Los
consumidores no se beneficiarán en absoluto con los productos
transgénicos, no serán más baratos ni más
sabrosos, así como tampoco más saludables.
Intervención
del senador Rodolfo Nin Novoa, de la Alianza Progresista, realizada
en el mes de setiembre de 2003, en la Cámara Alta.
Señor
Presidente: antes que nada quiero agradecer al Senado la posibilidad
de haber habilitado esta instancia para reflexionar y, en lo posible,
debatir sobre un tema al que nosotros le asignamos una gran importancia,
puesto que incide directamente en el presente y futuro del país.
Me refiero a la introducción de nuevas técnicas en nuestro
sistema de producción, particularmente, en el sector agropecuario.
Creemos
que esta discusión es necesaria para definir aquellas políticas
de Estado que el país ha encaminado en muchos de los aspectos
que vamos a mencionar. El aporte que los Partidos políticos puedan
y deban hacer, resultará imprescindible para definir y confirmar
estas políticas.
En
este marco de discusión hemos planteado concretamente abordar
el tema de los cultivos transgénicos y su incidencia en el comercio
y en la producción del Uruguay que, como los señores senadores
saben, tuvo una instancia muy importante hace poco más de un
mes, el 19 de agosto, en la Cámara de Representantes, donde nuestro
compañero el diputado por Cerro Largo, ingeniero Gustavo Guarino,
hiciera una convocatoria para interpelar al señor Ministro de
Ganadería, Agricultura y Pesca -sin ánimo de censura,
así se estableció claramente en la moción-, a raíz
de un permiso otorgado por el Poder Ejecutivo que permitía la
introducción del maíz transgénico MON 810.
Brevemente
y sin ánimo de dictar una clase, quiero hablar un poco de lo
que son los transgénicos, del abc y de la biotecnología.
A esos efectos, comienzo por decir que la biotecnología es el
uso de los organismos vivos para obtener productos con aplicación
industrial. Por cierto, la biotecnología no es una práctica
nueva. La elaboración de cerveza, pan y vino son formas ancestrales
de biotecnología. De lo que estamos hablando ahora es de las
nuevas biotecnologías que han surgido en los últimos tiempos.
Las empresas trasnacionales han empezado a ampliar las nuevas tecnologías
para crear productos agrícolas, forestales y ganaderos con características
nuevas, inclusive, para el tratamiento de enfermedades humanas.
De
estas nuevas biotecnologías, la ingeniería genética
es la que mayor preocupación ha generado por los riesgos potenciales
que representa su aplicación. La ingeniería genética
permite introducir genes de microorganismos, plantas y animales, a otros
organismos totalmente distintos. Con esta técnica es posible
transferir material genético de un organismo a otro saltando
las barreras sexuales y asexuales naturales. Por ejemplo, se puede tomar
genes de un pez, el lenguado que vive en el polo norte y resiste temperaturas
muy bajas, para ponerlos en un tomate y, de esa manera, hacerlo resistente
de esa manera a las heladas.
Otros ejemplos son los que vamos a tratar en la tarde de hoy y tienen
que ver con la introducción del gen que produce la toxina, que
destruye el sistema digestivo de los insectos procedentes de la bacteria
Bt –basillus thuringiensis-, en el maíz o en el algodón.
Cabe señalar que hasta se han introducido genes humanos en los
chanchos.
Cuando se añaden genes ajenos a un organismo, éste adquiere
las características del gen introducido. El organismo resultante
se llama transgénico o modificado genéticamente y, en
el ejemplo citado anteriormente, el tomate, es un tomate transgénico.
¿Cómo
se hace esta ingeniería genética? Se corta la cadena del
ADN al azar o en un lugar determinado, se identifica el gen que se desea
introducir en el llamado organismo huésped, se le multiplica
y se le pega en el ADN del otro organismo. Sin embargo, hay un problema
y es que, por ejemplo, los genes del lenguado no van a reconocer a los
genes del tomate y lo van a tratar como un gen extraño. A los
efectos de que esto no suceda, se introduce un promotor, en este caso,
para que las células del tomate reconozcan a las del lenguado.
Esta secuencia debería ser una secuencia del mismo tomate o de
un organismo muy similar, pero la mayoría de las compañías
y científicos no se toman el tiempo y la molestia de buscar un
promotor en el tomate, porque tomaría mucho tiempo entender cómo
los genes del tomate controlan la expresión de sus genes. Para
evitar todos esos estudios, lo que se hace es utilizar un promotor viral,
esto es, un virus. Los virus son muy activos y no hay prácticamente
nada que pueda evitar que se introduzcan en una célula extraña
y que la parasiten.
Los
virus integran su información genética en el ADN de la
célula huésped. Una vez inserto en la nueva célula,
el virus se multiplica e infecta a las células vecinas, que a
su vez se siguen reproduciendo.
¿Cómo
entran los genes en el organismo huésped? Hay dos maneras: una
biológica, como la del virus y otra mecánica, como las
inyecciones, las microbalas, las pistolas, los dardos, las chispas,
los tratamientos de agua con sal, etcétera.
¿Acaso no podría suponerse que la manipulación
genética es igual a los métodos de mejoramiento? Uno tiene
que contestar enfáticamente que no es igual, porque la manipulación
genética recombina precisamente material genético –como
ya lo dijimos- entre especies que tienen muy poca probabilidad de intercambiar
genes de manera natural. Los métodos de mejoramiento mezclan
distintas formas de los mismos genes, mientras que la manipulación
genética introduce genes completamente nuevos, exóticos.
Hace más de dos mil millones de años que las especies
vienen evolucionando y separándose. La verdad es que un tomate
se ha desarrollado muy lejos de un lenguado. Entonces, cuando se mezclan
artificialmente, no es posible saber lo que va a ocurrir en la cadena
evolutiva.
Ahora
bien; ¿quiénes manipulan los genes y para qué?
Los principales impulsores de la manipulación genética
son los grandes laboratorios transnacionales, llamados de las ciencias
de la vida -tales como Monsanto, Dupont y Novartis, entre otros-, que
están empezando a explotar económicamente los nuevos avances
en biología. Sus innovaciones van de la mano de las patentes,
con las cuales se van apropiando de la materia prima. Las inversiones
han sido tan enormes, que la necesidad de retorno es implacable. De
ahí las presiones y la urgencia para introducir los productos
transgénicos. Los genes son utilizados en diversos
campos comerciales, como por ejemplo, la energía, la medicina,
etcétera, pero es la agricultura el rubro en el que el
nuevo comercio genético va a tener mayor impacto. Si
bien hay muchas aplicaciones de ingeniería genética en
la agricultura, el enfoque actual de las investigaciones está
concentrado en el desarrollo de cultivos tolerantes a altas dosis de
herbicidas, en la fabricación de toxinas insecticidas, en la
generación de resistencia a ciertos virus, en el retardo de su
descomposición o en el logro de que sean más uniformes.
Nunca una manipulación genética apunta a aumentar
la producción, sino a mejorarla y a preservarla de algunos de
estos elementos que hemos señalado.
El
centro de interés principal de la investigación en ingeniería
genética no apunta a obtener cultivos libres de plaguicidas,
sino variedades resistentes a los plaguicidas, ya que es más
barato adaptar el vegetal a la química, que a la inversa.
La búsqueda y la investigación para adoptar nuevas variedades
en vegetales, raramente llega a los U$S 2:000.000, mientras que el costo
de la puesta en funcionamiento de un nuevo herbicida supera los U$S
40:000.000.
Son
las empresas productoras de herbicidas las que han creado cultivos transgénicos
tolerantes a su propio producto. La soja transgénica que hoy
ya se está plantando en el Uruguay, la round up ready, es de
Monsanto, el laboratorio que, a su vez, produce el herbicida químico
round up. Los señores senadores que conocen el país y
que viajan por el interior habrán visto algunos carteles de propaganda
en las carreteras que hablan del glifosato y del round up ready. Se
trata de herbicidas que, aplicados sobre la superficie del suelo, matan
todo lo que es vegetal y permiten a la planta introducida en ese campo
con mínimo laboreo un crecimiento más rápido porque
no tiene competencia natural, ya que las otras están muertas.
El problema ha sido que esos herbicidas también afectan, de alguna
manera, a la semilla que se planta. Por ese motivo se investigó
para crear una semilla que fuera resistente al propio herbicida que
esa transnacional ha creado y de ahí resultó la soja transgénica.
La
propaganda que se utiliza dice que los cultivos transgénicos
redundarán en un aumento de productividad para el productor y
en una reducción de la dependencia de plaguicidas. Sin embargo,
las estadísticas dicen otra cosa, puesto que indican que en los
cultivos transgénicos aumentó el uso de plaguicidas. Las
proyecciones al respecto demuestran el aumento de la producción
a corto plazo, pero a mediano plazo va a declinar con el inconveniente
de que el agricultor se encontrará, a esta altura, totalmente
dependiente de las compañías en cuanto a semillas, insumos
y mercados. Los consumidores no se beneficiarán en absoluto
con los productos transgénicos, no serán más baratos
ni más sabrosos, así como tampoco más saludables.
Además, los peligros son desconocidos e irreversibles para el
medio ambiente y la sociedad en su conjunto.
La
innovación más grande es la creación de plantas
cuyas semillas se autodestruirán, es decir, semillas suicidas.
Este gen fue patentado con el nombre de Sistema de Protección
Tecnológica y poco después fue bautizado como tecnología
“terminator”, esto es, tecnología exterminadora.
El objeto de la tecnología “terminator” es complementar
la intención de los híbridos, o sea, obligar a los productores
–en especial a los del tercer mundo- a comprar todos los años
la semilla producida por las grandes empresas y, naturalmente, todo
lo que ello trae aparejado, fundamentalmente, agroquímicos elaborados
por ellas.
Con
la autorización del maíz transgénico, nos parece
que se están echando por tierra los esfuerzos de posicionar al
Uruguay en el mercado internacional como un país natural, bajo
el eslogan de “Uruguay Natural”. Lo vemos
en los avisos del Ministerio de Turismo. A propósito, hace pocos
días leí un aviso en el diario La Nación, de Buenos
Aires, en donde se invitaba a los argentinos a ver el apareamiento de
ballenas que se produce en estas épocas en Punta del Este, con
el logo que, por supuesto, todos compartimos, de “Uruguay
Natural”.
Los
taxis de Montevideo también tienen dicho logo. Sin lugar a dudas,
es una estrategia que apoyamos y que debemos preservar. El Gobierno
uruguayo, al optar por la habilitación del evento MON 810 -maíz
Bt, como se le dice- para su uso en la agricultura, de alguna manera
está poniendo en duda los esfuerzos de posicionar al Uruguay
en el mercado internacional como un país natural bajo el eslogan,
reitero, “Uruguay Natural”. A este respecto quiero hacer
otro comentario con relación a la soja.
Sabido es que en el Uruguay se está plantando soja transgénica.
A propósito, en el día de ayer el señor senador
Atchugarry hacía referencia a las inversiones de capitales argentinos
que están viniendo a plantar esa soja transgénica. A nivel
mundial, se considera que cuando un país tiene un producto transgénico,
no se puede decir que sea un país no natural. Por otro lado,
el Uruguay es el sexto país más natural del mundo, según
el Foro Económico Internacional, aspecto que luego veremos. Sin
embargo, la introducción de una segunda especie ya pone en serios
riesgos esta definición de país natural. Eso es lo que
queremos preservar.
¿Qué
es el MON 810? ¿Cuál es la transgénesis de ello?
El evento MON 810 introduciendo al maíz incorpora la resistencia,
el ataque de lepidópteros–es decir insectos-, de este cultivo.
Esa
resistencia se obtiene de la bacteria bacillus thuringensis, que otorga
propiedades insecticidas. Cuando el gusano entra en la planta,
como en su savia tiene este virus, al morder la hoja, el tallo o lo
que fuera, le destruye el sistema digestivo y se muere. Esta modificación
genética fue desarrollada por esa empresa para el control del
gusano llamado barrenador del tallo europeo, común en algunas
zonas del Hemisferio Norte. También controlaría –utilizo
el verbo en tiempo condicional- otros lepidópteros, como el barrenador
del tallo y la lagarta cogollera, esta sí presente en el Uruguay.
La utilización de semillas con el evento Bt sustituye la aplicación
de insecticidas para el control de estas familias de insectos. Ese es
el principal beneficio privado de la adopción de semillas Bt.
Frente
a esta situación han surgido planteos que se oponen a esta opción
desde diversos ámbitos de la sociedad. Hoy mismo, en un Juzgado
de Montevideo, se va a resolver un recurso de amparo presentado por
productores orgánicos del Uruguay, que se ven seriamente afectados
por la introducción de estas semillas. Además, como
ustedes saben, el maíz es de polinización cruzada y, por
lo tanto, el polen que vuela y que llevan las abejas puede contaminar
las plantas de maíz tradicional lo que, a su vez, puede traer
serias consecuencias con respecto a los contratos y a las patentes a
los productores que, involuntariamente, ven en sus chacras las plantas
infestadas por un maíz que no tienen autorización para
usar porque hay que pagarlo. También hay casos de juicios, sobre
todo en la Argentina, que han hecho grandes compañías
a agricultores que, sin comerla ni beberla, se han visto involucrados
en estos líos judiciales.
El
Uruguay es un país que cuenta con un gran potencial económico
basado, como todos sabemos, en los 16:000.000 de hectáreas de
tierra fértil, uno de los niveles más altos por habitante
en el mundo, aumentado esto por los valores agroecológicos que
aún se conservan en nuestros ecosistemas. Es decir que cuenta
con enormes ventajas para posicionarse como destacado productor de alimentos
de calidad, sanos y abundantes, para nosotros y para muchos otros países.
Tengo
en mi poder algunos indicadores comparados de sustentabilidad en tres
países agrícolas: Argentina, Estados Unidos y Francia,
donde se investigó y se calculó, por ejemplo, la cantidad
de fertilizante en kilos por hectárea y por año. Así
es que Argentina tiene 4,5 kilos por hectárea al año,
Estados Unidos 93 y Francia, 306. En cuanto a insecticidas y fungicidas
–es decir, productos para combatir insectos y hongos-los gramos
por hectárea de producto activo, en el caso de Argentina, son
216, en Estados Unidos son 1.047 y en Francia, 2.976, es decir, casi
tres kilos de producto activo por año. En cuanto a los herbicidas
pasa algo similar: Argentina tiene 162 gramos, Estados Unidos, 916 y
Francia, 2,135 kilos, y el porcentaje de mamíferos nativos en
riesgo de extinción en la Argentina se sitúa en un 10%,
en Estados Unidos en 10,5% y en Francia es el 52%. En Uruguay, en cambio,
podemos hablar de casi 10:000.000 de hectáreas que nunca han
recibido un gramo de fertilizante químico ni de ningún
herbicida y creo –me parece que todos deberíamos creerlo-
que ésta es nuestra principal riqueza y que hay que sostenerla
y mantenerla.
Esta
situación relativa al país natural, a los 16:000.000 de
hectáreas de tierra fértil y a nuestra condición
de nación productora de alimentos sanos y abundantes, ha llevado
a dar un marco adecuado a las posibilidades potenciales del Uruguay
y el Parlamento ha legislado sobre este tema, más concretamente,
elaborando en el año 2000 la Ley Nº 17.283, que refiere
a la protección del medio ambiente. Entre los aspectos más
salientes de esta norma se encuentra, en el artículo 6º,
la distinción de la República en el contexto de las naciones
como país natural, desde la perspectiva económica, cultural
y social, del desarrollo sostenible. Esto se complementa con el inciso
b) de ese mismo artículo, que señala que la prevención
y previsión son criterios prioritarios frente a cualquier otro
en la gestión ambiental y que, cuando hubiera peligro de daño
grave e irreversible, no podrá alegarse la falta de certeza técnica
o científica absoluta como razón para no adoptar medidas
preventivas. Como vemos, esta política de apertura a la utilización
de la tecnología de los transgénicos no es coherente con
los lineamientos establecidos en la ley.
Otro
aspecto relevante de la ley está expresado en el artículo
23, que dice concretamente que la introducción de organismos
vivos modificados resultantes de la biotecnología en las zonas
sometidas a la jurisdicción nacional, cualquiera sea la forma
o el régimen bajo el cual eso se realice, estará sujeta
a la autorización previa de la autoridad competente. En tanto
esa autoridad no fuera designada o en los casos en que la introducción
pudiera ser riesgosa para la diversidad biológica o el ambiente,
será competente el Ministerio de Vivienda, Ordenamiento Territorial
y Medio Ambiente. Quiero que quede claro este concepto que establece
la ley relativa al medio ambiente sobre las competencias de las que
aquí hemos hablado en tantas oportunidades y que, en este caso,
corresponden al Ministerio de Vivienda, Ordenamiento Territorial y Medio
Ambiente.
Es
por esto que, para el caso de este maíz que ha sido tan cuestionado
–entre otros, por la Facultad de Agronomía- por sus potenciales
efectos en la biodiversidad, este artículo señala claramente
que el Ministerio de Vivienda, Ordenamiento Territorial y Medio Ambiente
tendrá la competencia de intervenir, lo que no ha acontecido
con la introducción del evento MON 810, porque esta Cartera no
fue la que autorizó, tal como marca la ley, la habilitación
para el ingreso de este transgénico.
Mientras
esto ocurre, organismos como Uruguay 21, el Ministerio de Turismo y
el Instituto Nacional de Carnes, además de distintas empresas
del sector agropecuario como, por ejemplo, los frigoríficos PUL
y Tacuarembó, vienen intentando desarrollar su producto bajo
el status de Uruguay Natural.
Sumado
a esta propuesta comercial, en el año 2000 –y como ya lo
hemos dicho- el Uruguay ha sido calificado como el sexto país
más natural del mundo en el ranking de sustentabilidad ambiental
del Foro Económico Mundial.
También
en ese año, con la aprobación del decreto Nº 249/000,
se crea la Comisión de Evaluación de Riesgos de Vegetales
Genéticamente Modificados, CERVGM, constituida por integrantes
de los Ministerios de Ganadería, Agricultura y Pesca, de Salud
Pública y de Vivienda, Ordenamiento Territorial y Medio Ambiente,
así como del Instituto Nacional de Semillas y del Instituto Nacional
de Investigación Agropecuaria. Además, este decreto establece
que las instituciones con potestad para tomar la decisión final
al respecto, son los Ministerios de Ganadería, Agricultura y
Pesca y de Economía y Finanzas, reduciendo la participación
de los demás al ámbito consultivo.
Entonces,
aquí surge una gran pregunta. De alguna manera, el decreto es
violatorio de la ley, que dice otra cosa.
Entre
las principales funciones de esa Comisión de Evaluación
de Riesgos, está la de controlar que la introducción al
territorio nacional y el uso y manipulación de vegetales y sus
partes modificadas genéticamente se realicen luego de efectuado
un análisis de riesgo sobre bases científicas, que consideren
su impacto en el ambiente del Uruguay –es decir, de acá-
y, en particular, en la diversidad biológica, tomando en cuenta
también los eventuales efectos sobre la salud humana, animal
y vegetal. Pongo énfasis en que se trata del ambiente de acá
porque casi todas las investigaciones que hay y sobre las que se basaron
para la introducción de este evento, se han desarrollado en otros
países, particularmente, en la Argentina, donde las condiciones
de la agricultura son notablemente diferentes a las nuestras.
También
en este decreto se prevé un mecanismo de audiencia pública,
que fue citada y que tuvo serios inconvenientes para su realización.
Si
el señor Presidente me permite, debo decir que tengo un informe
del doctor Cagnoni –Catedrático de Derecho Constitucional
y de Derecho Administrativo de la Facultad de Derecho- que quisiera
repartir entre los señores senadores para que lo tengan como
material de trabajo. En él, el doctor Cagnoni cuestiona seriamente
la constitucionalidad y la legalidad de esta decisión que se
ha tomado fuera del ámbito del Ministerio de Vivienda, Ordenamiento
Territorial y Medio Ambiente. Como se podrá ver, el doctor
Cagnoni expresa esto clara y contundentemente. Empieza comentando el
artículo 47 de la Constitución, que habla de que la protección
del medio ambiente es de interés general.
Habla del artículo 36, que consagra un derecho individual; de
la ley a que hemos hecho referencia, que reglamenta la disposición
constitucional y consagra el derecho de protección en el goce
de un ambiente sano y equilibrado; del deber de abstención, para
todos, de depredar, destruir o contaminar; del criterio prioritario
de la prevención frente a cualquier otro criterio en la gestión
ambiental, no pudiendo argumentarse la falta de certeza técnica
o científica absolutas para no adoptar medidas de prevención.
Además, se desprende que todas las autoridades del Estado,
sin excepción, tienen el deber de resolver autorizaciones
como la del 20 de junio de 2003 -Resolución sin número
del Diario Oficial del 1º de julio-; el deber jurídico de
preferir medidas que favorezcan el interés general –artículos
10 y 47 de la Constitución- frente a un interés individual
–artículo 36 de la Carta-; de adoptar medidas que
tiendan a mantener y acrecentar las condiciones de “País
Natural” ante actos de las personas o sus hechos tendientes a
modificaciones de la naturaleza; de actuar con el criterio prioritario
de prevención, etcétera.
El
artículo 8º de la ley -según dice el doctor Cagnoni-
atribuye al Poder Ejecutivo, a través del Ministerio de Vivienda,
Ordenamiento Territorial y Medio Ambiente, “la coordinación
exclusiva de la gestión ambiental integrada del Estado”.
Adviértanse dos calificativos contundentes: la coordinación
a cargo del Ministerio de Vivienda, Ordenamiento Territorial y Medio
Ambiente se define como “exclusiva” -es decir, que sólo
a este Ministerio compete, y para otra forma de actuación habrá
que reformar la ley; y la gestión ambiental del Estado es adjetivada
como “integrada”, de manera que tampoco puede fragmentarse
si no es por ley. La coordinación, como actividad jurídica,
es, precisamente, la que se dirige a –tiene como finalidad- armonizar
la actuación de dos o más órganos del Estado, en
materia compartida, para evitar contradicciones en vista de intereses
que deben ser tomados en consideración en el caso.
Entonces,
como la voluntad del Ministerio de Vivienda, Ordenamiento Territorial
y Medio Ambiente no aparece en la resolución, va de suyo –dice
Cagnoni- que ésta no puede tener efectos jurídicos desde
que hay incompetencia orgánica por ausencia de la voluntad de
uno de los órganos que debieron actuar. La resolución,
pese a la invocación formal en el texto del Atento, se dictó
desconociendo a la ley, particularmente en su disposición contundente,
como es la del artículo 8º. En consecuencia, la resolución
es violatoria de la ley y, por lo tanto, podría considerarse
nula. Ese es el motivo por el cual hay un recurso de amparo en un Juzgado
de Montevideo.
De
manera oblicua, pero terminante, al desconocer el precepto legal reglamentario,
desconoce la protección que la Constitución quiere para
el medio ambiente, artículo 47 de la Carta.
Nosotros
hemos repartido este informe porque nos parece muy valioso para que
los señores senadores puedan tener más elementos de juicio
sobre este tema.
¿Qué
dicen los sectores productivos, sus gremiales, sus instituciones, las
organizaciones no gubernamentales, las organizaciones de consumidores
y la sociedad en general? Es a partir del informe presentado por la
CERV me surgieron reacciones de organizaciones e instituciones en la
sociedad en relación a la postura adoptada. La comunidad científica
y la Facultad de Agronomía conformaron una Comisión
que contó entre las figuras más destacadas con
su Decano, ingeniero agrónomo Gonzalo Pereira y los ingenieros
agrónomos Estramil, Carballo y Carmen Améndola, especialistas
destacados en disciplinas relacionadas a la fitotecnia, la entomología
y a las ciencias sociales, respectivamente. El informe que realiza esta
Comisión analiza tres aspectos fundamentales sobre este evento
–sobre la introducción de este maíz- con relación
a sus impactos en el sector agropecuario. Para ello señala que
los mismos deberán, primero, superar las prevenciones y reservas
éticas y sociales de los consumidores, no afectar la salud humana
y animal, ni tampoco el medio ambiente. Segumdo, incrementar en términos
de productividad, calidad y rentabilidad el valor del cultivo. Tercero,
no afectar directa o indirectamente a otras actividades productivas
y comerciales de mayor impacto económico y social que el cultivo
en cuestión.
El
informe de la Facultad de Agronomía señala que el MON
810 fue desarrollado para combatir el gusano barrenador europeo, especie
de plaga que no está presente en el Uruguay. Dice, además,
que el informe de la Comisión Evaluadora de Riesgos de Vegetales
señala la efectividad del MON 810 sobre otro conjunto de especies
plaga. El “barrenador del tallo del maíz” no es la
especie plaga de mayor importancia en el país. Sí lo es
la “lagarta del cogollo”. Sin embargo –dice la Facultad
de Agronomía- no existe información experimental local
en condiciones de cultivo para evaluar la efectividad del MON 810 sobre
ambas especies plaga.
Desde
el punto de vista entomológico –como dijimos hace un rato-,
no es válido asimilar las condiciones del cultivo en la República
Argentina con las locales. La diversidad ecológica regional argentina
produce variaciones en la incidencia de algunas plagas de forma mucho
más drástica que la variación en la incidencia
de plagas que encontramos en regiones del Uruguay.
Esta
Comisión de la Facultad de Agronomía concluye diciendo
que no existe ninguna evidencia científica experimental local
-ni tampoco la proporciona el informe de la CERV- para que el evento
MON 810 sea introducido para ser utilizado en el sector agropecuario.
Los
principales sectores productivos de nuestro país también
han marcado una posición respecto a esto, que, en general, es
contraria. El rechazo ha sido mayor para el caso del evento MON 810
y así lo demuestran las posiciones tomadas por algunas
de sus gremiales como, por ejemplo, la Federación Rural, la Comisión
Nacional de Fomento Rural, la Asociación de Cultivadores de Arroz,
el Movimiento Agropecuario del Uruguay y la Asociación de Productores
Orgánicos del Uruguay. Asimismo, hay posiciones públicas
de connotados dirigentes de la Asociación Rural que después
voy a compartir con ustedes.
El
Presidente de la Asociación de Cultivadores de Arroz ha dicho
que, en el caso de que hubiera un arroz transgénico, sería
como la aftosa para la carne. Por lo tanto, la propia Asociación
de Cultivadores de Arroz ha fijado en muchas oportunidades, a través
de su publicación institucional, su posición.
Quiero
compartir algunos conceptos que ha vertido un destacado dirigente de
la Asociación Rural del Uruguay, el ingeniero agrónomo
Roberto Symons, que dijo que Uruguay ha trabajado la imagen de productor
de alimentos naturales, por lo cual con los transgénicos se puede
poner en riesgo este logro de todos. Al respecto, comentó que
el maíz Bt, en el mediano plazo se puede transformar en una barrera
comercial; el maíz no es un cultivo de mayor importancia en el
Uruguay y, además, existen variedades que ya se utilizaban y
daban muy buenos resultados. Nuestro país planta 42.000 hectáreas
de maíz por año, que es el 5% de la superficie total plantada.
Debemos tener en cuenta que hay 150.000 hectáreas plantadas de
arroz. Somos un país agrícola desde el punto de vista
cerealero, sólo en el arroz, ya que todos los demás cultivos
son marginales. Respecto a la utilización del maíz Bt
Symons dijo que llama poderosamente la atención que, a pocos
días de que Europa aprobó el etiquetado obligatorio de
productos transgénicos, incluso conociendo la resistencia de
varias cadenas de supermercados que no quieren venderlo ni siquiera
de esa forma, Uruguay admita el uso de maíz Bt y reitera que,
desde el punto de vista comercial, mañana puede ser un impedimento
para vender ciertos productos. Hoy el que manda es el que compra, y
la aprobación del uso de maíz genéticamente modificado
se contrapone con la imagen de “País Natural” que
vende Uruguay. Dijo que el uso de transgénicos puede ser también
un impedimento para las exportaciones uruguayas de productos lácteos,
porque entre otros usos que tiene el maíz –además
de alimentar a los pollos y a las gallinas que después comemos-
sirve para la elaboración de raciones para el subsector
lechero.
Quiero compartir, también, las manifestaciones muy interesantes
de otro dirigente de la Asociación Rural, el ingeniero Manuel
Lussich, que dice que el Uruguay debe cuidar su mercado principal, que
es el europeo. Nosotros le vendemos más del 30% de nuestra carne
a Europa, que no acepta los productos transgénicos.
Continúa
diciendo: “Está muy claro que Europa se opone a este tipo
de productos, no así Estados Unidos. Uruguay, hasta ahora,
ha apostado a ser un país natural y no se ha autorizado, por
ejemplo, el uso de hormonas en el ganado vacuno, lo que significa para
los productores de carne la pérdida de un potencial productivo,
pero se consideró que era razonable perder esos quilos de más
por una imagen. Nosotros creemos que esa decisión fue acertada
y hay que seguir en la misma línea de trabajo. Entonces, lo que
hay que analizar, es si esto puede o no ser alterado por la utilización
de ciertos productos transgénicos en el país.” Concluye
señalando que no hay que apurarse a tomar decisiones porque en
este tipo de temas, una vez que se toma una determinación, difícilmente
haya vuelta atrás.
La
Federación Rural también ha rechazado la liberación
del maíz transgénico en su 86º Congreso, donde
resolvió no autorizar el uso y comercialización de cultivos
transgénicos y sus derivados, procurando la definición
del perfil exportador “Uruguay Natural”.
El
Instituto Nacional de Carnes viene desarrollando una estrategia de “marketing”
en concordancia con el concepto de “Uruguay Natural”. Se
quiso dar una respuesta a la inseguridad que, en el mercado europeo
de carnes, ha provocado el tema de la “Vaca loca”. Es por
eso que este Instituto cuenta con un programa de producción de
carne natural que basa su protocolo en que la carne que produce nuestro
país proviene de animales criados a cielo abierto, que se alimentan
de praderas y no de raciones elaboradas con ingredientes como podrían
ser granos transgénicos y que, además, no recibieron hormonas
promotoras de crecimiento, suponiendo de esa manera una ventaja que
debe merecer su diferenciación a la hora de querer acceder a
mercados exigentes. Ni siquiera se trataría de obtener mejores
precios, sino que ya sería una cuestión de acceso, de
poder o no entrar a determinados mercados.
Otra
de las experiencias en la línea de diferenciar nuestros productos
es la que llevan adelante los frigoríficos Tacuarembó
y PUL, apostando a la búsqueda de segmentos de mercado diferenciados.
Estas empresas están aprovechando los valores agroecológicos
de nuestra producción ganadera, de nuestras praderas y aguas,
para certificar sus carnes como orgánicas y venderlas en la Unión
Europea.
Cabe
señalar que, de darse una opción por la tecnología
transgénica, se acabaría con estos emprendimientos, dado
que las normas de la Unión Europea sobre ganadería ecológica
no contemplan la producción de carne basada en praderas y granos
transgénicos, entre otros.
Con
relación a la posición de otro sector que ha crecido mucho
en el Uruguay en los últimos años, como lo es el apícola,
debemos señalar que la Asociación de Exportadores de Miel
del Uruguay, ADEMU, ha expresado su honda preocupación frente
a la medida adoptada por el Gobierno en cuanto a autorizar el uso
del Mon 810. Esta gremial adhirió al comunicado suscrito por
varias organizaciones e instituciones del país con relación
al rechazo de esta medida. Una de las empresas exportadores del sector,
URIMPEX, viene comercializando sus productos en los mercados del Reino
Unido e Irlanda. Debemos señalar que el Reino Unido es un importante
mercado consumidor de miel uruguaya y allí se han detectado casos
de miel contaminada con transgénicos –proveniente de otros
países-, por lo cual ya está en alerta. Como ustedes saben,
la abeja recorre las flores del maíz.
El
uso del cultivo transgénico en nuestro país va a agudizar
las adversidades para los pequeños y medianos productores, va
a profundizar el proceso de concentración y tenencia de la tierra
ya que es una tecnología que requiere de escala –que es
lo que está pasando en la Argentina-, va a generar una dependencia
mayor con las transnacionales y nos hará perder un sitial
donde la calidad nos caracteriza, con lo cual limitaremos nuestra actividad
comercial. Creemos que es realmente inadmisible para un pequeño
país como el Uruguay, pretender ser competitivos apuntando a
la cantidad. A mi juicio, debemos apuntar a la calidad porque
no tenemos otra manera de competir; todos los países vecinos
tienen cantidades exorbitantes como para desplazarnos del mercado. Por
este motivo es que entendemos que la aceptación del evento Mon
810 será, en caso de que la misma no se reconsidere, un grave
error estratégico, no sólo por un tema de afectar la biodiversidad,
sino también desde el punto de vista de la estrategia comercial.
Otro aspecto que no es menos importante y que vamos a abordar en un
minuto tiene que ver con la salud de la gente, de los consumidores que,
al fin y al cabo, debe ser necesariamente el principal punto de atención
de todas estas cosas.
Como
ya mencionamos, en el año 2000 el Uruguay fue calificado como
el sexto país más natural del mundo en el “ranking”
de Sustentabilidad Ambiental y, por otro lado, la Unión Europea
ve con buenos ojos la opción elegida, por lo natural. Inclusive,
así lo han expresado recientemente muchos de sus representantes.
La Embajadora Stella Zervoudaki ha dicho que el Uruguay maneja una política
de identificación y comercialización innovadora, agresiva,
tratando de implantar la marca “Uruguay Natural” y “Carne
Orgánica” en los mercados internacionales. Por lo tanto,
reafirmamos que el Uruguay recién comienza a desarrollar
una imagen de país natural y nada aporta la utilización
de esta tecnología, como la de los transgénicos. Esta
estrategia de país permitirá diferenciar nuestros productos
y posicionarnos como líderes en la producción de alimentos
naturales y orgánicos.
¿Cuáles son los riesgos potenciales de los cultivos y
alimentos transgénicos? En cuanto a su incidencia en el medio
ambiente, podemos mencionar el flujo genético horizontal,
intercambio genético, polución genética, parientes
silvestres o malezas emparentadas con los cultivos y/o bacterias
en el suelo o en el intestino humano –el cruzamiento-, aparición
de nuevas formas de resistencia entre insectos, nematodos o enfermedades
fúngicas, emergencia de plagas secundarias y problemas con malezas,
que son el reservorio de las especies que atacan naturalmente estos
depredadores, en este caso del maíz, como así también
recombinación de virus y bacterias para producir cepas patógenas
y su posible escape a los ecosistemas naturales.
El
escape a los ecosistemas naturales de transgénicos es un tema
muy complejo e interesante para medir, de alguna manera, el efecto que
esto tiene. La empresa AFProtein ha manipulado genéticamente
el salmón del Atlántico, introduciéndole un gen
para la producción de hormonas de crecimiento y un gen promotor
anticongelante. La inserción de la hormona de crecimiento hace
que, en vez de crecer sólo durante los meses de verano, el salmón
transgénico lo haga durante todo el año, desarrollándose
dos o tres veces más rápidamente que el natural. Un informe
de “Green Peace” afirma que Chile, segundo exportador mundial
de salmón, posee granjas salmoneras donde los escapes al medio
ambiente son recurrentes.
El
salmón es una especia exótica en Chile que devora especies
de interés comercial y compite con las especies autóctonas
por su alimento. Los peces transgénicos, enormes y voraces, pueden
causar daños irreversibles a la biodiversidad marina y fluvial
ya que compiten con especies nativas y consumen más cantidad
de alimento disponible en el ecosistema. Los investigadores de la Universidad
de Indiana, en Estados Unidos, estiman que con solo introducir 60 peces
transgénicos en una población natural de 60.000 peces
naturales, aquellos aniquilarán complemente a la población
en 20 años. Estos escapes suceden y, naturalmente, eso es aplicable
al maíz por el sistema de fertilización cruzada que tiene.
Provoca
efectos directos de nuevas toxinas sobre bacterias, insectos y animales
superiores benéficos, a través de efectos directos del
polen genéticamente modificado sobre insectos benéficos,
ruptura de tejidos del cultivo y liberación de toxinas dentro
del suelo, o inmovilización por herbívoros dentro del
tejido somático, conduciendo a efectos secundarios sobre predadores.
También se dan cambios en las prácticas agrícolas
que conducen a una posterior biodiversidad o cambios en el medio
ambiente.
Pero, sobre la salud de la gente ¿qué puede suceder? Reacciones
en el sistema alergénico e inmunológico a nuevas sustancias
contenidas en alimentos producidos por los genes modificados, tanto
en alimentos para personas como para animales; incorporación
de genes marcadores de resistencia a antibióticos a partir de
alimentos genéticamente modificados dentro de las bacterias intestinales,
conduciendo a una diseminación de la resistencia a los
antibióticos.
Otro
punto es el referido a la contaminación de alimentos. Al consumir
los alimentos transgénicos, se ingieren sustancias nuevas, los
transgenes, que no han conformado jamás parte de la dieta de
los consumidores. En la dosis que sea, una sustancia tóxica provoca
una reacción, sea observable o no. Incluso, este principio se
utiliza en la homeopatía: el organismo responde a la presencia
de sustancias, aun en concentraciones medidas en moléculas. Además,
se agregan otros riesgos para la salud, tales como la resistencia a
los antibióticos, el aumento de las alergias y la toxicidad.
Debido a que se están manipulando genéticamente productos
alimenticios, como el maíz, para que produzcan fármacos,
productos industriales e insecticidas y que éstos puedan contaminar
genéticamente los cultivos destinados al alimento, o mezclarse
con ellos, no se sabrá lo que se está consumiendo y se
introducen nuevos riesgos para la salud. La transferencia de ADN de
los organismos genéticamente modificados a los microorganismos
del tracto digestivo, puede crear nuevos patógenos y enfermedades.
La inocuidad de los alimentos obtenidos de cultivos transgénicos
no está demostrada y existen evidencias de graves riesgos. Durante
años la industria agroquímica promovió el uso “seguro”
de agroquímicos extremadamente tóxicos y luego justificó
el consumo de estos venenos en los alimentos en niveles “tolerables”.
Se inventaron normas seudocientíficas de lo tolerable, basadas
en la supervivencia de la mitad de los animales que consumían
la dosis, con lo cual se puede hablar de la muerte de la otra mitad
de esos animales que también consumían la dosis.
Por
otro lado, al hablar de “niveles de tolerancia”, en lugar
de “dosis letales tóxicas”, se utiliza un lenguaje
que oculta al consumidor lo que realmente se está midiendo: la
concentración de un veneno peligroso en el alimento. De esa forma
suena benigno y no provoca una reacción de rechazo y de alarma.
De
manera análoga, las transnacionales que pretenden imponer los
transgénicos y rechazan el principio de precaución –aspecto
que luego vamos a analizar-, promueven en cambio el concepto de “equivalencia
sustancial” como criterio para garantizar la aprobación
de sus productos transgénicos aun cuando, o precisamente porque,
la “equivalencia sustancial” no exige datos científicos
sobre los impactos propios de la manipulación genética.
Con ello engañan al consumidor y le niegan el derecho a
elegir.
El derecho del ciudadano a elegir y los derechos humanos a la salud
y a la alimentación fueron definidos por el Comité sobre
Derechos Económicos, Sociales y Culturales de las Naciones Unidas,
a través de la Observación General Nº 12. En la misma
se establece que: “El derecho a la alimentación adecuada
comprende la disponibilidad de alimentos en cantidad y calidad suficientes
para satisfacer las necesidades alimentarias de los individuos, sin
sustancias nocivas, y aceptables para una cultura determinada, así
como la accesibilidad de esos alimentos en formas que sean sostenibles
y que no dificulten el goce de otros derechos humanos”.
El
Relator de la Subcomisión de Promoción y Protección
de los Derechos Humanos de la Comisión de Derechos Humanos de
la ONU, ha dicho que: “Es obligación del Estado ofrecer
una activa protección contra otros elementos más vigorosos
o combatidos, o contra intereses económicos más poderosos.
Se trata, por ejemplo, de la protección contra el fraude, contra
un comportamiento contrario a la ética en las relaciones comerciales.
Esta función protectora del Estado es el aspecto más importante
de las obligaciones de los Estados”.
Entonces,
me pregunto si cuando se plante el maíz transgénico y
pase a integrar la cadena alimentaria a través de las raciones
de los pollos que comemos, vamos a decir a los consumidores que esos
pollos fueron alimentados con maíz transgénico. A propósito
de esto, existe un proyecto de ley presentado por el señor senador
Cid, sobre etiquetado de alimentos, que es necesario abordar y aprobar,
haciéndole las modificaciones que se crean pertinentes. El Uruguay
debe tener una política de etiquetado de alimentos transgénicos,
cosa que, además, es coherente con el concepto de “Uruguay
Natural”. Creo que ha llegado la hora de las opciones y Uruguay
tiene que optar entre si desea ser un “Uruguay Natural”
o un Uruguay transgénico. Creo que todavía estamos a tiempo.
En cuanto al principio de precaución, debe ser el baluarte fundamental
que preserve el derecho a la salud y al medioambiente de todos los ciudadanos,
sobre todo cuando los estudios actuales sobre organismos genéticamente
modificados no son capaces de garantizar las consecuencias que puedan
derivarse del uso de este tipo de organismos. La intervención
comunitaria debe basarse en el principio de acción preventiva,
es decir, el principio de cautela.
Se
debería prever la realización de una directiva sobre responsabilidad
patrimonial que contemple los daños ocasionados por los organismos
genéticamente modificados. Es indudable que existen problemas
severos que hay que afrontar para producir los alimentos que una población
demandante y en constante crecimiento requiere. Pero los esfuerzos científicos
y técnicos, de resultados inciertos para la evolución
futura de la vida sobre la tierra, han sido incompletos porque no se
han evaluado ni previsto los impactos ambientales que los cambios producirán,
sino sólo los beneficios económicos para las grandes empresas
multinacionales que los promueven. Tal es el caso de generación
de organismos genéticamente modificados. Se trata de experimentos
que no están acompañados de estudios suficientes.
Naturalmente
que los comentarios siempre valiosos del señor senador de Boismenu
desatan una serie de reacciones y comentarios que, en todo caso, analizaremos
después junto con otro principio que es el de los mercados, a
los que tantas veces estamos tan apegados. En definitiva, los que mandan
son los que compran, y vamos a ver qué es lo que están
haciendo esos países que nos compran a nosotros.
Creo
que una ciencia sin ética es una degradación de los valores
humanos. Tenemos que plantearnos las opciones sociopolíticas,
económicas y éticas más amplias. Un riesgo no es
aceptable si existen alternativas y, en el caso del maíz MON
810, las hay. Cuando existen fenómenos de irreversibilidad de
por medio, el riesgo sencillamente no es aceptable. Me parece que no
podemos darnos el lujo de seguir aprendiendo de catástrofes y
que deberíamos pasar de la sociedad del riesgo a la sociedad
de la precaución, y de la ética de la ganancia a la ética
de la vida. Además, aquí están los derechos de
los consumidores, que no pueden dejar de tenerse en cuenta.
Es
reconocido por todos que la inocuidad de los alimentos es un tema social,
económico y político, y no sólo científico
y comercial. Debemos exigir el cumplimiento de la Ley de Defensa del
Consumidor, contemplando el derecho a una información clara,
veraz y suficiente que permita al consumidor ejercer su derecho a elegir
qué tipo de alimento está dispuesto a consumir. Ello sólo
se podrá hacer si los organismos genéticamente modificados
están debidamente etiquetados, lo que en nuestro país
no sucede. En este sentido, insisto en que el proyecto de nuestro compañero,
el señor senador Cid, reciba el más rápido análisis,
tratamiento y dilucidación posibles.
La
Ley Nº 17.250, que establece los derechos básicos del consumidor,
habla de la protección de la vida, la salud y la seguridad contra
los riesgos causados por las prácticas en el suministro de productos
y servicios considerados peligrosos o nocivos, la educación y
divulgación sobre el consumo adecuado de los productos y servicios,
la libertad de elegir y el tratamiento igualitario cuando contrate,
la información clara, veraz y suficiente en idioma español,
sin perjuicio de que puedan emplearse otros idiomas.
Por
otro lado, en el Capítulo III se hace referencia a la protección
de la salud y la seguridad. En el artículo 7º se dice que
todos los productos y servicios cuya utilización pueda suponer
un riesgo de aquellos considerados normales o previsibles por su naturaleza,
utilización o finalidad para la salud o seguridad de los consumidores
o usuarios, deberán comercializarse observando normas.
El
artículo 8º, por su parte, establece que los proveedores
de productos y servicios peligrosos o nocivos para la salud o seguridad
deberán informar en forma clara y visible sobre su peligrosidad
o nocividad, sin perjuicio de otras medidas que puedan tomarse en cada
caso concreto.
Si
los consumidores pueden elegir con la información disponible,
siempre se van a inclinar por los alimentos sanos y naturales. Eso es
lo que hacen los consumidores hoy en Europa, ya que cuando ven el mismo
producto con una etiqueta que dice “Producto orgánicamente
modificado” o “Producto genéticamente modificado”,
lo dejan de lado y optan por el natural.
A
continuación, señor Presidente, paso a examinar algunas
de las contradicciones que esta autorización ha tenido, porque
últimamente apareció un informe de la Oficina de Programación
y Política Agropecuaria –OPYPA-, del 5 de marzo de 2003,
que realiza un análisis del posible impacto económico
y comercial de la autorización del maíz Bt (MON 810) en
Uruguay.
Quiero
remarcar la altísima calidad técnica que tienen los integrantes
de esta Oficina de OPYPA. Destacadísimos técnicos de todas
las áreas son los que programan la política agropecuaria.
Se solicitó a esta Oficina un informe por el impacto económico
y yo, para coadyuvar con el análisis de esta intervención
lo más seriamente posible, quiero distribuir entre los señores
senadores las conclusiones a las que arribó. En este sentido,
simplemente voy a comentar algunas de las cosas que dice en materia
de adaptación a las características del país y
a los efectos económicos de su uso.
Una
de las conclusiones a las que OPYPA arriba es que en el país
se ha generado muy poca investigación nacional sobre plagas y
enfermedades que afectan al cultivo del maíz en condiciones comerciales
de producción. Por lo tanto, no se dispone de información
científica actualizada sobre el grado de incidencia y frecuencia
de insectos plagas y sus efectos en la producción.
Esta
Oficina analizó también la información obtenida
en los ensayos de evaluación de cultivares exigidos por el INASE
–Instituto Nacional de Semillas- en relación al comportamiento
de los materiales Bt y no Bt durante el ciclo agrícola 2001 –
2002, año de alta incidencia de insectos. En esa zafra, los materiales
Bt evaluados mostraron un mayor rendimiento que los no Bt, pero si se
incluye la zafra anterior, 2000 – 2001, el promedio de los dos
ciclos agrícolas arroja un incremento del 12% en los cultivares
de ciclo corto y de 0% en los de ciclo medio. Doy esta información
porque también es parte de una voluntad de brindar los datos
con la mayor objetividad posible.
Ahora
bien, de acuerdo con los técnicos de cooperativas, asesores privados
y empresas vendedoras de insumos agropecuarios, en los últimos
veinte años no hubo problemas de insectos plaga como ocurrió
en la última zafra agrícola 2001 – 2002. Las especiales
condiciones de humedad y temperatura ocurridas durante el ciclo de cultivo
y la ausencia de heladas fuertes en los dos inviernos previos favorecieron
el desarrollo, tanto del barrenador como de la lagarta. Esta última
plaga es la más común en el Uruguay, especialmente en
siembras tardías. En cultivos de maíz de primera, sembrados
en setiembre u octubre y en condiciones climáticas normales,
el grado de incidencia de estos insectos, fundamentalmente lagarta,
es muy bajo, por lo que prácticamente no se realizan tratamientos
químicos. El maíz Bt está pensado para impedir
tratamientos químicos, y sembrando el maíz en condiciones
adecuadas la incidencia de estas plagas prácticamente no se registra.
En
cuanto al análisis de costos y beneficios en la fase agrícola,
se puede decir lo siguiente. En base a la información recabada
y teniendo en cuenta la dificultad para estimar costos y la frecuencia
de los tratamientos químicos debido a la gran gama de situaciones
que generan las diferencias en fechas de siembra, se estimaron los costos
diferenciales de cultivo con Bt y sin Bt. La conclusión es que
para el maíz convencional el costo de las semillas es de U$S
70 por hectárea, mientras que para el maíz Bt o transgénico
es de U$S 90 por hectárea. De modo que siempre es más
caro. El tratamiento químico que hay que hacer al maíz
convencional, porque se supone que el Bt no es atacado por las plagas,
cuesta U$S 4 por hectárea. Las pérdidas de un 2%, que
son las que motivan el tratamiento químico, cuestan U$S 6 por
hectárea para el maíz convencional, pero las pérdidas
por área refugio que hay que hacer en el maíz Bt –disposición
que el Ministerio de Vivienda, Ordenamiento Territorial y Medio Ambiente
ahora ha reglamentado, porque hay que plantar el maíz transgénico
y también un área refugio de maíz tradicional para
que exista esa misma previsión de depredadores naturales de estas
plagas- cuestan U$S 3 por hectárea. Si sumamos los costos por
hectárea de estos insumos –suponiendo además que
los laboreos valen lo mismo, ya que efectivamente vale lo mismo arar,
rastrear y demás para una variedad transgénica que para
una tradicional-, el maíz convencional oscila entre los U$S 80
y U$S84, en tanto que el maíz transgénico alcanza los
U$S 93. Así, la diferencia de costos es de U$S 13 por hectárea
a favor de la tecnología no Bt de un cultivo que es absolutamente
marginal en el Uruguay, ya que sólo se plantan 40.000 hectáreas.
Con esto arriesgamos toda nuestra condición de país natural
para que, además, los productores gasten más dinero en
la siembra, puesto que ello tampoco incide en los rendimientos.
Desde
el punto de vista de los aspectos comerciales y algunas condiciones
que se usan en Europa, a que hacía referencia el señor
senador de Boismenu, esta Oficina relevó la situación
actual de las regulaciones sobre el comercio de productos genéticamente
modificados en el mercado mundial y agrupó países, acuerdos
y organismos de las siguientes categorías.
Etiquetado
obligatorio aprobado y en vigencia: Unión Europea, Japón,
Corea del Sur y China. Observen ustedes qué mercados.
Etiquetado obligatorio aprobado sin que la normativa haya comenzado
a regir aún: Australia, Nueva Zelandia y Brasil. Estos, como
sabemos, son competidores nuestros en provisión de materias primas.
Etiquetado obligatorio en estudio: Canadá.
Etiquetado obligatorio de productos que no sean equivalentes a su contraparte
convencional: Estados Unidos.
Identificación
obligatoria de granos modificados genéticamente: Protocolo de
bioseguridad.
Propuesta
de armonización internacional de etiquetado: ISO y Códex
alimentario.
Cuando uno entra a un buscador de Internet y escribe la palabra “transgénicos”,
la pantalla le pregunta en qué idioma lo quiere. Entonces, uno
selecciona la opción “español” y descubre
45.000 artículos sobre transgénicos. La verdad es que
uno se pone a juguetear con todo lo que allí aparece, porque
se trata de un tema interesante, apasionante y descubre algunas cosas
que son realmente compartibles, a las que me referiré a continuación.
En
países desarrollados existe un creciente rechazo a los transgénicos.
¿Dónde y por qué? En Inglaterra, por ejemplo, el
77% de la población querría que los organismos genéticamente
modificados fueran prohibidos directamente; un 61% no desea consumirlos
y por lo menos un 90% querría tener la posibilidad de elegir.
En Francia, pruebas de laboratorio demostraron que maíz sembrado
en campos vecinos sufrió contaminación por fuga de polen
de una variedad de maíz transgénico desarrollado por la
empresa Novartis; un 5% de ese maíz se encontraba en la guardaraya
y un 0.2% estaba a cinco metros. En Suecia, una encuesta a consumidores
muestra que el 90% de la población quiere que los productos que
contengan transgénicos sean etiquetados para poder decidir si
los consume o no. En Austria y en Luxemburgo se ha prohibido sembrar
maíz genéticamente modificado. En Noruega, se prohiben
todos los productos que contengan genes marcados de resistencia a antibióticos.
En
Inglaterra –país que ya he mencionado- las filiales de
Nestlé y Unilever anunciaron que no utilizarán cultivos
transgénicos en la elaboración de sus productos. Además,
las principales cadenas de supermercados los eliminaron en productos
de sus propias marcas. Un informe oficial del Gobierno británico,
del Ministerio de Ambiente y Transporte, alerta sobre los riesgos ambientales
de las semillas transgénicas. En Japón, 2.200 Ayuntamientos,
en un total de 3.300, solicitaron al Gobierno nacional el etiquetado
obligatorio de los alimentos transgénicos, cosa que sucedió.
Una vez más cito a Inglaterra para señalar que la cooperativa
Well Sail Society decidió no participar en pruebas de campo con
cultivos transgénicos. En Estados Unidos, dos fabricantes de
alimentos infantiles, Heinz y Gerber, han anunciado ya la eliminación
de todos los tipos de maíz modificado de sus productos. La ciudad
de Berkeley ha pedido que los comedores escolares ofrezcan sólo
menúes biológicos, libres de transgénicos.
Por
otro lado, tengo aquí documentados algunos casos que han sucedido,
que fueron bastante escandalosos, relacionados con un maíz genéticamente
manipulado para producir Bt en los Estados Unidos. Se trata del maíz
“starling”, que no puede ser utilizado para uso humano y
sólo puede ser destinado a la alimentación de animales.
Sin embargo, en setiembre de 2000, se comprobó su presencia en
la marca “Tacos Bell”, de tortillas de maíz, producidos
en México por la Craft Food, una unidad de la Phillip Morris.
Posteriormente, fue encontrado también en tacos de la marca “Subway”,
y una gran cadena de supermercados respondió retirando la marca
de 1.600 locales en todo Estados Unidos. Aventis, la empresa que produce
la semilla del maíz “starling”, fue obligada a comprar
toda la producción que estaba sin cosechar, a un costo de U$S
100:000.000 y anunció el retiro de esa semilla para el año
2001. Actualmente, los mayores molinos de maíz de Estados Unidos
están paralizados hasta que puedan asegurar producciones libres
de maíz.
Cabe
acotar que Estados Unidos ha perdido el mercado del maíz en Europa
de una manera escandalosa, pasando de una exportación de 6.000:000.000
de toneladas por año a menos de 200.000.
Este
informe de OPYPA, que me parece excelente y que además habla
del impacto en las principales cadenas asociadas sobre carne vacuna
y ovina –señalando también cuáles serán
las condiciones y dificultades que tendremos con la introducción
de transgénicos- termina haciendo algunas recomendaciones que
ya hemos hecho llegar a los señores senadores, entre las cuales
se encuentran la de postergar la decisión de autorizar esta solicitud
al menos hasta el año próximo, una vez finalizada la comercialización
de la cosecha de maíz o hasta que se cuente con mayor información
nacional que minimice la incertidumbre que aún persiste, tanto
a nivel de la fase primaria como de las condiciones de acceso a mercados,
y continuar monitoreando la evolución de los mercados y las reglamentaciones
tomadas en los distintos países respecto a los organismos genéticamente
modificados. No sigo leyendo el documento porque, reitero, los señores
senadores disponen ya de esas conclusiones.
Con
respecto a este tema, fue consultada, entre otros, la ingeniera agrónoma
Adela Ribeiro, Profesora Adjunta de la Facultad de Agronomía,
más específicamente del Departamento de Producción
Vegetal y Entomología, en la Estación Experimental “Mario
Cassinoni” de Paysandú. Ella realiza un análisis
del que me gustaría compartir algunos aspectos que me parecen
importantes -aunque abuse un poco de la paciencia de todos- y que muestran
el grado de conocimiento que existe sobre esta materia.
El cultivo del maíz es afectado por 18 especies de insectos,
de las cuales 6 son lepidópteros. Sin embargo, los insectos plaga
del país no son un factor de producción limitante en nuestras
condiciones. Puede considerarse que este cultivo no tiene plagas primarias,
definidas como aquella especie para la cual hay que tomar medidas de
control en todas las zafras. Esto es así porque los insectos
que lo afectan cuentan con un complejo de enemigos naturales que, dada
la particularidad de los sistemas de producción en los cuales
se siembra el cultivo, en la mayoría de las zafras es eficiente.
Paso
a las conclusiones a las que uno ha llegado
Me
parece que lo que ha quedado demostrado hoy –por lo menos, presentado
y sí demostrado, tal vez, en la interpelación que realizara
el señor diputado Guarino- es la inexistencia de estudios científicos
sobre el impacto económico, productivo, comercial y ambiental
realizados en Uruguay. Es cierto que hay algunos estudios, pero son
absolutamente insuficientes; tal es el caso del que cité, perteneciente
a la ingeniera Ribeiro.
Surge
también como resultado de la votación en la interpelación
llevada a cabo en la Cámara de Representantes el 19 de agosto
pasado que exactamente la mitad de los diputados –en verdad hubo
un empate 48 a 48- pidió que se reviera la decisión. De
cualquier manera, hubo muchos puntos de contacto entre ambas resoluciones.
Desde el punto de vista de la legislación, cabe acotar que la
Ley Nº 17.283, de Medio Ambiente, es posterior al Decreto 249/00
y la jerarquía de esa norma es superior a la del Decreto. Se
trata de dos hechos que no requieren prueba. Con posterioridad a la
ley que fija las bases y contenidos esenciales de la política
ambiental de la República no se ha designado una autoridad competente
para emitir este tipo de autorizaciones y tampoco se ha dictado una
reglamentación que atribuya competencias a los Ministerios de
Ganadería, Agricultura y Pesca o de Economía y Finanzas.
Entonces, la competencia –el propio texto de la ley así
lo dispone y la lógica más elemental lo confirma- corresponde
al Ministerio de Vivienda, Ordenamiento Territorial y Medio Ambiente.
Prácticamente todas las organizaciones gremiales de productores
significativas -organizaciones de consumidores, ONG y Facultad de Agronomía-
se han pronunciado en contra de la autorización y han pedido
la suspensión de su puesta en práctica.
Por
último, una dependencia del propio Ministerio de Ganadería,
Agricultura y Pesca, con fecha 5 de marzo de 2003, aporta información
relevante en relación con las cuestiones productivas, económicas
y comerciales relativas a la introducción del maíz Bt,
evento transformador MON 810. Allí se deja absolutamente claro
que no hay información local confiable en materia de plagas,
y ese es el argumento central en el que se funda la autorización,
y se termina aconsejando la suspensión de esta por un plazo prudencial,
hasta que sea posible determinar con mayor certeza algunas consecuencias
del hecho y realizar estudios más profundos.
Me
parece haber probado, de alguna manera, lo inoportuno de esta resolución,
ya que se infringió la Ley, el Reglamento y, quizás, la
Constitución, y que no se cumplió con los preceptos, orientaciones
y principios claramente establecidos en la legislación.
Con esto no nos oponemos al progreso, a la ciencia ni a la tecnología;
todo lo contrario.
Cuando
empecé a trabajar en el campo, inseminando ovejas, mis vecinos
decían que las mismas se iban a morir de hambre, porque las juntaba
todos los días para detectar cuáles estaban en celo, ya
que esa era la única manera de saber el momento de hacerlo.
Lo
único que aspiramos y solicitamos es la suspensión de
la aplicación de la resolución hasta que se hayan realizado
las pruebas, ensayos e investigaciones locales que acrediten fehacientemente
y hasta donde la ciencia lo permita, que la introducción de estas
semillas de maíz no tendrá impactos negativos en el Uruguay.
Fuente:
http://www.laondadigital.com/laonda/LaOnda/101-200/155/A5.htm
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