Pequeña
chacra alimenta a gran familia
A
poco más de 70 kilómetros al este de Montevideo viven
Claudia, Milton, y sus hijas Paloma (7 años), Melina (4), Camilo
(2) y otro niño o niña que en pocas semanas nacerá
y pasará a formar parte de esta familia, que ha optado por
vivir en contacto con el medio que los rodea y de lo que ellos producen.
La
chacra donde viven tiene una extensión de 3.600 metros cuadrados.
En este espacio han construido su casa, el galpón, la huerta
agroecológica y dos pequeños tajamares que riegan la
huerta por goteo, sistema que permite una utilización del agua
en forma sustentable por ser lento, constante y llegar al lugar que
se desea.
Al
ser éste un predio pequeño debe ser rigurosamente planificado
y cuidado desde el punto de vista hídrico, y fertilidad del
suelo, con el objetivo de obtener alimentos durante todo el año.
Dentro
de la chacra hay árboles indígenas que no solo dan sombra
sino también frutos, como es el caso de la pitanga, así
como frutales exóticos: tres variedades de duraznos, que les
permite tener duraznos en forma escalonada, ciruelas rojas y amarillas,
manzanos, peras, guayabo brasileiro, naranjos, limoneros y una higuera.
En el predio también hay un vivero de árboles indígenas
que permite a la familia contar con un ingreso para abastecerse de
lo que ellos no producen.
La
producción que se realiza en la huerta está destinada
en su totalidad al autoconsumo, cubriendo casi el noventa por ciento
de los alimentos que necesita la familia. La base de la alimentación
son hortalizas, frutas, cereales, legumbres, frutos secos (nueces,
maní), queso y huevos.
A
medida que la familia ha ido creciendo los espacios de producción
han ido ganando terreno, así como la diversificación
de los cultivos. Actualmente se produce: cebolla, ajo, nabos, papa,
zanahorias, habas, boniatos, tomates (en verano se hacen conservas
para el invierno), morrón, arvejas, maní, hierbas aromáticas
(tomillo, perejil, orégano, albahaca, apio, ciboulette), cebollas
de verdeo, distintas variedades de porotos y zapallos, repollo, remolacha,
chaucha, sandía, melón, frutillas y maíz, cumpliendo
este último un rol esencial en la alimentación.
La
conservación del maíz para el consumo durante el año
tiene gran importancia. Éste es guardado entre capas de cenizas
y al momento de ser usado se cierne, enjuaga y se deja secar. Posteriormente
es molido para convertirse en el ingrediente básico del pan,
sopas, salsas, cremas o biscochitos de coco, entre otros tantos platos.
Hay
otros alimentos, que la familia llama “cultivos espontáneos”,
es decir, plantas que crecen solas. Es el caso de la acelga, espinaca,
lechuga, rúcula, col, apio y albahaca. Esto ha sido posible
porque ha habido una adaptación de la semilla al medio y el
suelo es suficientemente fértil, por lo que éstas encuentran
las condiciones óptimas para crecer.
El
cuidado y la conservación de la semilla, el suelo, el agua
y la sistematización de los cultivos son elementos esenciales
para el auto sustento de la familia. En este momento están
trabajando con semillas de papa y zanahoria con el objetivo de obtener
dos cultivos en el año.
Parte
de la huerta está rodeada de cercos vivos de frambuesa, rosales
y cañas; de esa manera se le protege del viento, sol y animales
pequeños, y también se aprovecha el espacio con la producción
de otro alimento, como lo son las frambuesas.
Importancia
de la alimentación y de los alimentos
Necesitamos
comida de la misma manera que necesitamos aire y agua para vivir.
Sin embargo pocas veces nos preguntamos al momento de comer: ¿Quién
produjo lo que estamos comiendo? ¿Cuántos kilómetros
tuvo que recorrer ese alimento antes de llegar al plato? ¿Qué
sustancias aparte de lo que se cree estar comiendo se está
ingiriendo? ¿Como se produjo? ¿Cuántos agrotóxicos
se aplicaron?
Afortunadamente,
la familia de Milton y Claudia sí saben como responder estas
preguntas, ya que son ellos los que los producen. Los niños
saben cuando una zanahoria o un tomate están prontos para ser
cosechados y el sabor que tienen cuando son arrancados directamente
de su huerta. También saben que en los meses de invierno no
se come tomates, ya que no son de esa estación y la tierra
será preparada para algún cultivo de invierno, probablemente
para cebollas o ajos, cumpliendo así el ciclo de la producción
de los alimentos al ritmo y en armonía con la naturaleza.
Hora
de compartir la cosecha, tiempo mágico y de placer
La
mesa es preparada por todos lo miembros de la familia. Cada uno de
ellos hasta el más pequeño, conoce su lugar alrededor
de la mesa. Prontos para comer, un momento mágico invade el
cuarto y se produce un silencio. ¿Por qué el silencio?
La
familia ha participado del cultivo y elaboración de los alimentos,
expresión máxima del resultado del trabajo que finalmente
se concentra y materializa en el acto de ingerir la comida, y que
nuevamente volverá a ser energía. Es momento de silencio,
de placer, de disfrutar y compartir lo que ha llevado tanto tiempo
en producirse y que las energías se recuperan a través
del lento masticar, sentir los aromas y degustar los sabores.
Es
el momento de conectarse con el alimento, que pasará a ser
parte de cada uno de ellos o sea “ser lo que comemos”.
María
Isabel Cárcamo
Julio 2010