La
alimentación del mundo
Casi
una cuarta parte de todos los alimentos en el mundo se pierde cada
año en la ruta desde la recolección hasta el almacenamiento
de desperdicios en la cocina del consumidor. En América Latina,
son más del 25%. Si pudiéramos reducir a la mitad los
residuos de América Latina, el continente podría alimentar
a 100 millones de personas más.
Esto
es importante, ya que a nivel mundial podemos esperar casi una duplicación
de la demanda de alimentos hacia el año 2050. Esto se debe
a que el mundo añadirá otros dos mil millones de bocas
para alimentar, y a que una nueva clase media creciente exigirá
mucha más carne y productos lácteos, lo que nuevamente
requerirá mucha más alimentación animal.
En
el cambio de siglo, la comunidad mundial acordó una serie de
objetivos ambiciosos —los Objetivos de Desarrollo del Milenio—
que tienen por objeto hacer una diferencia sustancial en la vida de
las personas para el año 2015. Ha habido algunos éxitos
reales, pero todavía hay mucho por hacer. Es por eso que 193
gobiernos nacionales están trabajando para acordar un nuevo
conjunto de objetivos para 2030, que será adoptado por la ONU
en septiembre.
No
sorprende que haya tantas propuestas de objetivos, ya que hay grupos
de interés que compiten por la atención y la financiación.
Para tomar decisiones inteligentes, mi grupo de reflexión,
el Copenhagen Consensus les ha pedido a más de 60 equipos de
los principales economistas que evalúen qué objetivos
van a aportar el mayor beneficio.
Entonces,
¿cuál es la mejor manera de aumentar la seguridad alimentaria?
Este es un tema realmente vital ya que si las personas no se alimentan
adecuadamente, se enferman con más facilidad y no pueden trabajar
bien, al tiempo que se interrumpe el normal crecimiento de los niños,
con las consiguientes desventajas para el resto de sus vidas. Evitar
desechos en la cadena alimentaria —en el campo, durante el procesamiento
y almacenamiento y en las casas de la gente— parece una muy
buena manera de aprovechar al máximo las cosechas que cultiva
un agricultor.
En
el mundo rico, la atención se centra principalmente en los
residuos de alimentos, siendo los consumidores de los hogares más
ricos quienes desechan más porque pueden permitirse el lujo
de comprar de más “sólo para estar seguros”.
Los pobres del mundo, en comparación, pierden menos de su alimento
simplemente porque no pueden permitirse hacerlo.
En
África, el desperdicio de alimentos priva de 500 calorías
por persona por día, pero sólo el 5% es perdido por
los consumidores. Sin embargo, más de las tres cuartas partes
se pierden en la producción agrícola, ya sea cuando
las aves y ratas los comen durante la cosecha, o cuando las plagas
las echan a perder durante el almacenamiento.
Hay
muchas soluciones inteligentes, desde la simple curación de
raíces, tubérculos y bulbos, a la costosa refrigeración.
Todas estas tecnologías son muy buenas inversiones en los países
industrializados, entonces, ¿por qué no se adoptaron
en el mundo en desarrollo?
En
un nuevo informe, un equipo de economistas del Instituto Internacional
de Investigaciones sobre Políticas Alimentarias señaló
que el principal problema es la falta de infraestructura. En pocas
palabras, si no hay caminos adecuados, los agricultores no pueden
vender fácilmente sus productos excedentes, que quedan en situación
de que lleguen a estropearse antes de que puedan ser comidos.
Los
investigadores encontraron cuatro factores clave que podrían
hacer una diferencia real en las pérdidas en la cadena alimentaria:
suministro de electricidad, caminos pavimentados, capacidad ferroviaria
y capacidad vial. Esto significa que los productos agrícolas
se pueden enviar al mercado y otras provisiones de alimentos ser traídas,
y que los granos pueden secarse o los vegetales mantenerse refrigerados.
Ellos
estiman que el costo global para reducir aproximadamente a la mitad
las pérdidas posteriores a la cosecha en el mundo en desarrollo
costaría $239 mil millones durante los próximos 15 años,
pero eso generaría beneficios de alrededor de $3 billones,
generando $13 de beneficios económicos por cada dólar
gastado.
Esto
tiene impactos en el mundo real: hará bajar los precios de
los alimentos para hacerlos más asequibles para los pobres.
Para 2050, una mejor infraestructura podría significar que
más de 57 millones de personas ya no estarían en riesgo
de padecer hambre. En particular, alrededor de 4.000.000 de niños
ya no sufrirán de desnutrición. La mayor parte de estas
ganancias estarían en el África subsahariana y Asia
meridional, las regiones más desfavorecidas del mundo.
Pero
resulta que hay un objetivo aún mejor referido a los alimentos.
Por dólar gastado, podemos lograr el triple de beneficios económicos
y mayores reducciones en el número de personas en riesgo de
hambre y en el número de niños desnutridos enfocándonos
en una mayor eficiencia, más que en la prevención de
las pérdidas de los alimentos.
Hoy
en día, sólo alrededor de $5 mil millones se gastan
cada año en investigación para mejorar los siete principales
cultivos de alimentos mundiales, y sólo el 10% de eso está
destinado a ayudar a los pequeños agricultores de África
y Asia.
Invertir
un adicional de $88 mil millones en I+D en agricultura durante los
próximos 15 años va a aumentar los rendimientos por
un adicional de 0,4% al año. Esto reduciría los precios
y mejoraría la seguridad alimentaria para dar casi $3 billones
de dólares en beneficios, un enorme valor de $34 de beneficio
por cada dólar gastado.
Todos
queremos ayudar a lograr un mundo mejor para el 2030. Si escuchamos
las evidencias económicas y recogemos los mejores objetivos,
podemos asegurar que los recursos se gasten haciendo el máximo
beneficio posible.
Esta
nueva investigación argumenta con contundencia a favor de incluir
los objetivos en materia de investigación de productividad
y residuos agrícolas a nuestras promesas.
Bjorn
Lomborg
260115