¿Contaminación
invisible?
Por
Gustavo Duch
Recientemente
lo hemos podido leer en la prensa. «Una enigmática epidemia
de insuficiencia renal crónica (ERC) azota a los braceros contratados
por temporadas en las plantaciones de caña de azúcar
en Centroamérica. Sin una conclusión científica
contundente sobre su origen, Gobiernos e investigadores del área
atribuyen la enfermedad a pesticidas y fungicidas (…) Los datos
oficiales han revelado que, con una incidencia cercana a 10 casos
por cada 100.000 habitantes, la ERC es la principal causa de muerte
de hombres en El Salvador, y en Nicaragua provoca más víctimas
mortales en la población masculina que el impacto combinado
de VIH-sida y diabetes». Entre los diferentes pesticidas que
aparecen en la lista de presentes y sospechosos anoten el nombre de
uno de ellos, el glifosato.
También
en los últimos meses hemos leído en la prensa como en
el campo argentino la disputa por la tierra fértil está
generando violencia y muertes. Son varios los campesinos heridos y
muertos a manos de ‘pistoleros’ de terratenientes que
quieren expandir su fructífero negocio del cultivo de soja.
La soja transgénica, que se cultiva en ya la mitad de las mejores
tierras de Argentina, es un componente básico -como en el ensamblaje
de los coches- de nuestra alimentación, pues se usa en muchos
productos transformados, por ejemplo de bollería, y en todos
los piensos que engordan la ganadería europea. La propiedad
mágica de estas semillas es su resistencia a un agrotóxico
específico: el glifosato. El Roundup, que así se llama
en su preparación comercial, se riega con avionetas indiscriminadamente
y son muchas las advertencias desde la medicina local que le responsabiliza
de malformaciones embrionarias y otras patologías sobre la
población rural que vive rodeada de soja.
Claro,
podemos pensar que la agricultura en otros países requiere
legislaciones más restrictivas. Desde luego que sí,
la aprobación de cultivos transgénicos y sus venenos
asociados, como se ha denunciado en muchas ocasiones, es más
que irregular, con los responsables de estas empresas circulando –por
las puertas giratorias- de sus despachos a las comisiones de los organismos
encargados de aprobar o no los nuevos registros. Pero, ¿sólo
es un problema en países del Sur?
Por
última vez, por favor, anoten. En un estudio publicado recientemente
en Annals of Bioanalytical Chemistry los investigadores encontraron
que el 41 por ciento de las 140 muestras tomadas de aguas subterráneas
en Catalunya están contaminadas con glifosato, el ingrediente
activo del herbicida Roundup. Es decir, según este estudio,
padecemos una contaminación invisible que se filtra hacia acuíferos,
pozos y manantiales, de un producto (no tan biodegradable como dice
la empresa en su publicidad engañosa) utilizado para matar
a algunos seres vivos. Para mí datos suficientemente preocupantes
como para que las administraciones responsables atiendan el tema con
celeridad. ¿Están las aguas de Catalunya infestadas
con el mata hierbas más vendido en el mundo?
Por
dos motivos debemos exigir respuesta. En primer lugar porque hablamos
de productos muy potentes, en el caso del Roundup es la suma del glifosato
más otras sustancias adicionales lo que lo hace tan activo.
Revisando los últimos estudios encuentras investigaciones epidemiológicas
realizados en Suecia y Estados Unidos y estudios en laboratorio con
resultados muy preocupantes, de esos que se suelen tachar de ‘alarmistas’,
que lo relacionan con un mayor riesgo de partos prematuros y de aparición
de algunos tipos de mielomas y linfomas (en personas expuestas al
glifosato, básicamente trabajadores y trabajadoras del campo)
o que demuestran interferencias en el funcionamiento del hígado
o malformaciones congénitas en los animales de experimentación.
En
segundo lugar, por el ‘propietario’ del veneno y su mayor
productor mundial, la multinacional Monsanto (conocida también
por la fabricación del herbicida Agente Naranja, un defoliante,
utilizado entre 1965 a 1969 en Vietnam y afectando a la salud de 400.000
personas y de 500.000 niños, que nacieron con defectos congénitos)
que no tiene una buena reputación que digamos en las formas
utilizadas para conseguir colocar sus productos en el mercado global.
Sólo por eso debemos desconfiar.
Como
personas consumidoras podemos intentar alejarnos de los productos
que contienen soja o maíz transgénico y disminuir así
nuestra exposición al glifosato, pero… ¿cómo
hacemos para evitar su entrada en nuestro organismo por aguas contaminadas?
Es el momento de exigir a nuestras administraciones autonómicas
un control más severo de las aguas y suelos, y una prohibición
(o moratoria) del uso de las formulaciones herbicidas con glifosato
en base a una regla tan sensata como es el principio de precaución.
El glifosato en cuestión está siendo utilizado en diversas
tareas del campo y también en los parques y jardines de muchas
poblaciones catalanas. Por ahí podríamos empezar, recuperando
en estos espacios públicos la jardinería autóctona
con plantas propias de nuestro ecosistema mediterráneo menos
exigentes en agua y que permiten su manejo ecológico: sin venenos.
El
Periódico de Catalunya, 19 de marzo de 2012.