Plaguicidas frescos del campo
Janet Raloff - 8
de julio de 2006
La agricultura estadounidense ha desarrollado una fuerte
dependencia de los productos químicos para proteger los cultivos
de las malezas que bajan el rendimiento. Sin embargo, muchos de estos
herbicidas pueden representar peligros sustanciales para la salud de
las personas, las mascotas y la vida silvestre, razón por la
cual existen leyes que determinan la forma en que deben utilizarse algunos
de estos productos químicos en los campos. Un reciente estudio
muestra, sin embargo, que cantidades traza de estos agroquímicos
logran llegar hasta los hogares de los consumidores —no en las
frutas y verduras que ellos compran, sino probablemente viajando ‘a
dedo’ en el polvo.
Estos hallazgos resultan preocupantes por numerosas razones, siendo
una de las principales la relación entre la exposición
a plaguicidas y el linfoma no-Hodgkin, un tumor maligno cuya incidencia
se ha disparado en los últimos años. De hecho, el nuevo
estudio se deriva de una investigación más amplia sobre
el linfoma no Hodgkin, financiada por el Instituto Nacional del Cáncer.
Lo que muestra la investigación es que la exposición
de los hogares a los herbicidas agrícolas aumenta a medida que
crece la superficie de tierras cultivadas cercanas.
‘No los mantenemos encerrados’
En el nuevo estudio, Mary H. Ward, del Instituto Nacional
del Cáncer, y sus colegas recolectaron polvo aspirado en las
casas de 112 personas que eran pacientes de linfoma o voluntarios sanos,
de la misma edad, elegidos al azar en el estado de Iowa. Mediante el
uso de mapas satelitales de los campos agrícolas del estado,
el equipo calculó la superficie de las tierras cultivadas en
torno al hogar de cada participante. En el estudio se incluyeron casas
de campo y casas ubicadas en sectores urbanos.
Como se trata de Iowa, gran parte de las tierras cultivables
se han sembrado históricamente con maíz y soya, cultivos
que por lo general han sido tratados repetidamente con herbicidas. El
equipo de Ward revisó las casas para detectar la presencia de
aquellos productos químicos específicos que se sabía
que habían sido usados en los campos.
Los análisis mostraron que al menos uno de seis
herbicidas básicamente agrícolas se hallaba presente en
el polvo casero del 28 por ciento de los hogares de la muestra. Entre
estos productos químicos estaban el acetoclor, el alaclor, la
atrazina, la bentazona, el fluazifop-p-butil, y el metolaclor.
La atrazina y el metolaclor eran los agentes utilizados
con mayor frecuencia para proteger de las malezas al maíz y la
soya. Los herbicidas agrícolas que les seguían en popularidad
eran el trifluralín y el dicamba. En el 43 por ciento de los
hogares se detectó la presencia de al menos uno de estos cuatro
herbicidas.
Aunque se había aplicado atrazina a casi el 70
por ciento de la superficie sembrada con maíz, este herbicida
sólo apareció en el polvo doméstico del 8 por ciento
de las casas. Sin embargo, en los lugares donde se detectó, su
concentración en el polvo variaba desde 60 hasta 4.700 partes
por mil millones (ppb). El metolaclor fue detectado en alrededor del
20 por ciento de las casas, en concentraciones que iban desde 27 hasta
casi 3.200 ppb.
Sin embargo, esta contaminación con herbicidas
palidecía en comparación con la cantidad de polvo que
contenía 2,4-D, el tercer herbicida más usado en Estados
Unidos y Canadá. Esta sustancia se hallaba presente en el 95
por ciento de los hogares, generalmente en concentraciones que excedían
las 1.000 ppb. En una de las casas la concentración de 2,4-D
alcanzó el increíble valor de 125.000 ppb. No es sorprendente
que éste fuera el producto químico hallado en mayor abundancia,
señala Ward. Esta sustancia no sólo se usa comúnmente
para proteger el maíz y la soya, sino que además se utiliza
en el borde de los caminos, en los bosques y en el césped, para
combatir las malezas. Afortunadamente los estudios de toxicidad sugieren
que se trata también de uno de los herbicidas menos tóxicos
para las personas y los animales.
Dado que éstas son algunas de las primeras mediciones
de plaguicidas en el polvo de las casas, los investigadores no tienen
mucho con qué compararlas. La mayoría de las correlaciones
previas entre el linfoma no Hodgkin y los herbicidas surgió de
cuestionarios en donde los datos sólo indicaban si los individuos
habían estado expuestos a ciertos productos químicos y
durante cuánto tiempo. Incluso en el actual estudio las mediciones
ofrecen únicamente una ‘instantánea’ de la
exposición correspondiente al día de la recolección
de polvo.
En el nuevo estudio, los hogares de los trabajadores
agrícolas resultaron ser generalmente los más contaminados
con matamalezas. Algunas de las concentraciones de herbicidas detectadas
en sus viviendas superaron más de tres veces las concentraciones
existentes en los hogares de la gente que nunca había trabajado
en la agricultura.
Casi el 60 por ciento de los participantes en el estudio
vivía a no más de 500 metros de algún campo de
cultivo. La posibilidad de hallar matamalezas agrícolas en el
polvo doméstico aumentaba en un 6 por ciento por cada 4 hectáreas
de tierra cultivada que se hallaran dentro un perímetro aproximado
de 730 metros de la casa. El resultado fue que se encontró polvo
conteniendo herbicidas en las tres cuartas partes de los hogares que
tenían al menos 120 hectáreas de tierras cultivadas dentro
de ese perímetro de 730 metros. El equipo de Ward publicó
sus hallazgos en la edición de junio (2006) de Environmental
Health Perspectives.
¿Y qué?
La mayoría de los casi 120 estudios que han investigado
el riesgo de linfoma no Hodgkin asociado al contacto con plaguicidas
mostraron un aumento del riesgo —especialmente en el caso de los
herbicidas— según la Fundación Estadounidense para
el Linfoma (Lymphoma Foundation of America). En algunos de sus materiales
impresos la fundación afirma que los plaguicidas “asociados
con mayor frecuencia al aumento de la incidencia del linfoma y/o de
las muertes por linfoma” son los herbicidas 2.4-D y las triazinas,
entre las que se incluye la atrazina. Estos herbicidas se usan habitualmente
en el cultivo del maíz.
Algunos de los colegas de Ward investigaron si el uso residencial de
herbicidas podía contribuir al riesgo de contraer este cáncer,
pero no encontraron evidencias de ello. En la edición de abril
de 2005 de Cancer Epidemiology Biomarkers & Prevention, los científicos
afirmaron que las alfombras de las casas de personas sanas tenían
igual probabilidad de contener esos plaguicidas que las alfombras de
las casas de personas con linfoma no Hodgkin. Además, los investigadores
no encontraron una incidencia más elevada del cáncer entre
las personas que habían usado herbicidas dentro o alrededor de
la casa durante las tres décadas anteriores.
Lo que sí emergió en las investigaciones
del equipo fueron algunos indicios de que las personas cuyas casas habían
recibido tratamiento contra las termitas tenían un riesgo elevado
de desarrollar el cáncer. Este riesgo estaba restringido a las
personas cuyos hogares habían sido tratados con clordano, antes
de que su uso doméstico fuera prohibido en 1988. Un informe sobre
esos hallazgos apareció en la edición de febrero (2006)
de Cancer Epidemiology Biomarkers & Prevention. En noviembre de
2005 algunos científicos australianos vincularon el linfoma no
Hodgkin con la exposición a herbicidas y otros agroquímicos
en el lugar de trabajo.
Un año antes, científicos de instituciones
de diversos lugares de Estados Unidos informaron haber detectado un
aumento en el riesgo de contraer ciertos cánceres —incluyendo
la duplicación de los linfomas— entre los hijos de hombres
que trabajaban como aplicadores de plaguicidas.
Sin embargo el cáncer está lejos de ser
el único riesgo para la salud o el medio ambiente que ha sido
asociado con los plaguicidas agrícolas. Se ha observado, por
ejemplo, que algunos herbicidas utilizados en los cultivos de maíz
alteran el desarrollo reproductivo normal —como en el caso de
las ranas, en estudios realizados hasta ahora (SN: 11/2/02, p. 275;
4/20/02, p. 243). Algunos biólogos sospechan ahora que tales
cambios pueden explicar la declinación experimentada por la población
de anfibios.
Los agroquímicos pueden afectar también la fertilidad
humana. Hace cuatro años, la epidemióloga Shanna H. Swan,
de la Universidad de Missouri, y sus colegas estudiaron el semen de
hombres de ciudades grandes y de pueblos pequeños. Las concentraciones
y la calidad del semen en hombres de comunidades semi rurales de Missouri
eran inferiores a las de hombres de Minneapolis, Los Angeles y Nueva
York (SN: 11/23/02, p. 333). Esto sugiere, según señaló
Swan en Science News Online, que “la exposición ambiental
a plaguicidas de uso corriente está asociada a una menor calidad
del semen.”
Swan, que actualmente trabaja en la Universidad de Rochester,
informó que como extensión de ese estudio los Centros
para el Control y Prevención de las Enfermedades, en Atlanta,
van a efectuar en fecha próxima una medición de los plaguicidas
agrícolas presentes en la orina de los hombres que participaron
en el estudio.
Sin duda la vida en el campo tiene muchas ventajas:
alimentos frescos de las granjas, cielos libres de contaminación
urbana, y escaso tráfico. El nuevo estudio sobre herbicidas sugiere,
sin embargo, que puede haber al menos una desventaja en lo que se refiere
a la salud.