Uruguay,
agua y sentido común
Abya Yala o América
del Sur -designación de originarios o de europeos- es el continente,
la porción de tierra planetaria más húmeda, más
rica en agua. Al menos en estado líquido, de superficie o subterránea.
Son tales sus dimensiones territoriales, cerca de 20 millones de km2,
que alberga en su seno también vastas regiones secas e incluso
desérticas.
En esa
nave inmensa, parte apenas de la nuestra planetaria, nos encontramos
en Uruguay. Un territorio física y políticamente pequeño.
Comparado con el abanico mundial de estados, estamos precisamente
en la media de superficie (alrededor de unos cien estados más
extensos y otros cien más pequeños); en términos
poblacionales, en cambio, vivimos en un territorio más bien
despoblado respecto de la media mundial (hay dos tercios de estados
mayores y sólo un tercio de menos poblados). (1)
Tenemos
una de las tierras mejor irrigadas del mundo entero, lo cual habilita
su uso para ganadería y agricultura. La calidad ganadera del
país -rebautizado en algún momento vaquería-
la comprobó hace ya cuatro largos siglos Hernando Arias de
Saavedra, ”nuestro” Hernandarias, gobernador español
del Paraguay.
¿País
minero?
Por sus
dimensiones más bien reducidas, por las características
del suelo, todo verde, la “propuesta”, formulada por José
Mujica Cordano, a la sazón presidente del Uruguay, de que ‘así
como el país había sido ganadero dos siglos [se refiere,
infiero, a los de vida “independiente”], bien podía
ser ahora minero’ merece ser elevada a los anales de la estulticia.
Basta observar donde se emplazan las principales actividades mineras
de la humanidad para darse cuenta: en tierras yermas, que el clima
y el suelo hacen poco propicias para cultivos; en la cordillera de
los Andes, por ejemplo.
Otro rasgo
característico: países con fuerte desarrollo minero
coinciden en general con enorme disposición de tierras, como
son los casos de Canadá, Australia, EE.UU. o China que rondan
los 10 millones de km2 cada uno (Australia, algo menos), es decir
unas 60 veces la superficie del “paisito”. 600 km no es
lo mismo que 10 km. Ni 600 km2, 10 km2. El país alberga propiedades
de 10 000 ha. Y también mucho mayores. Pero no de 600 000…
Uruguay
es un país “verde” y goza, propiamente, uno de
los porcentajes más altos de cubierta verde de todos los países
del planeta, alrededor del 90% de su superficie. (2) Como bien explica
Víctor Bacchetta en su “vivisección” del
proyecto Aratirí: (3) “En el caso de Uruguay, la minería
no se practica en montañas o desiertos sin cobertura vegetal.
El primer obstáculo para llegar al mineral es la base de una
pradera natural […]. Este “detalle” que al parecer
le pasó inadvertido a José Mujica Cordano, tiene un
doble costo: el de eliminar la pradera para ejercer la minería
y el de perder la actividad económica que con dicha pradera
puede hacerse; como vimos, siglos de ganadería, que le otorgó
al Uruguay en el concierto de las naciones periféricas y más
o menos excoloniales una asombrosa calidad alimentaria.
Respecto
de la “película” verde que recubre casi todo el
suelo oriental, hay una propuesta de la empresa Zamin Ferrous, titular
del proyecto Aratirí, que también nos presenta Bacchetta,
y que es ilustrativa de la relación centro-periferia, para
el caso entre los consorcios industriales y los países más
o menos periféricos, más o menos coloniales, en que
se asientan. Zamin Ferrous tiene la peculiaridad de su origen indio,
pero su comportamiento es exactamente equiparable al de los consorcios
primermundianos.
Cuando
Zamin Ferrous-Aratirí presenta su proyecto aclara que esa cubierta
del suelo “será retirada para ser devuelta a su lugar
original [¡sic!] al final de la explotación.” (4)
Advierta el lector que estamos hablando de un período de al
menos década y media… ¿Conservando el suelo verde?…
¿dónde?, ¿cómo?
La ocurrencia
tiene un penoso parentesco con la propuesta de la Barrick Gold en
provincias andinas de la Argentina: cuando las asociaciones vecinales
criticaron el proyecto minero que contaba con arrasar un glaciar,
Barrick Gold entonces “tranquilizó” a los pobladores
ofreciendo trasladar ese glaciar (y eventualmente dos más)
a otros sitios para que no se perdieran o fundieran…
Sólo
una visión muy “administrativa” de la naturaleza,
en este caso el clima de montaña y su biota, y una visión
también “administrativa” de la biota en el caso
de la cubierta vegetal compuesta por animales y plantas (microfauna
y microflora), puede permitirse argumentar que se puede cambiar el
lugar de un glaciar como si fuera un florero o que se puede retirar
un suelo vivo y reponerlo décadas después…
En rigor,
ambos ejemplos, extraídos de dos grandes consorcios mineros,
remiten a los vidrios de colores con que algunos europeos avisados
engañaban o seducían a nativoamericanos en sus primeros
contactos…
¿País
agroindustrial?
Las dimensiones
del país tampoco hacen propicio el territorio para los cultivos
agroindustriales. Más allá de toda consideración
ambiental que plantea una problematicidad gravísima que abordaremos
a continuación.
Por su
tamaño, Uruguay puede ofrecer a gatas una potencialidad marginal:
basta ver los estados que han apostado a la agroindustria para darse
cuenta cuándo hablamos de explotación plena y cuándo
de explotación marginal. La agroindustria con su dotación
de cosechadoras gigantescas rinde en países con llanuras inmensas,
como las de EE.UU., Canadá, Argentina, Brasil, Australia, o
siquiera como las ucranianas.
La razón
por la cual el gobierno populista argentino de la primera década
del siglo actual, el gobierno K, se pudo dar el lujo de retener hasta
un tercio del precio de la venta bruta de soja transgénica
como regalía para el estado, proviene de la extraordinaria
rentabilidad, absolutamente excepcional, de tales cultivos, que permitió
que los sojeros aceptaran esa “expropiación” porque
aun así, sus ganancias eran increíblemente altas. En
el territorio uruguayo, no pampeano sino ondeado, con subidas y bajadas
tan visibles en nuestras carreteras y rutas, el rendimiento de tipo
agroindustrial es menor.
La actividad
agroindustrial, es decir la producción de bienes rurales como
cereales o carnes con los rasgos de una actividad industrial, presenta
un aspecto ambiental que anunciamos y que a su vez es sustancial:
se trata de una actividad humana altamente contaminante. De actividades
que están llevando a la humanidad a un callejón sin
salida, fruto de una tecnobiología (biotech) desbocada.
Es precisamente
ese aspecto más la menguada rentabilidad que lo agroindustrial
puede desplegar en un territorio como el nuestro, lo que ha llevado
a más de un analista a desechar el cultivo de commodities como
apuesta del país al mercado mundial. Una pésima solución
para la economía nacional, aunque muy promovida por las empresas
transnacionales que tejen el dominio corporativo de la economía
planetaria actual.
Tenemos
una superficie demasiado pequeña para lograr un ingreso significativo
adaptándonos a las “necesidades” de esas megaempresas
a menudo con presupuestos mucho mayores que los de los estados nacionales
que las “albergan”.
Nuestra
opción, entendemos, teniendo en cuenta la ubicación
geográfica (el hemisferio sur está mucho menos contaminado
que el norte), la dimensión territorial, y la abundancia de
agua, podrían ser specialities, no commodities. En lugar de
venta a granel de productos alimenticios “del montón”,
optar por la producción de alimentos orgánicos y naturales.
Lo cual permitiría darle sentido a la consigna “Uruguay
natural” que ha sido puramente turística y demagógica
(basta ver como tratamos a los “residuos”), consigna que
se sigue usando con creciente, penosa falsedad. La producción
orgánica, slow-food, comida sin ingredientes químicos
está siendo crecientemente demandada por la población
y particularmente por los sectores más atentos a la problemática
ambiental, que se van separando cada vez más notoriamente de
la comida basura y la cancerización consiguiente.
Claro que
semejante apuesta significaría aprender a producir ingredientes
sanos, con mucho menores cargas químicas, y consiguientemente
apostar a las pequeñas unidades productivas, y tejer una red
económica de circulación material y sostén de
tal tipo de actividades. Esa potencialidad existe en nuestro territorio;
un desafío para que exista también en nuestra sociedad.
Por las
dimensiones del territorio nuestro, la actividad minera como actividad
económica principal no parece la mejor opción, porque
la irradiación de cualquier actividad de ese tipo es de varios
kilómetros a la redonda (y no hace falta que sea de minerales
radiactivos para que haga daño y nos afecte). Lo acabamos de
vivenciar con la cantera abierta al lado de Suárez, donde el
polvo y el ruido afectaba a sus tan cercanos “vecinos”.
La fabricación
de commodities rurales no sólo nos condena a una subalternidad
económica permanente ante países de grandes extensiones
y por lo mismo con mejor competitividad como, precisamente, nuestros
linderos, Argentina y Brasil, sino que además crea las bases
para una contaminación generalizada que si es criminal en cualquier
territorio, en cualquier estado, es además propia de estúpidos
en un territorio pequeño, por la facilidad con que se nos hace
patente.
Baste reparar
en el “percance” del río Dulce en Minas Geraes,
Brasil, hace apenas algunas semanas: un dique de cola de esos que
se construyen garantizados para que duren indefinidamente, aunque
demasiado a menudo el tiempo indefinido se trunca sorpresivamente,
como en este caso, cuando una de sus paredes cede. El enorme piletón
de contención de los desechos metálicos, químicos,
tóxicos de una extracción minera de años empezó
a escurrir río abajo hacia su desembocadura, en el océano
Atlántico, a 650 km. Tardó algunos días desplazándose
esa masa de lodo tóxico a razón de unos 50 km. por día…
Dejó decenas de muertos humanos, desolación y contaminación
a lo largo del río, totalmente inutilizado a partir de entonces
como fuente de agua o de pesca… ¿Qué habría
significado para Uruguay un desastre de similares proporciones? Basta
mirar dos mapas, los de Uruguay y de Brasil, para darse cuenta de
la diferencia de impacto a escala nacional.
Y sin embargo,
si bien el plan de cambiar de matriz productiva de la ganadería
a la minería no ha “marchado”, afortunadamente,
la implantación de la agroindustria, con “titulares de
primera” como Monsanto y UPM, por ejemplo, sí se ha llevado
adelante.
¡Cómo
no va a prosperar la agroindustria si los grandes consorcios no pagan
casi impuestos, el gobierno les ofrece zonas francas y ni siquiera
atienden al desgaste cada vez mayor de las rutas, deshechas por el
peso de las grandes cargas de rolos y soja! ¡No pagan siquiera
por los muertos en ruta por ese motivo!
Y
aquí llegamos al agua
En rigor,
podríamos decir que lo que se llevan las empresas extractivas
del Uruguay es humedad en forma de rollos de las plantaciones de eucaliptus
y pinos y otra vez humedad en forma de granos de soja.
El negocio
es penosamente asimétrico: se llevan agua procesada por organismos
vivos (los árboles, las oleaginosas, por ejemplo) y nos dejan
agua contaminada. Porque para hacer aquella extracción y que
la misma resulte rentable, se la incrementa de dos maneras: mediante
fertilizantes que aumentan el tamaño y el peso de las plantas,
y mediante plaguicidas que evitan que las plantas de la actividad
agro-empresaria tengan “competencia”. Los fertilizantes
y plaguicidas derramados en los campos de cultivo no son sólo
absorbidos por pinos, eucaliptos o porotos de soja… van a parar,
siguiendo la ley de la gravedad, a cañadones, arroyos, ríos
y por esa vía a las fuentes de agua potable de los uruguayos.
Los venenos
no son fácilmente separables puesto que suelen presentarse
en partículas ínfimas que seguramente “superan”
muchos filtros; los fertilizantes favorecen el florecimiento de algas
y otras organismos vivos elementales que tienden a suprimir el oxígeno
de los espejos de agua que los albergan; eutrofización, que
es pérdida de toda fuerza vital en el agua; el agua pasa a
estar muerta, privada de vida. Ese proceso suele iniciarse con una
plétora de algas, de las que muchas son tóxicas para
humanos (y para otras especies).
Y ésa
es la situación del Uruguay actual: tenemos algas tóxicas
en nuestras fuentes proveedoras de agua… potable, que ya no
es tal.
Algo que
era un orgullo uruguayo, disponer desde agua corriente, se ha convertido
en un problema. Porque inicialmente, el agua corriente se sobreentendía
que era agua potable. A ningún ingeniero del s XIX se le habría
ocurrido hacer esa formidable obra, el tendido de redes, para proveer
agua no potable o agua tóxica.
Pero tal
es la situación hoy. La cuenca del río Santa Lucía
abastece a unos dos tercios del país, de agua corriente que
ya no es potable. Montevideo, Canelones, Florida… La Laguna
del Sauce provee de agua al departamento de Maldonado. Los departamentos
litoraleños, Artigas, Salto, Paysandú, Río Negro,
Soriano solían proveerse de agua del río Uruguay, pero
con la floración abrumadora de algas y el reconocimiento de
alteraciones del sabor y calidad en el agua, se ha encarado la extracción
de agua desde perforaciones. En estos parajes del Uruguay, la perforación
debería hacerse para alcanzar el Acuífero Guaraní,
aunque por cómo ya ha sido afectado por la mano del hombre,
esa agua tendría que ser controlada y eventualmente potabilizada…
¿Cómo
es posible que lo que fuera orgullo de modernización hace cien
años haya devenido en causa de pesar y vergüenza, de desconfianza
y enfermedad?
Los organismos
oficiales de control nos aseguran la calidad y la potabilidad en remitidos
que dan vergüenza ajena. (5) Conocedores, investigadores del
área, como Daniel Panario, terminan recomendando filtros hogareños,
puesto que los públicos y generales presentan tantas fallas.
En medio
de esta vergüenza nacional, las compañías embotelladoras
de agua (mineral o mineralizada) proclaman, contentas, que han hecho
pingües ganancias. Chocolate por la noticia. Quede para otra
nota el examen de esa alegría.
________________________
(1) Con un rasgo llamativo y no exento de problematicidad; hay toda
una lista de estados nacionales que medio siglo atrás estaban
menos poblados que Uruguay y ahora superan su población, incluso
la duplican o triplican: Paraguay, Nicaragua, Honduras, Panamá,
Nueva Zelandia, Liberia, Libia…
(2) Países con generoso volumen de “tierras cultivables”
son, por ejemplo, Bangla Desh u Holanda (alrededor de dos tercios
de su superficie); se trata de países con menor o mucho menor
extensión que la del Uruguay.
(3) Aratirí y otras aventuras, Doble clic editoras, Montevideo,
2015, p. 27.
(4) Ibíd, p. 28.
(5) La ministra Eneida de León comunicó que “los
últimos resultados de las muestras obtenidas arrojaron un porcentaje
de agua potable superior al 99 %, dato que consideró «más
que admisible» al compararlo con Europa y América Latina,
donde el promedio se sitúa en el 93 % y el 76 %, respectivamente.”
(Ag. EFE, 11/5/2015). Una pena que la ministra no hubiera revelado
las fuentes de semejantes afirmaciones. Y ni hablar de los olvidos
de semejante fraseo…
Luis E. Sabini
Fernández (29/1/16)
Fuente: Revista Futuros
del planeta, la sociedad y cada uno ...