Más herbicidas para sostener lo insostenible
por GRAIN - Setiembre
2007
Las grandes corporaciones
agroindustriales se han lanzado a una nueva carrera para ampliar sus
ganancias a partir del terreno que ganaron en los últimos diez
años imponiendo con éxito monocultivos resistentes a herbicidas
a lo largo y ancho de aquellos países que abrieron sus fronteras
a los transgénicos.
Así tenemos
a Monsanto, BASF y Dow que compiten (y al mismo tiempo colaboran) en
la investigación de nuevos cultivos resistentes a herbicidas
que ya están llegando a los campos o llegarán en los próximos
cinco años.
Por detrás
de la supuesta búsqueda de nuevos cultivos que suplanten a los
cultivos resistentes al glifosato, obsoletos ante el obvio surgimiento
de malezas resistentes al mismo, se esconde la búsqueda del control
de un inmenso mercado de productos agrícolas primarios y agrotóxicos
del que ninguna empresa quiere perder tajada. Hoy parece ser que ninguna
de las corporaciones se acuerda de la seguridad con que diez años
atrás afirmaban que nunca se producirían malezas resistentes
al glifosato.
La venta del paquete
tecnológico semilla-agrotóxico (protegido por la correspondiente
patente que garantice el cobro de las regalías) es la ecuación
perfecta para sostener un poder corporativo que ha crecido en las últimas
décadas de una forma que no tiene precedentes (1).
Por supuesto, quienes
pagarán los costos de la continuidad de este modelo son los campesinos,
los consumidores y el ambiente, que verán cómo a la lluvia
de glifosato que inunda millones de hectáreas de monocultivos
de soja, algodón, maíz y canola ahora se suman otros agrotóxicos
que completan el menú corporativo de la muerte: imidazolinonas,
dicamba y 2,4 D.
Los “nuevos”
transgénicos y otras nuevas tecnologías desnudan además
que el único objetivo en el desarrollo de estas semillas es y
será el control corporativo de la agricultura, las semillas y
los agricultores —sin importar por supuesto las consecuencias
que sobre la salud y el ambiente produce el brutal envenenamiento planetario.
Veamos a continuación
los “avances” que las grandes corporaciones se traen entre
manos:
Los cultivos
Clearfield
En este caso la
empresa BASF sale al cruce de las críticas que desde amplios
sectores de la sociedad se hacen a los transgénicos para ofrecer
más de lo mismo: un cultivo resistente a herbicidas desarrollado
por otra tecnología diferente a la transgénesis al que
han denominado Clearfield (“campo claro”, “campo desnudo”).
Esta tecnología
consiste en el desarrollo de un cultivo resistente a un herbicida sin
la introducción de un gen de una especie distinta y por esa razón
es promocionada por BASF alegando que su semilla no es transgénica.
El cultivo se formula a partir de un supuesto mejoramiento tradicional
que en algunos casos incluye la utilización de mutagénesis
químicamente inducida.
Sin embargo y tal
como lo plantea claramente RAP-AL Uruguay (2) los cultivos
Clearfield “implican prácticamente los mismos peligros
ambientales que los cultivos transgénicos, además de los
característicos de todo monocultivo a gran escala”. Tal
como ya lo hemos planteado en otro documento de GRAIN (3) “la
mutagénesis produce plantas con todo tipo de cambios morfológicos
y una multiplicidad de cambios genéticos, pero como esta tecnología
no introduce nuevos genes escapa a regulaciones y a convenciones internacionales”.
Todos los cultivos
Clearfield son resistentes a herbicidas del grupo de las imidazolinonas;
BASF proporciona el herbicida o mezcla de herbicidas correspondiente
a la semilla adquirida dentro del mismo paquete tecnológico.
BASF ha desarrollado
maíz, arroz y girasol Clearfield y los herbicidas son mezclas
en distintos porcentajes de herbicidas del grupo de las imidazolinonas.
Por ejemplo el producto OnDuty es una mezcla de 52.5% de imizapic y
17.5% de imizapir.
Los herbicidas de
este grupo son considerados de “baja toxicidad” para humanos
y animales, aunque la misma empresa los considera “ligeramente
tóxico para las abejas”. Y por supuesto si uno lee detenidamente
el marbete de los herbicidas de este grupo (4) se encuentran las advertencias
que demuestran que su baja toxicidad no va más allá de
las declaraciones propagandísticas de la empresa. Por otro lado
algo que caracteriza a este grupo de herbicidas es la persistencia en
los terrenos, por lo que la contaminación de los mismos queda
asegurada por largos periodos.
Cultivos
resistentes a dicamba
Durante los últimos
meses el vicepresidente de Monsanto, Robert Fraley, ha estado reiteradas
veces en Argentina anunciando los nuevos productos para la próxima
década de la mayor corporación de los transgénicos
del planeta. Entre los más destacados se cuenta la soja resistente
al dicamba (5) que promete sustituir a la soja rr cuando la misma se
vuelva obsoleta ante el avance de las malezas resistentes al glifosato.
El anuncio era también
una alerta sobre el hecho de que cuando la soja resistente al dicamba
salga al mercado Monsanto retirará toda la soja resistente al
glifosato dejando únicamente la nueva soja.
Cada exposición
de Fraley concluyó con una demanda suya por seguridad jurídica,
que en términos reales significa exigir que Argentina modifique
su legislación para permitir que Monsanto tenga mayor control
sobre las semillas comercializadas en el país y que se termine
con el derecho al uso propio que consagra la actual legislación.
Esta exigencia se ve ahora reforzada con el anuncio de Monsanto de invertir
en Brasil para desarrollar una nueva soja transgénica que no
se comercializará en Argentina ni Uruguay “debido a que
Monsanto no firmó aún con esos países acuerdos
sobre la propiedad intelectual” (6).
Cultivos
resistentes a 2,4 D
El anuncio más
reciente es de Dow Agrosciences, que a fines de agosto prometió
que para 2012 tendría en el mercado un maíz resistente
al herbicida 2,4 D (2,4 diclorofenoxiacético) conjuntamente con
la característica Bt (7). Partiendo de asumir el surgimiento
de malezas resistentes al glifosato, Dow sale al mercado a ofrecernos
esta “alternativa”: regar nuestros campos con el tristemente
célebre componente del Agente Naranja.
El 2,4 D forma parte
de la historia del horror de la humanidad porque fue usado por el ejército
de Estados Unidos en la guerra de Vietnam provocando muerte y gravísimos
problemas de salud a millones de personas como componente del Agente
Naranja.
Si bien los gravísimos
problemas causados en Vietnam son atribuidos a la presencia “accidental”
como subproducto de dioxinas en el Agente Naranja, el 2,4D ha quedado
para siempre ligado a las malformaciones y cánceres que provocó
en las poblaciones afectadas. Siempre se debe tener presente que la
fabricación del 2,4D está inevitablemente ligada a la
producción de dioxinas.
El efecto tóxico
del 2,4D no se debe exclusivamente a sus “impurezas” ya
que en su empleo como herbicida en los arrozales se le vincula claramente
a problemas de salud tales como diabetes transitoria, ataques a hígado
y riñones, desequilibrio hormonal, fiebres intermitentes, abortos,
hipertensión y, principalmente, cáncer de todo tipo (8).
De cualquier manera es muy claro que las “impurezas” pueden
aparecer nuevamente en los productos comerciales; mucho más cuando
su fabricación en las últimas décadas se ha transferido
a los países del sur (Argentina es el segundo productor mundial).
Los herbicidas
en detalle
Imidazolinonas:
son de aplicación temprana pre y post emergente y su mecanismo
de acción se basa en inhibir la enzima acetohidroxisintetasa.
Dicamba:
es el nombre del compuesto ácido 3,6-dicloro-2-metoxi benzoico
que es usado para controlar malezas de hojas anchas anuales y perennes.
Su mecanismo de acción se basa en actuar como hormona de crecimiento
en plantas. También es considerado de “baja toxicidad”
pero de alta residualidad en los terrenos donde se aplica.
El
2,4 D es también un herbicida de tipo hormonal y se
le considera “moderadamente tóxico”. Se utiliza
en el control de malezas de hoja ancha. Su permanencia en los suelos
es alta y es muy fácil que contamine cursos de agua adyacentes
a las zonas de aplicación.
Las nuevas
alianzas corporativas
Por si no fuera
suficiente lo que cada una de estas corporaciones se trae por separado,
hay varias alianzas entre ellas para el desarrollo de otros productos.
El panorama de lo que se traen entre manos es escalofriante.
Monsanto y Syngenta
anunciaron hace unos meses (9) una alianza para el desarrollo de cultivos
de alto rendimiento resistentes a condiciones ambientales adversas tales
como la sequía. No se puede desconocer que Syngenta es uno de
los mayores productores mundiales de dicamba y que seguramente la resistencia
al mismo estará incluida en los nuevos productos que desarrollen.
Dupont y Nidera,
lanzaron hace poco días el Finesse-sts: se le agregó a
la soja resistente a glifosato un gen de resistencia a sulfoniureas,
que habían quedado de lado durante la era del glifosato (10).
Parece que ahora éstas vuelven a ser útiles y se pueden
sumar al cóctel de agrotóxicos que se aplica a la soja.
Finalmente Dow Chemical,
la mayor empresa química de Estados Unidos, y la gigante biotecnológica
Monsanto anunciaron días atrás que planean crear conjuntamente
la siguiente generación de semillas de maíz genéticamente
modificadas. (11) Estas semillas SmartStax, que esperan introducir al
mercado hacia el 2010, combinarán la resistencia a nada menos
que ocho herbicidas diferentes con genes de protección contra
insectos.
Esta última
noticia no precisa de ningún comentario ya que las dimensiones
de lo que plantean hablan por sí solas.
Los impactos
y las verdaderas resistencias
El paquete tecnológico
de semillas resistentes a herbicidas inaugurado con la soja RR ya ha
dado ampliamente las pruebas de su impacto social, ambiental y sanitario.
La expansión de los monocultivos, el incremento del uso de agrotóxicos,
el surgimiento de nuevas malezas resistentes, la destrucción
de áreas naturales por el avance de la frontera agrícola,
la pérdida y desplazamiento de los cultivos locales y las semillas
campesinas, el desplazamiento de campesinos de las zonas rurales, el
avance de los transgénicos y el incremento del control de la
agricultura por las grandes corporaciones agroalimentarias son sólo
los títulos de un drama que día a día va profundizando
la crisis socioambiental en aquellos territorios que han sufrido la
invasión de las agroindustrias (12).
En este caso lo
que queda muy claro es que todos estos productos multiplicarán
de manera sustancial la aplicación de agrotóxicos en todas
las regiones donde se imponga su cultivo. El ejemplo de Argentina, donde
se pasó de usar 1 millón de litros de glifosato en la
temporada 1991/1992 a 160 millones de litros en los años 2004/2005
en su forma comercial (12) es sólo una muestra de lo que estas
empresas planifican para el futuro. La capacidad de estos herbicidas
de permanecer por largo tiempo en los suelos agrava sobremanera los
problemas que causarán.
Parece ser que la
experiencia reciente con el impacto ya ampliamente demostrado de agrotóxicos
como el DDT o el mismo 2,4D no ha servido para que se detengan las insaciables
manos asesinas agroindustriales.
Por suerte, hoy
son millones las personas conscientes que han decidido tomar cartas
en el asunto para detener la “primavera silenciosa”. Y por
supuesto son las organizaciones campesinas —las que conviven día
a día con los impactos de este modelo de agricultura— quienes
están al frente de las luchas contra el modelo agroindustrial.
La lucha contra
las fumigaciones, la resistencia a los monocultivos y los desiertos
verdes, el rechazo a los derechos de propiedad intelectual y sobre la
vida, la experimentación y puesta en práctica de modelos
agroecológicos y sobre todo la formulación y construcción
de la soberanía alimentaria de los pueblos, son las herramientas
más sólidas con las que nuestros pueblos cuentan hoy para
defenderse de este embate.
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NOTAS
1. Silvia Ribeiro,
“Los dueños del planeta: corporaciones”, http://www.jornada.unam.mx/2005/12/31/019a1eco.php,
31 de diciembre de 2005
2. RAP-AL, “Cultivos
no-transgénicos resistentes a herbicidas. Una nueva ‘solución’
de la industria: tecnología Clearfield”, 31 de diciembre
de 2005, http://tinyurl.com/2v3gtd (PDF).
3. GRAIN, “Swapping
Striga for patents”, Seedling, octubre 2006, http://www.grain.org/seedling/?id=440.
4. BASF, “El
sistema de producción Clearfield”, http://www.agro.BASF.com.ar/clearfield/clearfield.htm
5. Fabiana Monti,
“La biotecnología dominó la siembra de la última
década. El número dos de Monsanto adelantó los
eventos de segunda generación”, 26 de agosto de 2007, http://tinyurl.com/36rlar.
6. AFP, Sao Paulo,
Brasil, “Monsanto invierte $ 28 millones en nueva soja transgénica
en Brasil”, 5 de septiembre de 2007, http://tinyurl.com/32doum.
7. “Dow AgroSciences
prometió un maíz Bt con tolerancia a 2,4-D para el año
2012”, 28 de agosto de 2007, http://tinyurl.com/324lxw.
8. Sebastião
Pinheiro, “El infierno del 2,4-D. De la guerra de Vietnam a la
agricultura de guerra”, RAP-AL, 29 de marzo de 2004, http://webs.chasque.net/~rapaluy1/24D/24D.htm,.
9. Boletín
de prensa: “BASF and Monsanto Announce r&d and Commercialization
Collaboration Agreement in Plant Biotechnology”, 21 de marzo de
2007, http://monsanto.mediaroom.com/index.php?s=43&item=470
10. Héctor
Huergo, “Llega una nueva ola de tecnología para el agro”,
El país, 13 de septiembre de 2007, http://www.clarin.com/diario/2007/09/13/elpais/p-01701.htm.
11. Reuters, “Dow
Chemical y Monsanto firman acuerdo para nuevas semillas maíz”,
14 de septiembre de 2007, http://tinyurl.com/3cw2a3.
12. Miguel Altieri
y Walter Pengue, “La soja transgénica en América
Latina: una maquinaria de hambre, deforestación y devastación
socioecológica”, 21 de abril de 2006, http://www.biodiversidadla.org/content/view/full/23297.