Suelos empobrecidos
y ríos que se desbordan
El biólogo y ecólogo Mauro Berazategui escribe sobre la
relación entre suelos empobrecidos, glifosato e inundaciones.
Hace poco
más de un mes se publicó en
la diaria una nota al respecto de un artículo científico
que señalaba el empobrecimiento de los suelos agrícolas
del país. En
ese artículo se describen cambios en acidez (pH), concentración
de varios iones y de materia orgánica en muestras de suelo obtenidas
en el período de 2002 a 2014, concluyendo que “el proceso
de expansión/intensificación agrícola en Uruguay
ha excedido el límite sostenible entre la producción agrícola
y el deterioro de suelos, incrementando la degradación de las
capacidades potenciales de producción agrícola”.
La nota provocó la respuesta de varios científicos, particularmente
debido a las declaraciones de uno de sus autores respecto del rol de
la fertilización sobre las floraciones de cianobacterias. En
el presente caso voy a plantear un debate tomando como punto de partida
el artículo referido, pero discutiendo esta vez sobre la disminución
en contenido de materia orgánica asociada al uso agrícola
intensivo, cual fuera reportado en el artículo científico,
y algunas consecuencias sobre la regulación del ciclo hidrológico.
Suelos
esponjosos y glifosato
La materia
orgánica de los suelos mantiene al suelo agregado, grumoso, destacándose
en este aspecto sustancias como las glomalinas, que son producidas por
hongos micorríticos. Un suelo agregado no compactado es un suelo
de buena calidad, esponjoso, que deja circular el aire y retiene humedad.
Por tanto, es ideal para el establecimiento de la vegetación,
bacterias, hongos, invertebrados e incluso vertebrados como víboras
ciegas, mulitas y tucu-tucus. Obviamente, ese suelo agregado y grumoso
es ideal también para el uso agrícola.
Cuando se
laborea un campo se desagrega el suelo mecánicamente, y es conocida
la degradación de suelos asociada al uso continuo del arado (erosión,
pérdida de estructura). Para evitar este efecto, se adoptan sistemas
de laboreo mínimo o nulo. En la región, asociado al boom
agrícola disparado por la demanda mundial de granos, se adoptó
y masificó el barbecho químico basado en la aplicación
de herbicidas, principalmente a base de glifosato. Con glifosato se
prepara la tierra para la siembra y con glifosato se controlan las plantas
que compiten con el cultivo, siendo este habitualmente un organismo
transgénico resistente al propio glifosato.
La práctica
del laboreo químico se extendió a otras áreas,
como la implantación y mantenimiento de pasturas artificiales
en la ganadería (lo cual es técnicamente agricultura,
aunque en lugar de cosecharse a máquina se cosecha con ganado).
El problema es que, si bien bajo esta práctica no se desagrega
mecánicamente el suelo, el glifosato ha sido señalado
como perjudicial para los hongos micorríticos, disminuyendo su
viabilidad y capacidad de asociación con la vegetación
(por lo que son más conocidos) y afectando la producción
de glomalinas que mantengan esa estructura granular, grumosa, de un
suelo sano. Como las glomalinas presentan una gran persistencia (al
igual que otros componentes de la fracción orgánica de
suelos, como las sustancias húmicas), los efectos de su escasez
en la estructura de los suelos pueden llegar a ser evidentes reci&e!
acute;n años después de afectada su producción.
Costra
impermeabilizante
Otra forma
de desagregación de suelos tiene que ver con la exposición
a la intemperie, como ocurre entre el laboreo y el brote de los cultivos.
La acción mecánica de las precipitaciones, al desagregar
los conglomerados del suelo expuesto, produce la formación de
una costra superficial compacta, en un proceso denominado encostramiento.
Esta costra disminuye en forma importante la infiltración de
las precipitaciones, produce encharcamiento e incrementa la escorrentía
superficial, haciendo inefectivo el aprovechamiento de las precipitaciones
por los propios cultivos. El agua no entra al suelo compactado, sino
que escurre superficialmente sin que implique necesariamente un incremento
en el arrastre de sedimentos, debido fundamentalmente al propio encostramiento.
En casos
extremos, en suelos con granulometrías finas, el suelo compactado
al secarse queda duro y prácticamente impermeable. En suelos
arenosos esto es un poco diferente. En estos casos, la materia orgánica
actúa como retén de agua que la fracción mineral
no logra retener, y la desagregación implica a menudo un incremento
en la infiltración y/o en la escorrentía subsuperficial.
Consecuencias
Y ahora la
pregunta, ¿a dónde voy con todo esto? En el artículo
que se analizaba en la nota de mayo se reportó que los suelos
bajo actividad agrícola están perdiendo materia orgánica
(además de acidificarse, perder fertilidad, etcétera),
algo que no es excepcional dado el uso intensivo al que se están
sometiendo algunos suelos. Esto soporta en buena medida las advertencias
respecto del agotamiento de recursos renovables cuando son explotados
como si no lo fueran: muchos de nuestros agricultores están haciendo
minería de suelos.
También
voy a retomar algo que dije antes: la desagregación de suelos
agrícolas conduce a una inefectividad en el aprovechamiento de
los propios cultivos del agua precipitada. Quiero contextualizar esta
afirmación en el escenario de la vigente ley de riego, que propone
subsidios a la implementación del riego como soporte en situaciones
de déficit hídrico. Si la propia actividad agrícola,
planteada en la mayoría de los casos como cultivos intensivos
de secano, produce déficit hídrico por compactación
y degradación de suelos, entonces los agricultores que adopten
el riego aprovechando los subsidios para intensificar su producción
tienen una buena chance de terminar siendo adictos a este. Este escenario
así planteado implicaría costos ambientales y económicos
enormes, tanto para el sector productivo involucrado como para el conjunto
de la sociedad.
Finalmente,
voy a decir que tanto en el caso de los incrementos en la escorrentía
superficial, asociada a la compactación y encostramiento de suelos
agrícolas, como en el incremento de la escorrentía subsuperficial,
asociada a suelos arenosos, se pueden vincular incrementos en los caudales
de los cursos de agua en eventos de precipitación y en la velocidad
de las crecidas con la pérdida de materia orgánica en
los suelos. En el caso de la urbanización es mucho más
sencillo de entender y está bien documentado qué es lo
que ocurre cuando se impermeabilizan los suelos respecto de los volúmenes
y velocidad de las inundaciones corriente abajo de los desagües
pluviales. Quizá sin mucho esfuerzo se puede intentar comprender
por qué de pronto nos encontramos en menos de dos décadas
de intensificación agrícola con eventos recurrentes de
inundaciones que rivali!zan o superan la legendaria de 1959.
Ahora le
tocará a otro escribir sobre las maneras de recuperar estos suelos
degradados. Que por supuesto las hay.
Mauro
Berazategui es biólogo con maestría en Ecología,
docente de Ecología de Paisaje en el CURE Maldonado de la Universidad
de la República.
La
Diaria
2 de julio
de 2019