Ambientalistas
y lenguaje, agua y orina: Algunos argumentos de UPM son erróneos
Atacar las
denuncias ambientales como exageradas o drásticas casi siempre
termina en una equivocación que agrava nuestra crisis ecológica.
Se ha vuelto
muy frecuente proclamar que las alertas ante los problemas ambientales
son alarmistas, e incluso apocalípticas. Los que lanzan esas
posiciones exhiben una cierta corrección política admitiendo
que hay algunas dificultades ambientales, pero que son puntuales, pueden
ser resueltas y no son tan graves como dicen los ambientalistas.
Todo eso
aparece alrededor de la nueva planta de celulosa UPM-2 que tal vez se
instale en el Río Negro. Muchos insisten en que pueden existir
algunos impactos, pero serán resueltos, en que el Río
Negro ya está contaminado pero eso no es culpa de los uruguayos
sino de los brasileños, y en que los ambientalistas son unos
alarmistas porque ya tenemos otras plantas de celulosa y no ocurrió
un cataclismo ecológico.
Ese minimalismo
y las críticas a las advertencias ambientales están equivocados.
Para ilustrar esto es bueno recurrir a un muy reciente caso porque a
su vez resume lo dicho por muchos otros. Una nota en el semanario Brecha,
por Marcelo Aguiar Pardo, acusa de maniqueísmo al manejo de la
información ambiental sobre UPM-2
Ese artículo
avanza cuestionando las alertas ambientales, como aquellas sobre el
enorme volumen de contaminantes que se generarán, para indicar
que todo eso es mala comunicación, un discurso apocalíptico
que menoscaba la rigurosidad.
Sin embargo,
esa nota padece de ese mismo problema ya que hay unos cuantos errores,
desde ignorar que realmente sí existen vías para cobrar
el agua que utilizan plantaciones forestales a saltearse las condicionalidades
sobre el futuro ferrocarril central.
Vale la pena
abordar una de esas equivocaciones porque es idéntica a la que
exhibe el gobierno. Se dice que la planta de UPM-2 tomaría 125
mil metros cúbicos de agua por día, pero como devuelve
al río 106,5 mil metros cúbicos, se aplica una resta de
un número contra otro, y concluyen que el consumo de agua sería
apenas de un poco menos de 20 mil metros cúbicos diarios. O sea,
casi nada, según esa mirada. La equivocación aquí
reside en no entender que una planta consume "agua" del río
pero devuelve "efluentes", y las palabras son distintas porque
ese líquido que regresa al Río Negro es diferente, contiene
contaminantes. Esa es una de las razones básicas por las cuales
en cualquier evaluación de impacto ambiental el líquido
que brota desde una planta se denomina "efluente". Insisto:
agua y efluentes son distintos.
Para dejar
esto más en claro, el error que se comete sería como asumir
que el ser humano toma agua pero también orina "agua",
y que ésta sería igualita a la que bebió. Por lo
tanto su "consumo" sería apenas restar lo que se deja
en el baño contra lo que se bebió. En números muy
esquemáticos, sería entender que como bebemos 2,5 litros
de agua por día pero orinamos 1,5 litros, entonces el "consumo"
sería apenas de un litro. Esta distorsión podría
llevar a pensar que basta darle un litro de agua a cada persona o que
no necesitamos redes cloacales porque allí habría esencialmente
"agua".
Volviendo
al caso UPM-2, si ese fuera el caso, y la planta solo necesitara esos
20 mil metros cúbicos por día (que tampoco es poca cosa
porque son 20 millones de litros), entonces bastaría que operara
con un ciclo cerrado. No debería haber necesidad de tomar agua
ni arrojar efluentes al Río Negro. La planta podría estar
ubicada en cualquier sitio, por ejemplo en las cercanías de Montevideo,
y así evitar el gigantesco subsidio que hace el país en
construirles una vía férrea. Obviamente esto es un disparate,
y es tan necesaria el agua que las pasteras se ubican sobre grandes
ríos. Este es uno de los temas centrales de toda la problemática
ambiental con el emprendimiento que no puede obviarse.
Entonces,
aquel artículo, que proponía cuestionar un video de divulgación
alertando sobre la planta de celulosa (protagonizado por Marcelo Marchese),
finalmente no logra ese objetivo. En cambio, es funcional a reforzar
el discurso de las autoridades que ampara a la planta y licúa
las exigencias ambientales. Hay un entrevero en conceptos básicos
sobre impactos ambientales y en ciencias ecológicas, donde la
mezcla resultante es usada para presentar las advertencias ambientales
como exageradas o apocalípticas.
El asunto
del lenguaje no es menor, y el uso que debería dársele
en este siglo XXI apunta a una perspectiva exactamente opuesta a la
que unos cuantos esperan: se debe acentuar todavía más
las advertencias sobre los impactos ambientales. El lenguaje deber ser
más incisivo.
El testimonio
más reciente es el anuncio de los cambios en la guía de
estilo del prestigioso periódico británico The Guardian
para pasar a utilizar palabras que dejen más en claro la crisis
ambiental. Por ejemplo, abandonan la frase "cambio climático"
porque suena algo pasiva y gentil, lo que la aleja del diagnóstico
científico que habla de una "catástrofe" climática.
Por lo tanto, pasarán a usar la frase "crisis climática".
Trasladando
esta posición a Uruguay queda en evidencia que dichos de "contaminación
estable" en el Río Negro, o que la planta devolverá
casi toda el agua el río, como afirma la ministra del ambiente,
están entre aquellas frases que minimizan la situación
ecológica. Ese es un discurso totalmente reñido con la
situación nacional. Para el horror de los minimalistas ambientales,
como de muchas autoridades del gobierno, comentaristas y periodistas,
lo que está en marcha en Uruguay es una catástrofe ambiental.
Y si no me creen, díganme cuál es el otro país
en las Américas que tiene todas sus grandes cuencas hidrográficas
contaminadas.
Más
información:
La
impostura como método, M. Aguiar Pardo, Brecha, 23 mayo 2019
El
"cuento" de UPM2, video de M. Marchese y J. Porley
Why
The Guardian is changing the language it uses about the environment,
17 Mayo 2019
Eduardo
Gudynas
27 mayo 2019