El modelo agrícola
dominante está agotado
Entrevista con
Javier Tello [1]
Un especialista español
encargado por las Naciones Unidas de supervisar la obtención
de alternativas al uso de bromuro de metilo en agricultura adelanta
los resultados alcanzados hasta ahora, y analiza el modelo agrícola
latinoamericano desde su perspectiva y experiencia europeas. En su opinión,
más allá de los adjetivos que se puedan agregar, “sólo
existe agricultura bien hecha y agricultura mal hecha”.
Servicio de Información
de la Regional Latinoamericana de la UITA (SIREL), 7-8-00
Carlos Amorín
- ¿Qué razón lo ha traído al Uruguay?
La supervisión
de los ensayos de sustitución del bromuro de metilo. Este proyecto
se inserta en el mandato del Protocolo de Montreal que firmaron 162
países, entre ellos Uruguay. Por este acuerdo deben eliminarse
gases que están rompiendo la capa de ozono de la estratosfera,
cuya mayor incidencia, además, se registra aquí, en el
Cono Sur. Entre estos gases están los clorofluorcarbonados, más
conocidos como CFCs , muchos de los cuales se usan en refrigeración,
y uno de estos es el bromuro de metilo que se utiliza para desinfectar
los suelos agrícolas. En el mundo se producen unos 75 millones
de toneladas anuales de este gas, principalmente en Estados Unidos,
Israel, ahora un poco en China y un poco en Francia.
En realidad, el bromuro
de metilo es un subproducto de la industria química que encontró
utilización masiva en la agricultura. Por aquel Protocolo de
Montreal se creó un Comité Técnico para evaluar
las alternativas a este gas para poder ofrecerles a los productores
un sustituto igualmente eficaz, no contaminante y, si fuese posible,
más barato. Se crearon proyectos demostrativos en distintos países,
entre ellos Uruguay, para ensayar alternativas al bromuro de metilo.
Esta investigación
de campo es pagada por las Naciones Unidas. Ya se han encontrado varios
sustitutos. Hay que probarlas in situ, y si sirven y el país
lo pide, se procede a la eliminación del bromuro de metilo. Existe
un plazo perentorio que expira en 2015; a partir de entonces este gas
no podrá ser usado en agricultura en ninguna parte del mundo.
Los países que aprueben la eliminación antes de esa fecha,
y en caso de que la alternativa seleccionada sea más cara que
el bromuro de metilo, pueden recibir una subvención de las Naciones
Unidas que cubre la diferencia. Sin embargo, quienes no lo hagan antes
de 2015, no podrán aspirar a recibir esa ayuda.
- ¿Cuáles son esas alternativas?
- Cuando el Comité
para Alternativas al Bromuro de Metilo del Protocolo de Montreal había
dicho y proclamado que no existía una alternativa universal a
ese gas, hemos encontrado, sorpresivamente, que sí existen otros
métodos extraordinariamente buenos, más baratos e igualmente
universales, sobre todo la biofumigación, esto es la utilización
de materia orgánica poco descompuesta para desinfectar el suelo
y además mejorarlo y mantener su fertilidad.
El procedimiento es
simple: se coloca la materia orgánica sin descomponer o parcialmente
descompuesta, se entierra, se sella bien con un abundante riego y se
deja actuar. La propia descomposición de la materia orgánica
genera sustancias como aldehídos, alcoholes, ácidos grasos,
entre otras (algunas de las cuales se venden sintetizadas como fumigantes),
y ellas actúan no sólo eliminando los daños de
las enfermedades durante el cultivo, sino que además se incrementa
la producción de una manera importante. Quiere decir que esta
alternativa orgánica produce los mismos beneficios sin ninguno
de los inconvenientes del bromuro de metilo, y es sustancialmente más
barata.
- ¿A partir de qué conceptos se buscan esas alternativas?
- Una de las razones
por las cuales acepté formar parte de este proyecto, fue porque
me pareció interesante buscar alternativas a este gas con materias
existentes en cada país para eliminar cualquier importación
cuya consecuencia obvia sería el encarecimiento de su uso.
Pues la biofumigación
es una respuesta a ese desafío, y que está funcionando
correctamente en los cuatro países en los cuales se están
desarrollando ensayos, esto es China, México, Guatemala y Uruguay.
- ¿Esta técnica es verdaderamente universal?
- Pueden presentarse
problemas en países como España –donde se están
desarrollando proyectos similares a éste, pero pagados por el
propio país–, porque tenemos escasez de materia orgánica,
pero en Uruguay, por ejemplo, donde las toneladas de cáscara
de arroz o residuos de vid son enormes y representan un problema para
el Ministerio de Medio Ambiente, se pueden utilizar perfectamente retornándolas
como biofumigantes al lugar de donde proceden que es el suelo.
- ¿Qué otras alternativas al bromuro de metilo se han
ensayado?
- Como hay que dejarles
a los productores libertad de elección, existen alternativas
químicas menos contaminantes que el bromuro de metilo, que siempre
tienden a combinarse con alternativas físicas como por ejemplo
la solarización, utilizando el plástico, con dosis muy
reducidas de fumigantes químicos que se utilizan a dosis mucho
mayores cuando no hay plástico. Por lo tanto, existen alternativas
de los dos tipos para que los productores puedan elegir.
Creo que los resultados
que se están obteniendo en Uruguay son similares a los alcanzados
en los otros países donde se efectúan ensayos.
- ¿Dónde se están efectuando esos ensayos en Uruguay?
- En dos lugares del
Norte, Salto y Bella Unión, y otras dos en Montevideo y San José.
Los resultados son extraordinarios, pero lo más sorprendente,
por lo menos para mí, es que cuando los agricultores que están
albergando los ensayos les han comentado a sus vecinos cómo funciona
la materia orgánica, estos han comenzado a adoptar el sistema
sin más trámite.
Personalmente espero
que Uruguay resuelva eliminar el bromuro de metilo antes de 2015, porque
de esta forma podrá acogerse al beneficio del dinero por sustitución
del gas.
- ¿La utilización del biofumigante elimina la aplicación
de otros agrotóxicos además del bromuro de metilo?
- Veamos qué
ha estado pasando en la horticultura de punta, como se le llama a la
de invernadero: hemos intentado transformar la agricultura en una fábrica
donde todo parece estar medido, y resulta que eso es inviable porque
estamos agotando los enclaves de fertilidad. Los cultivos “sin
suelo”, o en suelos artificiales como la turba u otras, es en
realidad una huida hacia delante.
He escuchado a algunos
agricultores latinoamericanos clamar por el uso de esa técnica
como si fuese “lo más moderno en agricultura”, cuando
en realidad es un recurso desesperado de los holandeses que, efectivamente,
carecen de suelos naturales. Pero aplicar la agricultura “sin
suelo” e incluso la hidropónica en países como los
vuestros es un desperdicio, una locura.
- ¿Cómo surgió la agricultura sin suelo?
- En 1986, antes de
que empezase todo esto del bromuro de metilo, los holandeses ya lo habían
prohibido en todo su territorio. ¿Por qué? Porque siendo
que los acuíferos en Holanda son muy superficiales –no
en vano a Holanda también se le denomina Países Bajos–
la utilización del gas para agricultura había provocado
la contaminación de las fuentes de agua de las ciudades. A ello
se agrega que para no pocos cultivos, las condiciones climáticas
y geográficas de Holanda son muy difíciles, y por eso
deben construir invernáculos de vidrio, usar apoyo de luz artificial,
etcétera, para poder reproducir en parte las condiciones vegetativas
de plantas mediterráneas.
Para paliar estos déficit
idearon la agricultura en sustratos cuyo costo en inversión es
entre 30 y 40 por ciento superior al cultivo en suelo. Empezaron con
la “lana de roca”, que no es ni más ni menos que
fibra de vidrio fundida, y también se usa la vermiculita o las
turbas. A partir de ahí, a alguien se le ocurrió vender
el método como “agricultura moderna”.
Esto está llegando
tan lejos que como los elementos necesarios para el crecimiento –nitrógeno,
fósforo, potasio, etc–, deben ser añadidos en el
riego como una solución nutritiva, y el drenaje terminaba en
el suelo, los residuos llegaron nuevamente a las aguas cargándolas
de nitratos, lo que las vuelve no potables. Así que ahora se
está aplicando el “cultivo en recirculante”, es decir
que los residuos se recogen, se recompone la solución nutritiva
y se reutiliza en el cultivo.
Pero para eso está
la Unión Europea subvencionándoles tal cosa. Entonces,
cuando se habla de cultivos sin suelo como si fuese “la modernidad
de la agricultura”, tengo mucho miedo, porque esta técnica
la justifico en lugares donde realmente no se puede utilizar el suelo,
como en algunos puntos de España donde se han salinizado las
tierras, pero tanto aquí como en México o Guatemala, donde
los suelos son sumamente fértiles, esa técnica no es recomendable,
ni siquiera como sustitutiva del bromuro de metilo.
- ¿Cómo explica que ciertos conocimientos que forman parte
de lo que se podría llamar sabiduría ancestral de los
campesinos –habitualmente subestimada por los universitarios–,
ahora empiecen a ser integrados al ámbito académico?
- Quiero hablar desde
mi experiencia personal en España, pues no conozco lo suficiente
la realidad uruguaya en este aspecto; voy a usar mi biografía,
que creo es bastante representativa de la de muchos ingenieros agrónomos
españoles que cumplimos un papel en el desarrollo del país.
Cuando yo estudiaba en la Escuela de Ingenieros Agrónomos de
Madrid el uso de la materia orgánica prácticamente no
se enseñaba. ¿Por qué? En ese momento, 1970, el
consumo promedio de los españoles era de 2 mil calorías
diarias y había que “desarrollar el país”,
lo que en aquel entonces se entendía como darle más comida
a la gente, elevar el nivel de vida. Los agrónomos cumplimos
esa tarea, porque en 18 años pasamos a un promedio de 3.200 calorías
por habitante, alcanzando una cifra similar a la de los países
llamados desarrollados. Entonces no importaba nada que no fuese “producir”.
No importaba el ambiente
ni la calidad de los productos, sólo la cantidad, y eso nos enseñaron
en la universidad. Cuando Liebig puso en evidencia que los abonos de
síntesis provenientes de subproductos de la industria química
eran unos fertilizantes extraordinarios, justo en el momento en que
se agotaba el guano proveniente del norte chileno y del Perú,
se produjo una revolución conceptual sobre la cual se construyó
la enseñanza de la “nueva agronomía”, abandonándose
toda otra fuente de conocimientos, sobre todo la tradicional, que siempre
había sido la salvación de los agricultores. Ellos no
tenían más abono que sus propios residuos agrícolas
para hacer fértiles sus explotaciones.
La culminación
de ese proceso llegó con el Premio Nobel que se le concedió
a Norman Borlaug inventor de la llamada Revolución Verde. En
realidad el hallazgo de Borlaug fue la obtención de variedades
de trigo enanas muy resistentes, pero que necesitaban dosis muy altas
de fertilizantes nitrogenados como amonio, urea, etc, pues de lo contrario
no producían. Desde cierto punto de vista este sistema era conveniente,
por ejemplo México multiplicó por seis su producción
de cereales, pero se arruinaron miles de hectáreas por la aparición
de enfermedades e insectos contra los cuales las variedades anteriores
tenían resistencias naturales. Esto no se supo sino mucho después,
y cuando la Revolución Verde había ganado el mundo entero.
Yo mismo participé
en ese proceso de producción. Otros de los límites de
este sistema fueron la llegada de los pesticidas y el uso masivo de
variedades “mejoradas genéticamente” para resistir
a los patógenos. En 1940 se descubrieron las propiedades insecticidas
del DDT, y a partir de allí se empezó a usar masivamente
en la agricultura.
Esto tuvo consecuencias
muy graves como la aparición de plagas que antes no existían,
que todos los patógenos terminaran desarrollando resistencia
a los químicos, y la perdurabilidad en los productos vegetales
de residuos de sustancias químicas de uso agrícola que
son nocivas para la salud. El caso más paradigmático fue
el propio DDT, del cual se descubrió su persistencia 30 años
después de que se utilizaba, pues es capaz de pasar del forraje
a la vaca, de la vaca a la cría y así sucesivamente hasta
entrar en la cadena alimentaria humana que, a su vez, puede trasmitir
parte de esos residuos a su descendencia.
Yo fui educado en esa
escuela, creada para aumentar la producción, en la cual la agricultura
estaba aislada del entorno; ¿que se estropeaba el ambiente?,
¿que se morían los pájaros?, ¿que desaparecían
insectos útiles?, eso no nos importaba: roturábamos, agregábamos
abono y volvíamos a plantar. Pero tantos y tantos fracasos han
terminado por provocar la reflexión de algunos agrónomos
sobre adónde íbamos, y desde luego creo que ya hemos llegado
a los límites en ese estilo de producción.
- ¿Ese modelo es el que aún se aplica aquí en América
Latina?
- Sí.
- ¿Y en España?
- No. En este momento
los consumidores europeos no desean recibir productos elaborados de
maneras muy artificiales. Actualmente se está cambiando ese sistema
agrícola por lo que llamamos “producción integrada”
que vendría a ser el paso previo a lo que comúnmente se
designa como “agricultura biológica o ecológica”.
En mi opinión,
más allá de los nombres que se les quiera dar, la verdad
es que hay una agricultura bien hecha y otra mal hecha. En Almería,
ese paso previo consiste en reducir considerablemente la utilización
de abonos de síntesis, de productos fitosanitarios en general,
y ofrecer, con unos controles muy férreos por parte de los compradores,
productos que hayan sido conseguidos con la menor cantidad de agroquímicos
posible. El reclamo es tan fuerte que hace un año y medio se
publicó el decálogo de compra adoptado por los hipermercados
europeos.
Dos de esos “mandamientos”
eran no adquirir productos obtenidos mediante el uso de bromuro de metilo
y tampoco con niveles de nitratos superiores a los recomendados por
la Organización Mundial de la Salud. Se ha comprobado que el
exceso de nitratos en los vegetales provoca en los adultos cáncer
de colon, y en los niños que los consumen en los frasquitos de
comidas preparadas, da lugar a lo que se llama “la muerte azul
de los lactantes” o “muerte súbita”.
El exceso de nitrato
se puede detectar a simple vista en ciertos vegetales como la lechuga,
por ejemplo, pues cuanto más intenso sea el verde de su hoja,
más nitratos puede contener. Y aquí volvemos a la sabiduría
ancestral, pues en España es una práctica tradicional
que, en determinado punto del crecimiento las hojas de la lechuga se
recogen y se atan, su interior blanquea y prácticamente no contiene
nitratos. La pregunta es: ¿quién les enseñó
a los agricultores a atar las lechugas y que así cultivadas son
más saludables? Así se está moviendo la agricultura
en España.
Creo que quienes enseñamos
agronomía debemos rescatar estos conocimientos de los campesinos
y trasmitirlos a nuestros alumnos, pues de lo contrario estamos faltando
a la decencia, a la ética que debe mantener un profesor con libertad
de cátedra.
¿Un vergel en el desierto?
- ¿Qué
representa la industria hortícola para Almería?
- En 1969 se hizo el
primer invernadero experimental en Almería, una tierra desértica,
con mucha escasez de agua. En esa época, en la estadística
de ingresos per cápita de las 52 provincias españolas,
Almería estaba en lugar 51.
Era una tierra de emigrantes
a Alemania y a otras regiones de España más industrializadas.
En 30 años se colocó en el sexto lugar en renta per cápita.
La primera vez que llegué hasta allí, en 1976, la gente
vivía en casas muy sencillas y humildes y tenía serias
dificultades para cerrar sus cuentas. Hoy en día las casas son
casi como palacios, normalmente se tienen dos coches en casa y los chicos
están estudiando en la universidad.
Allí la tierra
está muy distribuida, porque el tamaño promedio de una
explotación por agricultor es de una hectárea, y eso les
da para vivir de esa forma. En total se explotan 30 mil hectáreas,
además de varias industrias auxiliares de empacado, de transporte
y otras, lo que significa que el sistema beneficia a otros tantos agricultores,
casi todos agrupados en cooperativas de producción y comercialización,
más sus familias y los funcionarios de las industrias paralelas.
- ¿Qué es lo que determina el nivel de nitratos en una
planta?
- Dos factores: primero
por el nitrógeno agregado, ya sea de origen sintético
u orgánico, pues la materia orgánica también contiene
nitrógeno, y por los contenidos de nitratos en los perfiles del
suelo; en segundo lugar por la cantidad de luz que pueda absorber la
planta, esto es que cuanto más largo sea el día, menor
será la acumulación de nitratos en las plantas. Esta exigencia
está siendo tan intensa que cada cooperativa de comercialización
está instalando su propio laboratorio de contraste de calidad
de los productos que salen de la cooperativa.
- ¿Cómo ejercen los consumidores esos controles y exigencias?
- Por medio de las
asociaciones de consumidores que han impuesto el uso de “etiquetas
de garantía”. Las características anunciadas en
las etiquetas son periódicamente verificadas por inspecciones.
Otro sistema que ya se está usando, sobre todo por la cadenas
de supermercados de Gran Bretaña, es la contratación con
los proveedores de la compra de toda la producción, siempre y
cuando el agricultor se ciña a instrucciones precisas registradas
probablemente por el comprador, cuyo cumplimiento es verificado mediante
inspecciones efectuadas directamente en los cultivos.
Estas cadenas, lógicamente,
actúan presionadas por los consumidores, pues la garantía
de calidad es un elemento central de la competitividad en el comercio.
¿La internacional del saber?
“Creo que el
desarrollo de estos experimentos internacionales permite el intercambio
de información entre países muy distantes sobre sus respectivas
técnicas agrícolas, y en algunos casos acelera la difusión
de novedades que, de otra manera, tardarían quizás años
en hacerse conocer.
Pienso, por ejemplo,
en los problemas que se presentan en Uruguay con la polilla del tomate
y otras plagas, y simplemente trasladando algunas de las técnicas
que se aplican en Almería, como es el uso de mallas que recubren
las plantas para evitar el tratamiento, pues genera un ahorro de 240
dólares cada mil metros cuadrados de invernadero sólo
por disminución en la aplicación de químicos.”
- ¿Qué ventaja representó el cambio de modelo para
la salud de los trabajadores?
- No hay cifras oficiales
publicadas, quizás haya cierto miedo por parte de los hospitales
a publicarlas para no levantar una alarma social, pero es evidente que
los pesticidas y los agroquímicos han causado daños en
la salud. Podría decirse que en determinada época, había
más casos de cáncer de colon que los que correspondería
a la dieta alimentaria de aquella gente que es normalmente muy rica
en verduras. Con tanta fibra presente, parecería que la incidencia
de ese cáncer debería haber sido más baja.
La tendencia es a incrementar
las precauciones en el manejo de los productos que aún se utilizan,
y las propias empresas químicas retiran del mercado los más
agresivos antes de que sean prohibidos, porque ahora hemos sabido que
después de 12 o 15 años de aplicación, algunos
trabajadores se han expuesto a dosis subletales a través de la
piel por manipulación sin protección o por inhalación,
lo que les ha provocado desórdenes neurológicos parecidos
al Alzheimer y otras enfermedades de ese tipo.
- ¿Esta región tiene ventajas comparativas para producir
sin químicos?
- Estoy convencido
de que en un lugar como el Uruguay, donde los tratamientos con fitosanitarios,
por ejemplo, se pueden llevar prácticamente a cero y donde es
posible reducir considerablemente la utilización de los abonos
de síntesis, sería aceptablemente fácil buscar
relaciones comerciales –que las debe buscar el Estado con los
comerciantes de otros estados– regidas por contratos de este tipo
y así poder colocar su producción.
En mi opinión,
y según lo que he visto en este país, no es necesario
darle tratamientos a los cultivos, y con las condiciones de fertilidad
de estos suelos, la mayor parte de los abonos que se usan debería
desaparecer.
Por ejemplo, he descubierto
que Uruguay es el único lugar del mundo donde se producen frutillas
sin bromuro de metilo. Yo lo vi con mis propios ojos, y les pregunté
a los agricultores por qué no realzaban en los envases esa característica
de su producción, puesto que se trata de un importantísimo
valor agregado, y porque además esa frutilla tiene un extraordinario
sabor que en Europa se ha olvidado.
Estoy convencido de
que estos países, utilizando sistemas integrados de cultivo podrían
ofrecer productos con las mismas cualidades visuales y mejores cualidades
gustativas que los que se obtienen hoy con el modelo químico.
No quiero inmiscuirme en la realidad nacional, pero creo que todos los
técnicos locales deberían tener esto claro y conducir
por ese camino todas sus recomendaciones a los agricultores. La producción
que se obtiene aquí con sistemas integrados es análoga
a la que se logra en España. En los establecimientos que he visitado
he visto en un par de años pasar de una producción de
30 o 40 mil kilos de tomate por hectárea a una de 180 mil kilos
por hectárea, y además de calidad.
- ¿Cuál es su opinión sobre los transgénicos?
- En Europa la sociedad
tiene tendencia a no querer consumir transgénicos, y eso se expresa
en que las asociaciones de consumidores, así como otros sectores
de la sociedad civil, exigen el etiquetado de los alimentos que contienen
transgénicos o que son elaborados con sus derivados. Para que
el consumidor pueda elegir libremente, dicen ellos, debe estar informado.
Por otra parte, en
cada país europeo se han formado comités de bioética
y uno comunitario de la Unión Europea, sin cuya autorización
no pueden ingresar al territorio más transgénicos. Estos
comités exigen que los transgénicos sean correctamente
evaluados antes de ser lanzados al mercado, pero la evaluación
es compleja.
En cualquier caso,
hay que admitir que quien tiene menos condiciones para evaluarlos es
el que los produce. Estos comités tienen especialistas independientes
en mejora vegetal, en sociología humana, en salud, en ecología,
en genética. Son organismos plurales y completos con muchos puntos
de vista, y todos están de acuerdo en esa evaluación previa.
Y es que se sabe muy poca cosa. A mí la gente me pregunta, por
ejemplo, si las plantas transgénicas aumentan el colesterol,
y sólo puedo contestar que no lo sabemos.
Desde luego, hay que
agradecerles a los movimientos ciudadanos, sobre todo a los “verdes”
como se les llama allá a los ecologistas, por haber logrado frenar
una situación que en un principio muchos de nosotros la veíamos
impuesta de hecho. Ellos lograron frenarlos. En España, por ejemplo,
obtuvieron 750 mil firmas que presentaron al Parlamento pidiendo que
se evaluaran los transgénicos
- La mayor parte de
los gobiernos latinoamericanos se sumaron a la posición de Estados
Unidos, quien acusa a Europa de negarle la entrada a sus productos transgénicos
por puro proteccionismo, y para perjudicar a su industria biogenética
que, según ellos, está mucho más adelantada que
la europea. ¿Qué piensa usted al respecto?
- No niego que los
políticos europeos tengan esa intención proteccionista
que se denuncia, pero aparte de eso lo que es absolutamente cierto es
que las sociedades han reaccionado. En este momento en Europa todo el
mundo está ahíto, todo el mundo come y las grandes mayorías
disfrutan de un bienestar importante.
Creo que gracias a
eso, estos temas que podían parecer secundarios ahora son tomados
como fundamentales por todos los sectores sociales. Quizás sea
un efecto de que cuando ya hay suficiente, se empieza a exigir que lo
bastante, además, sea bueno. Pero, vamos, si hasta mi madre,
que es ya una señora mayor, sencilla, que procede del campo,
cuando la acompaño al mercado y vamos a comprar alguna cosa me
dice: “Hijo, que no será esta una de esas cosas transgénicas”.
Esto está generalizado.
En resumen, creo que
no debe pararse el avance científico, pero sí debe evaluarse,
y esa evaluación debe incluir a todos los sectores sociales.
Por el hecho de que se trate de “un tema científico”
no se debe excluir a sectores que, finalmente, son quienes van a pagar
y consumir esos vegetales. Además, quiero desmentir fuertemente
que los europeos estemos más atrasados en biotecnología
que los estadounidenses. Eso no es cierto y una afirmación de
ese tipo debería probarse.
De todas formas, entiendo
la posición de Estados Unidos que tiene unas multinacionales
tan fuertes. Analicemos sólo el sector semillero, tan importante
como el petrolero. ¿Por qué? España, por ejemplo,
abandonó el cuidado de sus empresas productoras de semillas y
en este momento Almería depende cien por ciento de transnacionales
para obtener sus semillas. Imaginemos que esas transnacionales cortan
durante un año la provisión de semillas, pues Almería
produce cero.
Y Europa se queda sin
su vergel hortícola. Entonces, es un sector estratégico.
Es comprensible, por tanto, que las potentes transnacionales estadounidenses
quieran tener esos sectores estratégicos en sus manos porque
es por lo que siempre han luchado. No nos vamos a engañar: vienen
a Centroamérica, recogen maíces autóctonos, los
mejoran un poco y después nos los venden carísimos, pero
quienes tienen la propiedad de esos híbridos son ellos. Entiendo
la lucha de Estados Unidos, pero no la comparto para nada.
Autor: Carlos Amorín
[1] Es español,
agrónomo por la Escuela de ingenieros agrónomos de Madrid,
consultor de las Naciones Unidas para el proyecto de sustitución
del bromuro de metilo en China, México, Guatemala e interinamente
en Uruguay, catedrático de la Universidad de Almería donde
enseña protección de cultivos, protección vegetal,
fitopatología “y todo lo que tenga que ver con enfermedades
de plantas”.