Movilizándonos
para rescatar nuestro sistema alimentario
Por Miguel A. Altieri * - Mayo de 2008
Antes del fin de la primera década
del siglo XXI, la humanidad está tomando conciencia rápidamente
de que el modelo industrial capitalista de agricultura dependiente
de petróleo ya no funciona para suplir los alimentos necesarios.
El desafío inmediato para nuestra generación es transformar
la agricultura industrial e iniciar una transición de los sistemas
alimentarios para que no dependan del petróleo.
La agricultura mundial está
en una encrucijada. La economía global impone demandas conflictivas
sobre las 1,500 millones de hectáreas cultivadas. No sólo
se le pide a la tierra agrícola que produzca suficientes alimentos
para una población creciente, sino también que produzca
biocombustibles y que lo haga de una manera que sea ambientalmente
sana, preservando la biodiversidad y disminuyendo la emisión
de gases de invernadero, mientras aun represente una actividad económicamente
viable para todos los agricultores.
Estas presiones están desencadenando
una crisis del sistema alimentario global sin precedentes, la cual
ya se empieza a manifestar en protestas por escasez de alimentos en
muchos países de Asia y África. De hecho hay 33 países
al filo de la inestabilidad social por la carencia y precio de los
alimentos. Esta crisis que amenaza la seguridad alimentaria de millones
de personas, es el resultado directo del modelo industrial de agricultura,
que no solo es peligrosamente dependiente de hidrocarburos sino que
se ha transformado en la mayor fuerza antrópica modificante
de la biosfera. Las crecientes presiones sobre el area agrícola
en disminución están socavando la capacidad de la naturaleza
para suplir las demandas de la humanidad en cuanto a alimentos, fibras
y energía. La tragedia es que la población humana depende
de los servicios ecológicos (ciclos de agua, polinizadores,
suelos fértiles, clima local benevolente, etc.) que la agricultura
intensiva continuamente empuja más allá de sus límites.
Antes del fin de la primera década
del siglo XXI, la humanidad está tomando conciencia rápidamente
de que el modelo industrial capitalista de agricultura dependiente
de petróleo ya no funciona para suplir los alimentos necesarios.
Los precios inflacionarios del petróleo inevitablemente incrementan
los costos de producción y los precios de los alimentos han
escalado a tal punto que un dólar hoy compra 30% menos alimentos
que hace un año. Una persona en Nigeria gasta 73% de sus ingresos
en alimentos, en Vietnam 65% y en Indonesia 50%. Esta situación
se agudiza rápidamente en la medida que la tierra agrícola
se destina para biocombustibles y en la medida que el cambio climático
disminuye los rendimientos vía sequías o inundaciones.
Expandir tierras agrícolas a biocombustibles o cultivos transgénicos
que ya alcanzan mas de 120 millones de hectáreas, exacerbará
los impactos ecológicos de monocultivos que continuamente degradan
los servicios de la naturaleza. Además, la agricultura industrial
contribuye hoy con más de 1/3 de las emisiones globales de
gases de invernadero, en especial metano y óxidos nitrosos.
Continuar con este sistema degradante, como lo promueve un sistema
económico neoliberal, ecológicamente deshonesto al no
reflejar las externalidades ambientales no es una opción viable.
El desafío inmediato para
nuestra generación es transformar la agricultura industrial
e iniciar una transición de los sistemas alimentarios para
que no dependan del petróleo.
Necesitamos un paradigma alternativo
de desarrollo agrícola, uno que propicie formas de agricultura
ecológica, sustentable y socialmente justa. Rediseñar
el sistema alimentario hacia formas mas equitativas y viables para
agricultores y consumidores requerirá cambios radicales en
las fuerzas políticas y económicas que determinan que
se produce, como, donde y para quien. El libre comercio sin control
social es el principal mecanismo que está desplazando a los
agricultores de sus tierras y es el principal obstáculo para
lograr desarrollo y una seguridad alimentaria local. Sólo desafiando
el control que las empresas multinacionales ejercen sobre el sistema
alimentario y el modelo agro exportador que auspician los gobiernos
neoliberales, se podrá detener el espiral de pobreza, hambre,
migración rural y degradación ambiental.
El concepto de soberanía
alimentaria, como lo promueve el movimiento mundial de pequeños
agricultores, la Vía Campesina, constituye la única
alternativa viable al sistema alimentario en colapso, que sencillamente
falló en su cálculo que el comercio libre internacional
sería clave para solucionar el problema alimentario mundial.
Por el contrario, la soberanía alimentaria enfatiza circuitos
locales de producción-consumo, y acciones organizadas para
lograr acceso a tierra, agua, agro biodiversidad, etc., recursos claves
que las comunidades rurales deben controlar para poder producir alimentos
con métodos agroecológicos. No hay duda que una alianza
entre agricultores y consumidores es de importancia estratégica.
Al mismo tiempo que los consumidores deben bajarse en la cadena alimentaria
al consumir menos proteína animal, se deben dar cuenta que
su calidad de vida está íntimamente asociada al tipo
de agricultura que se practica en los cordones verdes que circundan
a pueblos y ciudades, no solo por el tipo y calidad de cultivos que
ahí se producen, sino por los servicios ambientales, como calidad
del agua, microclima y conservación de biodiversidad, etc.,
que esta agricultura multifuncional genere. Pero la multifuncionalidad
sólo emerge cuando los paisajes están dominados por
cientos de fincas pequeñas y biodiversas, que, como los estudios
demuestran, pueden producir entre dos y diez veces más por
unidad de área que las fincas de gran escala. En Estados Unidos
los agricultores sostenibles, en su mayoría agricultores pequeños
y medianos, generan una producción total mayor que los monocultivos
extensivos, y lo hacen reduciendo la erosión y conservando
más biodiversidad. Las comunidades rodeadas de fincas pequeñas,
exhiben menos problemas sociales (alcoholismo, drogadicción,
violencia familiar, etc.) y economías más saludables
que comunidades rodeadas de fincas grandes y mecanizadas. En el estado
de Sao Paulo, Brasil, ciudades rodeadas de grandes extensiones de
caña de azúcar son más calurosas que ciudades
rodeadas de fincas medianas y diversificadas. Debiera ser obvio, entonces,
para los consumidores urbanos que comer constituye a la vez un acto
ecológico y político, pues al comprar alimentos en mercados
locales o ferias de agricultores, se está votando por un modelo
de agricultura adecuada para la era post-petrolera, mientras que,
al comprar en las cadenas grandes de supermercados, se perpetúa
el modelo agrícola no sustentable.
La escala y urgencia del desafío
que la humanidad enfrenta es sin precedentes y lo que se necesita
hacer es ambiental, social y políticamente posible. Erradicar
la pobreza y el hambre mundial necesita una inversión anual
de aproximadamente 50 billones de dólares, una fracción
al compararse con el presupuesto militar mundial que alcanza mas de
un trillón de dólares por año. La velocidad con
que se debe implementar este cambio es muy rápida, pero lo
que está en duda es si acaso existe la voluntad política
para transformar radical y velozmente el sistema alimentario, antes
que el hambre y la inseguridad alimentaria alcancen proporciones planetarias
e irreversibles.
Fuente: www.ecoportal.net
* Miguel A. Altieri es profesor
de la University of California, Berkeley Sociedad Científica
Latinoamericana de Agroecología (SOCLA) - Publicado enwww.cadtm.org