Este estudio se
realizó en Argentina, lamentablemente la mayoría de nuestros
países se encuentran en la misma situación de contaminación
y en algunos casos esta es aún peor.
Coordinación RAPAL-Uruguay
Varios estudios detectaron
restos tóxicos de plaguicidas en alimentos de gran consumo
Por Ximena Pascutti - Octubre de 2006
Millones de argentinos consumen
diariamente cereales, frutas, verduras y hortalizas que, en su mayoría,
no atraviesan control alguno. O que estarían prohibidos en Europa
y EE.UU., por superar los límites permitidos de agrotóxicos.
PERFIL presenta recientes informes de universidades nacionales que alertan
sobre la presencia de venenos invisibles, y que matan. El Estado ausente,
otra vez.
VENENO INVISIBLE. Residuos tóxicos
de herbicidas, insecticidas y acaricidas fueron hallados en alimentos
naturales de consumo masivo en todo el país.
“Come poco y cena más
poco, que la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del estómago".
Cuando Cervantes dibujó en la boca de su estrecho don Quijote
el consejo para Sancho, allá por el 1600, las preocupaciones
asociadas a la comida eran bastante más sencillas que ahora:
el goloso temía engordar; el hambriento, perecer.
Pero hoy cada alimento parece esconder un
enemigo agazapado. Mientras los padres huyen de la traicionera Escherichia
coli y los vegetarianos buscan “sustitutos” de la carne,
los científicos se ocupan cada vez más de los residuos
de plaguicidas presentes en lácteos, granos, frutas y verduras:
un mal bocado que inquieta a los grandes importadores, como la Unión
Europea, Rusia y los Estados Unidos, pero parece no indigestar a las
autoridades locales.
En mayo, la Cámara de Diputados santafesina
elevó al Ejecutivo provincial un pedido de informes sobre la
presencia de plaguicidas y otros residuos peligrosos en leche materna
y en productos lácteos industriales como leche, yogur y postres
destinados sobre todo a los más chicos. La solicitud se basa
en estudios realizados por investigadores del Laboratorio del Medio
Ambiente de la Universidad Nacional del Litoral, coordinado por la doctora
en Química Argelia Lenardón, sobre muestras obtenidas
en el Hospital de Niños de Santa Fe y un hospital zonal del norte
de la ciudad.
En el 86 por ciento de esas muestras se halló
al menos un plaguicida de alta toxicidad –algunos prohibidos–
como heptacloro, aldrin, clordano, dieldrin, endrin y DDT. Según
los expertos, los plaguicidas viven decenas de años en la tierra
y se trasladan muchas veces con los vientos o son comidos por las vacas
junto con el pasto, y así entran a la cadena alimentaria hasta
llegar a la leche que se consume en los hogares.
Gusto amargo. Malezas, insectos, ácaros, gusanos, caracoles y
hongos son algunos de los blancos preferidos de los plaguicidas, venenos
con apellido (también se los llama “fitosanitarios”
o “agrotóxicos”) que cuentan con ejércitos
de defensores agropecuarios que invocan el uso y la dosificación
responsables de las sustancias y el “período de carencia”.
Esto último se refiere al tiempo que, en teoría, debe
transcurrir entre la fumigación y la cosecha para que el consumo
del producto no sea tóxico.
El problema es que estas buenas prácticas
agrícolas no siempre se cumplen. “En algunos productores
rurales hay un gran desconocimiento de la normativa vigente y de los
plaguicidas adecuados para cada hortaliza o fruta”, explica la
ingeniera agrónoma María Gabriela Sánchez, jefa
del Departamento de Aseguramiento de la Calidad del Mercado Central
de Buenos Aires. Y asegura: “También falta crear conciencia
sobre los daños que puede causar en el medio ambiente, al acumularse
en suelos y aguas, y sus efectos adversos en el ser humano, ya que muchos
son cancerígenos”.
Otros apuntan a la acelerada expansión
sojera del campo. “No es casual que la mayoría de las denuncias
sean de las provincias de Córdoba y Santa Fe. Estas son las principales
áreas productoras de soja transgénica, cultivo que ha
provocado un aumento exponencial en el uso masivo de agrotóxicos”,
asegura la bióloga y ecologista Javiera Rulli, miembro del Grupo
de Reflexión Rural. En su último informe, la ONG investiga
la relación de los plaguicidas con el aumento de casos de cáncer
y malformaciones congénitas, lupus, artritis, púrpura,
asma y alergias varias en las principales provincias sojeras. En el
último año, dicen, se utilizaron en esas plantaciones
unos 160 millones de litros de glifosato, un herbicida de amplio espectro
y muy tóxico cuando está formulado.
El problema inquieta, y ni la espinaca se
salva. Científicos de la Facultad de Ingeniería de la
Universidad Nacional de Jujuy analizaron este año 37 muestras
elegidas al azar, adquiridas en mercados de frutas y hortalizas y verdulerías
de la ciudad de San Salvador de Jujuy. En todas ellas, los expertos
hallaron residuos de zineb, un fungicida de uso masivo y de bajo costo
muy utilizado en esa provincia. En el 17,1 por ciento de ellas, el tóxico
superaba el límite máximo de residuo permitido en la Argentina,
de 3 ppm (3 partes por millón) y el 93,55 por ciento superaba
el rango fijado por la Unión Europea.
“Presenta efectos tóxicos agudos
en humanos, como dermatitis de contacto, mareos y convulsiones”,
explica la bioquímica Graciela Bovi Mitre, jefa del Programa
de Detección de Residuos de Plaguicidas de esa facultad. Y añade:
“Para la Agencia Internacional de Investigación del Cáncer,
pertenece al grupo 3, no clasificable como carcinogénico para
los humanos, a pesar de que los investigadores españoles lo denunciaron
como tal”.
Poco control. La Agencia para la Protección
Ambiental de los EE.UU. (EPA, por sus siglas en inglés) sostiene
que la exposición dietaria a los plaguicidas ocurre a través
del consumo de alimentos domésticos e importados que contengan
residuos de estos químicos y de la ingestión de agua potable
contaminada.
¿Quién controla estos excesos
en la Argentina? En 2001, el Senasa creó el Sistema de Control
de Productos Frutihortícolas Frescos (Sicofhor), cuya puesta
en marcha estaba prevista en cuatro etapas, según se indica en
su página web. Por ahora, sólo es obligatoria la primera,
que es la identificación de los productos frutihortícolas
frescos. La detección de químicos es la penúltima.
Desde el viernes 29 de septiembre, PERFIL llamó siete veces al
Senasa para ampliar la información y hasta envió un mail
con las inquietudes a la casilla de prensa. Las respuestas llegaron
por esa vía dos semanas después.
Uno de los pocos laboratorios del país
preparados para detectar estos residuos tóxicos funciona en el
Mercado Central de Buenos Aires, creado originalmente para ser epicentro
controlador de las frutas y hortalizas de todo el país. Pero
el sistema se desreguló en el ’92 y hoy se controla sólo
un 20 por ciento de lo que se consume en la Ciudad de Buenos Aires y
el Conurbano bonaerense. ¿Qué pasa con el resto de la
mercadería? ¿Quién inspecciona? “No sabemos.
Algunos mercados, como el de La Plata, implementaron sistemas de vigilancia:
sacan muestras al azar y las mandan al Senasa para que las analice.
Algo es algo”, lamenta la ingeniera agrónoma Sánchez,
del Mercado Central. Y agrega: “En Córdoba y Río
Cuarto están empezando a controlar, y también en el Mercado
Fisherton de Rosario. Pero hay un problema grave: los recursos”.
—¿Cuánto cuesta montar
un laboratorio apto para estos controles?
—Unos dos millones de pesos, que es el presupuesto anual para
equipamiento y mantenimiento de nuestro laboratorio.
—¿Los productores pueden esquivar
los controles?
—Técnicamente, sí. No es obligatorio mandar los
productos a los mercados ni hacer estos análisis.
Los efectos de los pesticidas en los humanos
son directos y pueden ser letales. El barrio Ituzaingó Anexo,
de la capital cordobesa, es uno de los más complicados. Edificado
sobre residuos industriales y con una población de 5.000 vecinos,
cuenta actualmente con 200 vecinos enfermos de cáncer, mientras
que 23 niños de la zona llevan en su sangre alfa hexaclorociclohexano,
un poderoso pesticida prohibido en el país, según determinó
un estudio realizado en marzo último por la Dirección
de Ambiente de la Municipalidad cordobesa. Durante 20 años bebieron,
lavaron y cocieron sus alimentos con agua contaminada con endosulfán
y heptacloro –determinado por controles a los tanques de agua–
y metales pesados como plomo, cromo y arsénico. Además,
los vecinos luchan contra las continuas pulverizaciones que se realizan
sin control en los campos de soja vecinos. “En el suelo se encontró
malatión, clorpirifós, alfa-endosulfán y HCB”,
detalla el informe.
La postal se repite en las poblaciones cordobesas
de Monte Cristo, Mendiolaza, San Francisco y en las santafesinas San
Lorenzo, San Justo, Las Petacas, Máximo Paz y Piamonte.
Hallazgo. Una investigación argentina
publicada este año en la revista científica Breast Cancer
Research determinó “asociaciones positivas entre niveles
de pesticidas organoclorados en el tejido adiposo mamario y el consumo
de grasa animal y pescado de río”.
El estudio fue realizado por el Laboratorio
de Endocrinología y Tumores Hormonodependientes de la Facultad
de Bioquímica y Ciencias Biológicas de la Universidad
Nacional del Litoral. Los residuos de plaguicidas fueron encontrados
en 76 mujeres que viven en Santa Fe y sus alrededores, no expuestas
laboralmente a estos tóxicos, que fueron a hacerse biopsias por
lesiones mamarias o tuvieron cirugías plásticas. “Esta
gente incorporó el pesticida comiendo”, sugiere el estudio.
Entre las pacientes, 54 fueron diagnosticadas
con carcinoma invasivo y 17 con patologías mamarias benignas.
El 70 por ciento de ellas tenía una dieta rica en carnes rojas
y embutidos. Se trata del primer reporte completo de la Argentina en
cuanto a las concentraciones de residuos de organoclorados en mujeres
de los últimos 30 años.