La
biodiversidad y el Uruguay Natural en peligro
Investigación
sostiene que para 2030 el avance de la agricultura y la forestación
llevará a la pérdida de hábitat naturales a 48%
de la superficie del país y recomienda ampliar las áreas
protegidas.
La
pandemia provocada por el nuevo coronavirus nos ha arruinado la vida
de distintas maneras. Pero, aunque pocas, también ha traído
algunas cosas positivas. Una de ellas es poner de manifiesto lo importante
que es contar con una comunidad científica activa y comprometida
que sea capaz de generar conocimiento para responder a los problemas
del país.
A
tal punto es vital ese conocimiento generado por nuestras investigadoras
e investigadores, que el Poder Ejecutivo constituyó un Grupo
Asesor Científico Honorario (GACH) para tomar decisiones sobre
el coronavirus basadas en la mejor evidencia posible. Si esa lógica
se mantiene, algo bueno habremos sacado de todo esto.
En momentos
en que el Parlamento está analizando los numerosos artículos
del proyecto de ley de urgente consideración (LUC), la publicación
del artículo “Expansión agrícola en los
pastizales del Uruguay y áreas prioritarias para la conservación
de vertebrados y plantas leñosas”, a cargo de investigadores
de la Facultad de Ciencias y del Departamento de Producción
Forestal y Tecnología de la Madera de la Facultad de Agronomía,
ambas de la Universidad de la República, no podía ser
más oportuna.
Porque
mientras que los artículos 500 y 501 de la LUC proponen que
para que un terreno ingrese al Sistema Nacional de Áreas Protegidas
(SNAP) debe contar con autorización expresa de su propietario,
algo que no ha pasado jamás en los casi 15 años que
llevamos con áreas protegidas, este artículo, que analiza
la pérdida de biodiversidad en nuestro país, concluye
que hay una necesidad “urgente de desarrollar estrategias para
reducir la tasa de pérdida de pastizales naturales en Uruguay,
así como para conservar la biodiversidad y los servicios ecosistémicos
asociados”, y que los esfuerzos de conservación deben
darse “a través de la expansión de áreas
protegidas públicas y privadas y la promoción de alternativas
agrícolas amigables con la vida silvestre, como la producción
de carne en pastizales naturales”. De la investigación
científica surge entonces que se necesitan más y no
menos áreas protegidas. Vayamos entonces a conocer este trabajo
de investigación que no sólo constata la pérdida
de hábitats naturales en el presente, sino que, basado en información
y evidencia científica, proyecta un panorama nada alentador
para 2030.
Los
pastizales y el Uruguay Natural
“La
pérdida de hábitat debido al cambio en el uso de la
tierra es la mayor amenaza para la biodiversidad a escala mundial,
y la agricultura ha sido el principal impulsor del cambio”,
dicen los investigadores en su artículo, citando literatura
científica internacionalmente aceptada. “En Uruguay,
el cambio en el uso de la tierra ha sido relativamente moderado en
el contexto de los pastizales del Río de la Plata, pero la
conversión de tierras silvestres y pastizales en tierras de
cultivo (principalmente soja) y plantaciones forestales exóticas
(principalmente eucaliptos) se ha acelerado en las últimas
dos décadas”.
“El
ecosistema dominante y típico de Uruguay son los pastizales”,
dice Alejandro Brazeiro, uno de los autores del artículo e
investigador del Instituto de Ecología y Ciencias Ambientales
de la Facultad de Ciencias. “Son como nuestras selvas tropicales,
es donde habría que poner el foco de conservación y
por lo general no se les da mucho corte. Hay gente que define los
pastizales como un lugar sin árboles y no por los atributos
que tienen”, agrega. Y vaya si tienen atributos propios que
los hacen hábitats de interés: en los pastizales viven
222 de las 351 aves (62,67%) del país, 55 de los 74 mamíferos
(74,32%), 36 de los 65 reptiles (55,3%), cuatro de los 48 anfibios
(8,33%) y 114 de las 315 plantas leñosas (36,19%). El trabajo
no lo analiza, pero si a esta biodiversidad sumamos a los insectos,
arácnidos, plantas no leñosas, hongos y microorganismos,
el pastizal, lejos de ser ese “lugar sin árboles”,
se convierte en un lugar donde la vida abunda en todo su esplendor.
El artículo
señala que en el pasado, previo a la llegada de los colonizadores,
80% del territorio de lo que hoy es Uruguay estaba compuesto por pastizales,
praderas y bosques abiertos. A ese paisaje, que era la matriz, o el
ecosistema dominante, se le sumaban parches de bosques nativos y humedales.
Eso ha cambiado.
“Hay
datos oficiales de 2015, como los que usamos en el trabajo, y otros
más recientes, que muestran que ahora tenemos 60% de nuestra
superficie terrestre con pastizales, o sea que ya se ha perdido 20%
de pastizales”, señala Brazeiro. “Y dentro de ese
60% que queda hay una buena parte que está alterada y ya no
son pastizales naturales sino campos mejorados, muchas veces con especies
exóticas para forrajeo del ganado. Muchos están muy
invadidos por otras especies exóticas, como el tojo, un arbusto
de origen europeo, en la región este, y muchos están
sobrepastoreados, por lo que están muy degradados”.
Mientras
que los bosques nativos están protegidos por ley, y los cursos
de agua, sus márgenes y algunos humedales están contemplados
por distintas normativas, los pastizales están desamparados
y no tienen disposiciones que los defiendan. “Justamente por
eso mismo son de los ecosistemas más vulnerables al cambio
de uso del suelo, porque la agricultura y la forestación se
‘ponen’, por así decirlo, arriba del pastizal”,
señala Brazeiro.
Por eso
en el artículo los investigadores se proponen estudiar “la
vulnerabilidad de la diversidad de vertebrados y plantas leñosas
a la pérdida de áreas de pastizales, impulsada por la
expansión agrícola y forestal, para identificar áreas
prioritarias para la conservación”. Pero no sólo
vieron qué pasaba en el presente; también se proyectaron
al futuro: “Simulamos un escenario de uso de la tierra para
2030 basado en los objetivos nacionales de producción de soja
y plantaciones forestales exóticas”. Si bien el escenario
a futuro es alarmante, tampoco es que podamos celebrar demasiado lo
que está sucediendo en el presente.
El
Uruguay en celdas
Dado el
objetivo planteado, los investigadores se propusieron contestar tres
preguntas: dónde están ubicadas las áreas más
vulnerables para la conservación de vertebrados y plantas leñosas,
en qué medida las áreas de mayor vulnerabilidad se han
convertido en tierras de cultivo y forestación o se espera
que se vean afectadas en un futuro próximo por la expansión
agrícola, y dónde priorizar los esfuerzos para conservar
los vertebrados y las plantas leñosas ante la futura expansión
agrícola. Para contestarlas, recurrieron a un trabajo previo,
que los investigadores hicieron junto a muchos otros colegas, que
divide al país en celdas de 660 km2, de 33 x 20 km. Uruguay,
con sus 176.215 km2, queda comprendido en 302 celdas.
Ese trabajo
previo identificó, analizando esas 302 celdas que conforman
el país, “siete ecorregiones naturales”, según
la geomorfología, los suelos y la fauna y flora que contienen.
Dado que Uruguay se ha comprometido a proteger su biodiversidad, cumpliendo
con la meta AICHI número 11, “que tiene como objetivo
garantizar que para 2020 al menos el 17% de los ecosistemas estén
protegidos, especialmente aquellos de mayor importancia para la biodiversidad
y servicios ecosistémicos”, los investigadores seleccionaron
como las “áreas vulnerables prioritarias” a “17%
de las celdas con vulnerabilidad más alta”. De esta manera,
de las 302 celdas en que se divide el país, seleccionaron las
51 que tenían la mayor diversidad y vulnerabilidad como las
áreas prioritarias, abarcando las siete ecorregiones del país.
En estas
51 celdas estudiaron entonces el impacto actual de la expansión
de la agricultura y la forestación –cerrando los datos
en el año 2016– y las proyecciones del impacto a 2030.
Un
presente complicado
Citando
datos del Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca de 2016,
los investigadores afirman que hoy “los principales usos de
la tierra son la ganadería, los cultivos y las plantaciones
de bosques exóticos”, actividades que juntas “cubren
aproximadamente el 90% del territorio”. Sin embargo, la ganadería
extensiva en pastizales no genera tantos cambios en el uso de la tierra,
por lo que afirman que “en Uruguay, el principal sector económico
que impulsa el cambio en el uso de la tierra es la agricultura (cultivos
y plantaciones forestales exóticas), que es responsable de
93% de la cubierta terrestre transformada de Uruguay; el otro 7% son
áreas urbanas, infraestructuras y cuerpos de agua artificiales”.
El principal
motor de ese cambio acelerado del uso del suelo ha sido el cultivo
de la soja, que antes del año 2000 ocupaba apenas 40.000 hectáreas
y en 2015 ya abarcaba más de 1.200.000. El otro ha sido el
sector forestal “que ha sido alentado por las reducciones de
impuestos a fines de los años 80 y 90” y que pasó
de 200.000 hectáreas forestadas antes de la década de
1990 a más de 1.000.000 en 2015. De esta manera, según
el mapa de la cobertura terrestre de 2015, “36,2% del territorio
continental original de Uruguay (176,500 km²) ha sido transformado
por tierras de cultivo (incluyendo praderas artificiales, 27,5%),
plantaciones de bosques exóticos (7,9%) y zonas urbanas y otras
áreas artificiales (0,8%).
Al realizar
el estudio del cambio del uso del suelo, los investigadores encontraron
un deterioro de los pastizales en gran parte del país: “36%
del territorio continental original de Uruguay, principalmente pastizales,
se convirtió en tierras de cultivo (28%) y plantaciones forestales
exóticas (8%) hacia 2015”. Pero hay más.
Al analizar
lo que sucedía en las 51 celdas prioritarias para la conservación,
encontraron que “27% de las celdas prioritarias para la conservación
de vertebrados y la diversidad de plantas leñosas se han transformado,
especialmente en tres ecorregiones en que la pérdida de hábitat
fue de entre 35% y 45%”. Los resultados muestran que, independientemente
de las proyecciones a 2030, habría que actuar cuanto antes,
porque gran parte del pastizal prioritario a conservar ya se perdió.
“Hay
mucho interés en hablar del cambio climático como la
gran amenaza para todo, incluso para la biodiversidad. Yo no digo
que no sea importante, pero no podemos dormirnos y pensar en lo que
ocurre a un ritmo más lento, y que nos va a afectar en un futuro,
y no atender lo que está pasando ahora con efectos que se están
dando hoy y que estamos dejando de lado”. Alejandro Brazeiro.
“Se
suele enfocar la atención en el cambio climático como
la gran amenaza para todo, incluso para la biodiversidad. Yo no digo
que no sea importante, pero no podemos dormirnos y pensar en lo que
ocurre a un ritmo más lento, y que nos va a afectar en un futuro,
y no atender lo que está pasando ahora con efectos que se están
dando hoy y que estamos dejando de lado”, reflexiona. “Hay
algunas ecorregiones donde una gran cantidad de las praderas nativas
ya se han convertido para su uso en la agricultura o en la forestación,
con pérdidas de hábitats naturales que llegan hasta
45%”, dice, mostrando que esto está sucediendo hoy ante
nuestros ojos.
El
destino en una década
Pero la
investigación de Brazeiro, Marcel Achkar, Carolina Toranza
y Lucía Bartesaghi no se queda sólo en analizar el presente.
Dado que en el año 2009 “la Oficina de Planificación
y Presupuesto (OPP) de la Presidencia de Uruguay delineó objetivos
nacionales específicos de crecimiento”, y que para alcanzar
“las metas de producción nacional para 2030 propuestas
por OPP sería necesario aumentar en aproximadamente un millón
de hectáreas el área de tierras de cultivo y plantaciones
de bosques exóticos”, los autores del artículo
se proponen analizar qué sucedería con nuestros ecosistemas
en ese escenario que representa “un desafío importante
para el desarrollo sostenible de Uruguay”.
Para realizar
esta proyección, los investigadores parten de las siguientes
coordenadas. Primero, que “la soja ha sido el principal impulsor
de la expansión agrícola en las últimas dos décadas,
mientras que el área plantada de otros cultivos se ha mantenido
relativamente constante”, por lo que asumen que esa tendencia
se mantendrá en el escenario 2030. También asumen que
los precios de la soja y la celulosa seguirán siendo importantes,
más allá de fluctuaciones temporales.
Plantean
entonces áreas donde se dará la expansión forestal
de acuerdo con las áreas de prioridad forestal ya definidas,
las tendencias de los últimos 20 años, las ventajas
logísticas según la ubicación de las plantas,
y un “desarrollo de una nueva región forestal de 100.000
hectáreas” en un radio de 200 km a la nueva planta de
celulosa de Montes del Plata en Colonia (la segunda planta de UPM
no se había concretado al realizar el análisis de los
datos). Por su parte, para la expansión de la soja asumieron
que se daría en suelos de alta aptitud para la agricultura
y en la proximidad a regiones agrícolas ya consolidadas “debido
a las ventajas logísticas”. Estos supuestos se utilizaron
para evaluar la probabilidad de conversión (a cultivos de soja)
de todos los productos naturales. Cuando “la probabilidad de
conversión a plantaciones forestales y cultivos de soja fueron
comparables”, los investigadores asumieron que se impondría
la soja “debido a su mayor rentabilidad económica”.
Al poner
estas variables en juego, de cara al crecimiento de la producción
planteado por la OPP para 2030, observaron qué sucedía
en las 51 celdas prioritarias para la conservación. Tómense
un segundo para respirar profundo y luego sigan leyendo. “La
pérdida general del hábitat original (principalmente
pastizales) alcanzaría el 48% de la superficie terrestre del
país”, comunican en el artículo, y además
agregan que “45% de las celdas prioritarias se convertirían
en tierras agrícolas, especialmente en cuatro ecorregiones,
con pérdidas de hábitat superiores a 50%”.
Casi la mitad de las celdas que identificaron como prioritarias para
la conservación sufrirían transformaciones por la expansión
sojera y forestal que implicarían pérdidas de pastizales
superiores a 50%. La garganta se cierra. Cuesta tragar. Glup. Brazeiro
confiesa que los resultados también lo inquietaron.
“Estamos
en un punto de quiebre. Prácticamente de acá a 2030
nos vamos a quedar con la mitad de las praderas naturales del país”.
Alejandro Brazeiro.
“La
verdad es que fue medio chocante ver los resultados de esa proyección
a 2030. Si se sigue con esa tendencia de expansión de la agricultura
y de la forestación para cumplir las metas de aumento productivo,
vamos a tener problemas muy graves para conservar las especies de
pradera”, reflexiona. “Estamos en un punto de quiebre.
Prácticamente de acá a 2030 nos vamos a quedar con la
mitad de las praderas naturales del país”.
“Usando
la terminología que trajo esta pandemia, estaría buenísimo
tratar de aplanar la curva de la tasa de pérdida de pastizales
que tenemos en el país”. Alejandro Brazeiro.
A Brazeiro
también le impacta “la rapidez del cambio”. Al
ver el estado actual del país y la proyección a futuro,
es imposible no ver una tendencia. “Uno ve que desde el 2000
al 2020 hay un ascenso casi exponencial. Si uno sigue proyectando
la línea de incremento del uso de suelo para agricultura y
forestación, al 2030 llegamos a las cifras que da el artículo
de pérdida de hábitat”, lamenta. Dadas las circunstancias
que estamos viviendo ahora, le sugiero si no será tiempo de
salir a pedir un esfuerzo para aplanar la curva de la expansión
de la agricultura y la forestación. “La verdad es que
sí. Usando la terminología que trajo esta pandemia,
estaría buenísimo tratar de aplanar la curva de la tasa
de pérdida de pastizales que tenemos en el país”
responde.
Y eso que
en su trabajo no contemplaron la instalación de la tercera
planta de celulosa, que para el investigador implica que en un radio
de 200 km de donde se instala la planta, dados los costos de fletes
y otras ventajas logísticas, sería esperable un aumento
de las forestaciones en partes de Durazno y Tacuarembó.
Y aquí
surge otro dato tan interesante como alarmante: de las 51 celdas prioritarias
para conservar, sólo siete (13,7%) están en áreas
protegidas actuales. “Ese es otro escenario”, dice Brazeiro.
“Uno sería el de si se cumplen las metas de la OPP a
2030, mientras que este sería el de si se cumplen las metas
de conservación del país asumidas en la convención
sobre diversidad biológica, las metas AICHI, y entonces deberíamos
aspirar a tener ese 17% de los sitios más importantes y vulnerables
bajo un sistema de áreas protegidas. Lo que vemos es que estamos
lejísimo, y de esas celdas de prioridad más destacadas
tenemos muy pocas incluidas en el Sistema Nacional de Áreas
Protegidas (SNAP).
Consecuencias
y soluciones
En el trabajo,
los investigadores señalan que no es sencillo evaluar cómo
responden las especies a la pérdida de hábitat, ya que
no es un proceso lineal en el que la pérdida de 10% de hábitat
se correlaciona con una baja de las poblaciones determinada. Sin embargo,
dado que en algunas de estas celdas hay una pérdida que llega
a casi 50%, y que en la mayoría no baja de 20%, es de esperar
que muchas especies de plantas y animales que sólo viven en
esos pastizales afectados estén seriamente comprometidas.
Pero hay
más: incluso encontraron que cinco de las 51 celdas prioritarias
(casi 10%) ya tuvieron una reducción de hábitat mayor
a 70% en 2015, por lo que las consideran “celdas convertidas”,
donde, prácticamente, hay que renunciar a toda esperanza. “Sí,
son celdas que uno ya considera ‘entregadas’, lugares
que ya están muy transformados, donde la agricultura y la forestación
avanzaron muchísimo y en los que quedan muy poquitos relictos,
parches de pastizales entre áreas agrícolas, donde sería
muy complicado revertir la situación”, afirma. “Entonces
más vale enfocarse en los lugares que se mantienen, aquellos
donde todavía más o menos predomina lo nativo. Si pensamos
mejorar o ampliar el sistema de áreas protegidas, tenemos que
dirigir los esfuerzos hacia donde es más viable y donde tenemos
más probabilidad de éxito de instalar un área
que cumpla los objetivos de conservación”, agrega.
Por todo
ello, en el artículo señalan que el “escenario
de cambios en el uso de la tierra para 2030 deja en claro la necesidad
urgente de desarrollar estrategias para reducir la tasa futura de
pérdida de pastizales”, y afirman que “la implementación
de áreas protegidas es una herramienta clásica y valiosa”,
aunque reconocen que, dada la magnitud del cambio, “la contribución
del SNAP será insuficiente para conservar a todas las especies
vulnerables de la pérdida proyectada de pastizales”.
Pese a
ello, indican que “el país debe continuar avanzando en
la expansión del SNAP, al menos para mitigar la pérdida
adicional de pastizales en las ecorregiones de Graben del Santa Lucía,
Escudo Cristalino y la Cuenca sedimentaria del Oeste, así como
en las celdas de alta prioridad para la conservación de vertebrados
y plantas leñosas”. Tomen nota, señores legisladores.
Pero también reconocen que, “además de expandir
el SNAP, necesitamos urgentemente encontrar y promover alternativas
productivas que conserven la biodiversidad y el medio ambiente”.
También destacan tres “cuestiones clave para resolver”.
La primera, que “la sociedad y, en particular, los encargados
de formular políticas deberían estar mejor informados
y ser conscientes de la magnitud del cambio en el uso de la tierra
en el país y los posibles impactos ambientales y sociales”,
a lo cual agregó que “el sector académico debería
emprender esta tarea con mayor compromiso”.
Es más,
dicen que la marca “Uruguay natural”, usada para “promocionar
al país en el extranjero”, tiene el inconveniente de
“generar la sensación, a nivel local, de que el país
ha sido poco transformado, por lo que la conservación no es
un asunto urgente”. Al respecto, señalan que esa sensación
comienza a hacer agua, o mejor dicho, a hacer agua con cianobacterias:
“Una encuesta de opinión reciente (marzo de 2017, 1.300
casos) reveló que 59% de los encuestados creía que la
marca ‘Uruguay natural’ no está en línea
con la realidad ambiental del país”, afirman en el trabajo.
La segunda
cuestión clave a resolver pasa, según ellos, porque
“las políticas nacionales agrícolas y ambientales
deben buscar una mayor articulación e integración”.
La tercera es que “el sector privado debe estar mejor integrado
en las políticas nacionales de conservación”,
y al respecto señalan que, “sin la contribución
de recursos privados, la expansión de áreas protegidas
y áreas productivas con manejo sostenible será insuficiente
para equilibrar los impactos de los cambios en el uso de la tierra.
Debemos encontrar sistemas agrícolas alternativos que puedan
alcanzar objetivos productivos y económicos mientras se minimizan
los impactos ambientales”.
Y, a propósito,
señalan que, en el caso de la ganadería a pastura, hay
iniciativas promisorias –como la “Alianza de pastizal”,
o la suscripción a un compromiso de FAO, la agencia de Naciones
Unidas para la alimentación y la agricultura– de “una
expansión cero en la cantidad de tierra dedicada a la producción
de carne entre 2016 y 2030, lo que significa que la tierra de pastoreo
permanece constante” o que “hay oportunidades viables
para promover los esfuerzos de conservación dentro del sector
forestal”, como es el caso de la certificación internacional
(ponen de ejemplo la certificación FSC), que “está
muy extendida entre las empresas forestales en Uruguay y que, entre
otras cosas, exige a las empresas la creación de reservas privadas”.
El panorama
es menos alentador en la agricultura: “La producción
de soja es el sector agrícola más complejo para incorporar
prácticas de conservación. El ciclo productivo es corto;
muchos productores son inquilinos o extranjeros; es más sencillo
mudarse a otros países o cambiar la actividad productiva según
la rentabilidad; y, por lo tanto, la fidelidad de los agricultores
a la tierra es menor que en otros sectores. En este contexto, es difícil
promover incentivos para adoptar prácticas sostenibles, así
como para llevar a cabo el control ambiental”, dicen, impotentes,
en el artículo.
El camino
de la producción sostenible siempre podrá transitarse.
Pero el de la ampliación de las áreas protegidas choca
de frente con lo propuesto en la LUC. Respecto de la ampliación
de las áreas, Brazeiro sostiene que “es una recomendación
del trabajo, pero también es una responsabilidad asumida por
el país ante la Convención de Diversidad Biológica.
Y si uno a eso le suma este escenario, que muestra que si no protegemos
ahora posiblemente en diez o 20 años ya no valga la pena expandir
hacia allí las áreas protegidas, porque ya van a ser
lugares transformados, entonces es como que había que acelerar
el proceso de conservación”.
“Lo
que planteamos en el artículo es que una de las vías
posibles pasa por la ampliación de las áreas protegidas
públicas, aunque no tengamos muchas expectativas en que puedan
crecer mucho. Si se aprueban estos artículos de la LUC, seguro
que no va a haber áreas nuevas hasta que eso no cambie”,
agrega. “Otra alternativa que es importante y que habría
que trabajar mucho es la vinculación con el sector privado”,
sostiene, y afirma que, dado que más del 90% de la tierra del
país está en manos privadas, “hay que buscar una
estrategia para involucrar al sector privado en esto”.
“Yo
creo que si uno tiene que decidir a qué actividad dedica una
hectárea de tierra, obviamente pensando en que hay que producir
y generar recursos, porque la economía hay que moverla, en
Uruguay la actividad que más fácilmente lograría
ser sustentable, porque va a afectar menos el ambiente y va a ser
más compatible con la biodiversidad, es la ganadería
extensiva, sin duda”, dice Brazeiro. Uno piensa en la ironía
de la vida. Cuando era pequeño y le decían que en el
país se practicaba la ganadería extensiva, uno lo tomaba
como una muestra de desdén por el trabajo del gaucho y sus
descendientes, con la desidia del que tiene mucho, con la culpa productivista
de no obtener los máximos resultados. Hoy la ganadería
extensiva es, en Uruguay, la forma más amable de robarle a
la tierra su riqueza.
Ampliación
de áreas protegidas. Involucrar al sector privado. Caminar
hacia la producción sostenible y sustentable. Herramientas
para aplanar la curva, que, de lo contrario, nos llevará con
su galope exponencial a comprometer seriamente nuestra biodiversidad.
Las
ecorregiones del Uruguay
No tienen
nombres muy atractivos, pero el país se divide en estas siete
ecorregiones:Cuenca Sedimentaria
del Oeste: abarca el litoral del río Uruguay, parte de los
departamentos de Soriano, Río Negro, Paysandú, Salto
y Artigas. Cuenca Sedimentaria Gondwánica: abarca
zonas del noreste del país, parte de los departamentos de Tacuarembó,
Rivera y Cerro Largo. Cuesta Basáltica: es la zona
que queda en medio de las dos anteriores; abarca mayormente territorios
de los departamentos de Durazno, Tacuarembó, Río Negro,
Paysandú, Salto y Artigas. Escudo Cristalino: abarca
zonas del sur del río Negro en los departamentos de Florida,
Flores, Soriano, San José. Colonia y Durazno. Graben de
la Laguna Merín: abarca la zona este atlántica,
con partes en Maldonado, Rocha, Treinta y Tres y Cerro Largo. Graben
del Santa Lucía: abarca partes de San José, Canelones,
Montevideo y Florida Sierras del Este: abarca partes de Canelones,
Maldonado, Lavalleja, Rocha, Florida, Durazno, Treinta y Tres y Cerro
Largo
Artículo:
“Agriculturalexpansion in Uruguayangrasslands and priorityareasforvertebrate
and woodyplantconservation”
Publicación:
Ecology and Society 25 (2020)
Autores: Alejandro Brazeiro, Marcel Achkar, Carolina Toranza, Lucía
Bartesaghi
LA
DIARIA - Montevideo -URUGUAY - 23 Mayo 2020