La
visión quechua-lamas de las plantas medicinales: una enseñanza
desde la selva alta del Perú (1)
Los
modernos acostumbran llamar a las plantas medicinales como recursos
al servicio del hombre. Esta manera de llamar a la cosas no parece
ser universal. Los quecha-lamas del piedemonte amazónico consideran
a las plantas como personas, aún más, las vivencian
como si ellas mismas fueran una comunidad viviente. Con un recurso
la relación es de dominio y explotación, pero con una
persona la vinculación es más bien de conversación,
de amistad. Cuando las familias nativas toman una planta, este diálogo
íntimo entre planta y humano adquiere la sintonía del
rito; esa unión profunda no sólo entre planta y humano,
sino entre deidades, humanos y naturaleza, al punto de que en el ceremonial
de la ingestión de la planta es difícil establecer fronteras
identidatarias para saber quién es quién. El humano
es naturaleza y la naturaleza es humano. Esta comunión profunda
permite a las comunidades nativas quechua-lamas renovar su relación
con el bosque y sus espíritus, y a éstos, sentir nuevamente
que su criador humano regenera la vida y la salud primordial de la
foresta amazónica.
Las plantas medicinales tienen ánima
La concepción nativa de lo viviente no sólo involucra
lo que se conoce como la parte viva del cuerpo, sea de una planta,
un humano o un animal. Los quechua-lamas dicen que todo ser, y en
particular la planta tiene su ánima, existiendo aquellas denominadas
“animeras”, es decir que crían ánimas. Estas
son las que los nativos llaman “purgas fuertes”. El (o
la) ánima, en la visión nativa, no es el alma cristiana,
algo no material, invisible y sobrenatural. Las ánimas son
también seres vivientes cuya forma visible es variada y que
los nativos, e incluso los campesinos de origen no nativo y de larga
vivencia con el bosque, los aprecian de modo corriente, sean en sus
casas, chacras, o monte.
“Cada purga tiene su ánima -comenta el quechua-lama Custodio
Cachique- cuando no estamos preparados no lo vemos”. Esta ánima
es llamada, según el contexto, de diferente manera: madre,
dueño, espíritus, shapshico, yacháy, virote,
diablo, etc. Estos nombres adquieren sentido en la situación
misma en que son vividas. Por ejemplo, para niños de Bajo Pucallpa
–una comunidad indígena quechua-lamas- el ánima
de la planta sagrada del ayahuasca es el chullachaqui (2), mientras
para otros es un ave o un insecto. Estas ánimas aparecen como
guardianes del monte, enseñando secretos medicinales, sanando
y curando a los runas (humanos), y en algunos momentos, ayudando a
la caza.
Para la comunidad nativa no existe ser sin familia. Para ellos el
ánima es parte de la familia del árbol. Nazario Sangama,
de la comunidad de Aviación dice: “Cada árbol
es un ser viviente, por lo tanto tiene que tener su familia, alguien
que le proteja, su madre pues. Por ejemplo el muquicho –una
variedad de plátano- cuando está lloviendo grita de
su tronco; esa es su madre, parece una criatura que va a nacer”.
Es
esta madre que cría al árbol, mientras es también
criada por éste. De allí que el bosque, en la
vivencia nativa, es una comunidad viviente amparada y resguardada
por una comunidad de ánimas. Estas ánimas se
presentan en particular en las sesiones de sanación, cuando
la persona ingiere el extracto de la planta cocida o sin cocer, o
su resina, etc. Las ánimas vienen cuando el curandero canta
sus icaros (cantos sagrados) en las sesiones de sanación con
el ayahuasca (planta sagrada de varias culturas en el Amazonas). Cada
ánima, como dicen los curanderos, tiene su canto. “Mi
abuelo me contaba –dice Jonás Ramirez- que todo árbol
tiene su ánima. Cuando convidan la corteza del ishtapi caspi
le llaman por medio de su canto al ánima. Eso te hace soñar,
se presenta el ánima.”
La sanación con las plantas medicinales
Cuando un miembro de la comunidad humana está desintonizado,
desequilibrado, busca en la planta una posibilidad de recuperar su
armonía. Se toma la resina, el extracto o jugo de una planta
por motivos diversos. El Uchu Sanango por ejemplo no sólo da
fuerza sino arregla la puntería del cazador, sirve además
para curar el reumatismo, como también para ser bizarro, despierto
y no “shegue” –haragán- o de poco ánimo
para hacer las cosas.
En la armonización juega un papel importante la planta y su
propio vigor. Existen secretos para cada planta. Como dice don Miguel
Tapullima Sangama: “Toda medicina no se toma de cualquier lado,
tomas de donde sale el sol y de donde se oculta. Tampoco tienes que
sacarlo cuando estás mal dormido, ni de tarde. Tiene que sacarse
tempranito y en luna madura (luna llena), allí es más
fuerte”. La mayoría de curanderos coincide en que las
resinas deben extraerse en “macllak” (en ayunas y sin
lavarse la boca). Un aspecto importante en la sanación, es
el modo en que una planta es preparada. Las mezclas, dosis, la propia
cocción y la luna en que se convida la pócima son otros
temas a considerar.
Cuando el que prepara una planta es un curandero, es decir una persona
cuyo oficio, aparte de ser chacarero, es cuidar la salud de los humanos,
su cuerpo tiene que estar sintonizado con la naturaleza. Un curandero
también ha de tener lo que se dice “mano para curar”.
Un curandero es un sanador de la comunidad, y una condición
para que sane es que él o ella también esté sano(a),
es decir, guardar las dietas adecuadas, abstenerse de relaciones sexuales
cuando va a curar, etc.
Las plantas mismas, cuando se extraen de la chacra o del monte, requieren
de una mano sanadora. Una mano que esté enferma puede causar
daño o incluso la muerte de una planta. No cualquiera convida
una planta, Jonás Ramirez dice que: “Tiene que saber
su ánima, tiene que dar el que ha aprendido porque sino nos
hace errar”. Errar es perder el camino de la sanación.
Se erra cuando no se siguen las prescripciones asociadas a la dieta
que la planta ordena. Cuando eso sucede puede ocasionar padecimientos
al que lo toma e incluso, de no curarse a tiempo, su fallecimiento.
Don Ruperto Sajamí pone en énfasis el papel de las ánimas.
El dice: “Las ánimas de las plantas te curan” y
agrega: “La manchinga es un palo fuerte, es para fortalecer
los huesos y su madre son los supay –“diablo”-.
Cuando tomas su resina, ellos te curan. Tienes que dietarle sino salen
sus ánimas, su dueño. Cuando le tomas te hace soñar,
en tu sueño te dice todo”. Para muchas enfermedades,
en la visión nativa, el saber no deriva del conocimiento del
curandero. Como explica don Miguel Tapullima Sinarahua: “Esos
mismos árboles nos enseñan, cuáles son para purga
y cuáles no. A veces se presentan en sueños. De esa
manera lo cogen los vegetalistas y con eso saben curar a los enfermos”.
Sucede también que en algunas enfermedades como los envenenamientos
provocados por la mordedura de alguna víbora venenosa, no es
sólo el veneno el que puede provocar la muerte de una persona,
sino es el ánima de la víbora que se ha introducido
al momento de la mordedura. Para la visión nativa no es suficiente
extraer el veneno o tomar una poción contra la picadura del
oficio –como puede ser el suero antiofídico- sino que
debe extraerse el ánima de la víbora, lo que ellos denominan
el “virote” – que en la traducción corriente
se entiende como dardo venenoso- para que el paciente sane. Como indica
don Miguel Tapullima: “Al virote no lo sacan en el hospital,
sólo el que sabe lo hace, eso es su ánima, su supay
(diablo) de la víbora. Su veneno de la víbora vuelve
a la víbora y esta ánima, una vez liberada, ya sana
al enfermo.”
Los curanderos saben decir: “si el ánima te quiere, te
sana”. No es cuestión de tomar una planta y esperar la
sanación. El ánima de la planta tiene que congeniarse
con el o las ánimas de una persona humana. Es la querencia,
el cariño el que sana, pero también la consonancia
entre las temperaturas corporales y el de las plantas.
La sanación es el reencuentro, la reincorporación
saludable del humano a la naturaleza del que es originario.
Por ello la toma de las purgas debe de realizarse en un monte saludable.
“Nuestro cuerpo, cuando se toma la purga y se dieta es un bosque,
nuestro cuerpo anda en un bosque, ningún animal te ve porque
eres un bosque”, dice Purificación Cachique. La distinción
entre humanos y naturaleza se desvanece para dar paso a una relación
en donde todos son naturaleza. Para ello, la dieta es un aspecto medular
en la curación. De la dieta, Rodriguez y Bartra (3) dicen lo
siguiente:
El término dieta no sólo se refiere a la práctica
de un régimen alimenticio especial, sino que también
puede implicar la reducción del esfuerzo físico (no
salir a cazar, pescar, construir casas, etc.) aislamiento (no participación
en trabajos comunales, fiestas, asambleas, etc.), abstinencia sexual
y ciertos ejercicios disciplinarios (baños especiales). Así
también la dieta significa no ingerir sal, ni dulce, ni manteca,
ni ají. Los únicos alimentos permitidos son productos
vegetales, algunas carnes de monte y peces de carne sin grasa, hervidos
al vapor, ahumados o asados en hoja de bijao. La persona que hace
dieta debe dejar el domicilio familiar para permanecer en un tambito
(albergue) aislado de la comunidad y solamente junto al brujo curandero.
Durante la dieta, por lo general, se consumen plátanos asados
y yuca sancochada (pango), sin condimentos ni aderezo.
La crianza de las plantas medicinales
Las medicinas, como le llaman los quechua-lamas, se pueden agrupar
en dos. Unas son las medicinas suaves y otras las denominadas purgas
fuertes. Ambas son criadas de modo diferente. Mientras las suaves
pueden ser criadas en el contorno de la casa y en la chacra, y pueden
ser vistas por propios y extraños, las fuertes son criadas
de modo escondido en la espesura del monte. Estas no pueden ser vistas
sino por los dueños de la chacra o por curanderos. Existen
también otras agrupaciones. Por ejemplo, existen medicinas
del agua o del cerro, siendo cada una de ellas motivo de especial
cuidado y uso por la comunidad humana. Una misma planta puede ser
vista desde ambas perspectivas y su medicación depende del
origen de la dolencia.
Tanto en la crianza de las plantas denominadas suaves como las fuertes
debe existir empatía entre el ciclo de los runas (humanos)
y de las plantas. Es conocido que cuando las mujeres están
en su menstruación se encuentran en un momento de renovación
de la vida, y en estas circunstancias no toman purgas fuertes ni tampoco
tienen contacto con las plantas. Cada quien cría y es criado
por la planta correspondiente. La crianza de las plantas medicinales
que se expresa en el ritual se realiza en una equivalencia profunda
y de retorno a la naturaleza por parte del humano.
La sanidad de las comunidades humanas, del monte y de las
ánimas
Jonás Ramirez, chacarero de Lamas dice: “Las ánimas
cuidan a los árboles. Cuando lo cortan o trozan, lloran sus
ánimas y llorando se alejan. El pueblo que está cerca
pierde fuerza. Cuando se tumban los árboles se van
las ánimas y la gente se enferma más. Si se
sembraría, reforestaría, el ánima seguiría
habiendo.”
En la visión local la sanación es holística.
Difícilmente una comunidad humana puede estar sana si al mismo
tiempo la naturaleza se halla debilitada, y con ella disminuida la
presencia de las ánimas. La armonía de una de ellas
es inseparable de la armonización del conjunto. En sentido
inverso, si una de las colectividades (runas –humanos-, monte
o bosque y ánimas) está enferma, el equilibrio se debilita
y eventualmente se destruye, provocando la enfermedad del conjunto.
Para los nativos quechua-lamas es todo su microcosmos que se dinamiza
alrededor de la sanación. Son todas las comunidades las que
tienen que ver con el bienestar de cada uno de ellos. No vale la sanación
de uno de ellos por separado. Las ánimas tienen que estar también
sanas. Las ánimas están sanas y presentes cuando el
monte, el bosque es saludable, una comunidad sin montes es una comunidad
enferma, una comunidad sin ánimas. Para la sanación
son éstas tres comunidades: sacha (bosque), runas
(humanos) y ánimas las que tienen que estar sintonizados, quererse
los unos a los otros. Este encuentro entre estas tres colectividades
brota en el ritual de la ingestión de plantas medicinales que
usualmente son conducidos por curanderos o médicos vegetalistas.
En este sentido, el territorio de los quechua-lamas, por lo menos
el ubicado en la provincia de Lamas, no goza de buena salud. El monte
ha sido objeto de una inmisericorde vejación, una situación
que continúa. Se calcula que anualmente se deforestan 4,543
hectáreas de bosque primarios en la provincia de Lamas. Con
ello desaparece la base de sustento de comunidades humanas, animales
y la diversidad que le es propia. De este modo, y como argumenta Jonás,
los pueblos quechua-lamas pierden vigor, fortaleza y empuje.
Existen reacciones, como la de doña Cerfina Isuiza, quien considera
que, “Mucho monte vino abajo con eso del algodón pero
rápidamente nos dimos cuenta que no hay como tener de todo.
No interesa tener tanta chacra, chiquito nomás para poder cuidarlo
con gusto, y te da de todo”. Para doña Cerfina la producción
significativa y diversa depende del afecto y cariño con que
se cría la chacra y no tanto del tamaño del mismo. Sin
embargo, la mentalidad de muchos ha sido ganada por el mercado. Y
allí es donde empiezan las dificultades para el monte. Las
sucesivas campañas para sembrar monocultivos han tenido un
efecto devastador para montes, ánimas y la misma comunidad
humana que no halló la riqueza que sus promotores
ofrecieron.
Sabido es para muchos la enseñanza de Omer Ruiz, para quien:
“Sin monte la chacra sufre”. La chacra diversa no tiene
porque ser vista como antagónica del monte, sino como su complemento.
La chacra tradicional quechua-lamista ha sido desde siempre una recreación
de la arquitectura del monte. El quiebre se produce con la agricultura
especializada y orientada de modo exclusivo hacia el mercado. Esta
agricultura ve al bosque como al enemigo a quien superar. Por esta
vía se produce una aguda deforestación que no cesa hasta
cubrir el área boscosa de monocultivo. La enseñanza
de doña Cerfina se impone: recuperar el cariño por el
monte para regenerar la armonía perdida.
Con el monte y su conservación se regenera la vida toda. Existe
más agua, más plantas medicinales, más animales,
y más diversidad en la agricultura. En comunidades nativas
como las quechuas-lamas, donde agricultura y bosque son una unidad,
la salud de una de ellas es intrínseca a la de la otra. Por
ello cuidar la diversidad agrícola de la chacra es
también una manera de criar el monte, y conservar el bosque
es otro modo de cultivar la vida humana y la salud espiritual del
planeta.
Waman Wasi, Lamas, Perú, junio 2016.
Grimaldo Rengifo Vásquez, grimaldorengifo@gmail.com
PRATEC, http://www.pratecnet.org/wpress/
(1) Este trabajo se basa principalmente, pero no únicamente,
en testimonios extraídos del libro “Montes y Montaraces”.
Pratec. Lima, Febrero 2001, que el autor de este ensayo, conjuntamente
con Rider Panduro, escribiera en el año 2001.
(2) Considerado como “guardián del bosque”, este
personaje infunde respeto y temor a propios y extraños. Generalmente
se presenta a quienes caminan solitariamente por las trochas de la
selva.
(3) Rodriguez de la Matta,S. y Bartra Rengifo,J. Shapshico. Supersticiones,
“Creencias y Presagios. Cultura popular de San Martín”.
Shuansho ediciones. Tarapoto. 1997.
Artículo
tomado del boletín del WRM
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