Revista del Tercer
Mundo - Nº 160 - abril-junio 2005
La
bioseguridad en juego
por Chee Yoke Ling
Existen razones científicas
y de seguridad para estar más alertas ante la ingeniería
genética, pero la industria de la biotecnología intenta
por todos los medios imponer la comercialización de sus organismos
y productos genéticamente modificados.
La ingeniería
genética es el mayor experimento humano y económico de
la historia. Esta nueva tecnología, objeto de un enorme debate
público, permite a los científicos manipular los genes
de plantas, animales y microorganismos de una manera que no ocurriría
naturalmente. ¿Qué implica esto para la salud y la seguridad
humanas y las de los animales? ¿Cómo afecta a la biodiversidad,
la integridad ambiental, y la seguridad y soberanía alimentarias?
¿Cuáles son los límites éticos y morales
en la búsqueda del conocimiento y cómo impedimos que esa
búsqueda sea superada por la codicia? Éstas son algunas
preguntas fundamentales para la sociedad en general y para aquellos
que gobiernan y, por tanto, tienen una gran responsabilidad sobre opciones
tecnológicas que afectan la vida misma.
Todo empezó
con el tomate Flavr Savr
Algunas de estas preguntas
se plantearon ya cuando se solicitó en Estados Unidos la aprobación
comercial del primer alimento transgénico: el tomate Flavr Savr
o “larga vida”, modificado genéticamente para demorar
su maduración y extender su período de conservación
poscosecha. La empresa de biotecnología que lo produjo fue Calgene.
El proceso de aprobación estuvo rodeado de controversia, y los
científicos advertían de potenciales riesgos para la salud
que no se habían estudiado de manera apropiada. Tampoco había
acuerdo entre los científicos de la Administración de
Alimentos y Fármacos (FDA) de Estados Unidos, un hecho que salió
a luz posteriormente.
Pese a las limitaciones de la evaluación de riesgos, al aprobar
la comercialización del tomate la FDA también decidió
que posteriores productos transgénicos no requerirían
evaluaciones similares. Peor aún, un proceso de consulta voluntaria
reemplazó la aprobación formal de la FDA. El argumento
fue que, dado que el tomate transgénico era tan seguro como el
producido de manera convencional, se podía aplicar esa conclusión
a todos los productos manipulados genéticamente, si se cumplían
ciertos criterios. La campaña de la industria para la desregulación
tuvo éxito.
En un relato de primera mano muy aclaratorio, Belinda Martineau, integrante
del equipo científico que produjo el tomate larga vida, documentó
lo que ella llamó la “transición de una empresa
impulsada por la ciencia a una empresa impulsada por el comercio”.
La científica afirmó que el caso del tomate no servía
de respaldo para la conclusión general adoptada por la FDA: “El
tomate de Calgene no debe tomarse como norma de seguridad para esta
nueva industria. Ningún producto modificado genéticamente
debe serlo. Se debe realizar una evaluación de seguridad caso
por caso”.
Martineau señaló que las características producidas
mediante ingeniería genética se logran por métodos
muy diferentes en los cerca de cuarenta cultivos transgénicos
que han ingresado en la cadena comercial desde el tomate Flavr Savr.
Para producir el tomate larga vida los científicos anulan un
gen endógeno mediante lo que se denomina la técnica “antisentido”.
Pero en otros productos alimenticios, “se han agregado genes de
bacterias, virus, otros vegetales, e incluso de peces (...) lo que resulta
en la producción de proteínas extrañas a la planta
receptora”.
Lo que pocos saben es que menos de dos años después de
ingresar al mercado bajo el foco de la prensa, el tomate Flavr Savr
desapareció para siempre de los estantes de los supermercados.
Fue un fracaso comercial que provocó a Calgene pérdidas
anuales por decenas de millones de dólares. Posteriormente la
empresa fue adquirida por Monsanto.
Sin embargo, el mayor impacto de ese producto persiste hasta hoy: Estados
Unidos no cuenta con una ley ni un sistema de seguridad integral ni
apropiado, es el mayor productor y comerciante mundial de semillas y
productos cuya seguridad no ha sido probada, y usa cada vez más
su influencia política para impulsar la ingeniería genética
en países en desarrollo.
Encaminando
a la ciencia
Así, con un
comienzo tan oprobioso, el resto del mundo debe reencauzar a la ciencia
en lo relativo a investigaciones pioneras y nuevas tecnologías.
En un mundo donde el conocimiento humano es cada vez mayor pero a la
vez más esquivo, debido a la complejidad de la naturaleza, de
la interacción entre ésta y la humanidad, y de la dinámica
de esa relación a través del tiempo, una era prometedora
nos espera si colocamos a la ciencia en el camino correcto. Por otro
lado, si la encaminamos mal, el daño puede ser de gran escala,
e incluso irreversible.
En medio de crecientes preocupaciones sobre bioseguridad, se olvida
con frecuencia que las primeras advertencias sobre la ingeniería
genética procedieron de científicos. Veinte años
antes de que Calgene introdujera su tomate en el mercado, una conferencia
de científicos -en la que tuvo actuación destacada Paul
Berg, premio Nobel de Química en 1980- pidió una moratoria
de la comercialización de los organismos modificados genéticamente.
La Conferencia de Asilomar (1975) también reunió a medios
de prensa y creadores de políticas gubernamentales, y produjo
varias restricciones a la investigación en esta área.
Mientras las grandes empresas impulsan sus negocios, el determinismo
genético (“somos nuestros genes; nuestros genes son nosotros”)
se transforma en genética moderna y en el paradigma del “genoma
fluido” (“somos mucho más que nuestros genes, y lo
que sabemos sobre ellos es muy poco”). El nuevo conocimiento expone
las presunciones que hemos utilizado y utilizamos aún para racionalizar
y promover la ingeniería genética, la biotecnología
de genes y muchas formas emergentes de nanotecnología.
La nueva genética reconoce que los genes tienen una ecología
muy compleja de la que reciben diferentes niveles de información
biológica a través del tiempo y el espacio. La nueva física
no separa el tiempo y el espacio. Aunque la nueva genética todavía
no ha avanzado en esa dirección, la disciplina de la “ecología
de los genes” comienza a ganar terreno.
Asimismo, la nueva genética es holística: supone que los
cambios en las condiciones ecológicas pueden afectar a un organismo,
incluidos sus genes y su genoma. A la inversa, un gen extraño
introducido en un organismo mediante la ingeniería genética
puede ejercer una influencia que se propague hacia todo el ecosistema.
Al mismo tiempo, un ecosistema equilibrado y saludable es esencial para
la salud de los genes y los genomas.
También existen preocupaciones de seguridad sobre el proceso
mismo de la ingeniería genética, que aumenta notablemente
el alcance y la probabilidad de la transferencia de genes y recombinación
horizontal. Ésta es la principal forma de creación de
nuevos virus y bacterias. Así, la desestabilización de
genes y genomas mediante la ingeniería genética puede
ser peligrosa.
La transferencia horizontal de genes es una transmisión no sexual
de información genética entre especies o dentro de ellas.
Este fenómeno ocurre en la naturaleza, pero es escaso nuestro
conocimiento sobre los procesos ecológicos que promueven esa
transmisión o mantienen las barreras. Por este motivo, hay científicos
muy preocupados por la posibilidad de que la ingeniería genética
aumente la incidencia de transferencia horizontal de genes y la facilite
de un modo que no ocurriría naturalmente. En los últimos
quince años, los genetistas han descubierto que el material genético
(ADN o ARN) no sólo persiste mucho después de la muerte
del organismo, sino que es capaz de incorporarse a organismos no relacionados.
Esta posible transferencia horizontal de genes abre un potencial de
recombinación que puede crear nuevos virus y quizá nuevas
enfermedades.
Por lo tanto, aunque se nos dice que la ingeniería genética
es “precisa” y que se crean características específicas
como la resistencia a herbicidas, en realidad ocurren muchas más
cosas en los organismos manipulados y en los animales y personas que
los consumen.
La ciencia de la bioseguridad intenta ponerse al día, pero los
fondos para investigación en esta área son minúsculos
en comparación con los recursos que se destinan a la ingeniería
genética. Al mismo tiempo, la industria biotecnológica
realiza una agresiva autopromoción, y los gobiernos son atraídos
por la promesa de una nueva fuente de riqueza.
Precaución
Desde los cultivos
transgénicos y los fármacos hasta la terapia genética,
los riesgos son a menudo desconocidos, aunque algunos científicos
han identificado daños potenciales, especialmente en relación
con la salud humana. Sin embargo, cuando un producto puede causar un
daño irreversible, es lo correcto y adecuado para la sociedad,
y para los científicos en particular, buscar pruebas de su seguridad,
más allá de toda duda razonable. Por eso, los expertos
en bioseguridad reclaman la aplicación del principio cautelar,
el cual establece que en ausencia de certeza o consenso científico
debemos abstenernos de realizar acciones que podrían provocar
un daño irreversible.
El Protocolo de Cartagena sobre Seguridad de la Biotecnología,
la primera ley internacional que regula el movimiento mundial de organismos
manipulados genéticamente, incorpora este principio. Así,
el artículo 10, en su párrafo sexto, dice: “El hecho
de que no se tenga certeza científica por falta de información
o conocimientos científicos pertinentes suficientes sobre la
magnitud de los posibles efectos adversos de un organismo vivo modificado
en la conservación y utilización sostenible de la diversidad
biológica en la Parte de importación, teniendo también
en cuenta los riesgos para la salud humana, no impedirá a la
Parte de importación, a fin de evitar o reducir al mínimo
esos posibles efectos adversos, adoptar una decisión, según
proceda, en relación con la importación del organismo
vivo modificado de que se trate”.
Este principio es crucial, porque obliga a quienes afirman que un organismo
modificado es genéticamente seguro a probar esa afirmación,
en lugar de colocar la carga de la prueba sobre aquellos preocupados
por la seguridad de los productos. Queda entonces en manos de los parlamentos
nacionales detallar la aplicación de este principio cautelar.
Lamentablemente, la búsqueda de seguridad se enfrenta muchas
veces con el obstáculo de la negación, y aun de la represión
del conocimiento sobre riesgos potenciales y reales. Si no planteamos
las preguntas necesarias, si no se permite a la ciencia ejercer su papel
con integridad y responsabilidad, entonces la ingeniería genética
provocará un enorme daño ecológico y sufrimiento
humano. Al mismo tiempo, se perderán preciosos recursos necesarios
para sustentar a todas nuestras sociedades, en especial las del mundo
en desarrollo y los países más vulnerables.
Para garantizar la bioseguridad, debemos elaborar políticas científicas
que aprecien la centralidad de la naturaleza y conecten la ciencia con
la sociedad. Los principales desafíos que enfrentamos son la
identificación de brechas de conocimiento, el apoyo a la investigación
en ciencias holísticas y la puesta en práctica del principio
cautelar.
Muchas preguntas
sin respuesta
La manipulación
de genes en una amplia variedad de organismos, desde los microbios hasta
las plantas y los animales, plantea muchas preguntas. Éstas incluyen
la viabilidad del propio organismo transgénico, así como
cuestiones ecológicas, de salud, sociales y económicas.
Ya se han modificado varios de los principales cultivos del mundo. Se
ha transgenizado soja, maíz y canola para darles resistencia
a herbicidas y a pestes, y ahora constituyen la mayor parte de los organismos
y productos transgénicos comercializados.
Hasta el presente, no se ha aprobado comercialmente el trigo transgénico
en ningún país debido a la creciente preocupación
sobre la bioseguridad, la preferencia de los consumidores por los alimentos
no transgénicos y el temor a una contaminación en el terreno
de cultivo o en la cadena alimentaria que afecte el mercado del trigo.
En algunos países se están realizando investigaciones
y pruebas de campo con arroz transgénico, pero también
en este caso existe gran cautela y aun resistencia contra su comercialización,
por ejemplo en Estados Unidos, por no haber certeza científica
acerca de los efectos ambientales y sobre la salud.
La posible pérdida de biodiversidad del arroz es también
una gran preocupación para muchos países de Asia, dado
que esta región es fuente de muy diferentes variedades de ese
cultivo, y su rica diversidad cultural está asociada con el arroz.
Por esto, causó conmoción la reciente revelación
de la organización ambientalista Greenpeace sobre el hallazgo
de arrozales en la provincia china de Hubei contaminados con arroz transgénico
y de análisis positivos de muestras obtenidas de intermediarios.
El algodón transgénico, otra especie comercializada, también
ha generado polémica, debido a informes de rendimiento inconstante
e incluso de fracaso de cosechas, además de un sinfín
de problemas socioeconómicos en China, India, Indonesia y Sudáfrica.
Aunque los principales cultivos han concitado la atención pública
(incluso algunos modificados genéticamente para producción
farmacéutica), existe menos conocimiento sobre otros vegetales
(incluso árboles, plantas y flores ornamentales), animales, peces
y microorganismos transgénicos.
Buena parte de las investigaciones y pruebas de campo sobre organismos
transgénicos tiene lugar al margen del conocimiento de la opinión
pública y, con frecuencia, de las autoridades gubernamentales
correspondientes. Así, muy pocos países, en especial en
desarrollo, han tenido la oportunidad de considerar y sopesar todos
los aspectos de la ingeniería genética y sus productos.
Esto es absolutamente necesario para poner las políticas sobre
ciencia y tecnología, agricultura, gestión forestal, conservación
de la biodiversidad y salud al servicio del desarrollo sustentable.
La agricultura
bajo sitio
La salubridad, seguridad
y soberanía alimentarias son los objetivos de la agricultura
sustentable en la mayoría de las sociedades. Para que la agricultura
sea sustentable debe haber conservación de la biodiversidad agrícola
y natural en general, un manejo del suelo y el agua que minimice el
efecto de agentes externos, y tecnologías y prácticas
que respeten las leyes de la naturaleza en toda su complejidad.
La medición de la productividad debe ser también holística
y tomar en cuenta rendimientos específicos, cultivos múltiples
en oposición a los monocultivos, nutrición a partir de
la biodiversidad natural (incluso bancos de pesca) y el capital ecológico
del suelo, el agua y las semillas. El mantenimiento de un ecosistema
y un ambiente saludables es también esencial para garantizar
la productividad sustentable a largo plazo.
Más allá de contar con suficientes alimentos, una sociedad
precisa control sobre la producción y oferta de los mismos. Hoy
en día, en muchos países, la red de empresas multinacionales
está aumentando su control sobre la agricultura, al costo de
la seguridad alimentaria.
La biotecnología se utiliza en la agricultura para introducir
diversas características en una variedad de cultivos alimenticios,
en especial en aquellos que constituyen la alimentación básica
mundial. Los cultivos transgénicos comercializados más
conocidos son los modificados para desarrollar tolerancia a los herbicidas
y resistencia a las pestes. Se ha dicho que estos cultivos no satisfacen
las necesidades de los países en desarrollo. Además, ese
criterio reduccionista concentrado en características específicas
de la agricultura se contradice con las pruebas que identifican los
criterios agrícolas holísticos y el buen manejo del ecosistema
como el camino hacia la agricultura sustentable.
Los problemas de seguridad de la biotecnología agrícola
incluyen la inestabilidad genética, la transferencia horizontal
de genes, el surgimiento de nuevas hierbas (incluso “superhierbas”),
el impacto involuntario sobre especies, la resistencia a las pestes
y la contaminación de variedades tradicionales o convencionales
por plantas transgénicas. Estos riesgos pueden tener un impacto
negativo sobre la biodiversidad y el ambiente. Los riesgos en la salud
animal y humana incluyen efectos tóxicos y alergénicos,
así como nuevas enfermedades.
Por todo esto, es importante y necesario que se suspenda todo lanzamiento
comercial y al ambiente de productos transgénicos hasta que se
comprendan plenamente las consecuencias de los procesos y técnicas
de la ingeniería genética aplicada a la agricultura.
Usos médicos
Aunque existe un creciente
conocimiento sobre los productos agrícolas transgénicos
entre creadores de políticas, reguladores y la población
en general, se conoce mucho menos sobre la ingeniería genética
aplicada a las áreas farmacéutica y médica, por
ejemplo la terapia genética y los xenotransplantes.
El uso de organismos transgénicos en la producción de
fármacos como la insulina y vacunas contra la hepatitis plantea
dudas relacionadas con el proceso de producción, la contención
para impedir el contacto con el ambiente y la población humana
y animal, y posibles efectos en la salud humana.
El desarrollo y la inminente comercialización de vacunas transgénicas
vivas tienen lugar con escaso conocimiento público y aún
menos regulación gubernamental. Estos productos exigen evaluaciones
de bioseguridad y no pueden tratarse de la misma manera que las vacunas
convencionales. Son organismos transgénicos y cada vacunación
es de hecho un “lanzamiento” de esos productos, con todas
sus implicaciones para el ambiente y la salud. Uno de los riesgos para
la salud humana y animal identificados por algunos científicos
es la creación de nuevos virus potencialmente infecciosos.
Mientras, se prueban vacunas transgénicas vivas en ganado. Sobre
estas vacunas existen las mismas dudas arriba señaladas.
Armas biológicas
El rápido avance
de la biotecnología, la genética y la genómica
ya plantea una variedad de dudas ambientales, éticas, políticas
y sociales. Pero el uso de nuevas tecnologías aumenta también
el riesgo de creación de nuevos tipos de armas biológicas
y bioquímicas, que incluyen microorganismos degradantes de materiales.
Se precisa más conocimiento y comprensión pública
de las investigaciones científicas en curso, del desarrollo real
de esas armas biológicas y del tipo de acciones gubernamentales
necesarias para ocuparse de los riesgos mediante leyes nacionales e
internacionales sobre bioseguridad.
Mientras, causa alarma el programa ampliado sobre “biodefensa”
en Estados Unidos, que incluye investigación sobre la producción
de microorganismos causantes de enfermedades. Algunos científicos
y los gobiernos que los apoyan intentan también investigar el
virus de la viruela y sus componentes, lo que incluiría ingeniería
genética. La Organización Mundial de la Salud (OMS) logró
la erradicación de la viruela en 1977, pero Estados Unidos y
Rusia conservan reservas del virus, que puede contagiarse fácilmente
y también es un potente agente como arma biológica.
El futuro
Están surgiendo
pruebas sobre los riesgos de la ingeniería genética para
el ambiente y la salud. También se debe discutir la dimensión
socioeconómica de la biotecnología, y los gobiernos deben
promover un sistema internacional de responsabilidad por eventuales
daños que cause esa tecnología.
Estos y otros desafíos estuvieron sobre la mesa en la segunda
reunión de las partes del Protocolo de Cartagena sobre Seguridad
de la Biotecnología, celebrado del 30 de mayo al 3 de junio de
2005 en Montreal, Canadá. Ese tratado tiene 119 partes obligadas
a garantizar la bioseguridad. Importantes actores mundiales (Estados
Unidos, Canadá, Australia, Argentina) no son parte pero estuvieron
allí para influir en las negociaciones, dado que la Organización
de las Naciones Unidas permite a todos sus países miembros emitir
opinión sobre sus tratados.
Chee Yoke Ling
es coordinadora del programa ambiental de la Red del Tercer Mundo.