Lo
que comemos
Debate
abierto
Por
Sebastián Cabrera
Los
transgénicos cumplen dos décadas, pero recién ahora
será obligatorio en Montevideo etiquetar todos los alimentos
modificados genéticamente. El decreto entrará en vigencia
a fines de año y todos se preparan.
En
el laboratorio de la Facultad de Ciencias estudian alimentos transgénicos.
Foto: Leonardo Carreño

Todo empezó con un tomate. Fue hace 20 años, en 1994,
cuando entró al mercado comercial estadounidense el primer alimento
modificado genéticamente. Era un tomate al que le llamaron Flavr
Savr, creado por Calgene, una empresa de biotecnología. El aspecto
era perfecto y el secreto estaba en que se retardaba la maduración.
Era
perfecto por fuera, pero no por dentro. Resulta que la piel era blanda,
el sabor extraño y la composición a veces cambiaba. Dicen
que era casi como un corcho, peor incluso que esos tomate larga vida
que comemos en invierno. Fue un rotundo fracaso comercial y el tomate
fue retirado del mercado en 1996.
La
historia la cuenta el doctor en Biología Molecular y Celular
Claudio Martínez, experto uruguayo en el tema. "El tomate
era feo, el público no lo aceptó", dice Martínez,
en un pasillo en el tercer piso de la Facultad de Ciencias en Malvín
Norte. En ese tercer piso está LaTraMA, el Laboratorio de Trazabilidad
Molecular Alimentaria, donde él es profesor adjunto. Allí
se dedican a extraer el ADN remanente en los alimentos y estudiar su
origen. Y ahora se preparan para hacer pruebas de diferentes alimentos
que tienen componentes transgénicos, en coordinación con
la Intendencia de Montevideo. Porque en diciembre de 2013 la Junta Departamental
aprobó un decreto que obliga a las empresas a etiquetar los alimentos
transgénicos. Ese decreto entrará en vigencia, como mucho,
en enero de 2015.
¿Y
qué es un transgénico? Un organismo que ha recibido segmentos
de ADN, llamados genes, de otra especie, con el objetivo de que tengan
ciertas características deseadas. Eso se hace con técnicas
de ingeniería genética. Y lo hacen solo algunas pocas
multinacionales. En Uruguay los únicos transgénicos autorizados
para consumo son soja y maíz. Toda la soja que se cultiva (un
millón y medio de hectáreas) es transgénica y el
90% de las 150.000 hectáreas de maíz también.
Ambas
tienen genes introducidos de bacterias, que le dan ciertas características.
La llamada soja RR es resistente a pesticidas, específicamente
al glisfosato. Así, se aplica el herbicida en la tierra para
matar las malezas, se tiran las semillas de soja y crecen. Desde la
última zafra también hay soja resistente a insectos.
El
maíz transgénico, en tanto, está diseñado
para producir un insecticida: viene con una proteína -la toxina
Bt- que afecta a los insectos.
¿Funciona?
Sí, pero con limitaciones, dice el profesor Martínez.
Porque la naturaleza genera resistencias a los químicos, lo que
a su vez hace bajar los rendimientos. "Si en teoría había
que aplicar un herbicida para matar todo y que crezca solo la soja,
ahora hay que aplicar otros herbicidas más para matar al resto,
con lo cual cae esa idea que plantean los productores de que se iban
a usar menos pesticidas con los transgénicos", dice el doctor
en Biología Molecular . Y luego relata que la gráfica
de importación de glisfosato ha crecido en el país "de
manera dramática" en la última década.
Hoy
la soja es la gallina de los huevos de oro en Uruguay: ya se exporta
más que la carne. En 2013, por ejemplo, se exportaron 1.875 millones
de dólares de soja contra 1.298 de carne congelada y fresca,
según el instituto Uruguay XXI.
El
país está décimo en el ranking mundial de cultivos
transgénicos, según el Servicio Internacional para la
Adquisición de Aplicaciones Agrobiotecnológicas (ISAAA,
por su sigla en inglés). "Pero estamos primeros en la relación
superficie plantada contra la superficie total", dice Martínez.
"Estamos mejor que en el fútbol", se ríe.
Además de la soja y el maíz, en el mundo lo más
relevante son los cultivos de algodón y canola. En menos proporción
hay trigo, arroz, papaya y alfalfa entre otros (ver infografía).
Entre las últimas novedades está el salmón transgénico.
En
Uruguay se pueden encontrar componentes transgénicos en todos
los derivados de la soja y el maíz, como la lecitina de soja
o el almidón de maíz. El choclo dulce aún no es
transgénico si es de producción nacional, porque durante
un tiempo estuvo prohibido y todavía no se retomó. Pero
sí si es importado.
En
2011 una tesis realizada en el laboratorio de la Facultad de Ciencias
estudió el ADN de 18 muestras de harina de maíz, o sea
polenta, y en todas se encontraron restos de ADN transgénicos.
Pero también hay componentes transgénicos en alimentos
que a priori uno no imaginaría, como los quesos, el yogur y las
hamburguesas. A los quesos, por ejemplo, le ponen almidón: el
almidón viene del maíz y el maíz es casi todo transgénico.
Los quesos, además, tienen quimosina, que es transgénica.
"Y algunas hamburguesas tienen pasta de soja, lo cual no es ilegal,
porque está en el reglamento bromatológico", explica
Martínez.
¿Y
qué pasa con el maíz o la soja transgénica que
comen los animales? En principio es indetectable en la carne, leche
o huevos que comemos. Pero también sobre eso hay distintas bibliotecas.
Etiqueta
"Este
producto contiene organismos modificados genéticamente",
dirán las etiquetas de todos los alimentos que tengan ingredientes
transgénicos. Pero el decreto departamental choca con un decreto
anterior, de vigencia nacional, que decía que el etiquetado es
voluntario.
Ahora
la intendencia trabaja en la reglamentación y en forma paralela
promoverá un ajuste en la redacción del decreto votado
a fines de año, para ponerlo a tono con la normativa europea
(donde hace años es obligatorio el etiquetado). El cambio puede
sonar muy técnico pero para la gente que está en el tema
es importante.
El
texto original del decreto decía que debían etiquetarse
los alimentos manipulados genéticamente o que contengan uno o
más ingredientes provenientes de esos alimentos, "que superen
el 1% del total de componentes". El nuevo texto dirá que
deben etiquetarse "los alimentos que han sido manipulados genéticamente
o que contienen uno o más ingredientes provenientes de éstos
que superen el 1% del total de cada ingrediente considerado individualmente".
Una
vez aprobada la reglamentación, se dará un período
para que las empresas primero declaren cuáles son los alimentos
que tienen maíz o soja transgénica y después deberán
hacer el nuevo rotulado (la intendencia estima que las empresas harán,
por un tema de costos, un solo rotulado para todo el país). Recién
luego de eso -probablemente a inicios de 2015- se saldrá a controlar,
dice Pablo Anzalone, director de la División Salud de la Intendencia
de Montevideo.
La
intendencia firmó un convenio de cooperación y transferencia
tecnológica con el laboratorio de la Facultad de Ciencias. La
facultad está formando recursos humanos de la intendencia, que
a su vez brinda materiales para los estudios. En la facultad, al igual
que en el laboratorio de Bromatología de la intendencia, estudiarán
cientos de alimentos que pueden tener componentes transgénicos,
para controlar lo que declaren las empresas. "Por ejemplo estudiaremos
los panchos, que pueden tener almidón", dice Martínez,
de la Facultad de Ciencias.
Las
empresas productoras de semillas están en contra del etiquetado.
Daniel Bayce, gerente de la Cámara Uruguaya de Semillas, dice
que la normativa busca discriminar por la negativa "porque lo transgénico
tiene mala prensa". Y dice que la resolución genera confusión:
el gobierno autoriza un cultivo que dice que es tan seguro como el equivalente
y, sin embargo, le pone una etiqueta que dice que es distinto. "¿Qué
entiende el consumidor?", pregunta. "Seamos francos, no entendemos
el 90% de lo que está escrito".
Nada
de certezas
En
la academia no hay consenso sobre los efectos que pueden causar los
transgénicos. Ese es, quizás, el problema principal: no
hay certezas de nada. "Si alguien te dice que los transgénicos
son seguros, no le creas. Pero si te dice que los transgénicos
te producen cáncer, tampoco le creas, porque aún no hay
pruebas", dice Martínez. "Pero tampoco podemos cerrar
esa posibilidad".
Para
el doctor en Biología Molecular, "el experimento en los
humanos lo estamos aplicando, lo estamos viviendo". Sí ha
habido experimentos en modelos animales y en células humanas
de cultivo y los resultados son preocupantes, afirma. En particular,
menciona un polémico estudio con ratones en Francia, en 2012.
La investigación realizada por científicos de la Universidad
de Caen, dirigida por Gilles-Eric Seralini, concluyó que ratas
alimentadas con el transgénico de Monsanto NK603 o expuestas
a su herbicida Roundup sufrían una mayor tasa de tumores, lesiones
en órganos y muerte prematura. Esa investigación luego
fue desacreditada por algunos científicos, aunque otros le dan
validez.
Martínez
dice que hoy se sabe que el ADN que se usó para construir el
transgénico no se degrada completamente en el sistema digestivo:
"Es promiscuo, penetra las células e incluso pasa a la sangre
de las personas. Está circulando por ahí. No todo pero
sí una parte".
Y
adelanta que si parte de ese ADN se integra a una célula humana
"puede dar lugar a desarreglos". De ahí viene el supuesto
mito de que el transgénico produce cáncer. "Pero
lo real es que están aumentando los casos de enfermedades crónicas
en todo el mundo", dice el experto, quien luego aclara que no está
comprobado que sea por los transgénicos ni los agrotóxicos.
"No hay estudios a largo plazo y no es fácil comprobar nada,
porque la agresión química viene por diferentes factores".
Pero
dice que el modelo transgénico no es el camino, porque la base
del modelo de la soja es la aplicación masiva de glisfosato.
Hay efectos negativos por la aplicación directa de herbicidas
en el campo y en segundo lugar por los restos que quedan en el grano.
"Me consta que se aplica mucho más herbicida del que debiera",
dice Martínez.
Él, que es un biotecnólogo, intenta no comer nada que
contenga transgénicos: "Ni salsa de soja". Está
convencido que en todo esto de los alimentos modificados genéticamente
debió haberse aplicado el principio de precaución: hasta
tanto no se establezca que algo es totalmente inocuo, no se debe ofrecer.
Algo
parecido piensa el ingeniero agrónomo Ariel Castro, docente de
mejoramiento genético del departamento de producción vegetal
de la Facultad de Agronomía. "Es verdad que los impactos
ambientales a mediano plazo de algo logrado en un laboratorio no se
pueden prever, ese es un principio de precaución razonable que
hace que a los transgénicos haya que evaluarlos mucho",
dice desde la estación experimental "Mario Cassinoni"
en Paysandú, donde trabaja.
Castro
define a la transgenia como una herramienta de potencial interesante,
que causa fascinación científica pero tiene una importancia
sobrestimada. "Hay algo de aprendiz brujo, de buscar el gen mágico",
admite. Pero él se niega a analizar el tema en términos
absolutos, de blanco y negro, desde el punto de vista técnico.
Dice
que los cambios revolucionarios que planteaban algunas multinacionales,
que decían que se podían solucionar los problemas de hambre
en el mundo, no han aparecido. Pero tampoco le da mucha importancia
a las denuncias de ecologistas y algunos académicos: afirma que
las pruebas de daños al ambiente son relativas, aunque sabe que
en eso juega el peso de la industria: "Si vos sacás un paper
mediocre que dice que los transgénicos son fantásticos,
no te dicen nada. Si hay una crítica, te lo van a revisar con
rayos láser".
Eso
sí, Castro advierte que desde el punto de vista político
no simpatiza con los transgénicos porque han producido lo que
llama un cambio de ambiente. Desapareció todo lo que lo hizo
enamorar de la temática cuando estudiaba. "Hoy en el mejoramiento
genético podés no tener un agrónomo, pero no podés
estar sin abogado ni contador", explica. "Es más un
problema de patentes que de agronomía o biología. Los
transgénicos cambian las reglas y tienen costos tan grandes que
solo los pueden financiar las multinacionales".
La
polenta
Hasta
hace no mucho la doctora Mabel Burger no estaba en contra de los transgénicos.
Pero ahora cambió. Burger es médica internista, especializada
en Toxicología. Grado cinco y ex directora del Departamento de
Toxicología de la Facultad de Medicina, de donde se jubiló
hace poco, ha dedicado los últimos dos años a estudiar
los transgénicos.
Y
comprobó que las cosas no eran como pensaba: "Lo que nos
habían dicho las empresas que traen la biotecnología era
que el transgénico nos iba a traer un uso menor de plaguicidas.
Y la verdad es que eso no se cumplió". Dice que un cultivo
transgénico de soja requiere mayor cantidad de herbicida que
un cultivo no transgénico: antes se usaban uno a dos litros de
herbicida por hectárea, y ahora se usan de tres a cinco litros.
Y
también dice que la soja transgénica consume "mucho
más fosfato, nitrógeno, potasio" del suelo, que la
soja no transgénica. Por eso, hay que usar más fertilizantes,
que llevan a la eutrofización de las algas, como pasó
en el Santa Lucía. "Y esa es una zona del Santa Lucía
rodeada de soja, donde se ha volcado cualquier cantidad de fertilizantes",
afirma Burger.
La
doctora integra un grupo -con otros profesionales de la ciencia y representantes
de organizaciones que promueven la alimentación saludable- que
presiona para que haya una ley nacional que obligue al etiquetado de
los productos.Dicen que es lo mínimo que se puede hacer, para
que el consumidor pueda decidir si compra o no compra esos alimentos.
El año pasado presentaron un anteproyecto en la comisión
de salud de la Cámara de Diputados. Y ganaron su primera batalla:
el decreto de la Junta Departamental.
Hace
unos meses Burger habló en el programa La Hora Verde de UNI Radio
89.1, la radio de la Universidad. Allí dijo que "la polenta
es una de las primeras comidas que el pediatra le indica a un lactante
que ha tenido un cuadro digestivo agudo grave (...) Está comiendo
polenta transgénica y ese niño tiene toda una vida por
delante. Que hoy ingiera harina de maíz un adulto de 60 años
no me preocupa mucho, es horrible lo que digo, pero me preocupa muchísimo
más el niño".
En
su apartamento de Malvín, Burger dice que el niño "puede
desarrollar vaya a saber qué enfermedades de futuro", aunque
hoy no esté bien claro qué enfermedades sean porque estamos
"inundados" de distintas sustancias químicas.
Los
pro y los anti
La
oficina de la Cámara Uruguaya de Semillas funciona en el viejo
edificio de la Cámara Mercantil en la calle Rondeau. No cumple
con el estereotipo que algunos pueden tener de un lugar donde se defienden
los intereses de las multinacionales del sector. La oficina es pequeña
y sencilla, no hay lujos. Y hay poca gente en la vuelta.
Pero
sí, en este lugar trabajan quienes representan a 39 empresas,
entre ellas Monsanto, la más nombrada por los ecologistas. El
ingeniero Bayce recibe a Qué Pasa en el despacho y, uno a uno,
intenta rebatir los argumentos que ya ha escuchado mil veces. Dice que
todo lo que está autorizado en Uruguay en transgénicos
es positivo, ya que son productos resistentes a insectos y por lo tanto
"no nos estamos metiendo insecticida en el cuerpo". Según
él, la soja convencional requiere un paquete de herbicidas bastante
más tóxicos que el glisfosato.
El
producto transgénico es equivalente al convencional, afirma después.
"O sea, si el maíz convencional te hacía mal,ojo
que este también te va a hacer mal. Pero porque es maíz,
no porque sea transgénico". Respecto a lo que dicen de que
tal vez puede llegar a hacer mal, responde: "Nada demuestra ser
seguro. ¿El pan que comemos ha demostrado ser seguro? Quizás
al celíaco le haga mucho daño". Para Bayce, quienes
rechazan los transgénicos asumen posturas filosóficas.
"También hay gente que se niega a vacunarse. Bárbaro,
están en su derecho. Pero no nos hagan pagar a nosotros su costo",
protesta.
Si
Bayce no tiene ni una objeción para hacerle a los transgénicos,
su colega César Vega —también ingeniero— no
tiene nada bueno para decir. Vega es el candidato a presidente por el
Partido Ecologista Radical Intransigente (PERI), que se presenta por
primera vez en esta elección.
Alto,
barbudo y de pelo algo desprolijo, conduce La Voz del PERI
en CX 40 Radio Fénix, algo así como una
trinchera ecologista y anti transgénicos. Un lunes poco antes
de las 10 de la mañana, el ingeniero entra a los viejosestudios
de la emisora, saluda al abogado Gustavo Salle (quien conduce el programa
que va antes) y se pone los auriculares mientras suena la cortina de
la audición: una canción folclórica de Argentino
Luna, que se titula "Me preguntan cómo ando".
Luna
canta que "ya somos muchos con bronca y se nos apaga el tiempo",
mientras Vega arranca el programa. Lamenta la reciente muerte del investigador
argentino Andrés Carrasco, ex presidente del Consejo Nacional
de Investigaciones Científicas (Conicet) y luchador contra los
agrotóxicos. "Ando paranoico. Me llama la atención
que toda esta gente se nos muera", dice Vega. Y luego inicia un
discurso contra los transgénicos y los agrotóxicos. Habla
de alergias, problemas en el hígado, riñones e intestinos.
Habla de cáncer.
Suena
demasiado radical. Pero, bueno, solo dentro de algunas décadas
tendremos un panorama un poco más claro sobre los efectos de
todas esas novedades en nuestros cuerpos.
3
preguntas
Adriana
Cauci y Paula Rama (licenciadas en nutrición, integran un grupo
que promueve el etiquetado).
¿Cómo
nutricionistas, ¿cuál es su opinión sobre los transgénicos?
Existen
evidencias científicas de que los alimentos transgénicos
pueden suponer un riesgo para la salud de consumidor. Esto se debe a
varios aspectos, en primer lugar, porque al introducirse un gen diferente
al "natural" del alimento, las repercusiones en el que consume
dicho alimento pueden asociarse a un aumento de riesgo a padecer un
mayor deterioro en órganos vitales. Por otro lado, la producción
de alimentos transgénicos implica la utilización de grandes
cantidades de herbicidas, plaguicidas, fertilizantes, los cuales tienen
un efecto para la salud que van desde alergias hasta carcinomas,tanto
en el productor y en quienes viven en la zona de producción como
para el que consume los residuos de agrotóxicos en el alimento.
Y por último los alimentos transgénicos se encuentran
por lo general como ingredientes de alimentos industrializados, que
además de contener a este, incluyen otras sustancias como sodio,
grasas y azúcares los cuales son perjudiciales para el consumidor.
¿De
lo que compramos en supermercados y ferias, ¿cuáles son
alimentos transgénicos?
Principalmente
los alimentos que contienen transgénicos son aquellos industrializados
como por ejemplo los snacks (papitas, saladitos), ya que los contienen
como aditivos e ingredientes. Estos ingredientes son los derivados de
la soja y el maíz (en Uruguay son los aprobados por el Ministerio
de Ganadería) como por ejemplo, lecitina de soja, almidón
de maíz, glucosa, dextrosa y también maltodextrina.
¿Qué
le aconsejan a los consumidores?
El
consumidor tiene el derecho de saber qué es lo que consume, si
es transgénico o no, y debe contar con esa información
para decidir. Por eso, queda en evidencia que es necesaria una herramienta
que le permita tomar una decisión informada y crítica
que es el etiquetado de alimentos transgénicos. La responsabilidad
del Estado para establecer el etiquetado está planteada, ya que
es el encargado de regular la venta de alimentos a nivel nacional y
departamental y garantizar el derecho de la información que tiene
el consumidor.

Fuente:http://www.elpais.com.uy/que-pasa/debate-abierto.html?utm_source=news-elpais&utm_medium=email&utm_term=Debate%20abierto&utm_content=24052014&utm_campaign=Que%20Pasa