Reflexiones
sobre el escenario creado por el modelo productivo en el Uruguay
*Dra.
Graciela Piñeiro
En
tiempos en que se habla mucho de proyectos mineros que quieren “transformar”
el país, creo que es necesario no perder de vista los problemas
que está generando el cultivo de la soja y de otros organismos
genéticamente modificados (OGMs). Mis intervenciones en este
tema han sido más que nada movidas por las vivencias; haber conocido
gente que está sufriendo las consecuencias de este nuevo (¿diversificado?)
sistema productivo del Uruguay (grandes monocultivos de soja, maíz,
sorgo, trigo, además de las plantaciones monoespecíficas
de árboles), sin siquiera saber lo que le está ocurriendo,
ha sido movilizante. Saber que hay niños que han sufrido graves
afecciones en la piel por bañarse en aguas alteradas por los
químicos usados en las fumigaciones y otros que experimentan
alergias asociadas a problemas respiratorios día a día
mientras las avionetas o los mosquitos “curan” a las tan
mimadas plantas (por su parecido) de soja, no se puede tomar como un
hecho inevitable, o porque “esas cosas a veces pasan”. Los
"productores" infractores o "empresarios" como se
les llama también, aluden a que ellos están en sus campos
y por tanto tienen derecho a utilizarlos como quieran. La calidad de
vida de los otros no importa mucho y no aceptan siquiera pensar en minimizar
los daños que están produciendo a gente inocente y humilde,
ignorante para interpretar lo que le está ocurriendo y por ende
incrédula muchas veces, de aceptar que el culpable es el vecino
que le deja hacer una cortadita para llegar más rápido
a la escuela. Por supuesto que todos los ciudadanos de este país
tenemos derechos, pero algunos parecen no vislumbrar la línea
que está entre sus derechos y los del otro, o los del ambiente
que los rodea y transgreden las normas de convivencia continuamente.
Quizás esté relacionado al hecho de que los sojeros generalmente
no viven en los lugares donde fumigan.
En
consonancia con mi formación biológica, mi preocupación
también involucra el deterioro creciente que se observa en los
ecosistemas naturales que aún se preservan, ya que muchos han
sido modificados de tal manera, que son irreconocibles. ¿Qué
haremos en el Uruguay cuando la soja y las plantaciones monoespecíficos
nos hayan exterminado la riqueza de los suelos? Con cada litro del herbicida
que necesariamente usa la soja GM para crecer sin malezas que la molesten,
se eliminan más de 10 especies de plantas silvestres, muchas
de las cuales son efectivas plantas medicinales. Nuestras praderas tienen
más de 200 especies de plantas silvestres, o al menos las tenían
antes de que comenzara esta locura de la siembra directa. Junto a esas
"malezas" que en teoría se eliminan con el herbicida
glifosato (el cual puede ser sustituido por símiles más
baratos, pero que probablemente no estén autorizados y nadie
controla), existe una microbiota que pocos ven a simple vista pero que
es imprescindible para obtener un horizonte de suelo fértil y
apto para los cultivos tradicionales que son nuestro verdadero alimento.
Esa micro-comunidad está siendo destruida por los miles de litros
de pesticidas que se vierten cada año en nuestros campos (o en
campos que ya ni siquiera son de los uruguayos). Basta solo ver las
gráficas de crecimiento de las importaciones de estos productos
que el propio Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca (MGAP)
muestra en su página web. La gráfica en Fig. 1 muestra
la evolución de los plaguicidas importados en toneladas donde
se puede apreciar que se ha triplicado desde 1999 a 2005. Mientras tanto
la Fig. 2 lo hace desde 2007 hasta 2011, ya en pleno apogeo de la soja
y otros OGM.

Figura 1.-
(Fuente: Departamento de control de insumos. DGSA/MGAP).

Figura
2.-Importación de plaguicidas y superficies sembradas de soja,
cultivos de secano, praderas y cultivos forrajeros. Fuente: DGSA, 2011,
**DIEA, *DICOSE3.
¿Porqué
las plantas genéticamente modificadas necesitan de tantas aplicaciones
de plaguicidas? Porque aunque resisten a los fuertes pesticidas, son
débiles frente a las especies naturales (hierbas y determinados
insectos), que se transformarían en una plaga exterminadora a
menos que se les fumiguen con litros y litros de glifosato y otros plaguicidas.
Esta práctica está generando suelos que se erosionan mucho
más que antes por causa del escurrimiento de nutrientes que se
produce con las intensas lluvias, que impactan suelos prácticamente
deshidratados, "resecos". Esto se debe justamente a que carecen
de la materia prima natural y la permeabilidad que les otorgan las interacciones
entre las "malezas" y las "plagas" que han sido
eliminadas con las cada vez más numerosas y fuertes aplicaciones
de plaguicidas en cada temporada. Pero si esto parece malo, no es lo
peor. Entre otros problemas, la siembra directa y en particular la soja
GM, consume mucha agua y genera el deterioro de ese vital elemento.
La calidad y potabilidad de nuestra agua se ha deteriorado a niveles
inimaginables en tan solo unos años, y muchos nos acordamos de
cuando pensábamos que si alguna vez teníamos que participar
en una guerra internacional, esta sería para defenderla como
nuestra mayor riqueza. Es muy posible que la verdadera información
sobre el estado de nuestros cursos de agua no esté siendo proporcionada
a la población, porque si así lo hicieran, todos los responsables
de ese deterioro deberían estar presos por atentado a las generaciones
futuras. ¿Cómo se podría concebir que con la cantidad
de plaguicidas que se importan y se vierten a los suelos anualmente,
en un país que en su mayoría está conformado por
espacios geográficos bañados por sendos ríos, arroyos,
o cañadas, éstos no estén siendo contaminados?
¿Dónde están los análisis químicos
independientes que demuestren que esos cuerpos de agua mantienen sus
niveles de calidad históricos? Si los ciudadanos tuviéramos
la posibilidad de analizar el agua que bebemos, la que beben los animales
que criamos y con la que regamos nuestras plantas en cualquier lugar
de la república, ya habríamos frenado este modelo productivo
criminal que solo favorece con dinero a unos pocos y afecta la calidad
de vida de muchos. Como se expresó previamente, dueños
o arrendatarios de los campos sembrados de soja, no viven en el lugar
donde fumigan, sino bastante lejos, incluso si realizan ellos mismos
las aplicaciones, ya sea con máquinas terrestres o con aviones
muy sofisticados, se alejan rápidamente del área afectada.
Atrás quedan los vecinos respirando los vapores que suben paulatinamente
y se mezclan con el aire que respiran, y el exceso de producto que es
arrastrado por el viento hasta que decanta sobre las casas y los cuerpos
de agua cercanos y allí permanece. Así, una y otra vez
en cada fumigación; así uno y otro día en la temporada
de verano, arruinando las expectativas que tenemos muchos uruguayos
luego de un año de intenso trabajo, de disfrutar las jornadas
al aire libre con la familia. Para los que son turistas, es seguro que
estas condiciones no los entusiasmarán para venir el próximo
año.
Los que aseguran
que los químicos que se vierten al ambiente no afectan la salud
de los seres vivos que no son GM, por favor TIENEN QUE PERMANECER en
los lugares donde se fumigan esos campos día tras día
y, si no se sintieran afectados, habría que pensar que no son
seres vivos, o que hay seres humanos GM!. Pero lo cierto es que todos
los que nos hemos expuesto a esos productos tan solo unos momentos hemos
experimentado sus efectos: parálisis lingual, afección
en la garganta (tipo edema de glotis), afecciones respiratorias de distinta
naturaleza, afecciones digestivas, dolor de cabeza, otitis, etc. En
muchos casos las personas han tenido que ser hospitalizadas por el efecto
acumulativo de las aplicaciones o la intensidad de las mismas. Pero
en la mayoría de los casos, cuando los síntomas aparecen,
los ciudadanos no los asocian a las fumigaciones ni al hecho de estar
ingiriendo sin saberlo, los productos que han sido fumigados, los cuales
se convierten en sustancias químicas peligrosas en sus tejidos.
Eso ocurre porque a pesar de todas las bondades que según los
que aprueban estos monocultivos, ellos poseen, no quieren legislar para
etiquetar los alimentos y brindar la posibilidad al consumidor de elegir,
como lo marca su derecho a la soberanía alimentaria. Porque todos
consumimos alimentos que contienen organismos transgénicos o
están hechos en base a ellos, pero muchas personas no saben realmente
que son los OGM. Para hacer un OGM se toman genes de una especie y se
les fuerza a actuar en el ADN (material genético) de otra. Muy
pronto casi todos los alimentos estarán manipulados genéticamente
y ni nos daremos cuenta de ello aunque padeceremos sus efectos tarde
o temprano. Es muy duro pensar que estos “emprendimientos”
ya existen en el Uruguay y que se aprueban casi sin evaluación
de su impacto y sin que se delimiten mecanismos de control mínimos
que son absolutamente necesarios.
La gente
no sabe que por ejemplo los choclos que consumen (o la polenta), tienen
un insecticida en su composición que mata a cualquier lagarta
que quiera comérselos. Ese insecticida se está acumulando
en el cuerpo de la gente con cada choclo que consume y esos individuos,
ignorantes totalmente de lo que ocurre se enferman más que antes,
y padecen afecciones que los médicos llaman de crónicas.
Por supuesto que serán crónicas si seguimos ingiriendo
y respirando cada vez más químicos que ni siquiera sabemos
cómo se comportan una vez que ingresan a nuestro organismo como
partículas extrañas, debilitando así nuestro sistema
inmunitario. El organismo genéticamente modificado tiene una
secuencia genética que no existe en la naturaleza, por lo que
es extraña a nuestro organismo. Cada OGM que consumimos genera
una reacción autoinmune similar a las alergias. El primer contacto
con el OGM se produce en el estómago, por tanto es este sistema
el que se verá mayoritariamente afectado. Así aparecen
los pacientes que consultan por reflujo, hernia hiatal e inflamaciones
intestinales de diversa índole. Un médico amigo me comentó
que desde hace un tiempo estas eran afecciones por las cuales consultaban
cada vez más pacientes.
Si bien lo
que venimos enumerando es grave, también nos ocurre que existen
en el mercado sustancias que hacen que las vacas generen más
leche y la producción aumente. Pero en la mayoría de los
casos esos animales sufren mucho, adquieren mastitis, o infección
de las glándulas mamarias, para la cual es necesario introducir
antibióticos que luego ingerimos con la leche.
Por
lógica, las empresas que lucran con estos productos se valen
justamente de que al no poder conocerse la trazabilidad de un producto
GM porque no sabemos a ciencia cierta cuáles alimentos los incluyen,
no podemos establecer claramente una relación entre comer un
OGM y padecer de reflujo o de intestino irritable. La manera de comprobarlo
sería eliminar totalmente los OGM de nuestra dieta y para ello
solo podemos recurrir a la producción de nuestros propios alimentos.
Pero ni siquiera eso puede ser efectivo hoy en día por varias
razones. Primero, los OGM contaminan los alimentos que no lo son, por
medio de la polinización. Ojalá las abejas, que constituyen
uno de los polinizadores más importantes no eligieran por ejemplo
el maíz transgénico para libar el néctar y así
transportar el polen hacia otras plantas tradicionales. Igualmente si
no lo eligieran, igual se produciría la infección porque
el mayor polinizador del maíz es el viento. Así podríamos
seguir con otros ejemplos. En otros casos, las fumigaciones que se hacen
en la soja, producen efectos en suelos que están a decenas de
kilómetros a la redonda, y los debilitan. Como consecuencia,
muchos de los alimentos que queremos producir se van a ver afectados
por múltiples factores entre los que se cuentan la aparición
de distintas plagas que son difíciles de combatir. El control
biológico tampoco está asegurado ya que las fumigaciones
afectan directa o indirectamente muchas especies que regulan la aparición
y el crecimiento de las poblaciones de esos insectos sobre los cultivos,
o la de otros artrópodos, hongos o virus que sin control, se
transforman en plagas difíciles de contener. El otro gran problema
son las condiciones climáticas. El clima es un concepto complejo,
su manifestación depende de múltiples factores y en algunas
circunstancias muy particulares de la historia de la tierra, puede haber
provocado la desaparición de algunas especies pertenecientes
a grupos muy especializados. En biología los organismos más
especializados sufren mayores índices de afectación hasta
inclusive la extinción, mientras que los más conservadores
tienen más chances de perdurar mediante una adaptación
más o menos rápida a los cambios ambientales, entre los
que se cuenta como principal modelador, el clima. Por tanto, en la historia
geológica del planeta hemos visto que el clima ha cambiado sus
tendencias para volverse más frío o más cálido.
Esas tendencias en general pueden comprobarse a nivel global, aunque
también se han manifestado cambios puntuales, en regiones más
o menos restringidas. ¿Cuáles son los mecanismos que controlan
el clima? Evidentemente son muchos y muy variados, pero fundamentalmente,
el motor principal de regulación climática lo constituyen
las corrientes oceánicas. De acuerdo a cuán equilibradas
estén esas corrientes, dependerá el equilibrio climático.
¿Qué factores pueden afectar el equilibrio de las corrientes
oceánicas? Uno de los más temidos es la anoxia; o sea
regiones del océano o de grandes mares o lagos interiores que
se vuelven exentos de oxígeno, con las consecuencias notorias
que eso genera para la salud de los ecosistemas que ellos constituyen.
Entre los principales generadores de anoxia oceánica se incluye
la eutrofización, o generación excesiva de nutrientes
que hace que el plancton (microrganismos que forman la base de las cadenas
tróficas) aumente de manera notable sus poblaciones. Cuando estos
microrganismos consumen casi todo el recurso disponible, mueren y sus
restos se acumulan en el fondo donde se descomponen en un proceso que
consume oxígeno. Una y otra vez se produce este fenómeno
hasta que el oxígeno disminuye inclusive en la columna de agua
y comienzan a ser afectados los otros integrantes del ecosistema, notablemente
los peces, y así continúa el ciclo. La gran cantidad de
nutrientes que estamos liberando en los distintos cuerpos de agua que
van a desembocar tarde o temprano en el océano o aquellos que
se liberan directamente en las cuencas oceánicas, está
aumentando a niveles muy peligrosos, generando decenas de nuevas áreas
que serán potenciales zonas muertas si el proceso continúa.
Las fuentes de liberación de nutrientes pueden ser muy variadas
y de hecho lo han sido desde que comenzó la época industrial,
pero nada se compara con los niveles de sustancias químicas (e.g.,
fertilizantes) que se utilizan en el agro actualmente alrededor del
mundo, a los que le siguen en importancia los residuos urbanos, la actividad
industrial y la actividad ganadera intensiva. En muchos países,
los gobernantes cedieron a las presiones de sus ciudadanos y fueron
advertidos por sus científicos del peligro que encierra la producción
indiscriminada y descontrolada de OGMs y los regularon para transformarlos
en un elemento más y mejor controlable. Otros en cambio, prefirieron
eliminarlos de sus preferencias productivas, con mucho tino a mi humilde
entender. Pero el Uruguay no está actuando de manera responsable
e inteligente frente al tema de la siembra directa, permitiendo la implantación
de grandes extensiones en nuestro territorio, de cultivos de soja y
plantaciones monoespecíficas de árboles de especies exóticas.
Estas decisiones son poco inteligentes, si consideramos que si destinamos
un área tan extensa para estas plantaciones, poco nos quedará
para sembrar otro tipo de productos o para desarrollar otros emprendimientos
dentro del rubro alimentación, que incluso podrían llegar
a ser mucho más redituables y equitativos en cuanto a las ganancias.
Es difícil de aceptar que un país como Uruguay, con tierras
y agua de excelencia para el cultivo de alimentos, está importando
rubros que hubieran sido impensables en otras épocas como el
ajo o la cebolla o la papa! Uruguay, con tan solo tres millones de habitantes
necesita importar ajo para cubrir las necesidades de su población…difícil
de creer, ¿verdad?. Pero lo peligroso para nuestros intereses
es que estos emprendimientos se realizan de manera irresponsable, sin
poseer la infraestructura para realizar los controles que son absolutamente
necesarios. Las experiencias de las personas que han efectuado denuncias
en los organismos del Estado sobre violaciones de las normativas en
los campos de soja, no han sido alentadoras. Una posible explicación
podría estar ligada al rápido crecimiento de las áreas
sembradas y la gran extensión de las mismas, donde es complicado
ejercer un control adecuado de la calidad de los productos que se están
aplicando, de cómo se están aplicando y en particular
del número de aplicaciones. La prueba tangible de que Uruguay
no está preparado para casos de excesos o extremos, es el deterioro
progresivo, muy evidente de la calidad de nuestra agua cada año,
demostrada de manera contundente con el episodio de marzo de 2013, donde
se trató de minimizar el problema, pero quedó marcado
en la mayoría de nosotros como una gran alerta. Muchos se volcaron
a conseguir purificadores que instalaron en sus casas o dejaron de consumir
el agua de la canilla, suplantándola con agua mineral de distintas
marcas.
En lo particular,
este verano observé y fotografié una avioneta que pasó
por encima de mi casa cerca de 20 veces al día, durante más
de 20 días. Entre ida y vuelta no demoraba más de 15 minutos.
No era una avioneta de las que son especializadas para fumigación,
pero llevaba una especie de tanque y una tubería en su parte
inferior, ambos dispositivos ubicados en un lugar no convencional, donde
en ese modelo de avionetas, no existe ninguna estructura. Redacté
un informe, adicioné algunas fotos donde se podía observar
claramente el modelo y la identificación civil de la avioneta,
y por supuesto el tanque de color oscuro y la tubería. La respuesta
que obtuve desde el Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca
fue que, consultada la Dirección Nacional de Aviación
Civil (Dinacia), la avioneta con esa serie (matrícula) no correspondía
a una avioneta de fumigación (algo que obviamente, estaba bien
aclarado en el informe enviado a ese Ministerio y a la Intendencia Municipal
de Canelones). Ojalá me equivoque, pero esa respuesta parece
representar un punto y terminado el caso para la Dirección General
de Servicios Agrícolas (DGSA) del Ministerio de Ganadería,
Agricultura y Pesca (MGAP). Sin embargo, dos semanas después
de haber efectuado la denuncia, fui contactada por representantes de
la Intendencia de Canelones que me pusieron en conocimiento de que efectivamente,
en una fecha no muy bien determinada pero coincidente con el período
en que fue vista la avioneta pasar por mi casa, se habían fumigado
de forma aérea al menos tres predios plantados con soja ubicados
en ese Departamento. Como es sabido por todos los productores y empresas
fumigadoras (y si no lo saben, no los exime de culpa), está prohibido
fumigar bajo esa modalidad en el Departamento de Canelones. Los funcionarios
de la Intendencia Municipal de Canelones que deben ejercer un control,
no pueden estar en todos lados al mismo tiempo y eso es una verdad tangible.
Las plantaciones son tan extensas que nadie puede ver siquiera donde
terminan. Además, donde está la soja es difícil
encontrar algún vecino caminando alegremente y observando como
los aviones riegan los campos muy cercanos a poblaciones, con esos productos
tóxicos, inclusive en días en que la velocidad del viento
supera ampliamente los 10 km/h permitidos.
Estas
historias demuestran que debemos abrir nuestra mente hacia algo mejor,
porque tenemos las herramientas y es nuestro derecho exigirlo. Ese cambio
debe implicar una seguridad y soberanía alimentaria, debe asegurar
la convivencia entre proyectos y emprendimientos productivos diversificados
(exactamente lo contrario a la monotonía de la soja y los árboles
foráneos) y por sobre todo, un cambio que apunte a recuperar
la invalorable calidad de vida a la que estamos acostumbrados los uruguayos.
Debemos repensar un Uruguay donde no primen los excesos, porque todos
ellos, sean de la naturaleza que sean, nos traerán problemas
de difícil y muy costosa solución. Los países que
ya han pasado por la contaminación derivada de la producción
de OGMs han tenido que invertir millones de dólares para mitigar,
sólo en parte, los daños que se han producido en sus suelos
y en sus cursos de agua. ¿Contamos en Uruguay con una infraestructura
que pueda recuperar nuestras fuentes de agua potable y devolvernos el
producto de calidad que era nuestro mayor tesoro? Todos sabemos que
en ese sentido, Uruguay no puede compararse con países desarrollados
y menos con Estados Unidos, donde las normativas son más débiles
pero el dinero lo puede todo.
Debemos recuperar
el Uruguay de cuando solíamos bañarnos en cualquier arroyo
y no se nos llenaba de ronchas todo el cuerpo, el Uruguay donde podíamos
pescar peces que estaban sanos, los que luego disfrutábamos en
una buena cena entre familiares y amigos, y era raro ver cientos de
ellos flotando en el agua, sin que nadie se interese por saber qué
les pasó. En fin, recuperemos el Uruguay donde la educación,
la solidaridad y el buen trato entre las personas eran nuestra principal
marca de presentación, donde “el interior” era “lo
más grande que había”, donde éramos pobres
quizás de riquezas materiales, pero teníamos una buena
cena y un vaso de buena agua en nuestras mesas. En aquél Uruguay
que algunos añoramos, éramos ricos y orgullosos de nuestras
vivencias, de nuestra sencillez, dignidad y de nuestra nobleza, cualidades
que nos hacían estrechar lazos más fuertes con los pueblos
luchadores y tesoneros, más que con personajes calculadores y
especuladores, siempre favorecidos por el sistema.
* Colaboración de
la Dra. Graciela
Piñeiro para
RAPAL Uruguay
Departamento de Evolución
de Cuencas, Facultad de Ciencias
Mayo 2014