El
progreso nos comerá
Las tierras fértiles siempre han sido territorios de disputa.
En ocasiones, simplemente por su ubicación que la sitúa
allá donde despierta otros intereses, como la instalación
de infraestructuras, polígonos industriales, aeropuertos o, como
estamos viendo actualmente, para instalar parques de renovables. En
otras ocasiones por lo que guarda su subsuelo, petróleo o minerales.
Sin olvidarnos de la presión turística, que no solo ha
usurpado sus tierras, sino que ha desorganizado por completo una cultura
de vivir.
Aquello que se produce, los alimentos, también está sujeto
a múltiples presiones. La más grave de todas, la sustitución
de cultivos para aprovisionar a las comunidades y ciudadanía
local por cultivos para la exportación. Esta circunstancia es,
precisamente, la responsable de la pobreza rural en los países
del Sur global, con su pandemia del hambre. Como ya explicó Eduardo
Galeano en el capítulo “El Rey Azúcar y otros monarcas”,
de Las Venas Abiertas, el cacao, el café o el azúcar despojó
a los pueblos para enriquecer a las metrópolis, igual que ahora
ocurre con la soja o la palma africana, que hacen más y más
ricas a las corporaciones.
Aunque
de manera simbólica, me preocupan también casos como los
que están ocurriendo en la horticultura campesina próxima
a la ciudad de Barcelona, donde proyectos apoyados por las universidades
y las administraciones están desplazando cosechas de alimentos
para dejar sitio a nuevos cultivos con posibles aplicaciones cosméticas,
como el del cáñamo.
Un
sinfín de intereses de los agronegocios, del sector energético,
del sector minero, del turístico… que hasta ahora non han
conseguido acabar con la pequeña agricultura. Pero ya ha llegado
el competidor imbatible, el más prestigioso de todos, aquel al
que la sociedad rinde culto en el más pomposo de los altares.
El que no puede faltar en esta sociedad del progreso: los chips de la
tecnología. Como hemos podido leer estos días, en Taiwán,
que sufre una de sus peores sequías de los últimos cincuenta
años, han tenido que decidir entre dedicar el agua para el riego
de sus cultivos básicos, como el arroz, o emplearla en la industria
de semiconductores. —Y no hay color —han dicho los dirigentes,
y se ha suspendido el riego de 74.000 hectáreas de tierra agrícola
para abastecer a estas empresas de la tecnología que consumen
unas 60.000 toneladas de agua al día.
No
puedo dejar de pensar en aquella frase, la de “cuando hayamos
quemado el último bosque y secado el último río,
nos daremos cuenta de que el dinero no se come”, pero no sé
si para añadir que la tecnología no se come o para añadir
que el progreso nos comerá a nosotros.
por
Gustavo Duch
Mayo
2021