Biocombustibles:
fantasía y realidad
Por Hira Jhamtani y Elenita Dano / Red del Tercer Mundo
La falsa noción de que los biocombustibles son la panacea para
la crisis energética y el calentamiento del planeta tiende a
imponerse. Mientras que los países ricos se niegan a modificar
su producción y sus modelos de consumo insustentables, los países
en desarrollo que se embarcan en el cultivo de biocombustibles en gran
escala inician un camino destructivo y peligroso.
Actualmente hay un
gran bombo publicitario a escala internacional en torno a los biocombustibles.
Estos materiales son considerados una de las soluciones a la crisis
mundial de energía y el problema del cambio climático
causado por las emisiones de gases de efecto invernadero. La Unión
Europea ve a los biocombustibles como una fuente de “energía
sostenible”, mientras que Estados Unidos los considera “una
forma de salir de la adicción y la dependencia” del petróleo
extranjero, y también como solución tecnológica
al cambio climático. A medida que aumenta la demanda, muchos
países en desarrollo ven en los biocombustibles una nueva mercancía
de exportación.
Los biocombustibles implican en
gran medida la producción de etanol derivado de plantas, como
sustituto del combustible diesel derivado de fósiles. Muchas
de las fuentes actuales de biocombustibles se derivan de cultivos alimenticios
como el maíz, la caña de azúcar, la palma aceitera,
la soja y las semillas de colza. Ante la enorme preocupación
por el aumento de los precios de los alimentos debido a la competencia
por la producción de combustible, se estudian las posibilidades
de una nueva generación de combustibles producidos a partir de
desechos agrícolas y forestales, que todavía no son comercialmente
viables.
El biocombustible no es una nueva
fuente de energía. Muchas comunidades de todo el mundo la han
utilizado en el pasado, aunque en pequeña escala y en general
en el ámbito doméstico.
En muchas partes del mundo, los biocombustibles han demostrado potencial
para aumentar el acceso de los pobres a la energía e incluso
ofrecer fuentes de ingreso para los hogares rurales, en especial los
encabezados por mujeres.
Sin embargo, la gran fanfarria armada
en torno a los biocombustibles tiene un objetivo diferente, que no es
precisamente ayudar a los pobres, cuyo limitado acceso a la energía
y a los alimentos está gravemente amenazado. Los biocombustibles
que tanto entusiasman a todo el mundo no se producen a escala doméstica
sino industrial, en la dimensión del mercado internacional y
en un mundo cada vez más globalizado. Lo más preocupante
es que este paradigma del mercado se basa en la falsa creencia de que
los biocombustibles ofrecen una solución tecnológica rápida
a la crisis mundial de la energía.
A medida que los países dependientes
de importaciones de combustibles fósiles se esfuerzan por encontrar
alternativas más económicas y que los países productores
de biocombustibles buscan capturar su posible porción del mercado,
se alimenta la ilusión de que nuestro insustentable sistema de
producción, de consumo y de vida puede mantenerse con biocombustibles
“limpios”, en lugar de los costosos y contaminantes combustibles
fósiles. El énfasis se pone en la atención de la
enorme demanda de las industrias y de los países industrializados.
Esto genera algunas preocupaciones muy importantes en los países
en desarrollo y en el resto del mundo.
Seguridad alimentaria
Los biocombustibles actuales se
producen principalmente a partir de soja, maíz y maní,
y también de mandioca, caña de azúcar, palma aceitera
y semillas de colza. Por lo tanto, se prevé que la competencia
entre el biocombustible y el suministro de alimentos se manifieste tanto
en los recursos agrícolas como en el precio.
Competencia por la tierra y los
recursos agrícolas. El cultivo en gran escala de productos para
usar como biocombustible generará una nueva competencia por recursos
agrícolas y/o aumentará la competencia actual entre la
producción de alimentos y la de biocombustibles, principalmente
por agua y tierra. Deberían asignarse más tierras a la
producción de biocombustibles, en especial de cereales y otros
cultivos alimenticios, a fin de atender la creciente demanda y controlar
así los precios disparados.
El problema es que el planeta dispone
de poca tierra para destinar al cultivo de alimentos, mucho menos para
destinar al cultivo de biocombustibles.
Según estimaciones, más de un tercio de todas las tierras
agrícolas deberían convertirse a la producción
de biocombustible para que la participación de éste en
el consumo de combustibles para transporte aumente a diez por ciento.
El aumento de la producción
de biocombustibles a escala comercial y la expansión de zonas
agrícolas incrementarán sustancialmente la demanda de
agua para fines agrícolas, que ya insumen noventa y tres por
ciento del agua dulce disponible en el planeta. Ya se proyecta que la
cantidad de agua necesaria para la producción de alimentos aumente
de sesenta a noventa por ciento en los próximos cincuenta años,
especialmente si no mejora la productividad de agua. Si a esto agregamos
la demanda de producción de biocombustibles y las consecuencias
del cambio climático sobre el suministro de agua, el planeta
se enfrentará a una nueva crisis.
En la competencia entre alimentos
y combustibles, los pobres, que tienen acceso limitado al control sobre
la tierra y que deben luchar por el agua en muchos casos, llevan todas
las de perder.
Aumento de los precios de los alimentos.
Se prevé que los cultivos alimenticios, en particular los cereales,
se producirán más como combustible que como alimento humano
o animal. Aunque la segmentación de precios en el mercado internacional
de productos básicos pueda no ser un problema, la creciente demanda
de productos que se venden también como alimento humano o animal
naturalmente elevaría su precio. En 2006, los precios del azúcar
se duplicaron -impulsados en parte por el uso de caña azucarera
como combustible en Brasil- y los del maíz y el trigo aumentaron
veinticinco por ciento. Se proyecta que, si se mantiene el actual ritmo
de aumento de la demanda de biocombustibles, para 2020 el precio del
trigo aumentará treinta por ciento, el del maíz cuarenta
y uno por ciento, y el de las semillas oleaginosas 76,6 por ciento.
Para las personas más pobres del mundo, que destinan al menos
la mitad de sus ingresos a la compra de alimentos, el aumento del precio
de los cereales puede significar una amenaza para la subsistencia. Los
precios más caros marginarían todavía más
a los pobres del mundo, cuyo acceso fundamental a los alimentos suele
verse obstaculizado por fluctuaciones de la oferta, la demanda y los
precios. Se desviarían así fuentes de carbohidratos y
proteínas de las personas al mercado de la energía. Asimismo,
los altos costos de los alimentos para animales dejarían a los
productores ganaderos y avícolas fuera del negocio, privando
a millones de familias pobres de su fuente de sustento.
El aumento de ingresos que los agricultores
previsiblemente obtendrán por la subida de los precios de sus
cosechas si plantan para producir biocombustibles será contrarrestado
entonces por los altos precios que deberán pagar para alimentar
a sus familias. Seguridad alimentaria bajo amenaza. En definitiva, lo
que está en juego es la seguridad alimentaria del mundo. La reiterada
afirmación de que el mundo produce el doble de alimentos de lo
que su población necesita puede dejar de ser verdad ante la competencia
de los biocombustibles.
Con los pésimos sistemas
de distribución de alimentos y el acceso desigual a ellos, los
pobres del mundo sufrirán más las consecuencias de la
producción masiva de biocombustibles.
Problemas ambientales
Los biocombustibles han sido promovidos
como una fuente de energía “limpia”. Pero un análisis
de su eficiencia y de su ciclo de vida, desde la producción hasta
el uso y las emisiones, demuestra lo contrario. Lamentablemente, el
impacto ambiental de la producción de biocombustible ha sido
ignorado en medio del entusiasmo por la promesa de una alternativa “limpia”
a los combustibles fósiles.
En realidad, la producción
comercial de biocombustibles requiere más combustibles fósiles.
La relación de energía de los biocombustibles (la cantidad
de energía fósil que insume la producción de biomasa
comparada con la energía que produce) no es nada prometedora.
Según los investigadores David Pimentel y Tad Patzek, esa relación
sería negativa. Para otros investigadores, el retorno sería
de apenas 1,2 a 1,8. El del etanol sería el más alto.
Los expertos no se muestran optimistas en cuanto a los biocombustibles
de celulosa.
Paradójicamente, la producción
de biocombustibles a escala industrial dependerá de los combustibles
fósiles para el funcionamiento de las plantas de procesamiento
y de los camiones y buques cisterna que transportarán los productos
finales a sus respectivos destinos. En la hipótesis más
pesimista, lo que se pueda ahorrar de emisiones de gases de efecto invernadero
gracias a la adopción de biocombustibles podría ser contrarrestado
por el aumento del uso de combustibles fósiles para la producción
de biocombustibles a escala industrial.
Mayor dependencia de insumos agrícolas
basados en combustibles fósiles. En un giro paradójico,
la producción comercial de biocombustible basada en sistemas
de monocultivo industrial e intensivo aumentará el uso de insumos
agrícolas basados en combustibles fósiles, como los fertilizantes
inorgánicos y los pesticidas químicos, con los consiguientes
problemas de contaminación del agua y del suelo. La producción
industrial de maíz, por ejemplo, exige altas cantidades de fertilizantes
de nitrógeno químico y del herbicida atrazina. La soja
requiere también enormes cantidades del herbicida no selectivo
Roundup, que altera la ecología del suelo y produce “superhierbas”.
La producción intensiva y los monocultivos provocan una gran
erosión de la capa superficial del suelo y del agua superficial
y subterránea, debido a la escorrentía de pesticidas y
fertilizantes. Cada litro de etanol insume de tres a cuatro litros de
agua en la producción de biomasa.
Cultivos modificados genéticamente.
El bombo publicitario sobre los biocombustibles presenta una lucrativa
oportunidad para la promoción de cultivos modificados genéticamente
(transgénicos). Actualmente, cincuenta y dos por ciento del maíz,
ochenta y nueve por ciento de la soja y cincuenta por ciento de la canola
que se plantan en Estados Unidos son transgénicos, y gran parte
se usa ya para la producción de biocombustible. La expansión
de los cultivos de semillas oleaginosas y cereales transgénicos
para biocombustible puede contaminar el suministro de alimentos, como
quedó demostrado por numerosos ejemplos de introducción
de cultivos transgénicos no destinados al consumo humano en la
cadena alimentaria, incluso fuera del país en que tuvo lugar
la contaminación.
Asimismo, los árboles manipulados
genéticamente para que crezcan más rápido, destinados
a transformarse en biocombustible, presentan riesgos ambientales que
no han sido adecuadamente evaluados. Por ejemplo, poco se sabe sobre
las posibles consecuencias de la introducción de estos árboles
sobre otras especies forestales, así como sobre la biodiversidad
forestal en general.
Deforestación. Además,
existe el problema de la deforestación en los países en
desarrollo tropicales. Indonesia es el mejor ejemplo. Este país
proyecta ampliar las plantaciones de palma aceitera para satisfacer
la demanda nacional y extranjera de biocombustible. Las plantaciones
de palma aceitera están asociadas con incendios forestales y
de otras tierras que, en los últimos veinte años, han
causado un grave daño a la biodiversidad, además de empeorar
la degradación ecológica y provocar nubes transfronterizas
de humo tóxico que pone en riesgo la salud humana y causan pérdidas
económicas. Aunque el problema de los bosques y los incendios
forestales permanece sin resolver, la creciente demanda de aceite de
palma de Europa para su uso como biocombustible ha generado una nueva
presión sobre los bosques de Indonesia.
De manera similar, los monocultivos
de soja de gran escala han dañado más de treinta y siete
millones de hectáreas de bosques y pasturas en Argentina, Brasil,
Bolivia y Paraguay. Para satisfacer la demanda mundial, solo Brasil
tendría que talar sesenta millones de hectáreas más
de bosques. Esta tala aumentaría el impacto de la deforestación
de bosques tropicales, con consecuencias que abarcarían desde
inundaciones hasta sequías y erosión. Una vez más,
esta tendencia contraría el propósito de los biocombustibles
como alternativa más limpia y ambientalmente sustentable que
los combustibles fósiles.
Más importante aún,
la desforestación sigue amenazando la supervivencia de pueblos
indígenas, residentes de zonas forestales y pobres rurales cuyo
sustento e identidad cultural dependen de los bosques.
¿Quién se
beneficia?
Sin un cambio fundamental del paradigma,
un mero ajuste tecnológico podría agravar la inequidad
entre ricos y pobres. Esto se aplica también a los biocombustibles.
Una transición a los biocombustibles basada en el fundamentalismo
de mercado no logrará aumentar el acceso de los pobres a la energía.
Por el contrario, simplemente repetirá la experiencia mundial
sobre la energía derivada de los combustibles fósiles,
en la que los subsidios, los mecanismos del mercado y el control de
las grandes empresas sobre la tecnología condujeron a un acceso
desigual a la energía, precios distorsionados, operaciones cartelizadas
y problemas ambientales.
Sin un cambio simultáneo
en los modelos de producción y consumo, los países en
desarrollo estarán produciendo combustibles para otra industria
subsidiada del Norte y fomentando estilos de vida insustentables, e
ignorando a la vez las necesidades básicas de energía
de sus propios pueblos. Es obvio que la Unión Europa, Estados
Unidos y quizá otros países industrializados, como Japón,
no pueden producir todo el biocombustible que necesitan. Sus empresas
se están expandiendo hacia países en desarrollo, donde
hay abundante tierra, mano de obra barata, y normas ambientales y sociales
poco estrictas.
Y después de la “moda”
del biocombustible, ¿qué?
Algunas proyecciones demuestran
que el entusiasmo por los biocombustibles puede ser transitorio, según
el precio y la oferta de combustibles fósiles. A medida que más
y más países en desarrollo entren en el mercado de los
biocombustibles, los precios inevitablemente comenzarán a bajar.
El mundo en desarrollo podría terminar con millones de hectáreas
plantadas con cereales y semillas oleaginosas, y esto podría
provocar un desplome de los precios y el consiguiente abandono de las
plantaciones, como ocurrió en el centro de Filipinas en los años
ochenta con la caña de azúcar, cuando se popularizó
el azúcar de maíz y el precio de la caña azucarera
cayó estrepitosamente. Ese daño sería irreparable,
dado que reconvertir esas tierras para cultivos alimenticios sería
demasiado costoso, si no imposible. Los países en desarrollo
corren riesgo de reproducir la desastrosa experiencia de la década
del ochenta, cuando un país tras otro, por consejo del Banco
Mundial, ingresó en el mercado de los productos básicos
con los mismos cultivos, lo que provocó un desplome de los precios.
Para prevenir otra catástrofe
similar, los países en desarrollo debería hacer un análisis
cuidadoso de las trampas que tienen en su camino. En lugar de apostar
todo su esfuerzo y sus limitados recursos a una opción tecnológica,
los gobiernos auténticamente preocupados por la crisis mundial
de energía deberían estudiar todas sus fuentes nacionales
de energía limpia, como el viento, el sol, el agua y el biogás
de los desechos, principalmente mediante una producción comunitaria,
para incrementar el acceso de los pobres a la energía y brindar
oportunidades de sustento a los pobres rurales, en especial a las mujeres.
El autoabastecimiento debe ser el paradigma de cualquier avance tecnológico
en materia de energía.
Hira Jhamtani y Elenita Dano son
investigadoras asociadas de Third World Network (TWN) residentes en
Bali (Indonesia) y Mindanao (Filipinas), respectivamente.
CUADRO
El biocombustible no es una nueva
fuente de energía. Muchas comunidades de todo el mundo la han
utilizado en el pasado, aunque en pequeña escala y en general
en el ámbito doméstico.
Lo más preocupante es que
este paradigma del mercado se basa en la falsa creencia de que los biocombustibles
ofrecen una solución tecnológica rápida a la crisis
mundial de la energía.
Los biocombustibles actuales se
producen principalmente a partir de soja, maíz y maní,
y también de mandioca, caña de azúcar, palma aceitera
y semillas de colza. Por lo tanto, se prevé que la competencia
entre el biocombustible y el suministro de alimentos se manifieste tanto
en los recursos agrícolas como en el precio.
Los biocombustibles han sido promovidos
como una fuente de energía “limpia”. Pero un análisis
de su eficiencia y de su ciclo de vida, desde la producción hasta
el uso y las emisiones, demuestra lo contrario.
Sin un cambio simultáneo
en los modelos de producción y consumo, los países en
desarrollo estarán produciendo combustibles para otra industria
subsidiada del Norte y fomentando estilos de vida insustentables, e
ignorando a la vez las necesidades básicas de energía
de sus propios pueblos.
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