es que se disemina con suma facilidad. Se estima que un transformador
con buen mantenimiento y trabajando sin exceso de carga puede tener
una vida útil de cuarenta a sesenta años. Posteriormente
esos artefactos son considerados residuos peligrosos. El principal riesgo
sucede si los transformadores explotan o se incendian. En tal caso,
el PCB se transforma en una dioxina, y ya hemos visto las consecuencias
que éstas acarrean, por si fueran pocas las que genera el PCB.
La facilidad del PCB para diseminarse
rápidamente por tierra, agua y aire ha hecho que se detectaran
altas concentraciones del tóxico en el Artico, y por extensión
en la cadena alimenticia acuática: la merluza ártica,
por ejemplo, contiene concentraciones de PCB 48 millones de veces superiores
a las de las aguas en que se encuentra, y los mamíferos depredadores,
como los osos polares, pueden tener en sus tejidos concentraciones de
PCB cincuenta veces más grandes. Por consecuencia, los habitantes
esquimales del Artico, los indígenas “inuit”, no
están para nada exentos de la acción de este veneno. Hoy
este producto está incluido en la llamada “docena sucia”,
un listado de los doce contaminantes más peligrosos del planeta.
Además es considerado un “contaminante orgánico
persistente”, lo que equivale a decir que permanece en el medio
ambiente por largos períodos. Se estima que los efectos del PCB
se extenderán hasta después del año 2025. En tanto,
el entusiasmo de Monsanto por la creación de nuevos flagelos
para la humanidad no se detenía allí.
La relación de Monsanto con
las dioxinas arranca con la fabricación del herbicida 2,4,5-T,
comenzada a fines de la década de 1940. Sobre ésto Peter
Sills, autor de un libro sobre dioxinas, explica: “Casi inmediatamente,
los trabajadores de la fábrica empezaron a enfermarse, con eczemas
en la piel, inexplicables dolores en piernas, articulaciones y otras
partes del cuerpo, debilidad, irritabilidad, nerviosismo y pérdida
de la libido. Los memorándums internos muestran que la compañía
sabía que estos hombres estaban tan enfermos como afirmaban,
pero mantuvieron las pruebas bien escondidas”. Una explosión
en la fábrica de herbicidas de Monsanto en West Virginia, en
1949, atrajo una mayor atención hacia esas quejas. El agente
contaminante que generó esas condiciones no fue identificado
como dioxina hasta 1957, pero el Cuerpo Químico del ejército
de Estados Unidos –cuándo no- se interesó enseguida
por esta sustancia, pensando en un posible agente para guerra química.
Incluso se reveló, gracias a la Ley de Libertad de Información,
que ya desde 1952 había unas 600 páginas de intercambio
de informes y correspondencia entre Monsanto y esa dependencia del ejército
sobre el tema de este subproducto de los herbicidas. Estaba cercana
la puesta en marcha del Agente Naranja, para que las fuerzas norteamericanas
en Vietnam se divirtieran arrojando este veneno transformando en páramos
bosques y arrozales, y arruinando por extensión las demás
vidas orgánicas, incluso la del hombre.
Bienvenida, biotecnología
A punto de iniciarse la década
de 1990, Monsanto era una de cuatro compañías químicas
que estaban por sacar al mercado una hormona de crecimiento bovino sintética,
producida en bacterias modificadas genéticamente para producir
proteínas bovinas. Otra de las empresas era American Cyanamid,
luego propiedad de American Home Products, ésta a su vez posteriormente
fusionada con Monsanto. Asimismo, comenzaba una agresiva promoción
de Monsanto para imponer sus productos de biotecnología, como
por ejemplo, además de la hormona bovina, las semillas de soja
y maíz transgénico y sus variedades de algodón
resistentes a los insectos. En los hechos una paradoja ya que, mientras
son efectivamente resistentes a alguna variedad de insectos, no lo son
para otras, por lo que deben seguir utilizándose plaguicidas,
obviamente fabricados por Monsanto, cuyas consecuencias para la vida
humana ya conocemos. Muchos observadores ven este accionar como la continuación
de muchas décadas de prácticas éticamente cuestionables,
y como dice el ya citado Peter Sills: “Las corporaciones tienen
personalidades, y Monsanto es una de las más malignas. Desde
sus herbicidas al desinfectante Santophen y a la hormona de crecimiento
bovino, parece que hace todo lo posible para hacer daño, a sus
propios trabajadores y a los niños”.
Monsanto venía intentando,
desde 14 años antes de lanzar su hormona, la aprobación
para ello de la Agencia para las Drogas y la Alimentación (FDA-Food
and Drugs Agency), organismo del gobierno de Estados Unidos, intento
que estuvo marcado por varias controversias, incluyendo versiones sobre
un supuesto esfuerzo concertado para suprimir información sobre
los efectos negativos de la hormona. Incluso un veterinario de la FDA,
Richard Burroughs, fue despedido después de acusar tanto a Monsanto
como a la agencia gubernamental de suprimir y manipular datos para esconder
los efectos de las inyecciones de la hormona en la salud de las vacas
lecheras. En 1990, cuando la aprobación de la FDA parecía
inminente, un patólogo veterinario de la Universidad de Vermont
mostró, a dos legisladores del estado, datos que habían
sido previamente suprimidos que documentaban importantes incrementos
en las tasas de infección en las vacas que habían sido
inyectadas con la entonces experimental hormona de Monsanto, además
de una inusual cantidad de graves defectos de nacimiento en las crías
de vacas tratadas con ese producto. Por otra parte, una revisión
independiente de esos datos hecha por un grupo representante de las
granjas regionales documentó problemas de salud adicionales en
las vacas asociados con la hormona, entre ellos altas tasas de lesiones
en cascos y patas, dificultades metabólicas y reproductoras e
infecciones uterinas. A su vez, la Oficina Presupuestaria del Congreso
(GAO-General Accounting Office) intentó una investigación
sobre el caso pero no pudo obtener los archivos necesarios de Monsanto
para continuarla, particularmente respecto de las sospechas de efectos
teratogénicos y embriotóxicos. Los auditores de la GAO
llegaron a la conclusión de que las vacas inyectadas con Posilac
–nombre comercial de la hormona- tenían una tasa de mastitis
(infección de las ubres) un tercio mayor que las no tratadas,
y recomendaron mayores investigaciones sobre niveles más altos
de riesgo en la leche producida utilizando la hormona. Investigaciones
que por supuesto nunca más se concretaron.
Finalmente, la hormona de Monsanto
fue aprobada por la FDA para su venta comercial en 1994. Al año
siguiente la Unión de Granjeros de Wisconsin publicó un
estudio con sus experiencias con la hormona, cuyos resultados excedían
los problemas de salud antes detectados. Hubo informes sobre muertes
espontáneas de vacas tratadas con la hormona, alta incidencia
de infecciones en las ubres, graves dificultades metabólicas
y problemas de reproducción. Muchos granjeros experimentados
que habían probado el uso del Posilac de pronto tuvieron que
reemplazar a gran parte de sus rebaños, pero en lugar de examinar
las causas de las quejas de los granjeros sobre la hormona, Monsanto
pasó a la ofensiva, amenazando con litigar contra las pequeñas
empresas lecheras que anunciaran sus productos como “libres de
la hormona”. El caso es que las pruebas de los efectos dañinos
de este producto en la salud, tanto de las vacas como de las personas,
continuaron acumulándose. Al mismo tiempo, afloraba también
la canallesca relación de Monsanto -siempre obviamente tras el
logro de su beneficio- con determinados funcionarios de diversos niveles
gubernamentales.
La verdad incómoda
Hace un tiempo atrás, el
diario británico “The Independent” informó
sobre un estudio que Monsanto había mantenido en secreto, que
mostraba que un grupo de ratas alimentadas con maíz transgénico
de esa multinacional había sufrido cambios en órganos
internos y en la sangre. La información tuvo amplia repercusión
en los principales medios de prensa de Europa y muchos del resto del
mundo. En México, sin embargo, la noticia fue ignorada por las
autoridades y escasamente difundida por los medios. Claro, la Secretaría
de Salud mexicana aprobó para consumo humano, a partir del 2003,
ese maíz transgénico –al que Monsanto se encargó
diligentemente de distribuir por todo el país, ejerciendo de
paso la autoridad que le da la propiedad de su patente para recaudar
las onerosas regalías que deben abonar los campesinos por la
semilla- y entonces, en un país que es el centro de origen del
maíz y su población lo consume en forma masiva, este tema
no ha resultado relevante. Quizás porque allí hay demasiadas
ratas o demasiados amigos de Monsanto. O lo que es lo mismo, una mezcla
de ambas cosas a la vez. De hecho, según afirman muchos, el ex
presidente Vicente Fox, antes de llegar a asumir altos cargos públicos,
se había desempeñado como ejecutivo de una subsidiaria
de Monsanto.
Y debemos volver a un lugar del
mundo citado al comienzo de la nota, la India, con otro aspecto trágico.
De acuerdo a datos reconocidos por el propio Ministerio de Agricultura
indio, entre 1993 y 2003 hubo 100.000 suicidios de campesinos, y entre
2003 y octubre de 2006 ocurrieron 16.000 suicidios de campesinos cada
año. En total, entre 1993 y 2006 hubo alrededor de 150.000 suicidios
de campesinos, un promedio de treinta diarios durante 13 años.
¿Y bajo qué condiciones puede darse semejante tasa de
suicidios entre productores rurales?. Para algunos obedece simplemente
a cuestiones de endeudamiento, pero a los ojos de observadores imparciales,
la verdadera razón radica en la imposición de una tecnología
agrícola totalmente inadecuada, tanto desde el punto de vista
económico como del ambiental. Un ejemplo que grafica bien esta
cuestión es el de Anil Khondwa Shinde, un pequeño agricultor
del distrito de Vidarba, estado de Maharashtra, en el sector centro-occidental
de la India, quien hace poco se suicidió –las casualidades
a veces no existen- ingiriendo un potente plaguicida, muriendo en pocos
minutos a sus 31 años de edad. La desproporción entre
costos de producción y precio de venta no le permitieron pagar
el crédito extendido por los proveedores de insumos. Shinde había
decidido sembrar algodón “Bt”, transgénico
producido por Monsanto que supuestamente reduce la necesidad de plaguicidas
y aumenta la rentabilidad del productor. La realidad de esta historia
es que el algodón de Monsanto ofrece algo de protección
frente al llamado “gusano del fruto” pero no frente a otras
plagas que afectan este cultivo. Es así que los agricultores
como Shinde recurrieron a este algodón de Monsanto buscando reducir
el costo en plaguicidas pero se llevaron una ingrata sorpresa, ya que
se vieron obligados a seguir aplicando estos insumos, y peor aún,
la trampa del endeudamiento se les vino encima mucho más rápido
dado que las semillas del algodón de Monsanto son mucho más
caras. Es así como centenares de campesinos indios que sembraron
algodón transgénico decidieron buscar la salida del suicidio
frente a una situación económica desesperada que empeora
año tras año.
También en la India –que
para las transnacionales del terror parece un ideal depósito
de venenos y basuras varias, al igual que los países latinoamericanos
y africanos- se descubrió hace algunos meses la presencia de
una serie de pesticidas en las bebidas gaseosas comercializadas por
Coca-Cola y Pepsico. Un comité del Parlamento indio confirmó
que ambas compañías vendieron bebidas contaminadas, entre
ellas las conocidas Coca-Cola, Coca Diet, Fanta, Sprite, Pepsi, Pepsi
Light y Mirinda de naranja y limón, poniendo en peligro la salud
de los consumidores. Según el diario británico “The
Guardian”, las bebidas alcanzaron a contener una cantidad de pesticidas
más de treinta veces superior a lo establecido por las regulaciones
europeas en la materia. Todas las bebidas contaban, entre otros pesticidas,
con la presencia de DDT, cuya función es acabar con las plagas
de mosquitos pero que ha sido prohibido hace bastante tiempo en Estados
Unidos y Europa, y que puede generar desde cáncer a importantes
daños en el sistema inmunológico de los seres humanos.
De hecho, en la India –a cuyo débil y corrupto gobierno
no parecen hacerle mella tragedias como la de Bhopal- continúan
utilizándose varios plaguicidas que ya han sido prohibidos, como
se dijo, en varios otros países. De todas maneras fue el pueblo
indio, mediante fuertes campañas desarrolladas contra las citadas
empresas de bebidas gaseosas, el que logró que al menos en varios
estados del país se dejara de consumir y comercializar esos refrescos,
igual que en escuelas y en las cafeterías de edificios públicos.
Sanjay Nuripam, miembro de una de las organizaciones que integraron
el comité conjunto parlamentario, en declaraciones a “The
Guardian” se planteó: “Tú no encuentras refrescos
de cola con pesticidas en Estados Unidos. ¿Por qué nos
fuerzan a que nos los bebamos nosotros?”. Para más claro,
echarle agua. Pero claro, sin pesticidas.
Si algo caracteriza a Monsanto,
como a otras multinacionales que hacen su negocio a expensas de vidas
humanas, es su capacidad para tratar de minimizar sus acciones a través
de campañas publicitarias que laven su imagen, incluyendo el
pago a diversos patanes que mediante mensajes a través de Internet
o en sus propios blogs descalifican toda crítica o informe negativo
hacia la multinacional, ensalzando a la vez las “bondades”
de sus productos. En Gran Bretaña, por ejemplo, invirtió
un millón de libras esterlinas en una campaña de márketing
patrocinando una exposición sobre biodiversidad con la más
avanzada tecnología, y en el Museo Americano de Historia Natural,
en Nueva York, además de muchos otros espacios similares, está
intentando aparecer como una empresa concientizada y progresista. Otra
medida que adopta es la de captar a políticos de nivel que colaboren
con su gestión empresarial. ¿Ejemplos?. En mayo de 1997
Mickey Cantor, asesor de la campaña electoral de Bill Clinton
en 1992 y Representante Comercial de Estados Unidos durante su primer
mandato, fue designado miembro del Consejo de Dirección de Monsanto.
Por su parte Marcia Hale, antes asistente personal del mismo presidente,
trabajó luego como Relaciones Públicas de Monsanto en
Gran Bretaña. Además, directamente ha sobornado y comprado
a varios funcionarios de la gubernamental FDA, la Agencia para las Drogas
y la Alimentación, y colocado a elementos propios en cargos de
esa agencia, aparte de haber logrado en su momento la protección
de la administración Reagan para eludir situaciones que la comprometían.
Con lo cual se ha demostrado que la FDA, que supuestamente debería
velar por la salud de sus ciudadanos, en los hechos es un organismo
que brinda su coraza en defensa de los intereses de las multinacionales.
Y por si ésto fuera poco, la compañía intenta todo
para intimidar a los críticos que la denuncian y a suprimir los
juicios negativos en los medios. Monsanto cuenta, en tal sentido, con
más de ochenta empleados y un presupuesto anual de unos diez
millones de dólares con la exclusiva tarea de investigar y perseguir
tanto a agricultores díscolos como a periodistas nada complacientes.
Conclusión (por ahora)
Cuando se habla de la administración
Bush como representante del complejo militar-industrial norteamericano
se tiende a pensar, exclusivamente, en los altos mandos del Pentágono,
el ministerio de Defensa y los altos círculos financieros de
Wall Street, vinculados mediante múltiples lazos con los grandes
monopolios de la fabricación de armamentos: Boeing, Northrop
Grumman, Lockheed, General Dynamics, MacDonnell, etc. Sin embargo existe
otro sector de la producción, la industria química, farmacéutica
y biotecnológica que, si bien menos visible, también ocupa
una posición central en el amplio entramado de intereses políticos,
económicos y militares de ese llamado complejo militar-industrial.
No sólo una parte considerable de sus investigaciones y su producción
está destinada a satisfacer las letales demandas del Pentágono
en cuanto a la fabricación y almacenamiento de armas biológicas
o químicas, sino que en gran medida sus beneficios dependen directamente
de una contraprestación: la capacidad del poder militar estadounidense
para imponer los intereses políticos y económicos del
país, y por lógica consecuencia los suyos, en todo el
mundo.
Aunque operando casi siempre en
un segundo plano, las grandes multinacionales de la industria química
y farmacéutica norteamericana son los otros “señores
de la guerra”. Una guerra que, de no despertarse las conciencias
en los gobiernos de los países que son utilizados como cobayos
y vaciaderos de desperdicios mortales para adoptar de una vez decisiones
políticas que se correspondan únicamente con los intereses
de sus poblaciones, estará perdida para siempre.
* por Carlos Machado
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