Agrotóxicos. La industria de la muerte *

Desde Perú a Suecia, la comercialización sin controles y la aplicación masiva de agrotóxicos deja una estela de vidas perdidas. Detrás, un modelo productivo negador de los derechos humanos lucra, ordena, gobierna.

Por Carlos Amorín

Al mediodía del viernes 22 de octubre los casi 50 escolares del poblado de Tauccamarca, provincia de Paucartambo, a tres horas de Cusco, hacían cola para recibir el "desayuno" gratuito que distribuye el Estado peruano a los niños carenciados, la aplastante mayoría del país. La colación consiste en "un sustituto de leche a base de harina de trigo, maíz, soya y cebada, y un paquete de galletas".1 El polvo que, disuelto en agua, se transforma en un líquido blancuzco es entregado en bolsas de plástico por instituciones estatales. Todos los niños recibieron ese mediodía su ración y regresaban comiendo y bebiendo a sus casas. Pero ninguno llegó. Según declararon varios testigos, "los niños caían como moscas, temblando y retorciéndose en el piso": 24 de ellos resultaron muertos, y 25 sufrieron una intoxicación grave.

Los pobladores de Tauccamarca acusaron a las instituciones estatales de distribuir alimentos contaminados, pero el gobierno llenó el poblado de soldados que requisaron la alacena escolar y recorrieron casa por casa incautando todas las bolsitas del "sustituto lácteo". Al día siguiente se conoció la versión oficial -también escolar- de la tragedia: unos perros penetraron en el depósito y mordieron tres bolsitas, éstas fueron descartadas y se las llevó un vecino. Dos de ellas las consumió su familia y la tercera fue usada para preparar un sebo envenenado con el insecticida Paratión destinado a matar ratas y perros y colocado en el frente de su casa. Una niña que pasaba tomó la bolsita con el veneno y se la llevó, y otro niño se la quitó para devolverla a la escuela, donde fue usada para preparar el mortal desayuno.

Nadie informó, sin embargo, las identidades de los eslabones de esa cadena, pero en los días posteriores fueron denunciados varios casos de intoxicaciones masivas en comedores y merenderos estatales, provocados por alimentos en malas condiciones de conservación e higiene. De nada valió que los campesinos aseguraran que no usan productos químicos en sus cultivos y que, aunque los utilizaran, en esta época no los estarían aplicando. Otros, como el entomólogo Erick Yábar,2 explicaron que en el interior del Perú los agrotóxicos se venden en las ferias vecinales, sin ningún control y asesoramiento a los usuarios.

En el caso de Tauccamarca, lo cierto es que el producto que mató a esos 24 niños fue el insecticida organofosforado Paratión, uno de los más peligrosos de los usados en los trabajos del campo: tres gotas del veneno bastan para matar a una persona de 60 quilos de peso.3 Los otros 25 chicos probablemente sufrirán durante toda la vida las secuelas de la intoxicación. Los organofosforados afectan el sistema nervioso y neuropsíquico, pudiendo provocar depresiones graves, entre otros efectos adversos. Pero probablemente nadie se preocupe en hacer un seguimiento constante de la salud de estos niños, perdidos en la vastedad de una tierra sin Estado, que madurarán y, quizás, procrearán hijos deformes, mutantes, o no procreen en absoluto.

La punta del iceberg. El caso de Tauccamarca es apenas uno de los más visibles por sus características masivas, trágicas y fulminantes. Pero el uso intensivo de agrotóxicos causa estragos diariamente. Millones de quilos de venenos circulan constantemente por el planeta, y los protocolos para su utilización están elaborados en función de un usuario alfabeto, con un entrenamiento mínimo en su manipulación, que cuenta con algún centro de salud cerca de su lugar de trabajo o vivienda, que tiene acceso al teléfono y, en último caso, que tiene una póliza de seguro. En realidad, el 80 por ciento de los trabajadores que usan los agrotóxicos en el mundo carecen de todos o de la mayoría de esos privilegios. Pero no importa demasiado porque viven en el Sur.

El envenenamiento progresivo avanza en todo el mundo por igual, inexorable, casi silenciosamente. Algunos ejemplos.

A mediados de este año el New York Times se hizo eco de una publicación de la Academia Estadounidense de Ciencias según la cual en los próximos setenta años más de un millón de casos de cáncer podrán ser atribuidos en ese país a la presencia de 28 agrotóxicos cancerígenos en los alimentos. El comité que elaboró el informe, dirigido por Roy Thorton, presidente de la Universidad de Arkansas, e integrado por otros 17 científicos, juristas y grandes industriales, se concentró en el estudio de 15 alimentos y encontró que los productos con mayores riesgos para la salud son el tomate, la carne bovina y las papas. Tomando como base que los tomates reciben la cantidad máxima de agrotóxicos autorizada, el comité calculó la cantidad de residuos de productos que un consumidor ingiere en toda su vida, concluyendo que 8,75 personas de cada 10 mil desarrollarán un cáncer por esa causa, mientras que para la carne y las papas la cifra es de 6,49 y 5,21 en 10 mil personas respectivamente.

Los grupos ecologistas, sin embargo, criticaron a la Academia por haber analizado sólo 28 de los 53 agrotóxicos clasificados como cancerígenos por la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos, y por no haber tenido en cuenta el problema de la presencia de químicos en el agua potable. Asimismo, el informe de la Academia advierte que apenas el 10 por ciento de las 1.250.000 toneladas de agrotóxicos comercializadas anualmente en Estados Unidos ha sido correctamente examinado por las instancias de contralor gubernamentales.

Uruguay importa casi todos los agrotóxicos que se aplican en el campo, y la autorización de su uso se basa en la documentación aportada por agencias gubernamentales de países como Estados Unidos. El riesgo agregado es que aquí nadie controla la cantidad de residuos de químicos presentes en los alimentos agrícolas.

Cuando llueve veneno. Miles de veces más agrotóxicos que las estimaciones previas fueron hallados en gotas de niebla de Maryland y California,4 donde además un estudio sobre dos mil pozos de agua llevó a la clausura de 1.500 de ellos, contaminados con más de 50 agrotóxicos distintos.

Europa no se queda atrás. En abril dos investigadores anunciaron en Suiza que gran parte de la lluvia que cae en ese continente tiene tal nivel de pesticidas que sería ilegal suministrarla como agua potable.5

Por su parte, Stephan Muller, del Instituto Federal Suizo para la Ciencia y la Tecnología Ambiental, de Dubendorf, informó haber recogido una muestra de lluvia que contenía 4 mil nanogramos por litro de un agrotóxico muy utilizado: 2,4-dinitrofenol (no confundir con el herbicida 2,4-D). La Unión Europea considera que 100 nanogramos de cualquier pesticida es el máximo tolerable en el agua potable.

Antes de esa medición, Muller había analizado muestras de lluvia de 41 tormentas en Europa, hallando más de 100 nanogramos de un herbicida cancerígeno (Atrazine) en nueve de ellas. Un estudio similar en Grecia reportó presencia de uno o más pesticidas en el 90 por ciento de las muestras, y en 30 por ciento residuos de Atrazine.

Cánceres ambientales. Lennart Hardell y Mikael Eriksson, dos reconocidos científicos suecos, publicaron recientemente un estudio de casos y controles (404 casos y 741 controles) en el que volvieron a comprobar que un raro tipo de cáncer llamado "linfoma no Hodgkin" (nhl, por sus iniciales en inglés) está directamente relacionado con la exposición a agrotóxicos. Hardell y Eriksson publicaron su primer estudio al respecto en 1981.6

Los casos de nhl crecen a un ritmo promedio de 3,3 por ciento anual en Estados Unidos, convirtiéndolo en el tercer cáncer de más rápido crecimiento, y en Suecia la incidencia aumenta anualmente un 3,6 por ciento en los hombres y un 2,9 en las mujeres desde 1958.

El agrotóxico vinculado por los científicos suecos al nhl es el glifosato, más conocido por su marca comercial Roundup. El glifosato es el herbicida más vendido en el mundo, explotado durante décadas en exclusiva por la Monsanto, que lo patentó. Hardell y Eriksson demuestran en su estudio que, aplicado en animales, el glifosato puede causar "aberraciones cromosómicas y mutaciones genéticas".

Es seguro que en los próximos años el consumo de este herbicida se incremente sustancialmente, ya que la soja transgénica con resistencia al glifosato es uno de los principales cultivos desarrollados por la industria biogenética.

En 1998 Uruguay importó casi dos millones de litros de formulados de glifosato, la mitad del total de los herbicidas ingresados al país.

(Este artículo fue elaborado a partir de las publicaciones mencionadas, y las informaciones aportadas por Ana Filippini, de la Red de Acción en Plaguicidas de América Latina y la Fundación para Investigaciones Ambientales.)

1. Diario La República, Perú, 23-X-99.

2. Miembro de la Red de Acción en Alternativas al uso de Agrotóxicos.

3. En 1998 Uruguay importó más de 3 mil quilos del principio activo del Paratión.

4. Mundo Científico, noviembre de 1987, citado por Mohamed I. Bouguerra en la revista Huerta Orgánica.

5. Fred Pearce y Debora Mackenzie, en New Scientist, abril de 1999. Véase también: www.newscientist.com/ns/19990403/newsstory12.htlm

6. Cancer, Volumen 85, Nº 6, págs. 1.353-1.360. "A case control study of NHL and exposure to pesticides".


* publicado en semanario Brecha del 11 de noviembre de 1999.