América
Latina, un continente infestado por los pesticidas
En la últimquie
a década, América
Latina encabeza junto a Estados Unidos el consumo mundial de agrotóxicos,
muy usados en los cultivos de transgénicos como la soja o el
algodón. Brasil y Argentina encabezan
la estadística latinoamericana. En 12 países de América
Latina y del Caribe el envenenamiento por productos químicos,
sobre todo pesticidas y plomo, causan el 15% de las enfermedades registradas,
según la Organización Panamericana de Salud.
Con 1.000
millones de toneladas por año, Brasil es el Estado del mundo
que emplea más pesticidas en su agricultura, superando en ciertos
años incluso a EE UU. Según la Asociación Brasileña
de Salud Colectiva (Abrasco), el 70%
de los alimentos consumidos en este país tropical están
contaminados por los agrotóxicos. Esto supone que cada brasileño
consume anualmente una media de 7,3 litros de plaguicidas.
Le sigue
Argentina, otro campeón en el consumo de glifosato, con cerca
de 300 millones de litros por año. Se trata de un herbicida capaz
de inhibir una enzima vegetal esencial para el metabolismo de las plantas,
que es conocido por los efectos nocivos sobre la salud de la población.
Uruguay, Paraguay y México también se destacan por el
empleo masivo de estas sustancias, que para muchos expertos son responsables
de causar distintas enfermedades.
“Hay
varias investigaciones en los Estados de Ceará, de Mato Grosso
y de Paraná, en Brasil, que muestran un aumento de los casos
de cáncer y de malformaciones en fetos ligados al uso extensivo
de agrotóxicos”, señala a esglobal Karen Friedrich,
investigadora de la Fundación Oswaldo Cruz (Fiocruz) y profesora
de la Universidad Federal de Río de Janeiro. “Brasil concentra
el 20% del mercado mundial de agrotóxicos. Lo que hemos visto
en los últimos años no solo en Brasil, sino en todo el
mundo es el aumento del uso de agrotóxicos en el cultivo de materias
primas. Una de las causas es el uso de semillas transgénicas
resistentes a los herbicidas”, añade.
El mercado
mundial de agrotóxicos creció un 93% en los últimos
10 años. En Brasil este incremento fue del 190%, según
datos de la Agencia Nacional de Vigilancia Sanitaria de este país
(Anvisa). Otro estudio
publicado alerta sobre el impacto de éstos en la salud. “El
Instituto Nacional de Cáncer señala que los agrotóxicos
tienen una relación estrecha con el número de casos de
cáncer detectados en edades cada vez más precoces”,
destaca para esglobal Luiz Cla´udio Meirelles, investigador de
salud pública de la Fiocruz y secretario ejecutivo del Foro Nacional
de Combate a los Agrotóxicos y a los Transgénicos. A diferencia
de Brasil, donde el 70% de los alimentos consumidos están contaminados
por pesticidas, en la Unión Europea este porcentaje roza el 47%,
según datos de la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria
(EFSA, por sus siglas en inglés).
“En
Brasil siempre tuvimos grandes extensiones de tierra y fazendas, cuya
cultivación invita al uso de agrotóxicos. Su uso aumentó
durante la dictadura militar. Hoy tenemos un modelo de agricultura promovido
por las grandes políticas públicas desde los 70, que favorece
la producción en grandes extensiones de tierra y de monocultivos,
que a su vez son un ambiente propicio para la proliferación de
plagas”, explica Friedrich. De ahí que el consumo de los
pesticidas haya crecido exponencialmente.
Este aumento
se debe en gran parte a la plantación masiva de semillas transgénicas,
sobre todo de soja. Varios expertos señalan
la relación intrínseca entre cultivos transgénicos
y crecimiento del uso de pesticidas, precisamente porque las grandes
multinacionales del sector producen y comercializan semillas resistentes
a los plaguicidas con el fin de aumentar la venta de estos productos.
Un estudio publicado el año pasado por la revista Science
Advances (editada por la Asociación Americana para el
Avance de la Ciencia) señala que la utilización de transgénicos
de maíz y soja en Estados Unidos ha reducido la utilización
de productos insecticidas, pero ha incrementado el uso de herbicidas,
especialmente glifosato.
“La
fragilidad de los Estados de América Latina crea un ambiente
propicio para registrar moléculas tóxicas que están
prohibidas en otros países. También influye la falta de
información sobre los riesgos de estas prácticas. Los
medios de comunicación y los lobbies del agro-negocio muestran
solo las ventajas de este modelo de agricultura”, asegura Karen
Friedrich.
La reciente
adquisición de Monsanto por parte de la alemana Bayer, bloqueada
a principios de octubre por la Unión Europea, y la fusión
de los gigantes estadounidenses Dow y DuPont contribuyen a consolidar
aún más el mercado de semillas transgénicas y de
pesticidas. Ambos grupos controlan gran parte del mercado latinoamericano
de las semillas y de los plaguicidas.
En Brasil
la llegada al poder de Michel Temer parece favorecer a los productores
de agroquímicos. Desde el inicio de su mandato, que sustituyó
al de Dilma Rousseff tras el impeachment de 2016, no ha escatimado apoyos
al lobby de los empresarios agrarios. En los últimos meses el
Ministerio de Agricultura ha
elaborado una medida provisoria que pretende ablandar las reglas
de control sobre los agrotóxicos en Brasil. Este proyecto de
ley, que tiene que obtener el visto bueno del Parlamento para entrar
en vigor, abriría el camino para que sea autorizado el uso de
sustancias consideradas cancerígenas o responsables de causar
malformaciones fetales y mutaciones genéticas en base a pruebas
realizadas en laboratorio.“El nuevo proyecto de ley pretende cambiar
el nombre de los agrotóxicos, que pasarían a llamarse
defensivos fitosanitarios, enmascarando así la peligrosidad de
estos productos. También quiere retirar de organismos de control
como Anvisa la responsabilidad de la valoración de estas sustancias
sobre la salud y el medio ambiente”, advierte Friedrich. “De
todos los agrotóxicos permitidos en Brasil, el 30% son prohibidos
en la UE, y esta ley haría aún más permisiva nuestra
realidad”, recuerda la profesora Larissa Mies Bombardi, investigadora
del laboratorio de Geografía Agraria de la Universidad de São
Paulo (USP).
Argentina
es otro país que se destaca por el uso masivo de pesticidas,
sobre todo de glifosato. Varios especialistas asocian el creciente empleo
de agrotóxicos al incremento de los cultivos transgénicos.
“Argentina empezó a utilizar agrotóxicos de forma
masiva a partir de 1996, cuando se aprobó la primera soja transgénica
resistente al glifosato, desarrollada por Monsanto. De hecho, la llegada
de la soja a Brasil se produce a través de Argentina, por la
provincia de Misiones”, explica a esglobal el periodista Patricio
Eleisegui, autor del libro Envenenados.
“Desde 1996 Argentina
tiene cerca de 40 semillas transgénicas aprobadas. De ellas,
32 son resistentes a algún tipo de pesticida, generalmente al
glifosato. Estas semillas no tienen ninguna modificación en relación
a su capacidad nutricional. Son modificadas únicamente para resistir
a los pesticidas”, agrega.
Se trata,
en otras palabras, de un estratagema de las grandes corporaciones para
poder vender más agroquímicos. El resultado en Argentina
es que en los últimos 20 años el uso de pesticidas ha
subido dramáticamente: casi el 50% entre 2002 y 2008, según
Eleisegui. A pesar de que no hay un estudio epidemiológico exhaustivo
que establezca a ciencia cierta el efecto de estas sustancias sobre
la salud, hay cada vez más evidencias de que están causando
estragos entre la población de las áreas rurales.
“No
hay un estudio epidemiológico a nivel nacional porque tanto el
Gobierno de Cristina Kirchner como el de Mauricio Macri promueven los
transgénicos. En San Salvador, en la provincia de Entre Ríos,
el 40% de las muertes hoy se deben al cáncer. También
hay
estudios que comprueban que hay una contaminación por el
uso de glifosato y otros pesticidas en el agua, en el suelo y en el
aire de toda la ciudad. En otras ciudades se han registrado datos parecidos”,
informa Eleisegui.
Su libro,
publicado en 2013, fue censurado y tras una larga lucha para recuperar
los derechos, volvió a aparecer en las librerías este
año. Eleisegui destaca que Macri ha mantenido a Lino Barañao
como ministro de Ciencia, heredándolo del antagónico Gobierno
de Cristina Kirchner. “El cultivo de la soja ha permitido una
recaudación histórica. Argentina nunca ha tenido tantas
ganancias como con la soja transgénica. Ésta fue el gran
sustento económico del proyecto de los Kirchner durante más
de 10 años”, asegura este periodista.
“Al
mismo tiempo, ha habido una degradación del sistema medioambiental
y productivo, porque Argentina se ha convertido en un país meramente
productor de soja, cuando tenía una matriz muy diversificada
de cultivos. En términos sanitarios el drama es cada vez peor.
Hay muchos estudios de universidades que confirman la contaminación
masiva por el uso del glifosato y otros pesticidas. Los transgénicos
se han disparado y eso se debe a intereses económicos. Lo peor
es que la riqueza generada se concentra en muy pocos sectores. La sociedad
argentina no está mejor por la ganancia generada por la soja
transgénica”, añade Eleisegui.
En el resto
de América Latina, el consumo global agrotóxicos también
es preocupante. Uruguay emplea de manera abundante peligrosos herbicidas.
En este país el 97% de las frutas y hortalizas que se consumieron
entre noviembre de 2015 y agosto de 2016 presentaban residuos de plaguicidas,
según datos
de la Unidad de Regulación Alimentaria de la Intendencia
Municipal de Montevideo. “De hecho, casi todo el sector agrícola
uruguayo está desarrollado por empresarios argentinos. Cuando
en Argentina comenzó a haber restricciones de algunos cultivos,
los productores compraron tierras en Uruguay y exportaron el mismo modelo.
Hay incluso discursos del ex presidente uruguayo José Mújica
en los que alaba
Monsanto y admite que hay que aprovechar la soja transgénica
si crea riqueza. El Gobierno de Tavaré Vázquez está
aún más a favor de los transgénicos”, recuerda
Eleisegui.
Entre 2009
y 2013, Paraguay quintuplicó su importación de agrotóxicos.
De ocho millones de kilos pasaron a importar 43 millones de kilos, según
datos oficiales. Frente a este incremento, en 2015 la ONU llegó
a expresar
su preocupación, al
mismo tiempo que instaba a este país suramericano a regular el
uso de los pesticidas.
Una de las
últimas medidas de Rafael Correa antes de dejar el poder en Ecuador
fue liberar la siembra de transgénicos, vedada desde 2008.
De hecho, este país era uno de los pocos países que prohibía
el cultivo de transgénicos en su Constitución. En 2012
Correa mostró cierta apertura a este tipo de cultivos, que automáticamente
conllevan el uso de pesticidas, al declarar que “las semillas
genéticamente modificadas pueden cuadruplicar la producción
y sacar de la miseria a los sectores más deprimidos”. Finalmente,
el ex presidente recurrió a una brecha legal existente en el
artículo 401 de la Carta Magna y aprobó el uso de transgénicos
con fines investigativos. Esta medida ha generado la protesta de un
sector de los agricultores.
En Bolivia
la importación de plaguicidas se multiplicó por seis en
tan solo ocho años, según dados de 2015. En este periodo
el país adquirió 228.000 toneladas de agrotóxicos
por valor de 1.237 millones de dólares. Esta tendencia se ha
consolidado en 2016, cuando el
consumo de éstos creció casi un 50%. “En Bolivia
se muestran renuentes a la introducción de los transgénicos,
pero en los medios de comunicación se observa que hay más
presión que otros años para que se habilite el uso de
estas semillas modificadas”, señala Eleisegui.
A pesar de
no poseer grandes extensiones de tierra cultivadas, Chile emplea muchos
pesticidas, hasta el punto de que el año pasado se disparó
la alarma debido a la alta mortalidad de las abejas, responsables de
la polinización. Recientemente, un
estudio ha revelado que los agrotóxicos utilizados en Chile
han causado una reducción en un 39% de la producción de
espermatozoides en abejas.
Otro país
que destaca por el uso de pesticidas es México, que en la actualidad
libra
una batalla para evitar la introducción de la semilla de
maíz transgénico. En este país se emplean al menos
12 plaguicidas prohibidos en el resto del mundo por sus efectos nocivos
en la salud y el medio ambiente. Substancias como el DDT y el Lindano
llegan a México de contrabando y representan un serio riesgo
para los consumidores. Además, en este país están
registrados comercialmente 186 plaguicidas altamente peligrosos que
contienen sustancias cancerígenas, que han
sido prohibidos en Europa o no son vendidos en otros Estados porque
las empresas que los comercializan se han negado a seguir invirtiendo
en pruebas de laboratorio que deberían dejar claros sus efectos
secundarios.
Es importante
destacar que estas sustancias peligrosas para el consumo humano llegan
a Europa en forma de productos exportados. Argentina, por ejemplo, vende
a Italia harina de soja con restos de glifosato, que posteriormente
es empleada en la producción de la pasta. Ante la preocupación
generada por la presencia de este pesticida en productos de alimentación,
el programa de televisión Le Iene llegó a grabar
un programa entero sobre los efectos del glifosato en Argentina.
El año
pasado, Alemania devolvió todos los cargamentos de miel de Uruguay
porque detectó restos de glifosato. Desde entonces, Alemania
ha
reducido drásticamente la compra de miel al país
latinoamericano, que ha bajado bruscamente del 90% al 15%. Son tan solo
dos ejemplos que revelan que el uso descontrolado de los agrotóxicos
puede tener un impacto también a miles de kilómetros de
distancia.
Por el contrario,
recientemente España ha conseguido esquivar la crisis de los
huevos contaminados por pesticidas que ha golpeado la economía
de 17 países del eurogrupo. Este país, que cuenta con
más de un millar de granjas y 40 millones de gallinas ponedoras,
ha
conseguido evitar la retirada de sus productos gracias a los controles
exhaustivos que realizan las autoridades nacionales y locales.
Valeria
Saccone
03 enero 2018