Lo que sucede
en Argentina es casi un experimento masivo
Entrevista con Andres Carrasco,
Profesor de embriologia de la UBA, investigador del CONICET, denunciante
de los efectos del glifosato
Por Darío Aranda
Hace dos semanas denunció
en Página/12 los efectos devastadores del compuesto herbicida
sobre los embriones humanos. Esperaba una reacción, “pero
no tan violenta”: fue amenazado, le armaron una campaña
de desprestigio y hasta afirmaron que sus investigaciones no existían.
Carrasco contesta y renueva sus cargos contra las multinacionales químicas.
Amenazas anónimas, campaña
de desprestigio mediáticas y presiones políticas fueron
algunas de las consecuencias de un doble pecado, investigar los efectos
sanitarios del modelo agropecuario y, más grave aún, animarse
a difundirlos. En el segundo piso de la Facultad de Medicina de la UBA
trabaja Andrés Carrasco, profesor de embriología, investigador
principal del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas
y Técnicas (Conicet) y director del Laboratorio de Embriología
Molecular. Con treinta años de trabajo científico y académico,
confirmó hace veinte días el efecto letal del glifosato
en embriones, cuya marca comercial más famosa es Roundup, de
la multinacional Monsanto. Sabía que vendría una réplica
del sector, pero no esperaba que fuera de un calibre tan alto. “No
descubrí nada nuevo. Sólo confirmé lo que otros
científicos descubrieron”, explica, en su oficina pequeña
y luminosa. Pasaron dos semanas complejas, con una campaña de
desprestigio que aún no termina. Prefirió el silencio
y avanzar en nuevas pruebas. Hasta que pusieron en duda la existencia
de su investigación. “Creen que pueden ensuciar fácilmente
treinta años de carrera. Son hipócritas, cipayos de las
corporaciones, pero tienen miedo. Saben que no pueden tapar el sol con
la mano. Hay pruebas científicas y, sobre todo, hay centenares
de pueblos que son la prueba viva de la emergencia sanitaria.”
Veinte días atrás,
cuando este diario difundió su investigación, ninguna
empresa ni medio del sector retomó el tema. Pero tres días
después se conoció otro hecho, inesperado: la Asociación
de Abogados Ambientalistas presentó un amparo ante la Corte Suprema
de Justicia, por el cual solicitó la prohibición de uso
y venta hasta tanto no se investiguen sus efectos en la salud y el ambiente.
Las empresas encendieron luces amarillas y comenzaron con comunicados,
alarmadas por la posible baja de rentabilidad. Cinco días después,
el lunes 20, el Ministerio de Defensa prohibió la siembra de
soja en sus campos, haciéndose eco del efecto nocivo del agrotóxico.
Fue un hecho político inédito, una cartera nacional alertó
sobre los males de los agroquímicos. En ese momento, empresas,
cámaras del sector, medios de comunicación y operadores
políticos declararon el alerta máxima. Nunca antes las
multinacionales del agro y sus voceros habían reaccionado tan
violentamente. Durante toda la semana montaron una campaña en
defensa de los agrotóxicos y, al mismo tiempo, de desprestigio
hacia las voces críticas. El temor de los sostenedores de los
agronegocios es la prohibición de su agrotóxico más
famoso, uno de los químicos emblema del modelo agropecuario actual.
Glifosato, toxicidad y reacciones
–¿Esperaba una reacción
como la que se dio?
–No. Fue una reacción
violenta, desmedida y sucia. Sobre todo porque no descubrí nada
nuevo, sólo confirmé algo a lo que otros habían
llegado por otros caminos. Por eso no entiendo por qué tanto
revuelo de las empresas. Hay que recordar que el origen del trabajo
se remonta a contactos con comunidades víctimas del uso de agroquímicos.
Ellas son la prueba más irrefutable de lo que yo investigué
con un sistema y modelo experimental con el trabajo de hace 30 años,
y con el cual confirmé que el glifosato es devastador en embriones
anfibios; aun en dosis muy por debajo de las usadas en agricultura,
ocasiona diversas y numerosas deformaciones.
–¿Los resultados son
extrapolables a la salud humana?
–Los modelos animales de vertebrados
que hoy se usan en la investigación embriológica tienen
una mecánica del desarrollo embrionario temprano y una regulación
genética común. Los resultados deben ser considerados
extrapolables cuando un impacto externo los altera. El mundo científico
lo sabe, y funcionarios de los ministerios también. Por eso,
cuando encontré esas evidencias surgieron dos cuestiones a resolver,
cómo seguir la investigación para saber cuál es
la mecanística de un efecto que altera la forma normal del embrión,
lo cual está en marcha. Y la otra decisión era cómo
darla a conocer.
–¿Por qué la
difusión se transforma en un problema?
–Porque no hay canales institucionales
confiables que puedan receptar investigaciones de este tipo, con poderosos
intereses en contra. Entonces la decisión personal fue hacerla
pública, ya que no existe razón de Estado ni intereses
económicos de las corporaciones que justifiquen el silencio cuando
se trata de la salud pública. Hay que dejarlo claro, cuando se
tiene un dato que sólo le interesa a un círculo pequeño,
se lo pueden guardar hasta tener ajustado hasta el más mínimo
detalle y lo canaliza por medios para ese pequeño círculo.
Pero cuando uno demuestra hechos que pueden tener impacto en la salud
pública, es obligación darle una difusión urgente
y masiva.
–¿Es una práctica
común dar difusión a un avance científico antes
de estar publicado en una revista científica?
–Es algo totalmente común.
En el país hay instituciones que todos los días difunden
sus progresos científicos, que hasta poseen agentes de prensa
que difunden los avances; nadie los cuestiona y los medios de comunicación
los replican sin preguntar. Difunden progresos, sin papers, sin publicaciones
y está muy bien. Pero claro, esas difusiones no afectan intereses
de grupos poderosos.
–Pero existe una tensión
en el ámbito científico sobre cuándo dar a conocer
un avance.
–La tensión es si la
divulgación debería esperar a ser “aprobado”
(remarco las comillas porque es todo un tema aparte, que lleva años).
Ahora, si la investigación tiene implicancias más allá
de lo académico, afecta a la sociedad, el dilema moral es si
me lo guardo hasta que termine el más mínimo detalle y
mi narcisismo esté satisfecho, o prendo el alerta. Yo decidí
dar la alerta, e insisto en que no es nada nuevo, hay antecedentes claros
como Robert Belle y Gilles-Eric Seralini, que han hecho estudios con
otros modelos, publicados, y con resultados más importantes que
los míos. Lo que tendrían que hacer las instituciones,
en vez de atacarme, como está sucediendo desde algunos funcionarios
y las empresas, es informarse y comenzar a trabajar para remediar lo
sucedido.
–Las empresas, y los medios,
de los agronegocios sostienen que no hay estudios serios.
–Hay investigaciones en diversas
partes del mundo y son muy serias, como las que acabo de mencionar.
Las empresas y sus periodistas empleados descalifican una investigación,
pero al mismo tiempo no escuchan la catarata de cuadros médicos
palpables en las zonas sojeras; las provincias están plagadas
de víctimas de agrotóxicos, pero ahí los diarios
no quieren llegar, y mucho menos las empresas responsables. No entiendo
por qué mi relato tiene más importancia que el de las
Madres de Ituzaingó (barrio de las afueras de Córdoba,
emblema de la contaminación con agroquímicos). Los médicos
de las provincias están desde hace años denunciando, los
campesinos y las barriadas urbanas también. Y queda todo silenciado.
Es una evidencia de la realidad y es incontrastable. Yo me inspiré
en esa realidad y los resultados son los conocidos. Las empresas del
agro, los medios de comunicación, el mundo científico
y la dirigencia política son básicamente hipócritas
respecto de las consecuencias de los agrotóxicos, protestan y
descalifican una simple investigación pero no son capaces de
observar las innumerables evidencias médicas y reclamos en Santiago
del Estero, Chaco, Entre Ríos, Córdoba y Santa Fe.
–¿Qué otros
trabajos existen?
–Belle y Seralini en Francia.
También hay trabajos de la Universidad Nacional del Litoral y
de investigadores como Alejandro Oliva, de Rosario, que contó
con la colaboración del INTA y Federación Agraria. Hay
relevamientos de los doctores Rodolfo Páramo (Santa Fe) y Darío
Gianfelici (Entre Ríos). No son muchos estudios, pero existen,
son serios y están disponibles.
–¿Por qué el
sector científico no estudia?
–Porque no en todo el mundo
hay tan enorme cantidad de hectáreas con soja como se da en la
Argentina. Hay casi 18 millones de hectáreas. Desde el punto
de vista ecotoxicológico, lo que sucede en Argentina es casi
un experimento masivo.
Las corporaciones y la ciencia
–Se intentó deslegitimar
su investigación diciendo que la UBA y el Conicet no sabían
de su trabajo.
–La UBA y el Conicet son organismos
de gestión, no tienen por qué conocer todo lo que hago
yo o lo que hacen todos sus investigadores. Está dentro de nuestras
facultades definir las líneas de trabajo, investigar y dar a
conocer resultados. Es la lógica de la investigación.
Por eso yo no tengo que pedir autorización para iniciar una idea
o un tema nuevo y ellos no tienen por qué conocerlo, porque la
ciencia no funciona con organismos fiscalizadores de los temas que elegimos.
Forma parte de la libertad académica, nos movemos por hipótesis,
preguntas y desarrollamos investigaciones. También se dijo que
el Conicet, como institución, no suscribió a mi investigación.
Y es verdad, porque no se lo pedí y no tiene por qué suscribir
en el marco de una idea nueva dentro de la amplitud de un proyecto.
Es lo que sucede en centenares de investigaciones que se realizan. Que
quede claro, el Conicet no tiene responsabilidad sobre mis decisiones.
Es una decisión personal, como corresponde, no institucional.
Y está dentro de mis facultades. Tampoco se requiere autorización
institucional para desarrollar investigaciones, aunque sabemos que algunas
son más resistidas que otras.
–Son públicos los convenios
entre Conicet y la minera Barrick Gold, y también con Monsanto,
con la cual hasta contaban con un premio de investigación conjunto
(“Animarse a Emprender”). ¿Las investigaciones que
pudieran ser críticas con esos sectores son menos bienvenidas
que otras?
–(Sonríe.) Prefiero
no responder.
–¿Usted podría
investigar para Monsanto?
–Desde ya. El Conicet y la
UBA lo permiten. Es más, muchos científicos trabajan desde
hace años para empresas de biotecnología bajo la figura
de asesor-consultor, por la cual el Conicet permite hasta doce horas
semanales que sus investigadores provean servicios al sector público
o privado.
–Se acusa a su investigación
de no estar validada en una publicación científica.
–Es una chicana barata, de
cuarta, que sólo muestra el temor de las empresas. En el mundo
científico es sabido que la validación de un trabajo no
se da por su publicación en una revista del sector. Es más,
los científicos somos testigos de errores e incluso fraudes que
se publican en revistas especializadas. Muchas veces se publica algo
y luego se demuestra que es erróneo. Y, por otro lado, muchas
veces hay investigaciones que no se publican no porque sean malas, sino
porque a la revista no le interesa, sea por línea editorial o
intereses en juego. Un ejemplo personal: en 1984 descubrimos genes muy
importantes para el desarrollo embrionario, genes Hox. Publiqué
dos papers en Cell, una de las mejores revistas del mundo, y había
quienes creían y quienes no. Tuvieron que pasar años para
que la comunidad científica lo validara.
–El Laboratorio de Embriología
es dependiente del Conicet. ¿Su trabajo tiene que ser validado
por el Conicet?
–Que por favor quede claro,
ni el Conicet ni un comité editorial validan investigaciones,
lo que hacen es evaluar la evidencia que uno presenta y juzgan la solidez
desde la presentación. No tienen forma de verificar los resultados
en forma práctica. La única certeza de una validación
se da en que otros investigadores puedan repetir de forma sistemática,
y hasta perfeccionada, los resultados de la investigación realizada.
–¿Cuándo va
a compartir su trabajo para ponerlo a discusión de la comunidad
científica?
–En breve. Debo terminar algunos
ensayos y estará listo. Lo que más quiero es pasárselo
a colegas, investigadores que repliquen el trabajo. De hecho ya lo he
compartido con pares del país y del exterior. Desde ya que debieran
ser estudios independientes, no los provistos por las corporaciones
o espacios del Estado a su servicio.
–¿Monsanto podría
replicarlos?
–Si contrata investigadores
idóneos, sí. No tengo dudas de que lo hará y todos
sabemos a qué resultados llegarán.
–¿Cómo continuará
la investigación?
–Ya confirmamos las malformaciones.
Ahora estamos avanzando en conocer cuál es el mecanismo de acción,
es un paso más. Como es un trabajo científico, continuaré
con el grado de libertad académica de que dispongo, tratando
de ver cuáles son las causas mecanísticas y moleculares
de las observaciones hechas para publicar los resultados. Aparte del
anfibio, que nos sirve de modelo, extenderemos los experimentos a otros
modelos de desarrollo embriológico, como aves.
–¿Puede suceder que,
con estas nuevas pruebas, los resultados difundidos –de malformaciones–
no se repitan?
–No hay forma. Porque fueron
experimentos controlados, en los que fuimos rigurosos. Y, además,
porque ya hay evidencia científica que va en ese sentido. Por
eso, insisto, no descubrimos nada nuevo. Yo llegué a un resultado
y creo en él. Si la comunidad científica llega a otra
conclusión, bienvenido sea. El centro del problema no debiera
ser esta investigación. Sería querer tapar el sol con
la mano. Yo sólo aporté un punto más a la discusión.
Pero hay sectores que quieren cerrarla, ni siquiera por convencimiento
ideológico, sólo por conveniencia económica.
–Se acusa a su trabajo de
usar un método erróneo con el glifosato, y que por eso
los resultados son devastadores: que las concentraciones de la experimentación
nunca son las que eventualmente podría recibir un humano al ser
aplicado en el campo. Hubo quien mencionó que “si ponemos
gasoil en el vaso de leche, claro que ocasionará intoxicaciones,
y no por eso se prohibirá el combustible”.
–Ese tipo de afirmación
tienen varias facetas. Por un lado, muestra desconocimiento biológico,
lo cual es entendible para quien no se dedica a esta rama de la ciencia.
Pero, en boca de los voceros de las corporaciones, también muestra
una intencionalidad lejana a la inocencia, con intenciones de desprestigiar
una estrategia de análisis mundialmente aceptada. Entonces sí
me parece una comparación poco seria, maliciosa e hipócrita.
Es sabido, tanto en la comunidad científica como en el sector
agropecuario, que la aspersión del herbicida afecta ecosistemas,
operando directa o indirectamente sobre insectos y otras especies animales
cuando se ponen en contacto con el herbicida. O sea que además
de células vegetales, también afectan organismos compuestos
por células animales. Nuestros experimentos alertan que tanto
el cóctel comercial como la droga pura en células animales
generan alteraciones del desarrollo embrionario. Por lo tanto el glifosato
dentro de la célula embrionaria altera el funcionamiento celular,
tal como sucede en las células vegetales de las malezas. Por
otra parte, ya está probado que los herbicidas se trasladan por
la acción del viento. Es una prueba de la realidad, incontrastable,
el padecimiento de familias de campos linderos y de barrios cercanos
a las fumigaciones. Por lo tanto, el glifosato puede atravesar barreras
respiratorias y/o placentarias y entrar a las células embrionarias,
incluso existen avances científicos en esa dirección,
como también existen registros de glifosato y de sus posibles
metabolitos presentes en mujeres embarazadas. Esto podría correlacionarse
con potenciales efectos malformativos. Por lo tanto, desentrañar
si el glifosato puro inyectado tiene efectos sobre el comportamiento
de células embrionarias animales durante el desarrollo era ineludible
en una estrategia experimental correcta, e insisto que utilicé
una estrategia de análisis clásica de la investigación
científica.
–¿Cree que hay que
prohibir el glifosato?
–En mi trabajo yo no planteo
eso. Y no es de mi competencia proponer una medida de ese tipo. Lo único
que afirmo, respaldado en 30 años de estudio en la regulación
genética embrionaria, es que este producto genera alteraciones
en el desarrollo, estoy seguro de eso.
–Sus resultados no se corresponden
con la clasificación del Senasa o las recomendaciones de la Secretaría
de Agricultura.
–Es un claro problema de ellos,
que lo clasifican como de baja toxicidad. Todo lo contrario de lo que
afirman estudios diversos, que confirman la alteración de mecanismos
celulares y, sobre todo, contrario a lo que padecen familias de una
decena de provincias. Es de locos pensar que no pasa nada.