Declaración
Latinoamericana por una ciencia ciudadana - Por la prohibición
de los transgénicos en Latinoamérica.
Por
Andrés Carrasco
El
modelo de agronegocios y el control territorial
La
apropiación por despojo de tierras y territorios debe ser vista
en el marco de un diseño geopolítico extendido a lo largo
y ancho de América Latina y que forma parte de un Proyecto de
dominación y control de la producción de alimentos mediante
la diseminación legal e ilegal, de semillas genéticamente
modificadas o transgénicas. Este diseño intenta imponer
a los países productores un modelo común de aprobación,
comercialización y propiedad intelectual de las semillas, modos
de producción y tenencia y uso de la tierra, modificación
de las leyes de las naciones latinoamericanas, africanas y asiáticas,
derogando así la soberanía y seguridad alimentarias de
nuestros pueblos. Este modelo ha convertido en mercancía los
alimentos y otros bienes comunes, ocasionando un exterminio genocida
de los pueblos saqueados. La imposición de los modelos extractivistas
impide, además, profundizar las democracias de los pueblos, fragilizando
así sus lazos comunitarios al forzarlos a entregar sus riquezas
a través de la apropiación por despojo del territorio,
de sus actividades productivas y de su cultura.
El modelo extractivista, es una pieza fundamental del modelo neocolonial
de apropiación por despojo. Es imposible entenderlo sino a través
de un fuerte protagonismo de una tecnología amañada y
con fundamentos científicos frágiles en concepción.
Este modelo es una construcción política que se pretende
imponer desde algunos gobiernos corruptos asociados a las transnacionales,
que se extiende a gran parte de Latinoamérica como un mecanismo
de saqueo de los bienes comunes y de la identidad cultural. Lo anterior
se ha constituido en una verdadera guerra sostenida con base en tecnologías
de alto impacto y difícil reversión que devastan nuestros
territorios utilizándolos como campos experimentales, concentrando
y transnacionalizando de esta manera la propiedad.
¿Es la ciencia cada vez más autónoma?
En la coyuntura actual, el debate se ha extendido al rol y el desarrollo
de una ciencia cada vez más dependiente de los poderes hegemónicos,
violando el derecho a una ciencia autónoma para beneficio directo
de la sociedad que la produce.
En ese contexto los cultivos transgénicos, son vehículos
diseñados, no para alimentar al mundo, sino para la apropiación
sistemática e instrumental de la naturaleza; y sin duda un instrumento
estratégico de control territorial, político y cultural,
de una nueva etapa neocolonial que impone tecnologías que satisfagan
la nueva fase de acumulación en la organización global
del capitalismo que necesita la sustitución de los modos tradicionales
de mejoramiento agrícola por métodos antinaturales.
Los resultados están a la vista a la hora de analizar la eficacia
resultante de la imposición de este sistema agrícola industrializado
y nefasto que incluye la deforestación y el fracaso en sus promesas
sobre la inocuidad y preservación de las semillas nativas. Como
vemos, es el resultado de una tecnología que nunca debió
haber salido del ámbito experimental. Una verdadera arma de guerra.
Seria de esperar que ninguna nación democrática y soberana
sometiera su desarrollo intelectual, tecnológico y científico
a los intereses de un sector particular y minoritario, sea este nacional
o internacional. Los pueblos latinoamericanos tienen el derecho irrenunciable
a desarrollar una ciencia transparente, autónoma y que sirva
a sus intereses. Para ello esa ciencia deberá comprometerse con
honestidad, teniendo en cuenta que de no hacerlo así, puede violar
su compromiso con la verdad, para formar parte de la legitimación
que todo desarrollo tecnológico dominante requiere como instrumento
de control y colonialismo.
En esto existe desde hace ya largo tiempo, una dimensión de ciencia
epistémica que interpela su autonomía absoluta, neutralidad
y universalidad, desde donde se debe encarar la tarea científica
como un servicio desde un “lugar situado” en la sociedad
(no el “mercado”), teniendo en cuenta sus intereses y necesidades.
La fragilidad científica de la biotecnología “moderna”
No pocos biólogos moleculares y sus primos los biotecnólogos
suelen incurrir, con ímpetu, en gruesos errores conceptuales
que hacen que la ciencia no pase por su mejor momento de la percepción
social. La relación entre la industria y los medios de comunicación
colectiva expresan descripciones periodísticas sobre los avances
"humanitarios" de los organismos genéticamente modificados
(OGM). En estos se proponen los cultivos transgénicos para erradicar
del continente africano “décadas de desesperación
económica y social" (National Post Canada). Artículos
como éste aparecen dispersos en las secciones científicas
de una gran mayoría de medios escritos (New York Times, Time,
Toronto Globe, The Guardian, The Economist, Slate, New Scientist, Forbes
y cientos de otros). El manantial de las buenas noticias en biotecnología
se limita a un número muy limitado y cuestionado de proyectos
con OGM: vacunas comestibles, yuca biofortificada, arroz dorado, y una
batata resistente a un virus, como verdaderas ofensivas mediáticas.
Las bases científicas de estos anuncios son débiles o
inexistentes y se sustentan invariablemente en investigaciones preliminares
o no publicadas, o que ya han fracasado. Lo anterior exhibe el fracaso
de una prensa científica por cumplir con los requisitos de un
periodismo riguroso y escéptico. La industria de los OGM se ha
aprovechado de esto para proyectar una imagen de sí misma como
ética, innovadora y esencial para un futuro sostenible, que en
realidad no tiene relación alguna con la realidad. Pero además,
muestra que la agroindustria tampoco se somete a la evaluación
formal de los resultados que sustentan sus promesas.
De igual manera, otras imposturas y excesos más específicos,
han ido erosionando la percepción social de la ciencia como sistema
explicativo del mundo. Veamos:
1) Los transgénicos, desde sus inicios en el ojo de la tormenta,
nos vuelven a traer esa extraña y cada vez más transparente
relación funcional del pensamiento biológico reduccionista
con la ideología que preside la hegemonía neoliberal en
esta etapa. Existe la necesidad de instalar un relato legitimador desde
la ciencia que desmienta sus efectos negativos en la naturaleza, que
sostenga la equivalencia entre alimentos naturales y los transgénicos,
que los defina como nuevas variedades, y descarte el acecho de sus impactos
negativos en la naturaleza y en los profundos cambios futuros de la
estructura geopolítica cultural de los pueblos. Para cerrar ese
relato, los defensores de los OGM denominan a todos aquellos que defienden
el Principio de Precaución del impacto tecnológico, como
“ambientalistas anticientíficos”. En realidad definir
sin fundamentos y desde el podio político quien tiene un pensamiento
científico o anticientífico, es un signo de dogmatismo
cerril que paradójicamente interpela la propia seriedad del juicio
de quién lo emite. Decir que el “ambiente interactúa
con el gen” es insuficiente. No se desmarca del determinismo clásico
y no incluye interpelación alguna a la concepción reduccionista
en biología. Sigue siendo una idea mecanicista que ignora el
concepto de fluidez del genoma en el cual los genes pierden su definición
ontológica y pasan a ser parte de una complejidad relacional
que desafía toda linealidad jerárquica para reemplazarla
por una red funcional compleja que recién empezamos a vislumbrar
después de 20 años de lanzada la idea del “genoma
fluido”.
2) Este sector “científico” defiende la manipulación
genética de los organismos asumiendo que los OGM tienen los mismos
comportamientos cuando son liberados en la naturaleza a aquellos observados
en el laboratorio. Las afirmaciones infundadas de que los OGM “son
naturales” y que “son nuevas variedades”, parten de
asumir que la técnica experimental empleada es precisa, segura
y predecible, lo que vuelve a ser un grueso error y un desconocimiento
de las teorías básicas y elementales de la biología
moderna. En esa concepción están ausentes el rol del tiempo
en la génesis de la diversidad y la valoración de los
mecanismos naturales que la sostienen. Hay que reconocer que, en el
proceso evolutivo como mejoramiento de las especies, la reproducción
sexual y la recombinación del material genético son los
mecanismos biológicos y ambientales que regulan la fisiología
del genoma, y por ende, los que generan la diversidad. Por eso empeñarse
en insistir que los procedimientos usuales de domesticación y
mejoramiento de especies alimentarias pueden equipararse con las técnicas
de alteración genética de organismos por diseño
(OGM) planteadas por la industria, es una idea reduccionista inaceptable.
Decir que el mejoramiento realizado por el hombre durante 10.000 años
en la agricultura y la modificación por diseño en un laboratorio
son exactamente lo mismo expresa la pretensión de olvidar que
la cultura agrícola humana ha respetado esos mecanismos naturales,
que se basa en la selección de nuevas variedades de poblaciones
originadas por entrecruzamiento al encontrar el fenotipo adecuado. Este
mejoramiento no es consecuencia del simple cambio de la secuencia, incorporación
o perdida de genes, sino la consolidación de un ajuste del funcionamiento
del genoma como un todo y que hace a la variedad útil y predecible
(por eso es una variedad nueva). Este ajuste puede involucrar genes
asociados a una o varias características fenotípicas diferentes
pero cada vez más acompañados por muchos “ajuste
fluidos” de carácter epigenético y que en su mayoría
desconocemos. De lo anterior se desprende que una nueva variedad representa
una mejora integral del fenotipo para una condición determinada
donde seguramente todo el genoma fue afectado con un ajuste fisiológico
de su “fluidez”. En este marco conceptual un gen o un conjunto
de genes introducidos en un embrión vegetal o animal en un laboratorio,
no respetan, por definición, las condiciones naturales de los
procesos de mejoramiento o la evolución de los organismos; por
el contrario, más bien violan procesos biológicos con
procedimientos rudimentarios, peligrosos y de consecuencias inciertas
que mezclan material genético de las plantas con el de distintas
especies (vegetales y animales).
La transgénesis altera directa o indirectamente el estado funcional
de todo el genoma como lo demuestra la labilidad de respuesta fenotípica
de un mismo genotipo frente al medio ambiente. En la ignorancia de la
complejidad biológica (hoy hablamos de desarrollo embrionario,
evolución y ecología como un sistema inseparable) se percibe
la presencia de un insumo esencial: la dimensión ontológica
del gen. No reconsiderar este concepto clásico del gen como unidad
fundamental del genoma rígido concebido como un “mecano”,
una máquina predecible a partir de la secuencia (clasificación)
de los genes y sus productos que pueden ser manipulados sin consecuencias,
expresa el fracaso y la crisis teórica del pensamiento reduccionista
de 200 años, largamente interpelado por Steven Rose, Stephen
Jay Gould, Richard Lewontin, Eva Jablonka, Mae Wan Hoo, y Terje Travick,
entre otros. Lo anterior hace ver también la imposibilidad, en
términos científicos y epistemológicos, de poder
considerar a los OGM como variedades naturales, en tanto que son cuerpos
extraños que intervienen en el mundo natural alterando la evolución
biológica de manera impredecible. Para algunos, la capacidad
de poder manipular el genoma se ha transformado en el deseo de la omnipotencia.
Debería recordarse que la complejidad no es un capricho de la
naturaleza, sino una configuración integral de ésta y
que, en ese sentido, desarmar a la naturaleza “para su comprensión”
es cada vez más insuficiente. Lo ilógico aquí es
pretender hacer desde esta limitación un cierre virtuoso de una
tecnología que nació para comprender limitados procesos
a nivel molecular para poder expandirlos en la propia naturaleza sin
criterios creíbles ni predecibles. El proceso de generación
de organismos, repetimos, es inasible, pero podemos estudiarlo. Alterar
un organismo con un pedazo de ADN propio o ajeno no es fisiológico.
Lo único que detiene a la naturaleza de mayores desastres es
no romper con la posibilidad de mecanismos que aminoren desastres para
su reproducción y permanencia.
3) Los científicos defensores de los transgénicos atraviesan
en esta etapa, que los expone afuera del laboratorio, con la ansiedad
de no perder protagonismo. La necesidad de legitimar la tecnología
se transforma en una pulsión, anticientífica y dogmática.
Más aun, la afirmación de que el problema no está
en la técnica sino en su uso, es doblemente preocupante porque
además de no ver el pensamiento reduccionista que los preside,
oculta la creciente subordinación y fusión de la ciencia
con el poder económico revalidando las bases cientificistas productivistas
y tecnocéntricas que emanan del neoliberalismo en su versión
actual. La legitimación recurre a la simplista idea de que la
tecnología por ser neutra y universal representa siempre progreso.
Y que si algo falla es debido a la intromisión de un impredecible
Dr. No que la va usar mal y que cualquier posible daño derivado
de ésta será remediado en el futuro por otra “tecnología
mejor” o por el ingenuo argumento de la regulación del
Estado, aunque sepamos que éste es socio promotor de los intereses
que controlan el “desarrollo científico” en nuestros
países. Prefieren desconocer que estas tecnologías son
productos sociales no inocentes, diseñadas para ser funcionales
a cosmovisiones hegemónicas que le son demandadas por el sistema
capitalista. Decir que los problemas “no tienen que ver con la
tecnología transgénica” y que los que se oponen
“están minando las bases de la ciencia” es parte
de la predica, “divulgación” y diatriba contra cualquiera
que sostenga lo contrario. No hay nada más anticientífico
que recortar o ignorar la historia de la evidencia científica,
y asignarse a sí mismos la función de ser la pata legitimadora
que provee la “ciencia” actual a la apropiación por
despojo de la acumulación precapitalista que sufren nuestros
pueblos en estos tiempos. El círculo se cierra al ocultar el
condicionamiento y cooptación de instituciones como las universidades
públicas y el sistema científico por las fuerzas económicas
y políticas que operan en la sociedad. Logran así el mérito
de ser la parte dominada de la hegemonía dominante. Quienes así
piensan y actúan nos quieren hacer creer que todo es técnico,
disfrazando la ideología de ciencia, al suplantarla por una “ciencia”
limitada y sin reflexión critica. De esta manera se abstraen
de las relaciones de fuerza en el seno de la sociedad, poniendo ésta
al servicio del poder dominante. Mientras tanto, en el colmo de su omnipotencia
auguran catástrofes de todo tipo si la sociedad no asume con
reverencia que este es el único camino posible para alcanzar
el “progreso”. El planeta es para ellos infinito y los ecologistas
unos retrógrados. Mientras tanto éstos disfrutan del momento
actual, aceptando “participar” del diseño del mundo
y de la sociedad futura. Son parte del poder. ¿Qué se
les puede pedir? ¿Honestidad en sus dichos? Son los expertos
que burocráticamente diseñan, consciente o inconscientemente,
el mal y banalizan la ciencia.
4) El alarde desmedido que muestra la actual falla epistemológica
del pensamiento científico crítico en el marco del análisis
de las teorías actuales, así como el “avance tecnológico”,
incursionan en la naturaleza aplicando procedimientos inciertos que
simplifican la complejidad de los fenómenos biológicos
para “vender certeza” y proponer, por ejemplo, desde el
sector privado y acompañados por el entusiasmo de importante
investigadores, la transformación de la naturaleza en una “factoría”
de productos, donde las plantas serían sustitutas de procesos
industriales. Una verdadera naturaleza artificial adecuada y necesaria
para los grandes negocios. Hay en todos estos discursos mucha ambición,
soberbia, una pobre comprensión de la complejidad biológica
y, por supuesto, poca ciencia. Hay grandes negocios y un enorme relato
legitimador que los científicos honestos no podrán evitar
interpelar, aunque las empresas transnacionales compren todas las editoriales
de revistas científicas o bloqueen las publicaciones y voces
que interpelan el sentido de la ciencia neoliberal-productivista. La
ciencia, su sentido del para qué, para quién y hacia dónde,
están en crisis y nosotros en la patria grande no podemos fingir
demencia si queremos sobrevivir soberanamente.
La obediencia epistémica en la ciencia en la colonialidad
extractivista.
En el origen, el problema estuvo en el cientificismo positivista como
parte del modelo colonial europeo. Ni aquel, ni la actual tecnociencia
productivista del neoliberalismo, son alternativas válidas para
los pueblos proveedores de recursos. Ahí aparece claramente el
desafío de lograr poner al conocimiento científico al
servicio de la armonía necesaria entre las necesidades -no hablamos
de demandas producidas por el consumo indiscriminado- de la sociedad
y la naturaleza, que encause la curiosidad y la búsqueda que
dinamiza la ciencia, hacia una verdadera función social.
El sometimiento científico se agrava cuando el fundamento científico
que impulsan las empresas fabricantes y comercializadoras de organismos
genéticamente modificados (OGM) es una ciencia anacrónica
y con un valor de verdad cada vez más cuestionable y cuestionado
entre y desde amplios sectores de la propia comunidad científica.
Esta mirada anacrónica, todavía hegemónica, ha
encontrado en el reduccionismo biológico y el absolutismo genocéntrico
de los científicos, su principal sostén. Estos comienzan
con la concepción de los mecanismos de herencia imperantes desde
fines del siglo XIX, impuestos por la genética mendeliana, que
promovieron -junto al neodarwinismo- en un gran relato, la llamada “síntesis
moderna” (y que redujo la teoría de la evolución
a la selección natural al buscar sus bases en la genética
de Mendel). Esta síntesis, hija de la eugenesia galtoniana y
de las escuelas de higiene racial anteriores a la 2da Guerra Mundial,
tuvo su clímax y sentido epistémico cuando dio lugar al
desarrollo de la biología molecular que comenzó con la
estructura tridimensional de los ácidos nucleicos en 1953 por
James Watson y Francis Crick y su interpretación plasmada en
el concepto mecanicista del “Dogma Central de la Biología
Molecular” postulado en 1970 por Francis Crick.
Esta mirada puso al gen en el centro del flujo de la información,
condicionando a la biología evolutiva y del desarrollo de los
organismos e ignorando la compleja interacción existente de la
filogenia y ontogenia con el medio ambiente. Esta es la visión
que dominó la escena, no inocentemente, y que desde hace años
ha venido siendo interpelada cada vez con mayor fuerza. En verdad esta
visión es parte de una concepción en línea con
el marco positivista de origen europeo.
La complejidad es ignorada en la explicación biológica
actual, refleja la tendencia a la clasificación, al aislamiento,
y a la manipulación de los genes concebidos como unidades ontológicas.
Esto no solo es una teoría biológica general errónea,
sino que afecta a la comprensión de la naturaleza y se convierten
en un instrumento. Un instrumento alineado con la necesidad, cada vez
más imperiosa, de controlar y manipular la naturaleza habilitando
específicas aplicaciones en la tecnología que salen de
los procesos fisiológicos ontogénicos y filogénicos.
En efecto, la falla de la teoría general no es una equivocación,
sino que se produce en una relación compleja con los intereses
industriales concentrados y hegemónicos que han encontrado en
esa falla una oportunidad de negocios para fortalecer el error por necesidad
y sometiendo a la propia ciencia. Si el reduccionismo es un instrumento
de una mirada civilizatoria -una manera de mirar la naturaleza no armoniosa
y apropiante-, la fijación de esa mirada y su deriva tecnológica
estalla cuando ella abandona los laboratorios y se convierte en un instrumento
de los intereses propios de los procesos industriales concentrados.
Es durante esta última etapa donde los movimientos tectónicos
en el plano teórico-experimental interpelan al reduccionismo
y comienzan a incorporar conceptos como complejidad, incertidumbre,
plasticidad y especialmente considerar al organismo indivisible. Una
historia en un medio ambiente dado. Así confronta con el determinismo
eugenésico que inauguró esta saga en la segunda década
del siglo XIX. Lo anterior produjo un acelerado conjunto de conocimientos
que abrieron mundos complejos, poco comprendidos, conceptos de herencia
no mendeliana y de la biología evolutiva que evocan mecanismos
lamarckianos, la fluidez del genoma y el entrelazamiento de nuevos e
impredecibles mecanismos regulatorios cuyas combinatorias determinan
los fenotipos, entre otros, que sorpresivamente hicieron caer el mundo
estructurado alrededor de la prevalencia ontológica del gen.
Lejos de retirarse, el pensamiento reduccionista actual pretende descargar
en los mecanismos moleculares de células, tejidos, sistemas y
organismos para manipularlos y convertir el mundo de lo vivo en una
fábrica de productos comerciales.
No sabemos si esta ciencia podrá, algún día, aun
con su limitación epistemológica, desarmar las partes
de los organismos vivos y comprender el todo complejo que ellos representan.
Pero más allá de esta cuestión es necesario notar
que la discusión entre los enfoques biológicos “clásicos”
y alternativos, reduccionistas y no reduccionistas, no son ingenuos.
Éstos imponen la necesidad de abrir la discusión sobre
lo que sabemos y no sabemos antes de desparramar OGM en el planeta.
La discusión sobre las bases de la incertidumbre, predictibilidad
de los fenómenos biológicos, es tan importante que los
científicos deberían ser guardianes de aquella sobre todo
al momento de aplicar estos conocimientos en “procesos industriales
de escala” ya que habilita la manipulación de la complejidad
natural encerrada en el núcleo de una célula o en un organismo.
Por eso la manipulación genética es solo una tecnología
y afirmamos que hoy no tiene una base científica sólida
por lo que constituye un peligro para el equilibrio natural y la diversidad
biológica y por lo tanto para el proceso evolutivo cuando ésta
se aplica en la naturaleza.
Por lo tanto, si somos honestos debemos admitir que estamos obligados
a revisar los encuadres científicos tenidos por ciertos en el
mundo del agronegocio. Es indudable hoy que el mecanismo de transmisión
de caracteres hereditarios no puede ceñirse a la concepción
de un flujo simple y unidireccional de información que va de
los ácidos nucleicos a las proteínas; tampoco puede ser
considerado como mecanismo universal y único. Es por lo tanto
insostenible, ya que existen complejidades en la transmisión
de la información y mecanismos de herencia no-genética
que interpelan la predictibilidad y seguridad biológica que tanto
pregona la tecnología transgénica.
En verdad los genes concebidos como unidades únicas y fundamentales
de trasmisión de herencia han servido, en manos de fuerzas obscurantistas
y retardatarias y en manos de comunidades científicas al servicio
del status quo, para la elaboración de teorías y planteamientos
pseudocientíficos que tienen sin duda un claro carácter
racista, sexista y clasista. Esta misma concepción reduccionista
del funcionamiento biológico, hoy en día es usada como
parte del cuerpo teórico de los intereses de las grandes compañías
transnacionales fabricantes de OGM que sostienen que es inocuo y predecible
el comportamiento de la planta transgénica al insertársele
genes de otros organismos para inducir una característica fenotípica,
como por ejemplo la resistencia a un herbicida, o la producción
de un insecticida, sin consecuencias indeseables.
Esto supone que los organismos y los ecosistemas estuvieran separados
y no como en la realidad sucede, profundamente interpenetrados en espacio-tiempo
evolutivo. Por ejemplo, la “invención del maíz”
por los pueblos originarios a partir de la domesticación del
teocintle necesitó el tiempo que exigió la propia incertidumbre
evolutiva de la naturaleza. Ese es el tiempo que precisamente ha sido
violado por la tecnología transgénica, creando nuevas
pero falsas variedades de las especies que introducidas en el medio
natural configuran cuerpos extraños. Los OGM controlan la evolución
de las especies comprimiendo el tiempo evolutivo con la manipulación
de laboratorio a imagen de las necesidades de las grandes empresas creando
nuevas especies. Lejos, muy lejos, supera la omnipotencia de Jurassic
Park.
La transgénesis es un legítimo procedimiento experimental
que nunca debió salir del laboratorio para ser introducido en
el medio natural. Afirmar que el comportamiento de los OGM puede ser
predecible en el medio natural es ocultar el conocimiento biológico
que alerta sobre la complejidad del comportamiento de los sistemas.
No se ha considerado que la inserción de transgenes en organismos
como el maíz, el trigo o el arroz puede disparar una dinámica
incontrolable de dispersión de éstos en poblaciones silvestres,
algo no deseable para ninguna especie por los efectos impredecibles
que pueden tardar muchas generaciones en manifestarse, debido a la existencia
de genes silenciados y regulaciones biológicas aún desconocidas.
Cuando se desestabiliza una especie siempre hay repercusiones sobre
las otras especies, tanto vegetales como animales, debido a los vasos
comunicantes existentes en los ecosistemas.
Además, la posibilidad y el ritmo de la contaminación
resultante de su implantación en la naturaleza aumenta con los
años, décadas y aún siglos y puede llegar a crear
una naturaleza diseñada en laboratorios que nada tiene que ver
con el alimento que los pueblos necesitan. Todas con efectos irreversibles.
Los agrovenenos no se están yendo como prometieron las
empresas
El análisis de las evidencias experimentales dan cuenta de las
consecuencias de la contaminación genética entre los OGM
y sus variedades naturales (entre el 50 y 70% en Oaxaca, México),
del efecto de los OGM sobre otras especies, cambios en los ecosistemas
y el riesgo evolutivo por el impacto sobre la diversidad de especies
usadas, muestran la perversión de un modelo que apela a todos
los mecanismos para forzar al agricultor a abandonar sus prácticas
tradicionales y ponerlo en indefensión y violación de
sus derechos, en un acto de violencia intencional inmoral e inaceptable.
Además, la evidencia del alto contenido de residuos acumulados
de plaguicidas usados en el cultivo (como el glifosato), son de consecuencias
impredecibles respecto de trastornos endocrinos, abortos, malformaciones
y cáncer con evidencias crecientes y abundantes en la bibliografía
científica independiente disponible.
Ante la demostración, cada vez más inquietante del impacto
ambiental sobre el suelo, la flora y la fauna de los agroquímicos
ligados indisolublemente al paquete tecnológico transgénico,
se agregan los efectos indeseados sobre la salud de la población,
a la creciente evidencia que desafía fuertemente el concepto
de la equivalencia de los alimentos OGM (“equivalencia substancial”)
y más recientemente, la creciente percepción de las limitaciones
del propio procedimiento tecnológico. Como si fuera poco, ahora
se asoma una sombra aún más ominosa, a saber, el potencial
agravamiento de la situación en los países productores
de maíz, con la llegada al mercado de las nuevas semillas, donde
se «apilan» modificaciones genéticas que suman nuevos
tipos de herbicidas para compensar el progresivo fracaso de los transgénicos
resistentes al glifosato, por la aparición de tolerancias en
plantas adventicias y el descenso del rendimiento por agotamiento de
los suelos, entre otros; además de aumentar los riesgos por el
crecimiento exponencial del uso de agroquímicos sintéticos
necesarios para lograr la “efectividad” de esta tecnología.
Lo rudimentario de sus procedimientos ya señalados, la baja seguridad
y estabilidad biológica de los transgénicos, la imposibilidad
de controlar la transmisión horizontal espontánea de genes
que se observan con las variedades originarias previstas por las empresas
o planificadas como forma de penetración de los OGM, demuestran
que el pregonado “progreso” voceado por la biotecnología
que soporta el modelo de producción de alimentos a escala industrial,
no es más que una falacia. Otra falacia habitual que usa es el
slogan “con esta tecnología vamos a solucionar el hambre
mundo”. Las Naciones Unidas calcularon que invirtiendo US$ 50
millardos por año hasta el 2015 se podrían alimentar y
aliviar las zonas más calientes del planeta. En el salvataje
de los bancos durante la crisis europea se gastaron 100 veces más.
Sin palabras.
Estas tensiones modelan un mercado internacional cuyos rumbos futuros
son inciertos, pero al mismo tiempo reclaman, ante el peligro de esta
embestida neocolonial, un urgente y postergado debate sobre la autonomía
en los países periféricos ante la prepotencia de las corporaciones
y sus gobiernos en América Latina.
Conclusiones
• Es la primera vez en la historia de la humanidad que el ser
humano tiene la capacidad, a través de la tecnología,
de modificar genéticamente especies, destinadas a la alimentación
o producción industrial con métodos rápidos, pero
rudimentarios, peligrosos y con un alto grado de incertidumbre. Por
el contrario, la milenaria “milpa” mesoamericana o “chacra”
del altiplano, constituyen modelos productivos que suponen un saber
“científico campesino” de alta complejidad construido
en armonía con la biología natural y que permitió
el mejoramiento vegetal agrícola respetando los tiempos necesarios
para la domesticación e incremento de la agrobiodiversidad (de
120 especies con 7000 variantes) desde hace 8000 años y que permitió
-y todavía puede seguir haciéndolo-, alimentar a la humanidad,
si no primara el objetivo de lucro y poder a través de la apropiación
de la producción de alimentos.
• Por eso queremos dejar en claro que, a la evidencia científica
que denuncia los daños y riesgos al ambiente, la salud y la biodiversidad,
derivados del modelo productivo con semillas transgénicas en
marcha en Latinoamérica, se suman también el ataque a
la integridad de la dignidad y al patrimonio cultural de los pueblos
indígenas y campesinos. Estamos convencidos que los conocimientos
provistos por la biología desde hace décadas ponen en
evidencia que la complejidad de la regulación de los genes en
los organismos hace imposible la legitimidad y previsibilidad de los
procedimientos transgénicos. Es una tecnología que ya
no forma parte del estado del arte de la ciencia actual, porque está
basada en supuestos falaces y anacrónicos que reducen y simplifican
la lógica científica que los defiende, al punto de no
ser ya válida. Los OGM han quedado al margen de la ciencia más
rigurosa. Al mismo tiempo, es la razón por la cual los OGM incluyen
la necesidad de destruir las matrices complejas, como la de los pueblos
originarios. Un verdadero plan de exterminio de saberes, culturas y
pueblos. La tecnología transgénica es el instrumento de
la decisión geopolítica para la dominación colonial
de estos tiempos.
• Por lo antedicho la activación del principio precautorio
ambiental, biológico y alimentario y la no aceptación
de la equivalencia substancial, debe ser inmediata. Pero más
aún, debido a la debilidad y la falacia de los argumentos de
sus defensores, es urgente la prohibición absoluta de todo OGM
en el territorio Latinoamericano.
• En este contexto existe la necesidad urgente de establecer una
red de científicos, con concepciones más respetuosas de
la complejidad y con capacidad de interpelar a las empresas y las comunidades
científicas que sostienen y promueven los OGM, denunciando las
limitaciones de la tecnociencia biotecnológica, discutiendo,
refutando y develando las falacias simplificadoras y reduccionistas
que pretenden formar un corpus “teórico y científico”
de la tecnología de manipulación genética, con
el fin inconfeso de reemplazar la naturaleza a medida de las grandes
corporaciones y gobiernos y blindar los procesos de apropiación
por despojo del territorio y su gente a cualquier precio, incluso la
muerte por exterminio.
Publicada
por la RALLT
Junio 2014