Fumigadores y cazadores
Cazar y
fumigar fue parte de una relación con la Naturaleza entendible
en el siglo pasado, pero hoy son prácticas seniles y además
inaceptables.
En el seguimiento de los
temas ambientales de las últimas semanas hay dos hechos que
se destacan y que pueden resumirse en los papeles que muestran cazadores
y fumigadores.
Cualquier abordaje sobre
la cacería en Uruguay debe comenzar por reconocer que posiblemente
las prácticas más comunes y difundidas sean ilegales.
Es que cuando se matan distintos mamíferos, como carpinchos,
mulitas o peludos, o cuando se le dispara a algunas aves, como las
gallinetas de monte, variedades de patos nativos, etc., todo eso son
casos de prácticas ilegales.
En sentido estricto en
nuestro país la fauna nativa está protegida y no puede
ser cazada; sólo las especies plaga y algunas otras en ciertos
momentos del año, como las perdices, pueden ser cazadas libremente.
Pero a pesar de esto, se acepta con toda naturalidad que en la campaña
se baleen o se chumbeen a todo bicho que camina.
Esa conducta olvida los
enormes efectos negativos que tiene la cacería indiscriminada
en nuestro patrimonio natural. Perdemos poco a poco las poblaciones
de las especies más notables y emblemáticas, donde posiblemente
los carpinchos sea el ejemplo más claro.
La Dirección Nacional
de Medio Ambiente (DINAMA) ha llamado a un diálogo ante esta
cuestión, y esa es una buena medida. Pero la respuesta a sus
aristas más negativas es muy evidente: la caza debe ser regulada
con mucha mayor precisión, en todos los países, y donde
todos los actores asuman sus responsabilidades. Y ello quiere decir
que en cada rincón del país, los policías y los
jueces no se pueden hacer los distraídos.
El otro problema candente
de las últimas semanas, los impactos negativos de las fumigaciones,
se parece a la cacería en el sentido de ser también
un problema reciente, en afectar la biodiversidad, y en que hay varios
actores institucionales que se hacen los distraídos.
En efecto, las denuncias
de fumigaciones sobre hogares y escuelas ya tiene algunos años.
En lugar de detener el problema, todo parece indicar que se está
agravando como lo muestra el dramático caso de hace un par
de semanas atrás con unas dos mil colmenas en Salto y Paysandú
muy afectadas por el uso de un potente insecticida en plantaciones
de cítricos. Se estima que la mayor parte de esas colmenas
perecerán y que la miel ya está contaminada.
Este caso muestra la irracionalidad
económica y ambiental de algunas prácticas agrícolas.
Es que ese químico se utiliza para obtener cítricos
sin semillas que son exportados. Entonces, para atender la manía
de algunos consumidores que quieren ese producto, consumidores seguramente
ubicados en países desarrollados, nosotros aquí en Uruguay
nos tenemos que quedar con todos los impactos ecológicos, y
también los efectos económicos, como es la destrucción
de parte del sector apícola, el que a su vez también
es un gran exportador.
Sin duda esto puede ser
un buen negocio para alguna empresa exportadora, pero lo que tiene
que evaluar el Estado y la comunidad política, es si es un
buen negocio para todo el país. Es que habría que restar
de las pretendidas ganancias de esas exportaciones los costos económicos
de otras actividades productivas, como la miel, y los costos de ese
daño ambiental. Es una cuenta que nadie hace en el Estado.
Y eso lleva a sugerir soluciones
inconcebibles como trasladar las abejas mientras se usa el contaminante,
como propuso el Ministro de Agricultura. La lógica en eso sería
algo así como indicar que en el litoral y sur del país,
los días que se fumiga sobre la soja, la gente se tiene que
mudar de sus casas y las escuelas deben cambiar de localidad.
Mientras los impactos por
la cacería son ahora más visibles, especialmente gracias
a las redes sociales, la muerte de un millar de colmenas podría
pasar más desapercibida, pero ellas también cumplen
roles económicos y ecológicos sustantivos. Para proteger
a esa riqueza es que un ministro del ambiente sensato sabe que ese
problema no se soluciona pidiéndole a los carpinchos que se
cambien de sitio los días que llegan los cazadores. Lo mismo
ocurre en el agro: se deben prohibir los químicos de tan alto
impacto ecológico, que además usualmente afecta a la
salud de las personas también, en lugar de pensar de mudar
colmenas o personas.
Sea en lo pequeño
o en lo grande, los fumigadores y los cazadores, son parte de una
relación con la Naturaleza que podría haber sido entendible
en el siglo pasado. Son prácticas seniles. Hoy, en el siglo
XXI, son además inaceptables.
Eduardo
Gudynas
Setiembre 2017