El
tóxico de los campos
Por Darío Aranda,
Página 12, Argentina, Abril 2009
El agrotóxico básico
de la industria sojera produce malformaciones neuronales, intestinales
y cardíacas, aun en dosis muy inferiores a las utilizadas en
agricultura. El estudio, realizado en embriones, es el primero en su
tipo y refuta la supuesta inocuidad del herbicida.
Las comunidades indígenas
y los movimientos campesinos denuncian desde hace una década
los efectos sanitarios de los agrotóxicos sojeros. Pero siempre
chocaron con las desmentidas de tres actores de peso, productores (representados
en gran parte por la Mesa de Enlace), las grandes empresas del sector
y los ámbitos gubernamentales que impulsan el modelo agropecuario.
El argumento recurrente es la ausencia de “estudios serios”
que demuestren los efectos negativos del herbicida. A trece años
de fiebre sojera, por primera vez una investigación científica
de laboratorio confirma que el glifosato (químico fundamental
de la industria sojera) es altamente tóxico y provoca efectos
devastadores en embriones. Así lo determinó el Laboratorio
de Embriología Molecular del Conicet-UBA (Facultad de Medicina)
que, con dosis hasta 1500 veces inferiores a las utilizadas en las fumigaciones
sojeras, comprobó trastornos intestinales y cardíacos,
malformaciones y alteraciones neuronales. “Concentraciones ínfimas
de glifosato, respecto de las usadas en agricultura, son capaces de
producir efectos negativos en la morfología del embrión,
sugiriendo la posibilidad de que se estén interfiriendo mecanismos
normales del desarrollo embrionario”, subraya el trabajo, que
también hace hincapié en la urgente necesidad de limitar
el uso del agrotóxico e investigar sus consecuencias en el largo
plazo. El herbicida más utilizado a base de glifosato se comercializa
bajo el nombre de Roundup, de la compañía Monsanto, líder
mundial de los agronegocios.
El Laboratorio de Embriología
Molecular cuenta con veinte años de trabajo en investigaciones
académicas. Funciona en el ámbito de la Facultad de Medicina
de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y del Consejo Nacional de Investigaciones
Científicas y Técnicas (Conicet). Es un espacio referente
en el estudio científico, conformado por licenciados en bioquímica,
genética y biología. Durante los últimos quince
meses estudió el efecto del glifosato en embriones anfibios,
desde la fecundación hasta que el organismo adquiere las características
morfológicas de la especie.
“Se utilizaron embriones anfibios,
un modelo tradicional de estudio, ideal para determinar concentraciones
que pueden alterar mecanismos fisiológicos que produzcan perjuicio
celular y/o trastornos durante el desarrollo. Y debido a la conservación
de los mecanismos que regulan el desarrollo embrionario de los vertebrados,
los resultados son totalmente comparables con lo que sucedería
con el desarrollo del embrión humano”, explica Andrés
Carrasco, profesor de embriología, investigador principal del
Conicet y director del Laboratorio de Embriología.
El equipo de investigadores dice
que las diluciones recomendadas para la fumigación por la industria
agroquímica oscilan entre el uno y el dos por ciento de la solución
comercial (cada un litro de agua, se recomienda 10/20 mililitros). Pero
en el campo es sabido –incluso reconocido por los medios del sector–
que las malezas a eliminar se han vuelto resistentes al agrotóxico,
por lo cual los productores sojeros utilizan concentraciones mayores.
El estudio afirma que en la práctica cotidiana las diluciones
varían entre el diez y el treinta por ciento (100/300 mililitros
por litro de agua).
Utilizando como parámetros
de comparación los rangos teóricos (los recomendados por
las compañías) y los reales (los usados por los sojeros),
los resultados de laboratorio son igualmente alarmantes. “Los
embriones fueron incubados por inmersión en diluciones con un
mililitro de herbicida en 5000 de solución de cultivo embrionario,
que representan cantidades de glifosato entre 50 y 1540 veces inferiores
a las usadas en los campos con soja. Se produjo disminución de
tamaño embrionario, serias alteraciones cefálicas con
reducción de ojos y oído, alteraciones en la diferenciación
neuronal temprana con pérdida de células neuronales primarias”,
afirma el trabajo, que se dividió en dos tipos de experimentación:
inmersión en solución salina y por inyección de
glifosato en células embrionarias. En ambos casos, y en concentraciones
variables, los resultados fueron rotundos.
“Disminución del largo
del embrión, alteraciones que sugieren defectos en la formación
del eje embrionario. Alteración del tamaño de la cabeza
con compromiso en la formación del cerebro y reducción
de ojos y de la zona del sistema auditivo, que podrían indicar
causas de malformaciones y deficiencias en la etapa adulta”, alerta
la investigación, que también avanza sobre efectos neurológicos
graves: “(Se comprobaron) Alteraciones en los mecanismos de formación
de neuronas tempranas, por una disminución de neuronas primarias
comprometiendo el correcto desarrollo del cerebro, compatibles con alteraciones
con el cierre normal del tubo neural u otras deficiencias del sistema
nervioso”.
Cuando los embriones fueron inyectados
con dosis de glifosato muy diluido (hasta 300.000 veces inferiores a
las utilizadas en las fumigaciones), los resultados fueron igualmente
devastadores. “Malformaciones intestinales y malformaciones cardíacas.
Alteraciones en la formación y/o especificación de la
cresta neural. Alteraciones en la formación de los cartílagos
y huesos de cráneo y cara, compatible con un incremento de la
muerte celular programada.” Estos resultados implican, traducido,
que el glifosato afecta un conjunto de células que tienen como
función la formación de los cartílagos y luego
huesos de la cara.
“Cualquier alteración
de forma por fallas de división celular o de muerte celular programada
conduce a malformaciones faciales serias. En el caso de los embriones,
comprobamos la existencia de menor cantidad de células en los
cartílagos faciales embrionarios”, detalla Carrasco, que
también destaca la existencia de “malformaciones intestinales,
principalmente en el aparato digestivo, que muestra alteraciones en
su rotación y tamaño”.
La soja sembrada en el país
ocupa 17 millones de hectáreas de diez provincias y es comercializada
por la empresa Monsanto, que vende las semillas y el agrotóxico
Roundup (a base de glifosato), que tiene la propiedad de permanecer
extensos períodos en el ambiente y viajar largas distancias arrastrados
por el viento y el agua. Se aplica en forma líquida sobre la
planta, que absorbe el veneno y muere en pocos días. Lo único
que crece en la tierra rociada es soja transgénica, modificada
en laboratorio. La publicidad de la empresa clasifica al glifosato como
inofensivo para al hombre.
Como todo herbicida, está
conformado a partir de un ingrediente “activo” (en este
caso el glifosato) y otras sustancias (llamadas coadyuvantes o surfactantes,
que por secreto comercial no se especifican en detalle), cuya función
es mejorar su manejo y aumentar el poder destructivo del ingrediente
activo. “El POEA (sustancia derivada de ácidos sintetizados
de grasas animales) es uno de los aditivos más comunes y más
tóxicos, se degrada lentamente y se acumula en las células”,
acusa la investigación, que describe el POEA como un detergente
que facilita la penetración del glifosato en las células
vegetales y mejora su eficacia. Investigadores de diversos países
han centrado sus estudios en los coadyuvantes (ver aparte) y confirmado
sus consecuencias.
En el estudio experimental del Conicet-UBA
(según sus autores, el primero en investigar los efectos del
herbicida y el glifosato puro en el desarrollo embrionario de vertebrados),
se focaliza en el elemento menos estudiado y denunciado del Roundup.
“El glifosato puro introducido por inyección en embriones
a dosis equivalentes de las usadas en el campo entre 10.000 y 300.000
veces menores, tiene una actividad específica para dañar
las células. Es el responsable de anomalías durante el
desarrollo del embrión y permite sostener que no sólo
los aditivos son tóxicos y, por otro lado, permite afirmar que
el glifosato es causante de malformaciones por interferir en mecanismos
normales de desarrollo embrionario, interfiriendo los procesos biológicos
normales.”
Carrasco rescata las decenas de
denuncias –y cuadros clínicos agudos– de campesinos,
indígenas y barrios fumigados. “Las anomalías mostradas
por nuestra investigación sugieren la necesidad de asumir una
relación causal directa con la enorme variedad de observaciones
clínicas conocidas, tanto oncológicas como de malformaciones
reportadas en la casuística popular o médica”, advierte
el profesor de embriología.
La investigación recuerda
que el uso de agrotóxicos sojeros obedeció a una decisión
política que no fue basada en un estudio científico-sanitario
(“es inevitable admitir la imperiosa necesidad de haber estudiado
éstos, u otros, efectos antes de permitir su uso”), denuncia
el papel complaciente del mundo científico (“la ciencia
está urgida por los grandes intereses económicos, y no
por la verdad y el bienestar de los pueblos”) y hace un llamado
urgente a realizar “estudios responsables que provengan mayores
daños colaterales del glifosato”.