La
responsabilidad política en el colapso de nuestro planeta
El 20 de
diciembre, los 28 Ministros de Medio Ambiente de la Unión Europea
(UE) se reunieron en Bruselas para discutir el plan de reducción
de emisiones preparado por la Comisión, para cumplir con el Acuerdo
de París sobre cambio climático. Pues bien, lo que está
claro (es) que hemos perdido la batalla para mantener el planeta tal
como lo conocemos. Por supuesto, esto puede ser considerado como mi
subjetiva opinión personal.
Por lo tanto, voy a proporcionar muchos datos, historia y hechos para
ser concreto. Los datos y los hechos tienen un apreciable valor: son
útiles para todos los debates, mientras que las ideas no. Entonces,
si a Ud. no le gustan los hechos, por favor deje de leer aquí.
Usted se librará de un artículo aburrido, como probablemente
todos los míos, porque no estoy tratando de entretener, sino
de crear conciencia. Además, si deja de leer, se ahorrará
la oportunidad de conocer nuestro triste destino.
Como es usual ahora en política, los intereses se anteponen a
los valores y la visión. Los ministros decidieron (con alguna
resistencia de Dinamarca y Portugal), reducir el compromiso de Europa.
Esto va al encuentro de Donald Trump, que abandonó el Acuerdo
de París, para privilegiar los intereses estadounidenses, sin
ninguna atención al planeta. Por lo tanto, Europa simplemente
está siguiéndole.
Por supuesto, los que estamos vivos ahora no pagaremos nada: las próximas
generaciones serán las víctimas de un mundo cada vez más
inhóspito. Pocas de las personas que en 2015 asumieron en París
compromisos solemnes en nombre de toda la humanidad para salvar el planeta,
estarán vivos dentro de 30 años, cuando el cambio se vuelva
irreversible. Y será también evidente que los seres humanos
somos los únicos animales que no defendemos ni protegemos nuestro
hábitat.
En primer lugar, el Acuerdo de París fue adoptado por los 195
países participantes, de los cuales 171 ya han suscrito el tratado,
en sólo dos años, lo cual está muy bien, excepto
que el tratado es solo una colección de buenos deseos, sin ningún
compromiso concreto. Para empezar, no establece compromisos específicos
y verificables. Cada país decidirá sus propios objetivos
y será responsable de su implementación. Es como pedir
a todos los ciudadanos de un país que decidan cuántos
impuestos quieren pagar y que si no los pagan, no hay ninguna sanción.
En París en 2015 Europa se comprometió a llegar a utilizar
el 27% de energías renovables (reduciendo el uso de energías
fósiles), fijando un objetivo del 20% para el 2020. Pero, del
27%, bajó al 24,3%. Además, los ministros decidieron mantener
los subsidios para la industria de energías fósiles hasta
el 2030 en lugar del 2020, como estaba previsto. Y aunque la propuesta
de la Comisión era que las plantas de energías fósiles
perderían los subsidios si no reducían sus emisiones a
500 gramos de CO2 por tonelada para el 2020, los ministros extendieron
los subsidios hasta el 2025.
Por último, la Comisión propuso reducir los biocombustibles
(a base de productos de consumo humano, como el aceite de palma) al
3,8%. Así, los ministros, contrariamente a todas sus declaraciones
sobre la lucha contra el hambre en el mundo, decidieron duplicarlo,
al 7%.
Volvamos ahora al principal defecto del acuerdo de París. Los
científicos tardaron dos décadas para concluir con certeza
que el cambio climático es causado por las actividades humanas,
a pesar de una fuerte oposición, bien financiada por la industria
del carbón y del petróleo, que sostenía lo contrario.
El Panel Internacional sobre Cambio Climático, es una organización
bajo los auspicios de la ONU, cuyos miembros son 194 países,
pero su fortaleza proviene de los más de 2.000 científicos
de 154 países que trabajan juntos en el tema del clima.
El debate se prolongó desde 1988 --cuando se estableció
el IPCC-- hasta 2013, cuando llegaron a una conclusión definitiva:
la única manera de detener el rápido deterioro del planeta,
consiste en impedir que las emisiones superen los 1,5 grados centígrados
sobre la temperatura de la Tierra en 1850. En otras palabras, nuestro
planeta ya está deteriorado, y no podemos volver atrás.
Hemos quemado demasiada gasolina y emitido demasiados gases contaminantes,
que ya están actuando. Pero si detenemos este proceso, aunque
nunca podremos cancelar el daño ya causado, que durará
algunos miles de años, podemos estabilizar el planeta.
Se considera que la revolución industrial comenzó en 1746,
cuando las usinas industriales reemplazaron a los tejedores individuales.
Pero comenzó a gran escala en la segunda mitad del siglo XIX,
con la segunda revolución industrial. Esto implicó el
uso de la ciencia en la producción, inventando motores, ferrocarriles,
creando fábricas y otros medios de producción industrial.
Empezamos a registrar las temperaturas en 1850, cuando aparecieron los
termómetros. De esta forma, podemos verificar cómo el
carbón, los fósiles y otros combustibles comenzaron a
interactuar con la atmósfera.
Lo que concluyeron los científicos fue que si superamos los 1,5
grados centígrados con respecto a la temperatura de 1850, cruzaremos
irreversiblemente una línea roja: no podremos modificar la tendencia,
y el clima quedará fuera de control, con dramáticas consecuencias
para el planeta.
La conferencia de París es el acto final de un proceso que comenzó
en Río de Janeiro en 1992, con la Conferencia sobre Medio Ambiente
y Desarrollo, donde dos líderes ya fallecidos, Boutros Ghali
y Maurice Strong, llevaron a cabo la primera cumbre de jefes de Estado
sobre el problema del medio ambiente.
Por cierto, vale la pena recordar que Strong, un hombre que dedicó
toda su vida a los problemas del medio ambiente, por primera vez abrió
la conferencia a los representantes de la sociedad civil, además
de las delegaciones gubernamentales. Más de 20,000 organizaciones,
académicos y activistas viajaron a Río, iniciando la creación
de una sociedad civil global reconocida por la comunidad internacional.
A diferencia de Kioto, se suponía que París sería
un acuerdo realmente global, con el fin de incluir la mayor cantidad
de países posible. Es un secreto sucio poco conocido que la ONU
decidió poner como objetivo no los muy ajustados 1,5 grados centígrados,
sino los más apetecibles 2 grados centígrados. Pero desafortunadamente,
el consenso es que ya hemos superado los 1,5 grados centígrados.
Y el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA)
ha estimado que los compromisos asumidos por los países en París,
si no cambian, nos llevarán a 6 grados centígrados, un
aumento que según la comunidad científica haría
inhabitable una gran parte de nuestro planeta.
De hecho, en los últimos cuatro años registramos los veranos
más calurosos desde 1850. En 2017 tenemos el récord de
emisiones en la historia, que han alcanzado 41.5 giga toneladas. De
ellos, 90% proviene de actividades relacionadas con los humanos, mientras
que las energías renovables (cuyo costo ahora se ha vuelto competitivo
con respecto a las energías fósiles), todavía cubren
solo el 18% de la energía consumida en el mundo.
Hablaremos ahora de otro secreto sucio importante.
Mientras discutimos sobre cómo reducir el uso de fósiles,
estamos haciendo lo contrario. En este momento, gastamos 10 millones
de dólares por minuto para subsidiar la industria de los fósiles.
Según la ONU, solo considerando los subsidios directos, estos
se sitúan entre 775 mil millones de dólares a 1 billón
de dólares. La cifra oficial solo en el G20 es de 444 mil millones.
El Fondo Monetario Internacional ya ha aceptado la opinión de
economistas que sostienen que los subsidios no son solo dinero en efectivo:
es el uso de la tierra y la sociedad, así como la destrucción
del suelo, el uso del agua, los aranceles políticos (las llamadas
externalidades, el costo que existe, pero que no está incluido
en el balance de las empresas). Si tenemos en cuenta esto, llegamos
a la friolera de 5.3 billones: fueron 4.9 billones en 2013. Eso representa
el 6.5% del Producto Bruto global y eso es lo que les cuesta usar energías
fósiles a los gobiernos, a la sociedad y a la tierra.
Este hecho no ha sido difundido por los medios de comunicación.
Pocos conocen la fuerza de la industria de los fósiles. Trump
quiere reabrir las minas de carbón, no solo porque esto atrae
los votos de aquellos que perdieron un trabajo obsoleto, sino porque
la industria de los fósiles financia el Partido Republicano.
Los multimillonarios hermanos Koch, los mayores propietarios de minas
de carbón de Estados Unidos, declararon haber "invertido"
800 millones de dólares en la última campaña presidencial.
Algunos podrían decir que estas cosas suceden en Estados Unidos,
pero de acuerdo con la respetada organización Transparencia Internacional,
en Europa hay más de 40.000 lobistas que actúan para ejercer
influencia política. El Observatorio Corporativo de Europa, que
estudia el sector financiero, descubrió que estos grupos de presión
gastan 120 millones de euros (143 millones de dólares) al año
en Bruselas y emplea a 1.700 cabilderos. Se estableció que presionan
sin respetar las normas legales, con más de 700 organizaciones,
superando siete veces el número de sindicatos y organizaciones
de la sociedad civil.
El poder de la industria de fósiles explica por qué en
2009 los gobiernos ayudaron al sector con 557 mil millones de dólares,
mientras que toda la industria de las energías renovables recibió
solo entre 43 y 46 mil millones de dólares, según estimaciones
de la Agencia Internacional de Energía.
Está claro que los ciudadanos no tienen idea de que una parte
de su dinero está manteniendo con vida y con mucho lucro a una
industria clave en la destrucción de nuestro planeta, que sabe
muy bien que hemos superado las 400 partes por millón de CO2
en la atmósfera, cuando la línea roja había sido
establecida en 350 ppm. Pero la gente no lo sabe, y así continúa
esta espectacular fiesta de hipocresía.
En 2015, la ONU realizó una amplia encuesta donde participaron
9,7 millones de personas. Se les pidió que eligieran como prioridades
seis de 16 asuntos. El primer elegido, con 6.5 millones de preferencias,
fue "una buena educación". El segundo y el tercero,
con más de 5 millones de preferencias, fueron "un mejor
sistema de salud" y "mejores oportunidades de trabajo".
El último de los 16 temas, con menos de 2 millones, fue el "cambio
climático", que también resultó último
en las preferencias de los países pobres, pese a que serán
las principales víctimas del cambio climático. Los 4,3
millones de participantes, de los países más pobres, pusieron
en primer lugar la educación (3 millones de preferencias); el
cambio climático fue el último, con 561.000 votos... Ni
siquiera en Polinesia, Micronesia y Melanesia, cuyas islas están
por desaparecer, el cambio climático apareció en primer
lugar. Esta es una prueba contundente de que las personas no se dan
cuenta de que hemos llegado al umbral de la supervivencia de nuestro
planeta tal como lo conocemos desde hace miles de años.
Por lo tanto, si los ciudadanos no están conscientes y no están
preocupados, ¿por qué lo habrían de estar sus políticos?
La respuesta es porque son elegidos por los ciudadanos para representar
sus intereses y no pueden tomar decisiones fundamentales ¿Cómo
suena esto en sus oídos? Cabilderos luchando por intereses, que
se presentan ofreciendo empleos y estabilidad.
Y ahora, expongamos un último secreto sucio, para mostrar cuán
lejos estamos de alcanzar el control de nuestro clima. Además
de lo que ya hemos dicho, hay un tema muy importante que incluso se
ha debatido en París: los acuerdos se refieren exclusivamente
a la reducción de las emisiones de la industria de los fósiles.
Otras emisiones se han ignorado por completo.
Un nuevo filme documental,
“Cowspiracy: The Sustainability Secret” (Conspiración:
el secreto de la sostenibilidad), producido por Leonardo di Caprio,
ha clasificado muchísimos datos sobre el impacto de la ganadería
en el cambio climático. Son considerados de cierta forma exagerados.
Pero sus dimensiones son tan grandes que, de todos modos, añaden
otro clavo a nuestro ataúd.
Los animales emiten metano, no emiten CO2, pero el metano es al menos
25% más dañino que el CO2. La ONU reconoce que, si bien
todos los medios de transporte, desde automóviles hasta aviones,
contribuyen al 13% de las emisiones, las vacas lo hacen en un 18%...
Pero el verdadero problema es el uso del agua, un tema clave que no
tenemos forma de abordar en este artículo. El agua es considerada
incluso por los estrategas militares, como una muy próxima causa
de conflictos, como el petróleo lo ha sido durante mucho tiempo.
Para producir medio kilo de carne se necesitan usa 10.000 litros de
agua. ¡Eso significa que una hamburguesa es equivalente a dos
meses de duchas...! Para obtener 1 litro de leche, se necesitan 1000
litros de agua. Las personas en todo el mundo usan una décima
parte de lo que necesitan las vacas. El ganado usa el 33% de toda el
agua disponible y el 45% de la superficie aprovechable del planeta.
Además, es la causa del 91% de la deforestación de la
Amazonía y producen 130 veces más desechos que los seres
humanos.
La cría de cerdos en Holanda está creando serios problemas
porque sus desechos ácidos están reduciendo las tierras
utilizables. Y el consumo de carne está aumentando muy rápidamente
en Asia y África, ya que se considera un objetivo a alcanzar
los niveles de consumo de los países ricos.
A este grave impacto en el planeta, se ha unido una fuerte paradoja
de sostenibilidad para la población humana. Actualmente somos
7,590 millones de personas y pronto llegaremos a 9,000 millones. La
producción total de alimentos en el mundo podría nutrir
de 13 a 14 mil millones de personas. De estos alimentos, una parte considerable
se desperdicia y no llega a las personas (tema para un artículo
separado). La comida para los animales podría alimentar a 6 mil
millones de personas y tenemos mil millones de personas muriendo de
hambre. Esto prueba lo lejos que estamos de utilizar los recursos racionalmente
para los habitantes de la Tierra. Tenemos suficientes recursos para
todos, pero no los administramos racionalmente. El número de
obesos ha igualado al de las personas que mueren de hambre.
La solución lógica en esta situación sería
llegar a un acuerdo sobre una gobernanza global, en el interés
de un planeta para la humanidad. Sin embargo, vamos en la dirección
opuesta. El sistema internacional está asediado por el nacionalismo,
que hace cada vez más imposible llegar a soluciones significativas.
Concluyamos con un último ejemplo: sobrepesca. Han pasado dos
décadas desde que la Organización Mundial del Comercio
(que no forma parte de la ONU y se construyó en disparidad con
el foro mundial) trata de llegar a un acuerdo sobre la pesca excesiva
con mega redes, que recolectan una enorme cantidad de peces: 2.7 billones,
de los cuales solo se usa una quinta parte y se botan los cuatro quintos
restantes.
En la última conferencia de la OMC celebrada el 13 de diciembre
en Buenos Aires, los gobiernos tampoco pudieron llegar a un acuerdo
sobre cómo limitar la pesca ilícita. Los grandes peces
han disminuido el 10% desde 1970. Y estamos explotando un tercio de
todas las reservas. Se estima que la pesca ilegal coloca entre 10 mil
millones y 23 mil millones en el mercado negro, según un estudio
de 17 agencias especializadas, con una lista completa de nombres. Y
nuevamente, los gobiernos gastan 20 mil millones de dólares por
año para financiar el aumento de su industria pesquera... otro
ejemplo de cómo los intereses se anteponen al bien común.
Creo que ahora tenemos suficientes datos para darnos cuenta de la incapacidad
de los gobiernos para tomar en serio sus responsabilidades, porque disponen
de la información necesaria para saber que nos dirigimos hacia
un desastre.
En un mundo normal, la declaración de Trump de que el control
del clima es un cuento chino, y que se inventó contra los intereses
de Estados Unidos, debería haber causado una conmoción
global. Además, si bien las políticas internas de Trump
son una cuestión estadounidense, el clima está afectando
a los 7.590 millones de habitantes del planeta, y Trump fue elegido
por menos de una cuarta parte de las personas con derecho a voto de
USA: aproximadamente 63 millones. Demasiado poco para imponer decisiones
que afectan a toda la humanidad.
Actualmente, los ministros europeos se rigen por un proverbio que dice
“el dinero habla y las ideas murmuran...” Hay muchos que
se están preparando para especular sobre el cambio climático.
Ahora que hemos perdido el 70% de hielo del polo norte y las compañías
navieras se preparan a utilizar la Ruta del Norte, lo que reducirá
el costo y la duración del transporte en un 17%. Y la industria
vinícola británica, desde el calentamiento del planeta,
está aumentando la producción en 5% cada año.
Los viñedos plantados en el sur de Inglaterra, con un suelo calcáreo,
ahora se los compran los productores de Champagne, que planean mudarse
allí. El Reino Unido ya produce 5 millones de botellas de vino
y vinos espumosos, los que se venden todos. Esta Navidad, el espumante
local superará a los champañas, cavas, prosecco y otras
bebidas navideñas tradicionales.
Hemos registrado en vano, el aumento de los huracanes y las tormentas,
también en Europa, y una propagación récord de
incendios forestales. La ONU estima que al menos 800 millones de personas
serán desplazadas por el cambio climático, lo que hará
inhabitable varias partes del mundo. ¿A dónde irán?
No a los Estados Unidos ni a Europa, donde son vistos como invasores.
No olvidemos que la crisis siria se produjo después de cuatro
años de sequía (1996-2000) que desplazó a más
de un millón de campesinos a las ciudades. El consiguiente descontento
alimentó la guerra, que hasta ahora contabiliza 400,000 muertos
y seis millones de refugiados. Cuando los ciudadanos se percaten de
los daños, será demasiado tarde. Los científicos
piensan que será nítidamente evidente después de
treinta años.
Entonces, ¿por qué nos preocupamos ahora? Ese es un problema
para la próxima generación. Las multinacionales continuarán
ganando dinero hasta el último minuto, con la complicidad de
los gobiernos y su apoyo, así que, aprovechemos la marea del
cambio climático.
Vamos a comprar una buena botella de champán británico,
para beberlo en una línea de cruceros de lujo sobre el Polo,
y dejemos que la orquesta siga tocando, ¡como lo hizo en el Titanic
hasta el último minuto!
Roma, diciembre 2017 –
Roberto Savio
es fundador de IPS Inter Press Service y Presidente Emeritus.