Veneno
cotidiano
¿Han
aumentado los casos de intoxicaciones por agroquímicos en Uruguay?
¿Cuáles son los más problemáticos? ¿Cómo
se hace el seguimiento de casos? Estas preguntas motivaron la entrevista
con Laura Taran, profesora adjunta del Departamento de Toxicología
de la Facultad de Medicina de la Universidad de la República.
Taran explicó que los peores plaguicidas no son, necesariamente,
los que tienen mayor “mala prensa”; hizo recomendaciones
para evitar intoxicaciones y contó que el departamento sigue
buscando analizar los impactos acumulativos.
La
doctora Taran trabaja en la Unidad de Toxicología Laboral y
Ambiental. Es coautora del estudio “Intoxicaciones por plaguicidas
agrícolas y veterinarios en el Uruguay”, divulgado en
2013, que analizó los casos de intoxicaciones registrados entre
enero de 2002 y diciembre de 2011. Taran analiza ahora los casos de
2015. “No hay mucha variación”, se adelanta a decir,
en medio de un procesamiento de información que no le permite
dar mayores detalles. En los diez años transcurridos entre
2002 y 2011, y también en 2015, hubo alrededor de 300 casos
de intoxicación por plaguicidas por año. La tasa a nivel
nacional se sitúa en 7,9 casos cada 100.000 habitantes, similar
a lo que ocurre en la región. Hay grandes diferencias al interior
de nuestro territorio: en la década estudiada, los departamentos
de Rocha, Soriano, Lavalleja y Florida presentaron altas tasas (entre
14,19 y 17,16 casos cada 100.000 habitantes).
Cura,
pero enferma
Las
intoxicaciones pueden ser voluntarias (suicida y homicida) e involuntarias
(accidentales, laborales y ambientales). Entre 2002 y 2011 hubo 2.602
casos de intoxicación por plaguicidas. De ellos, la cuarta
parte fueron suicidios o intentos de autoeliminación (25,9%)
y hubo un solo caso de intento de homicidio.
La
mayoría de las intoxicaciones fueron no intencionales. Dentro
de ese grupo sobresalieron los casos laborales (35,9%), les siguieron
los accidentales (25,7%) y los de contaminación ambiental (2,8%).
Los casos de intoxicación por “desvío de uso”
ocupan una buena proporción (6,1%) y se dan cuando se utiliza
para el control de la pediculosis o la sarna en humanos, un producto
que está registrado para uso veterinario o agrícola.
Taran aclaró que en el estudio excluyó los plaguicidas
de uso doméstico, que tienen una concentración menor
y no generan los mismos problemas que los plaguicidas de usos agrícolas
y veterinarios. Aun así, muchos domicilios del interior del
país tienen acceso en el hogar a ese tipo de productos, porque
la vivienda se ubica en el lugar de trabajo. Eso explica que la edad
más repetida de casos registrados fue los dos años;
la edad promedio de casos fue de 32,9 años.
En
la década mencionada, la cipermetrina –insecticida de
uso agrícola y veterinario– encabezó la lista
de principios activos que provocaron intoxicación (365 casos).
Le siguieron el glifosato (271 casos) y el diazinon (253 casos), insecticida
organofosforado de uso veterinario que es (mal) usado para combatir
la pediculosis en niños. El clorpirifos, insecticida organofosforado
de uso agrícola, provocó en la década 126 intoxicaciones.
La lista de principios activos es larga. Si se agrupan según
el uso, el primer lugar lo ocupan los insecticidas, les siguen los
ectoparasiticidas (veterinarios) y luego los herbicidas. Los casos
de intoxicación por herbicidas fueron los únicos que
aumentaron en la década estudiada. En el período no
se dieron casos fatales por intoxicaciones laborales; hubo 50 fallecimientos,
82% de las cuales fueron suicidios.
Taran
comentó que puede haber un subregistro de casos. Dijo que,
salvo los insecticidas fosforados y carbamatos, o que se tenga un
accidente con cipermetrina, por ejemplo, la gran mayoría de
los efectos son leves. Dijo que los trabajadores expuestos a glifosato
tienen un cuadro tipo gripal (fatiga, dolores musculares, malestar
digestivo) y que un peón rural no suele consultar al médico,
o, cuando lo hace, si no le preguntan en qué trabaja, puede
tratarse como un cuadro viral.
Al Departamento de Toxicología le preocupan más la cipermetrina,
que encabeza la lista, y los organofosforados que el glifosato. Le
preocupa, también, el clorpirifos. Taran mencionó el
caso de una mujer que tenía “una alteración en
la conducción de los nervios, porque hacía muchos años
que estaba expuesta a clorpirifos y el neurólogo la mandó
[al Departamento] porque no le encontraba nada”. Dijo que el
daño es reversible si cesa la exposición.
Comunicación
de riesgos
El
Centro de Información y Asesoramiento Toxicológico (CIAT)
asesora al Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca (MGAP)
en la categorización tóxica de los plaguicidas, y para
eso se guía por la clasificación de riesgo de la Organización
Mundial de la Salud (OMS), que comprende cuatro clases: la primera
de ellas incluye a los altamente peligrosos y muy peligrosos, y a
medida que avanza la numeración, disminuye la peligrosidad.
Taran
explicó que “actualmente se está tratando de virar”
y, en lugar de usar la clasificación de riesgo de la OMS, se
ha empezado a usar “el sistema globalmente armonizado”,
que “considera lo agudo y lo crónico”, mientras
que el otro sólo considera lo agudo. La doctora explicó
que Uruguay se puso al día con la clasificación por
medio del sistema globalmente armonizado en 2009, cuando aprobó
el decreto 307/2009 (que refiere a los riesgos relacionados con agentes
químicos durante el trabajo), pero que excluyó de esa
clasificación a los “fitosanitarios”, como les
llama el MGAP, cuyo etiquetado sigue las pautas definidas en el decreto
294 de 2004. Además de establecer la dosis letal aguda, el
sistema globalmente armonizado permite clasificar efectos crónicos
“en mutagenicidad (si hace cambios a nivel del ADN), si es cancerígeno,
si es tóxico reproductivo o si es sensibilizante o corrosivo.
Entonces tenés otras comunicaciones de riesgo”. A modo
de ejemplo, dijo que “hay muchos fungicidas que son categoría
IV (poco peligroso en el uso normal), en agudo, pero que son tóxico-reproductivos
categoría I.
Otro
problema es que no siempre los trabajadores leen la etiqueta. Taran
mencionó una encuesta en la que la mitad de los productores
respondió no leer la etiqueta, y la otra mitad dijo leer sólo
los grandes títulos. Además, los productores no aplican
un solo producto, sino varios, y hay veces que es otra la persona
que prepara los productos, explicó.
En
el área laboral la principal vía de intoxicación
es la inhalatoria, y le sigue la cutánea. Taran mencionó
que es importante que el trabajador se bañe y se quite la ropa
impregnada con el producto luego de una aplicación, porque,
de lo contrario, continúa expuesto.
Efectos
crónicos
El
Departamento de Toxicología está trabajando para hacer
el monitoreo biológico de los trabajadores expuestos a plaguicidas,
para detectar la sustancia en el organismo. En 2009 el Ministerio
de Salud Pública aprobó una ordenanza que estableció
que se hagan dos controles anuales a los trabajadores que están
expuestos a plaguicidas inhibidores de la enzima colinesterasa (organofosforados
y carbamatos). Taran dijo que el problema es que ese estudio sólo
incluye esos dos tipos de plaguicidas, y que en el caso de los carbamatos
“los cubre si la intoxicación es aguda-aguda, porque
si es una exposición crónica a carbamatos no tenés
grandes variaciones de la colinesterasa”. Dijo que hasta ahora
eso “es lo único que hay” para estudiar el impacto
en las personas. “Ahora se está viendo si se puede tratar
de poner en práctica mecanismos para hacer la técnica
de detectar glifosato en orina y piretroides en orina”, dijo,
señalando que la cipermetrina es un piretroide. Ya hace algunos
años que el Departamento de Toxicología viene intentando
avanzar en ese sentido, como lo declaró a la diaria la directora
del departamento, Amalia Laborde, en agosto de 2014.
Taran
destacó que el análisis servirá para detectar
el impacto en la exposición aguda y crónica. Pero no
es sencillo de implementar. Dijo que, si bien son sustancias que no
tendrían que estar en el cuerpo, “no hay experiencia
en cuantificar a cuántos miligramos tiene una coherencia clínica
o una importancia tóxica”. “Implica saber leer
los resultados, hacer un plan piloto para hacer prueba de control,
para ver qué tan fidedigna es la técnica y contar con
los reactivos y el aparato, que ese es el quid del asunto”.
Agregó que “el MGAP hace [análisis de] glifosato,
pero no en tejidos humanos, busca plaguicidas en la carne de exportación”,
pero que “no está la técnica para matrices biológicas
humanas”. Puntualizó que se están buscando técnicas
para hacerlo en orina (que es menos invasivo que el análisis
de sangre, y no se precisa personal especializado para extraer la
muestra). Según Taran, en la región tampoco hay técnicas
adaptadas para humanos. El proyecto está en pañales
todavía. Cuando esté la técnica, servirá
para el análisis de poblaciones que estén expuestas
ambientalmente a contaminación por plaguicidas.
De
amplio espectro | El CIAT fue creado en 1975. Por medio del teléfono
1722 y del correo electrónico hcciat@ha.edu.uy, atiende casos
y consultas por intoxicaciones las 24 horas. Las consultas son hechas
por la población y por integrantes de servicios asistenciales
públicos y privados. El departamento gestiona, también,
la Policlínica de Toxicología General, la Unidad de
Toxicología Laboral y Ambiental, la Unidad Pediátrica
Ambiental (por exposición de niños a metales), la Policlínica
de Drogas; asesora en el registro de plaguicidas, y es colaborador
de la OMS en el área ambiental-pediátrica. La mayoría
de consultas que recibe el CIAT son por intoxicación accidental
con medicamentos y productos domésticos, hipoclorito, querosén,
insecticidas o raticidas que quedan al alcance de niños pequeños.
La intoxicación por monóxido de carbono derivado del
uso de estufas y calentadores es un problema importante, con casos
letales cada invierno. Además, están las consultas por
uso problemático de drogas, de plantas medicinales, por mordeduras
de ofidios y arañas.
Agosto
2017
Amanda
muñoz