El
New York Times carga contra las falsas promesas de los cultivos transgénicos
Por Danny Hakim
Es raro que los grandes medios de comunicación, especialmente
los estadounidenses, publiquen artículos o noticias que dejen
en mal lugar a los cultivos y alimentos transgénicos. En el caso
del New York Times, el artículo analiza cómo la principal
promesa realizada en torno a los cultivos transgénicos - que
aumentarían la producción - no ha sido cumplida en estos
veinte años.
Es
raro que los grandes medios de comunicación, especialmente los
estadounidenses, publiquen artículos o noticias que dejen en
mal lugar a los cultivos y alimentos transgénicos. En el caso
del New York Times, no es la primera vez que esto ocurre: fue el principal
periódico en hacerse eco del escándalo del caso Folta,
cuando la filtración de emails de famosos académicos estadounidenses
supuestamente "independientes" desveló la estrecha
relación que estos mantenían con las empresas biotecnológicas
y sus agencias de relaciones públicas.
En
esta ocasión, el artículo analiza cómo la principal
promesa realizada en torno a los cultivos transgénicos - que
aumentarían la producción - no ha sido cumplida en estos
veinte años.
Aunque
no estamos de acuerdo en descartar tan rápido como ellos hacen
las evidencias científicas que apuntan a posibles daños
para la salud - como tampoco lo hizo la Academia Nacional de las Ciencias
en su informe publicado en primavera - creemos que merece la pena leer
el artículo. A continuación podéis encontrar la
traducción al castellano.
El
original en inglés recoge gráficos, imágenes y
algunos recuadros con información adicional, que pueden consultarse
en la página del New York Times.
Dudas
sobre la abundancia prometida por los cultivos transgénicos
La
polémica sobre los cultivos transgénicos se ha centrado
tradicionalmente en miedos, en su mayor parte infundados, a que su consumo
tenga efectos nocivos para la salud.
Sin
embargo, un cuidadoso análisis por parte del New York Times indica
que el debate ha obviado un problema mucho más básico
- la modificación genética en EEUU y Canadá no
ha acelerado el aumento de la producción, ni ha conducido a una
reducción en el uso de pesticidas de síntesis.
La promesa de los transgénicos era doble: al hacer a los cultivos
inmunes a los efectos de los herbicidas e inherentemente resistentes
a varias plagas, podrían crecer tan robustamente que se volverían
indispensables para alimentar a la creciente población mundial,
pero sin necesitar tantas aplicaciones de pesticida.
Hace
veinte años que la mayor parte de Europa rechazó el cultivo
de transgénicos, mientras que EEUU y Canadá los adoptaban.
Al comparar los resultados en ambos continentes, utilizando datos independientes
e investigaciones académicas y de la industria, se ve que la
tecnología se ha quedado muy corta respecto a lo que había
prometido.
El
análisis del Times, utilizando datos de las Naciones Unidas,
muestra que EEUU y Canadá no han logrado ganar una ventaja notable
en la producción – de alimentos por hectárea - al
compararse con Europa Occidental, una región con agricultores
igualmente modernizados, por ejemplo en zonas como Francia y Alemania.
Además, un informereciente de la Academia Nacional de las Ciencias
concluía que "existe poca evidencia" de que la introducción
de cultivos transgénicos en EEUU hubiera supuesto un aumento
de la producción mayor que el observado en cultivos convencionales.
Mientras tanto, el uso de herbicidas en EEUU ha aumentado, aunque algunos
de los principales cultivos como el maíz, la soja o el algodón
han pasado a ser transgénicos. Y EEUU se ha quedado detrás
del principal productor europeo, Francia, a la hora de reducir el uso
de pesticidas, incluyendo tanto herbicidas como insecticidas.
Esta
importante diferencia en el uso de pesticidas puede observarse en los
datos de la United States Geological Survey. Desde que hace dos décadas
se introdujeran en EEUU cultivos transgénicos como el maíz,
algodón y soja, el uso de toxinas insecticidas y fungicidas se
ha reducido en un tercio, pero la pulverización de herbicidas,
que se utilizan en volúmenes mucho mayores, ha aumentado un 21%.
Por
el contrario, en Francia, el uso de insecticidas y fungicidas ha disminuido
en un porcentaje mucho mayor - 65 por ciento - disminuyendo también
el uso de herbicida en un 36 por ciento.
Las
profundas diferencias respecto a la ingeniería genética
han dividido durante décadas a estadounidenses y europeos. Aunque
ya en 1987 los activistas estadounidenses arrancaban plantas experimentales
de patata, la ira europea ante la idea de hacer tonterías con
la naturaleza se ha mantenido mucho más en el tiempo. En los
últimos años, la Marcha contra Monsanto ha reunido a miles
de manifestantes en ciudades como Paris y Basilea (Suiza), y la oposición
a los alimentos transgénicos es una de las bases del movimiento
político de los Verdes europeos. Aun así, los europeos
consumen estos alimentos al importarlos de EEUU y otros lugares.
El
miedo a los efectos nocivos de consumir alimentos transgénicos
ha demostrado tener poca base científica. El daño potencial
derivado de los pesticidas, sin embargo, ha llamado la atención
de los investigadores. Los pesticidas están hechos para ser tóxicos
- la Alemania nazi desarrollo versiones de uso militar, como el sarín
- y pueden producir efectos como retrasos en el desarrollo o cáncer.
"Se sabe muy poco de estos productos", dice David Bellinger,
profesor de la Facultad de Salud Pública de la Universidad de
Harvard, cuyos estudios atribuyen la pérdida de casi 17 millones
de puntos de coeficiente intelectual en niños estadounidenses
de cinco años a un tipo de insecticidas.
"Hacemos
experimentos con la población", afirma, al referirse a la
exposición a pesticidas en agricultura, "y esperamos hasta
que pasa algo malo."
La
industria gana por un lado y por otro, porque las mismas empresas producen
y venden tanto las plantas modificadas genéticamente como el
veneno que se les añade. Gracias a estas ventas, la capitalización
bursátil de Monsanto, la principal empresa semillera, y Syngenta
la gigante suiza de los pesticidas, se han multiplicado por seis en
los últimos quince años. Las dos empresas están
en este momento, cada una por su lado, negociando fusiones que aumentarían
su valor a más de 100.000 millones de dólares cada una.
Al
presentársele estos datos, Robert T. Fraley, Director de tecnología
de Monsanto, dijo que el Times había escogido los datos para
ofrecer una mala imagen de la industria. "Cada agricultor es a
su vez un hombre de negocios inteligente, y un agricultor no va a pagar
una tecnología que no crea que le aporta un beneficio importante,"
dijo. "Está claro que las herramientas biotecnológicas
han aumentado enormemente la producción."
Respecto
al uso de herbicidas, en un comunicado, Monsanto afirmaba, "Mientras
que el uso total de herbicidas podría estar aumentando en algunas
zonas en las que los agricultores están siguiendo las mejores
prácticas para gestionar problemas de malas hierbas, los agricultores
de otras zonas con diferentes circunstancias podrían haber reducido
o mantenido su uso de herbicidas."
Los
cultivos transgénicos a veces pueden ser efectivos. Monsanto
y otros citan a menudo el trabajo de Matin Qaim, un investigador de
la Universidad Georg-August de Göttingen, Alemania, incluyendo
un meta-análisis de estudios en los que él participó
y que concluía que los cultivos transgénicos habían
supuesto un aumento significativo de la producción. Sin embargo,
en una entrevista y a través de emails, el Dr. Qaim puntualizó
que los efectos significativos habían sido observados fundamentalmente
en variedades resistentes a insectos en países en desarrollo,
concretamente en la India
"Los
cultivos transgénicos actualmente disponibles no supondrían
un aumento importante de la producción en Europa," afirmó.
Y respecto a los cultivos tolerantes a herbicidas en general: "No
creo que esta sea una tecnología milagrosa sin la que no podemos
vivir."
La
promesa de reducir los químicos
Primero
vino el tomate Flavr Savr, en 1994, que se suponía iba a tardar
más en estropearse. Al año siguiente algunos tipos de
patata resistente a insectos. En el año 1996 algunos de los cultivos
más imporantes de EEUU comenzaron a ser transgénicos.
Monsanto, el campeón de estos nuevos rasgos genéticos,
los vendía como una forma de reducir el uso de sus pesticidas.
"Desde luego que no estamos animando a los agricultores a que utilicen
más químicos", declaraba un ejecutivo de la empresa
al Los Angeles Times en 1994. Al año siguiente, en un comunicado
de prensa, Monsanto decía que el nuevo gen que incorporaría
en sus semillas, llamado Roundup Ready, "podía reducir la
utilización global de herbicidas."
Inicialmente,
los dos tipos principales de cultivos transgénicos eran o bien
resistentes a herbicidas, lo que permitía pulverizar estos sobre
el cultivo, o resistentes a algunos insectos.
Las
cifras del Departamento de Agricultura de EEUU muestran cómo
el uso de herbicidas se ha disparado en la soja, uno de los principales
cultivos transgénicos, multiplicándose dos veces y media
en las últimas dos décadas, mientras que la superficie
del cultivo crecía en menos de un tercio. Su utilización
en maíz ya estaba disminuyendo antes de que se introdujeran los
cultivos transgénicos, para después prácticamente
duplicarse entre 2002 y 2010, antes de estabilizarse.
Los
problemas de malas hierbas resistentes en estos cultivos han aumentado
su uso aún más.
Para
algunos, este efecto era predecible. El propósito de diseñar
plantas resistentes a insectos "era reducir el uso de insecticidas,
y así ha sido" declaraba Joseph Kovach, un investigador
jubilado de la Universidad Estatal de Ohio que estudiaba los riesgos
ambientales de los pesticidas. Pero el objetivo de las semillas tolerantes
a herbicidas era "vender más producto", dijo - más
herbicida.
Se
entiende que los agricultores con cultivos infestados por las malas
hierbas, o por una plaga o enfermedad en concreto, se conviertan en
defensores acérrimos de los transgénicos. "Es de
tontos, es casi ridículo dar la espalda a una tecnología
que tiene tanto que ofrecer," afirmaba Duane Grant, presidente
de la Amalgamated Sugar Company, una cooperativa de más de 750
productores de remolacha azucarera del Noroeste.
Según
él, los cultivos tolerantes al Roundup, el herbicida más
popular de Monsanto, han salvado su cooperativa.
Sin
embargo, las malas hierbas de todo el mundo se están volviendo
tolerantes al Roundup - lo cual deja un hueco para que la industria
venda nuevas semillas y más pesticidas. Las últimas semillas
han sido diseñadas para resistir a dos herbicidas, y hay planes
de introducir resistencia a hasta cinco. Eso hará también
más fácil que los agricultores que quieran pelear con
las malas hierbas que ya existen utilicen cada vez más tóxicos
vendidos por las mismas empresas.
La
resistencia creciente al Roundup está haciendo que revivan también
otros químicos más antiguos y polémicos. Uno es
el 2,4-D, un ingrediente del Agente Naranja, el infame defoliante utilizado
en la Guerra de Vietnam. Sus posibles riesgos dividen desde hace tiempo
a los científicos, y han provocado la alarma de los movimientos
sociales.
También está el dicamba. En Louisiana, Monsanto está
invirtiendo casi 1000 millones de dólares en poner en marcha
la producción de este químico. Y aunque aún no
se ha autorizado el uso de la versión de Monsanto, la empresa
ya está vendiendo semillas capaces de resistirlo - y ya han aparecido
casos de agricultores que han dañado el cultivo de su vecino
al pulverizar ilegalmente con versiones más antiguas de la toxina.
Semillas
de alta tecnología
Dos
agricultores, a 6.000 kilómetros el uno del otro, mostraban recientemente
a un visitante sus semillas de maíz. Bo Stone y Arnaud Rousseau
pertenecen a familias que llevan trabajando la tierra durante seis generaciones.
Los dos usan semillas de DuPont, la gigante de los agroquímicos
que se va a fusionar con Dow Chemical.
A
simple vista las semillas parecen idénticas. Dentro de ellas,
sin embargo, existen importantes diferencias.
En
Rowland, N.C., cerca de la frontera de Carolina del Sur, las semillas
de Bo Stone están hasta arriba de rasgos transgénicos.
Tienen Roundup Ready, el gen de Monsanto que la hace resistente al Roundup,
y también tiene un gen de Bayer que hace que el cultivo resista
un segundo herbicida. El rasgo denominado Herculex I fue desarrollado
por Dow y Pioneer, ahora parte de DuPont, y ataca el canal alimenticio
de los insectos (ver nota al final). Eso mismo hace YieldGard, de Monsanto.
También
hay una gran diferencia: el precio. Rousseau paga unos 85$ por una bolsa
de 50.000 semillas. Stone paga unos 153$ por la misma cantidad de semilla
transgénica.
Para
los agricultores, funcionar sin cultivos transgénicos no es una
elección fácil. Los rasgos modificados no se venden a
la carta.
Stone,
de 45 años, tiene un máster en Ciencias agrícolas
y escucha la radio Prime Country en su pickup de Ford. Tiene un campo
experimental en el que prueba la semilla nueva, buscando las características
más importantes para él - plantas bien erguidas, por ejemplo.
"Escojo
en función de la producción y las características
de la planta, más que de los rasgos que dan los transgenes",
como la resistencia a químicos o insectos, dice, subrayando un
punto importante: las cantidades producidas siguen dependiendo de la
mejora convencional, como llevan haciéndolo miles de años.
Dicho
esto, Stone valora positivamente el que el transgénico reduzca
su utilización de insecticida (aunque agradecería una
ayuda con las chinches, un problema para muchos agricultores). Además,
ha aparecido el problema de la resistencia de algunas malas hierbas
al Roundup.
"Ningún
transgénico va a servir para todo," dice.
Por otra parte, en la granja de Arnaud Rousseau en Trocy-en-Multien,
un pueblo cerca de París, el maíz no tiene ninguno de
estos rasgos transgénicos, la mayoría de los cuales están
prohibidos por la Unión Europea.
"La
puerta está cerrada", dice Rousseau, de 42 años,
vicepresidente de una de las muchas uniones de agricultores francesas.
En su granja de 340 hectáreas tuvo lugar una de las carnicerías
de la I Guerra Mundial, en la Batalla del Marne.
Al
igual que en el caso de Stone, la producción de Rousseau ha aumentado,
aunque sube y baja según el año. La tecnología
agrícola ha supuesto también grandes cambios. "Mi
abuelo usaba caballos y bueyes", dice Rousseau. "Yo tengo
tractores con motor."
Quiere
tener acceso a la misma tecnología que su competencia al otro
lado del Atlántico, y cree que los cultivos transgénicos
podrían ahorrarle tiempo y dinero.
"Visto
desde Europa, cuando hablas con agricultores estadounidenses o canadienses,
nos da la sensación de que lo tienen más fácil.
Igual no es así, no lo sé, pero es la sensación
que tenemos."
Alimentar
al mundo
Dado
que se espera que la población mundial llegue a los casi 10.000
millones para el año 2050, Monsanto lleva tiempo publicitando
sus productos como una forma "de ayudar a cubrir la demanda de
alimentos de esos miles de millones de personas," tal y como decía
en un comunicado de 1995. Este sigue siendo un mantra de la industria.
"Es
absolutamente clave que sigamos innovando," afirma Kurt Boudonck,
quien dirige los invernaderos de Bayer que se extienden por Carolina
del Norte. "Las técnicas de producción actuales no
nos van a permitir dar de comer a tanta gente.
Sin
embargo, no ha aparecido una ventaja significativa en la producción.
El Times analizó los datos regionales de la Organización
de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación,
comparando los principales cultivos transgénicos de EEUU y Canadá
con las variedades cultivadas en Europa Occidental, una agrupación
utilizada por la agencia y que agrupa a siete países, entre ellos
los dos principales productores agrícolas, Francia y Alemania.
En
el caso de la colza, de la cual un tipo se utiliza para producir aceite,
el Times comparó Europa Occidental con Canadá, el principal
productor, durante los últimos treinta años, lo cual abarca
también un período anterior a la introducción de
cultivos transgénicos.
A
pesar de rechazar los cultivos transgénicos, Europa Occidental
mantuvo una producción superior a la canadiense. Aunque esto
se debe en parte a que ambas regiones cultivan variedades diferentes,
las tendencias en la producción relativa no se han desplazado
a favor de Canadá con la introducción de los cultivos
transgénicos, según muestran los datos.
En el caso del maíz, el Times comparó Estados Unidos con
Europa Occidental. Las tendencias de uno y otra apenas varían
en los últimos treinta años. Y la remolacha azucarera,
una importante fuente de azúcar, ha mostrado en los últimos
años un mayor aumento de la producción en Europa Occidental
que en EEUU, a pesar de la expansión de variedades transgénicas
en la última década.
Jack
Heinemann, profesor de la Universidad de Canterbury en Nueva Zelanda,
publicó en 2013 un estudio que comparaba las tendencias de producción
a ambos lados del Atlántico, utilizando datos de las Naciones
Unidas. Europa Occidental, afirma, "no se ha visto penalizada de
ninguna forma por no elegir utilizar la ingeniería genética
en agricultura."
Los
ejecutivos de las empresas biotecnológicas sugieren realizar
comparaciones más concretas. El Dr. Fraley, de Monsanto, subrayó
los datos que comparaban el crecimiento de la producción en Nebraska
y Francia, mientras que un ejecutivo de Bayer sugería Ohio y
Francia. Estas comparaciones pueden resultar favorables para la industria,
mientras que utilizar otros estados para comparar puede resultarles
perjudicial.
Michael
Owen, un investigador de la Universidad Estatal de Iowa especializado
en malas hierbas, declaró que aunque la industria lleva mucho
tiempo diciendo que los transgénicos iban "a salvar el mundo",
aún "no han encontrado el mítico gen de la producción."
Escasez
de nuevos mercados
La
industria agroquímica, vapuleada por los precios a la baja de
las materias primas agrícolas y la resistencia de los consumidores
que ha dificultado la entrada en nuevos mercados, se ha visto inmersa
en una dinámica de fusiones. Bayer anunció recientemente
un trato para comprar Monsanto. Y la empresa estatal China National
Chemical Corporation ha recibido la aprobación estadounidense
para comprar Syngenta, aunque Syngenta advertía más tarde
que la adquisición podría retrasarse por el escrutinio
de las autoridades europeas.
Estos
tratos tienen como objetivo el crear gigantes con aún más
ganas de vender tanto semillas como productos químicos. La nueva
generación de semillas ya está llegando al mercado o se
está desarrollando. Y tienen grandes títulos. Está
la Balance GT Soybean Performance System de Bayer. El maíz Genuity
SmartStax RIB Complete de Monsanto. El PhytoGen de Dow, con Enlist y
Widestrike 3 Insect Protection.
En
el argot de la industria, son variedades con varios rasgos transgénicos
"combinados". Y hay más en camino. Monsanto ha dicho
que la semilla de maíz de 2025 tendrá 14 transgenes y
permitirá a los agricultores utilizar cinco tipos diferentes
de herbicida.
Se
dice que estos nuevos cultivos transgénicos hacen muchas cosas,
como proteger los cultivos de las enfermedades o hacer que los alimentos
sean más nutritivos. Algunos podrían ser efectivos y otros
no. Para la industria, el hacer que cultivos cruciales como el maíz,
la soja, el algodón y la colza pasen a ser casi completamente
transgénicos en muchas partes del mundo cubre una auténtica
necesidad. Para sus críticos, es una oportunidad de marketing.
"La aceptación de los cultivos transgénicos es excepcionalmente
baja en Europa," dice Liam Condon, director del área agrícola
de Bayer, en una entrevista en el día que se anunciaba su trato
con Monsanto. Añadía: "Pero hay muchos lugares en
el mundo en el que hay mucha más necesidad, y en los que se aceptan
los transgénicos. Iremos allí donde el mercado y los clientes
demanden nuestra tecnología."
Un
cuadro publicado el domingo con la continuación del artículo
sobre las promesas no cumplidas de los cultivos transgénicos
recogía de forma errónea el modo de acción de Herculex
I, un rasgo genético desarrollado por Dow AgroSciences y Pioneer.
Rompe la pared del canal alimenticio de las larvas de los insectos;
no crea una bacteria que lo haga.
Fuente