"Observaciones sobre
Agricultura" de José Manuel Pérez Castellano (1814)
En el marco del Día Mundial
de la Alimentación, la Biblioteca Nacional y
RAP-AL Uruguay, reeditan en formato electrónico
las "Observaciones sobre Agricultura" de José Manuel
Pérez Castellano (1814). Prologada por Tomás
de Mattos (Director de la Bilbioteca Nacional), se puede descarguar
en formato pdf aqui :
Tomo
I (1.75 MB)
Tomo
II (1.54 MB)
Prólogo
de Tomás de Mattos a la reedición electrónica -
Octubre 2007
LAS “OBSERVACIONES
SOBRE AGRICULTURA” Y LA FAMILIA Y LA GRANJA URUGUAYA DEL SIGLO
XXI
Este libro le fue encargado al
presbítero José Manuel Pérez Castellano, en los
últimos años de su vida, por el Gobierno Económico
de Guadalupe (actual Canelones). Superando vacilaciones iniciales, lo
escribió en apenas siete meses, “desde la mitad de julio
del pasado [1813] hasta la mitad del presente febrero”. En realidad,
sólo pudo escribirlo con tal brevedad, porque lo asistían
cuatro largas décadas de cultivo de su chacra del Miguelete,
cargadas de una minuciosa y enamorada contemplación de la Naturaleza
y acicateadas por el cotidiano paladeo de todos sus frutos.
Es ciertamente, el mejor y el último
fruto de uno de los árboles más altos y frondosos que
se alzaron en el todavía muy raleado monte de los albores de
nuestra cultura. Septuagenario, el cura ya se sentía al margen
de la vida: tanto la individual, a la que sostendría apenas por
un año más; como la social, perturbada por el caos de
la guerra desatada y la desunión, en el bando patriota, de orientales
y porteños.
Es, por cierto, el libro de un
erudito; pero vale mucho más, afortunadamente, como saber atesorado
por un labrador entusiasmado por sus éxitos, y jamás decepcionado
por las derrotas que lealmente reconoce. Acudamos al subtítulo
de estas “Observaciones sobre la Agricultura” y fijémonos
en qué busca fundar la autoridad para captar el interés
del lector: “la práctica de más de cuarenta años
en que cultivó una quinta” sobre el arroyo Miguelete. Y
tampoco pasemos por alto que bien se aclara que no se pretende extraer
conclusiones válidas para cualquier latitud, sino apenas recomendaciones
sólo aplicables “al clima y calidad de los terrenos del
Miguelete o inmediaciones de Montevideo”.
A casi doscientos años de
escrito, el libro tiene, por supuesto, polvo y polillas. Acaso lo cubre
un estilo demasiado galano para estos tiempos tan prosaicos que actualmente
corren; incurre en cierto exceso de memoriosas citas de poetas de la
Antigüedad, al extremo de que causa asombro la noticia de que,
en el confinamiento de su chacra, sólo disponía de un
ejemplar de las Églogas de Virgilio y nada de otros autores a
los que tanto cita, como es el caso, por ejemplo, del Inca Garcilaso.
Pero basta un soplo y ese polvo
se disipa y queda un libro sólido y, sobre todo, luminoso; que
no sólo conserva su vigencia sino que se hace particularmente
necesario en una época, como la nuestra, tan signada por el menoscabo
del medio ambiente, el abuso de plaguicidas y fertilizantes químicos,
y el más absoluto desprecio del consumidor, al que no se vacila
en destinarle, con la utilización de transgénicos, productos
de la tierra carentes de sabor y terneza.
¡Ah de los tomates de nuestra
juventud!, podemos suspirar los sexagenarios de hoy, condenados a comer
quien sabe si sanas ensaladas, implacablemente prescriptas por los médicos,
en las que hasta las cebollas y las lechugas parecen emular la insípida,
seca y recia consistencia de los tomates. ¡Ah de las mermeladas
y las jaleas de nuestras abuelas, de sus dulces de membrillo caseros,
cuya preparación quemaba a los nietos, colaboradores inexpertos
pero interesadamente afanosos, cuando batían con inmensos cucharones
de madera, la pasta roja —roja clara— que bullía
en las ollas de cobre! Ese tiempo, lector amigo, no está perdido;
lo podemos recuperar gracias a un cura laborioso y goloso. Esa es la
buena noticia secundaria que nos ha legado este portavoz del evangelio,
que nunca tuvo pelos en la lengua y que llevó su celibato, a
una exacerbada vocación de no casarse con ningún bando,
que no fuera el de un buen vivir basado en un espíritu solidario
de vecindad, en la ilustración de la lectura y en el goce hacendoso
de los frutos a extraerle a la Naturaleza.
El proclamado “Uruguay Natural”
necesita imperiosamente volver a las enseñanzas de Pérez
Castellano, hijas de las agudas observaciones de sus cuarenta años
de labrador cotidianamente presente en su chacra.
¿Queremos cultivar con éxito, usando nuestras manos y
los recursos que siempre pone a nuestro alcance la Naturaleza, manzanos,
perales, duraznos, damascos, nogales, naranjas, limones, limas, membrillos,
uvas y aceitunas; o ajos, cebollas, coles, colinabos, coliflores, brócolis,
nabos y rábanos; lechugas, escarolas, acelgas, espinacas, remolachas,
apios, chirivías, zanahorias, perejiles, tomates, berenjenas,
pimientos, espárragos y alcahuciles? ¿Cuándo, cómo,
dónde y a partir de qué —con semillas o estacas
o plantones— los plantamos? ¿Cómo los protegemos
de insectos y cizañas? ¿Qué injertos podemos practicarles?
¿Cómo abonamos? ¿Cómo regamos? ¿Cómo
cavamos y protegemos nuestros aljibes? ¿Cómo disponemos
y tendemos nuestros cercos y corrales, levantamos nuestras chimeneas?
¿Cómo alhajamos el entorno de nuestras casas con “rosas
y algunas otras flores que conviene haya en nuestras huertas”?
¿Cómo criamos a las aves domésticas y a otros animales
de servicio? ¿Qué hierbas sirven para aromatizar nuestras
comidas? ¿Cómo preparamos orejones y pasas, cómo
elaboramos nuestros guisos y dulces?
Para todas estas interrogantes
ofrece leal y sincera respuesta este libro, siempre fundado en la experiencia
y en la confianza en las potencialidades que en sí misma encierra
la Naturaleza. Y de ahí el muy significativo interés que
esconde —porque no se lo frecuenta— para nuestros tiempos.
Tiene este libro otra virtud: la
tutela ética del labrador. Hay un importante capítulo
al que don José Manuel titula: “La agricultura implora
protección de la justicia”. Es una ardiente defensa del
pequeño productor; y la expresión de una marcada predilección
por la agricultura respecto de la ganadería. Vale la pena leerlo
por entero, pero vaya este fragmento como muestra: “Este celo
a favor de la agricultura lo tenían entonces [se refiere a quienes
establecieron los primeros Repartimientos de Tierras] los Padres de
la Patria sin más objeto que el del bien común y el de
que las chácaras, destinadas para la labranza, no se hicieran
estanzuelas en perjuicio de ella; y lo tenían en tiempos en que
las chácaras estaban menos pobladas, y en que era menos extendida
la labor de las tierras. Si los que tomaron entonces tan justas y arregladas
providencias despertaran ahora del sueño de la muerte y viesen
el cúmulo de injusticias que estos tiempos han cargado contra
los labradores y contra su labranza [...] ¿qué exclamarían
[...] cuando viesen que el interés de cuatro particulares ha
desterrado de todo punto la justicia y la protección [... que
ellos] habían procurado sostener con empeño a favor de
la agricultura?”.
¿Qué aplicabilidad
tiene a nuestra realidad del 2007, esta frase escrita en 1813 o, más
probablemente, en 1814; hace, pues, ciento noventa y cuatro o ciento
noventa y tres años? ¿Se mantiene o se habrá extendido
lo que Pérez Castellano llama “desorden contrario a la
agricultura”?
Pero, sobre todo, ¿en qué
puede servirnos este libro, escrito con desolada pasión por la
patria y por el inmenso aporte que podían dispensarles las chácaras,
si se las protegía y estimulaba?
En 1848, a los treinta y cuatro
años de entregado el manuscrito, cuando el país estaba
sumido en el beligerante desorden de una nueva Guerra Civil, el Gobierno
del Brigadier General Manuel Oribe, consideró que era necesaria
su impresión, primordialmente, como “un testimonio de respeto
a aquel ciudadano, natural de esta República, a quién
él consagró esta y otras pruebas de su anhelo en fomentar
su ilustración y adelantos materiales”, pero también
fundó su decisión en “la utilidad que de ello pueden
reportar los labradores, hortelanos, quinteros, etcétera”.
En el 2007, cuando tan sólo
faltan seis años para que se cumplan los dos siglos de que el
cura Pérez Castellano comenzara su redacción, ¿están
vigentes los dos fundamentos del decreto de Oribe?
Uno, el de la necesidad del homenaje,
es fácilmente compartible. La Biblioteca Nacional debe rendirlo
a un ciudadano que, en obras y no en palabras, tanto afán puso
para fomentar, en el seno del pueblo, tanto “su ilustración”
como sus “adelantos materiales”. Arte, sí —nos
está diciendo Pérez Castellano—, pero jamás
menosprecio de la producción; Ciencia y Tecnología, sí,
—nos insiste— pero, sobre todo, teoría y práctica
rigurosa de las que estén arraigadas en los entornos más
inmediatos de nuestra realidad, para el fomento de la autosatisfacción
de las necesidades de sus respectivos habitantes. Su austera figura
resulta, entonces, paradigma a exaltar tanto en beneficio del Uruguay
Cultural como del Uruguay Productivo: en la misma magnitud que muchos
de nuestros ciudadanos más ilustres, como José Pedro Varela,
José Arechavaleta, Pedro Figari o Alfredo Vázquez Acevedo.
El otro debe atravesar un más
severo filtro de dudas, pero sale incólume. Aún hoy, nuestros
pequeños y medianos agricultores necesitan las lecciones de labranza
del chacarero de Miguelete. Si Pérez Castellano importa, a la
vez, para el Uruguay Cultural y el Uruguay Productivo; el legado de
sus “Observaciones sobre Agricultura” mantiene su vigencia
para el cultivo de la Naturaleza sin acudir indiscriminadamente a plaguicidas,
a abonos químicos o a manipulaciones transgénicas. La
pureza del ambiente y la calidad de los frutos de la tierra siguen necesitando
sus lecciones. Para tenerlas muy en cuenta, descuento que aclararía
él, pero no para seguirlas al pie de la letra. Quien quiera seguir
el camino de Pérez Castellano, debe tratar su obra, con el mismo
creativo pragmatismo con el que él asimiló, en su época,
el tratado de una sociedad de agrónomos franceses, ordenado por
el abate Rozier.
Pero cabe aquí una cuestión
final: ¿cómo asegurar que las “OBSERVACIONES SOBRE
AGRICULTURA” lleguen realmente a nuestros granjeros? ¿Tan
sólo reeditando este libro en soporte electrónico o en
papel? RAPAL y la Biblioteca Nacional se han entusiasmado recíprocamente
con el proyecto de una colección de pequeños volúmenes,
con su texto resumido y aclarado, revisado por especialistas agrónomos,
y adecuadamente ilustrado, para que los propios ojos del lector observen
lo que Pérez Castellano quería que observara. Ambas instituciones
sabemos que el éxito del proyecto está en directa proporción
al número y calidad de la asociación que se logre con
diversos Ministerios e Intendencias Municipales y organizaciones de
la sociedad civil.
Se dirá que el proyecto
responde a una actitud nostálgica, por no decir reaccionaria.
¡Que con él se quiere volver a prácticas de una
agricultura del siglo XIX, cuando el mundo atraviesa hoy una explosión
inaudita, de proporciones jamás dadas en la historia, de conocimientos
científicos y tecnológicos! No es, por cierto, así.
No se va contra ninguna imperiosa imposición del mercado, ni
el del mundo, ni el nacional, ni menos el de las pequeñas comarcas.
Hay una preferencia mundial notoria en el consumo de alimentos, por
los que resultan de procesos naturales, sin artificios. Por supuesto,
estos procesos naturales presentan manifiestas resistencias a las producciones
en gran escala, con el consiguiente abatimiento de los precios, y con
muy apreciables logros en la perdurabilidad de productos rápidamente
perecederos. Pero aún así, hay una creciente expectativa
del consumidor mundial por la mucho mayor apetencia que satisfacen los
frutos extraídos de la tierra, siguiendo tan sólo los
procesos de la Naturaleza. En términos de los economistas, crecen
y se multiplican los nichos de comercialización de los productos
naturales.
Es, bajo esta perspectiva, que
las Observaciones de Pérez Castellano adquieren singularísimo
interés. Y no pensemos sólo en la producción para
vender. No nos dirijamos sólo al granjero. Pensemos en la producción
para consumo familiar: en el ama de casa, para llevar a la mesa del
hogar, comida más rica, sana y económica. Pensemos, pues,
en la calidad de vida de las familias. Pero también no nos resignemos
a la economía doméstica. Así como articulemos una
difusión de métodos naturales de la agricultura, ideemos
formas de cooperación de pequeños y medianos productores
—a veces tan distantes como los de Bella Unión y Vergara,
o Guichón y Lazcano— para que coordinando sus producciones
y acumulando sus productos, alcancen escalas que les permitan alcanzar,
en cantidad, estándares y calidad, volúmenes que puedan
ser exportados en condiciones tales que el fruto de sus afanes alcance
a llegar a destino a tiempo de ser consumido con la avidez que merecen.
Pensemos en una red de difusión para la capacitación de
la producción agrícola natural y acudamos a las escuelas
rurales o de asentamientos urbanos, a los actuales Centros MEC en vías
de multiplicación, a las futuras e inminentes Agencias de Atención
al Ciudadano, a las escuelas agrarias, a los comedores populares del
Instituto Nacional de Alimentación (INDA), a las capillas y a
tantos otros centros de convocatoria vecinal, como también lo
pueden ser las bibliotecas públicas o populares o los centros
comunales de los Municipios. Pero convirtamos a esa red de capacitación,
también en una red de cooperación productiva.
Por eso, hemos encarado esta actividad
del 16 de octubre del 2007 tan sólo como el primer paso de un
proceso más largo y complejo pero más ambicioso y más
concreto. No miramos al pasado, sino al futuro. No elogiamos una obra
admirable, culminada en el siglo XIX; tan sólo convocamos a que
los uruguayos nos juntemos para —respetándola— actualizarla
y reforzarla con miras a que sus incuestionables beneficios alcancen
la mayor magnitud posible en nuestro siglo XXI.
Tomás
de Mattos, octubre 2007