¿El
gobierno padece de un Trastorno del Déficit de Atención?
El Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad
es un tema frecuente de conversación. Se caracteriza por una
interferencia con la vida social por las dificultades en enfocar la
atención y las acciones, y a veces por la hiperactividad. Esto
viene a cuento ya que es necesario interrogarse si un problema de
ese tipo no ocurre institucionalmente en el más alto nivel
del Poder Ejecutivo.
Es
que desde hace años se viene hablando de las desprolijidades
en la práctica gubernamental, y más recientemente de
las limitaciones en poder desplegar acciones, y que éstas sean
concretas y efectivas. Se presentan programas y planes, pero los problemas
que debían solucionar persisten. Mucho de eso se le achacó
al gobierno de José Mujica, por la variedad de ideas que lanzaba
y las dificultades en enfocarse y concretar soluciones reales. En
la actual administración sin duda hay cambios, tales como cuidar
las formas (sea en el vocabulario como la vestimenta), pero el entrevero
persiste.
En
la definición de ese trastorno, se asocian, por ejemplo, la
incapacidad para manejar los detalles cuando son numerosos, con lo
que resultan errores e inexactitudes en el trabajo, incluso con cuestiones
evidentes y sencillas; las dificultades en escuchar y entender lo
que se le dice, o las limitaciones en organizar actividades, especialmente
si son complejas y secuenciales (1). Revisando algunos desempeños
gubernamentales recientes es posible ilustrar ese tipo de problemas.
Desatención
y entrevero
Pocos
días atrás, el presidente Vázquez reconoció
que la cuenca del Río Negro estaba muy contaminada y su medida
de acción para resolver eso fue la creación de una comisión
ministerial. Integrada por los ministerios del Ambiente, Industria
y Ganadería y Agricultura, tiene como objetivo elaborar un
plan para prevenir, controlar, detener y revertir el deterioro de
las aguas del río y sus tributarios.
La
primera reacción es admitir que es bueno que el gobierno admita
que hay una crisis en esa cuenca. Pero lo preocupante son sus respuestas:
crea una nueva comisión cuando ya existía otra con ese
mismo fin (instalada en 2011 bajo el gobierno de Mujica, tal como
recuerda el Movimiento por un Uruguay Sustentable, MOVUS), y ya se
dispone de la información básica para iniciar acciones
(el gobierno Vázquez tiene esos datos desde hace años).
Esto no es excepcional; la misma dificultad para enfocarse y concretar
ocurre, por ejemplo, con la cuenca del Río Santa Lucía.
La falta de atención también se revela en que en ese
decreto sobre el Río Negro se invoca un instrumento de gestión
pública que el mismo gobierno Vázquez anuló.
Son las evaluaciones ambientales estratégicas, excluidas para
el ámbito nacional en la ley de presupuesto 2015. Parecería
que ni la presidencia ni los ministerios recuerdan sus propias resoluciones.
En
otros casos el entrevero normativo es mayor. Por ejemplo, en la propuesta
del Ejecutivo para reglamentar la nueva ley de riego, sorpresivamente
aparece un nuevo instrumento de ambiental y agropecuario, los “planes
de uso y manejo de suelos y aguas”. No se sabe de dónde
salieron. En el país existen planes pero únicamente
de suelos, y la incorporación de las aguas no es una cuestión
menor, y para ser serios, todo eso requeriría al menos una
ley específica. En el mismo borrador, en unos artículos
se dice que se aplicará una evaluación ambiental pero
en otro se aclara que sus resultados no podrán impedir autorizar
nuevas obras de riego. Es un apabullante ejemplo de contradicción.
Gestión
inefectiva
Todo
ese entrevero y empantanamiento normativo contribuye a las acciones
inefectivas. Se repiten planes, programas, iniciativas, etc., se re-estudian
cuestiones ya analizadas, y las acciones concretas son escasas o débiles.
Por ejemplo, no se necesita una nueva comisión ministerial
para entender las causas de la contaminación en el Río
Negro, y es evidente que, al menos por ahora, una planta de celulosa
no mejoraría la condición de sus aguas. Del mismo modo,
incorporar una y otra vez al MGAP en esas comisiones esquiva la cuestión
de sus limitaciones en controlar agroquímicos. Una acción
efectiva debería ser externa a esa cartera ya que se deben
reformar sus modos de entender y manejar las cuestiones ambientales
y productivas.
La
coordinación tradicional entre los ministerios no funciona,
y los parches para resolver esto han sido la imposición de
estas comisiones o la creación de secretarías presidenciales.
Pero tampoco son efectivas.
Quienes
siguen atentamente la situación del país, advierten
que dificultades similares se repiten en otras áreas claves
de las políticas públicas, como la educación
o la seguridad. En ellas proliferan los anuncios de reformas, comisiones
y planes, pero se cae en empantanamientos normativos, ritmos cansinos,
acciones débiles, que no solucionan los problemas. Toda vez
que se le indica eso al gobierno, su respuesta es una dura autodefensa,
tal como ocurre con el trastorno de atención,.
Por lo tanto es hora de comenzar a considerar que no estamos ante
dificultades aisladas en ciertos sectores, falta de presupuesto o
de técnicos. Es una problemática más profunda.
Es hora de preguntarnos si el gobierno padece un déficit de
atención, que es institucional y afecta el diseño y
aplicación de políticas públicas.
(1)
Las características del desorden de atención / hiperactividad
según el Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders,
DSM-5, 2013.
Eduardo
Gudynas