¿Rentabilidad
o muerte?
El tema del
agua potable y la contaminación de las cuencas del río
Santa Lucía y de la laguna del Sauce, pone sobre la mesa un problema
que trasciende largamente la cuestión de la “potabilización”
tal como lo reconoció la Ministra del ramo. Porque a decir verdad,
OSE tiene que enfrentar algo cuyas causas se deben rastrear más
allá del ocasional mal sabor y de la presencia de “cianobacterias”:
las consecuencias del modelo de producción agropecuario dominante
en el país.
Arrojar sobre
el territorio nacional toneladas de fertilizantes químicos y
de plaguicidas durante decenas de años y pretender que eso no
tuviera consecuencias significativas sobre el medio ambiente (tierra,
flora, fauna, cursos de agua) y a la postre sobre la gente, es tan ilusorio
como suponer que se puede quemar combustibles fósiles indefinidamente.
Esto significa que si realmente se desea solucionar lo que se ha llamado
el “problema del agua” hay que empezar a pensar no tanto
en cual es el filtro adecuado, sino cual debería ser el modelo
de producción que no suponga como condición “sine
qua non” el uso masivo de contaminantes químicos.
El problema
no es sencillo porque en realidad no se trata de un problema puramente
“técnico”. El uso de agroquímicos (agro tóxicos
en muchos casos) está ligado a técnicas de producción
agrícolas cuya finalidad no es -como prima facie pudiera parecer-
la producción de alimentos, sino de dinero que se obtiene por
su venta. Esto conviene tenerlo claro, la inmensa mayoría de
los bienes que provienen del sector rural no han sido producidos para
ser consumidos por quien los ha producido, sino con la finalidad de
obtener una ganancia al ser transados fuera del sector. Esa finalidad
impone una lógica de hierro; la mejor tecnología será
la que permita producir lo máximo con lo mínimo, o dicho
de otra manera, la que más reduzca el costo de cada unidad producida.
Si fertilizar con sintéticos es más barato y rinde más
que el abono orgánico, el productor-empresario que se orienta
al mercado, preferirá el primero al segundo independientemente
de las repercusiones que pudiera tener sobre los cursos de agua. Al
fin y al cabo este tipo de empresario está sometido a la misma
lógica y a las mismas leyes del mercado que sus colegas y competidores
dentro y fuera del sector: el que no crece perece y el que produce más
barato tiene una ventaja.
Esto significa
que mientras el territorio nacional permanezca en las manos de algunos
agentes privados que lo utilicen como recurso para producir “rentas”,
las técnicas susceptibles de ser utilizadas serán aquellas
y solo aquellas que resulten compatibles con ese objetivo. El problema
se genera cuando el interés del agente privado por obtener su
renta, entra en contradicción con los intereses de todos aquellos
que no se benefician directamente y hasta eventualmente se pueden ver
perjudicados, tal como ha ocurrido.
En ese caso,
es el “superior gobierno” el que debe determinar hasta donde
el interés público y el privado coinciden y hasta donde
no. Hasta el presente todos los gobiernos han entendido que la maximización
de la ganancia por parte de algunos particulares no solo no colide con
el superior “interés general” sino que son uno solo
y lo mismo y como consecuencia no se ha legislado contra del uso masivo
de agroquímicos. Se ha entendido que son preferibles las ganancias
que algunos privados y el Estado obtienen para reproducir sus respectivas
esferas, que las consecuencias medioambientales que el “agronegocio”
conlleva.
Y este es
el quid del asunto que se debe examinar; 1) hasta cuándo puede
perdurar una Sociedad cuya reproducción está atada a la
lógica de la reproducción del capital agrario (si las
vacas y la soya no se venden es una tragedia nacional porque “perdemos
todos”) y 2) hasta cuándo puede sobrevivir una Sociedad
cuya reproducción supone la permanente degradación del
medio natural en el que lo hace. Hasta ahora y gracias a los beneficios
que en algunos aspectos trae aparejado el “subdesarrollo”
lo hemos logrado; en el futuro y a la luz de los últimos acontecimientos
no es tan seguro.
Se podrá
decir que esta es una visión excesivamente pesimista; que en
algunos años seguramente se podrá contar con técnicas
rentables y amigables con el medio ambiente; que se habrá logrado
producir sin fertilizantes químicos ni glifosato; que se conseguirán
escalas y formas de producción que harán superfluos a
la inmensa mayoría de los agricultores; pues bien si eso ocurre
–cosa que dudo- ojalá sobrevivan muchos para disfrutarlo,
mientras tanto parece prudente reflexionar sobre otras alternativas.
Andrés
Figari Neves
20-04-2015