Cuando ningún
veneno es suficiente, vamos por más …
El cultivo
de la soja y maíz transgénico ha venido acompañado
con el uso masivo de agrotóxicos, provocando contaminación
al suelo, agua, aire y alteraciones en los ecosistemas.
Una de estas
alteraciones se viene presentando desde hace unos siete años
y es la aparición en la región de la resistencia a los
herbicidas de ciertas malezas y nuestro país no escapa de ello.
Las más conocidas son la Conyza y el Raigrás
y habría un problema incipiente con el Amaranthus.
Los herbicidas
que se utilizan intensivamente son, el glifosato, el glufosinato de
amonio, la atrazina y el 2,4 D. Todos ellos ampliamente conocidos por
sus impactos en la salud y en el medio ambiente. Cabe agregar que tanto
el glifosato, como el 2,4D, han sido clasificados recientemente por
la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer
(IARC) de la Organización Mundial de la Salud (OMS) como probablemente
carcinógenos para el ser humano.
¿Cómo
aparece y qué implica la resistencia?
La resistencia
ocurre cuando una población de plantas no responde a las aplicaciones
de un herbicida. Plantas que antes eran susceptibles a un herbicida
particular aplicado a la dosis recomendada, ahora no son dañadas,
a veces incluso a dosis superiores a lo recomendado.
A su vez
puede haber una resistencia cruzada, como resultado de resistencia a
dos o más herbicidas debido a la presencia de un mecanismo de
resistencia individual. Y una resistencia múltiple cuando se
desarrolla resistencia a varios herbicidas con dos o más mecanismos
distintivos de resistencia, en la misma planta. Este último podría
ser como resultado de la siembra de la soja transgénica tolerante
al glifosato y al glufosinato de amonio.
Se trata
de un círculo vicioso: la resistencia ha sido generada por la
“necesidad” de usar cada vez más y más potentes
herbicidas en mayores dosis.
¿Que
nos proponen para salir de este círculo vicioso?
Increíblemente,
más agrotóxicos, más potentes, más peligrosos
para la salud y más contaminantes.
En el pasado mes de junio, la empresa Syngenta presentó como
solución a las malezas resistentes su nuevo producto denominado
“Cerillo”. El principio activo de este veneno es
el Paraquat Dicloruro.
El Cerillo
es presentado por la industria, “como un herbicida de amplio espectro
que controla todo tipo de malezas. Gracias a su rápida penetración
es resistente a la lluvia. Se inactiva en el suelo, no es fitotóxico
al cultivo establecido y no tiene efectos negativos sobre la fertilidad
del suelo. No es volátil, no expide vapores que afecten a los
cultivos vecinos”.
La propia
industria lo categoriza como 1A, es decir, extremadamente toxico. O
sea, que el herbicida Cerillo es un VENENO
y puede matar.
Es importante
recordar que por su alta peligrosidad a nivel mundial se ha trabajado
dentro del marco del Convenio de Róterdam, para que el Paraquat
Dicloruro sea incluido en la lista de productos químicos peligrosos
con el objetivo que los países partes -Uruguay lo es- controlen
la importación y exportación del mismo.
Todo
veneno mata y el Paraquat lo hace mejor
Durante las
fumigaciones de cualquier veneno tanto aéreas como terrestres,
existe la inevitable deriva. De la deriva de este herbicida, conocido
desde hace décadas por su toxicidad, el primer afectado será
el aplicador y las poblaciones vecinas. Y como se ha constatado, lamentablemente
los humanos no nos volvemos resistentes a este tipo de venenos
La industria
dice que no es volátil, sin embargo la deriva no se puede controlar,
menos en un país ventoso como el nuestro -por algo se están
instalando tantos aerogeneradores- irremediablemente el veneno afectará
a los vecinos y a sus cultivos, matando todo lo que encuentre a su alrededor.
Parece de
Perogrullo. La solución no está en ir cambiando de agrotóxicos,
esto sólo hará que aumenten las malezas resistentes provocando
el uso de más venenos y más potentes.
La solución
pasa por una agricultura ecológica, sin venenos.
María Isabel Cárcamo
y Enildo Iglesia