Occidente
y Eurasia: una “esquizofrenia” transgénica
Alimentos genéticamente
modificados. ¿Política o ciencia?
Los OGM “en
casa”. Argentina y Uruguay
En
1996 “se aprueba” en Argentina el ingreso de soja transgénica.
Era el momento de la fiesta menemista, de la pizza con champán.
Era tanto el apuro por recibir millones (de dólares, está
casi de más aclararlo), que los textos fundacionales de la
soja transgénica están en inglés que, ya se sabe,
no es el idioma oficial argentino.
En
2002 entra al Uruguay, raudamente y de modo similar. En esa media
docena de años, entre 1996 y 2002, Argentina, con su soja “Maradona”
había logrado oficiar de “cabecera de playa” del
“ejército monsantiano” para el desembarco de esa
soja en Uruguay, en Paraguay y en Brasil.
En
Brasil hubo lucha, verdaderamente, porque aquel PT, -no el de Lula
y Dilma- se opuso a la introducción de tales plantíos
y reivindicó la agricultura más ligada a formas “no
tan agresivas” de producción. Con el apoyo del MST. Pero
aun así, los dirigentes petistas que resistieron la soja contrabandeada
lo pagaron con su carrera política.
El
estilo en Paraguay fue más expeditivo; el ejército ofició
de “vanguardia” o avanzada para ir convirtiendo los campos
con sus campesinos tradicionales en campos “inteligentes”
y a los campesinos refractarios en obedientes. Algunos muertos en
el camino no alteraron la marcha triunfal de la ingeniería
genética entonces ya bautizada “biotecnología”,
nombre mucho más vistoso y menos frío, sin duda.
En
Uruguay, “los adelantos científicos” son asuntos
sagrados y por lo tanto, entraron sin problema y más bien con
el aplauso de los progresistas globalifílicos.
Así
tuvimos una primera década del siglo XXI a pura ganancia para
los sojeros que adhirieron al “avance tecnológico”
en la región platense, pese a la resistencia y desconfianza
que en alguna medida existió; sospechando que el apuro en la
implantación no era científico sino comercial, que los
recaudos sanitarios iniciales[1] eran insuficientes, que las investigaciones
para probar su posible equivalencia con sus correspondientes clásicos
no eran concluyentes (sobre todo por algunos episodios, alergógenos,
p. ej., que obligaron a retirar algunos “eventos”), que
los efectos del “paquete tecnológico” que caracterizó
el cultivo de transgénicos encerraba incógnitas, ominosas
(se trataba de las baterías de agrotóxicos diseñadas
para la producción transgénica)…
En
Argentina fue la fiesta de los millones de dólares conseguidos
con una producción sin control de calidad. Todo “marchaba”
en los barcos, sobre todo al Asia y fundamentalmente a China.
A
ese “negocio” se entregaron tanto lo más neoliberal
y entreguista, como el reinado de Menem o el efímero de De
la Rúa, como lo más progre, populista y nacional de
la era K.
En
Uruguay, casi toda la expansión sojera ha corrido durante los
gobiernos del Frente Amplio. Que le cedieron graciosamente la valiosísima
tierra oriental a sojeros argentinos sin reclamarles ni siquiera pago
de impuestos. Como una suerte de régimen de zona franca; un
mecanismo económico traído desde las economías
centrales, afiatado durante las dictaduras latinoamericanas “setentistas”
y que el Frente Amplio Encuentro Progresista Nueva Mayoría
ha hecho suyo.
La
implantación de transgénicos se presentó dentro
del llamado “paquete tecnológico” –la semilla
GM más la batería de agrotòxicos-. Entre agrónomos
y técnicos agrarios e incluso periodistas hubo lo que ya dijimos;
resistencia, dudas, sospechas.[2] Tales observaciones fueron sistemáticamente
desatendidas. Los aportes de Arpad Pusztai y Stan Ewen todavía
en el siglo XX y más recientemente, biólogos como los
investigadores Andrés Carrasco, argentino, y Gilles-Eric Séralini,
francés, fueron olímpicamente ignorados.
“La
ciencia” parecía seguir adelante, pujante. “Al
servicio de la humanidad”, según declaraban sus sostenedores
desde la década de los ‘90; los numerosos Víctor
Trucco, Héctor Huergo, la cúpula de CASAFE (Cámara
de Sanidad Agropecuaria y Fertilizantes, argentina), ingenieros agrónomos
como Esteban Hopp o ejecutivos como Juan Kiekebusch y, recibiendo
“sangre nueva”; Gustavo Grobocopatel, el “sojero
sin tierra” según su propia y modesta definición;
Rodolfo Rossi y en general los redactores de los suplementos de campo
de los diarios (como La Nación), los cultores de Expoagro y
los designados por la era Macri, como Ernesto Ambrosetti, admiradores
de la “agricultura inteligente”…
En
2010, la Red de Médicos de Pueblos Fumigados de Argentina muestra
que el “paraíso en el campo” no es tan idílico
como nos lo muestran aquellos suplementos camperos.[3] Releva enfermedades
un poco por doquier en esa nueva y exitosa Argentina agroindustrial.
Algunos médicos, al principio como “francotiradores”
(Darío Gianfelici, Hugo Gómez Demaio, aunque la investigación
de este último tenga más relación con los agrotóxicos
tradicionales en zonas tabacaleras) ya habían ido denunciando
los vicios de procedimiento para recibir e incorporar tales cultivos
y a la vez los de los procesos mediante los cuales se “legitimaron”
tales cultivos en EE.UU. -que es el foco planetario de esa “revolución
agrícola”-,[4] pero “la marcha triunfal”
de los OGMs se mantuvo.
Pese
a la verificación de daño ambiental, biológico
y humano en más y más casos, la industria biotech
contó con abogados que lograban oscurecer, difuminar, el origen
de tales daños y en general, valiéndose de legislación
y reglamentación cómplice, se solía, se suele,
atribuir los desastres, cada vez más inocultables, a mal manejo,
a errores de los ejecutantes, excesos de dosis, etcétera. Como
si los venenos no fueran veneno con dosis adecuadas.[5]
Ni
la presentación de un fotógrafo, Pablo E. Piovano, hace
pocos años, mostrando el resultado atroz de la fumigación
sojera en los cuerpos sobre todo de niños en las zonas más
estragadas por la producción sojera GM en la Argentina.[6]
Al contrario, los municipios generalizaron el uso de glifosato hasta
en las plazas públicas de las ciudades del país para
quitar con comodidad, sin “agachar el lomo”, los yuyos,
aunque dejando, claro, residuos del herbicida en baldosas y pastos
que transitan a menudo cachorros, de perro… y de humanos. Esa
comodidad, faltaba más, se trasladó a los municipios
uruguayos y así vemos a cuadrillas provistas de glifosato “matando
yuyos” en veredas y plazas del Uruguay…
Incluso
para desembarazarse de la irrespetuosa Huerta Orgázmika de
Caballito, en Buenos Aires, en 2009, no tuvieron nada mejor que entrarle
a saco con nubes de glifosato gaseado, al mejor estilo militar en
dictadura… eso pasó en pleno período K, bajo el
gobierno municipal de Mauricio Macri.
Así
hemos ido llegando a 2016. Y a 2017.
China…
y Rusia
“La
bomba” ha estallado en Heilongjiang, una provincia china del
tamaño de Francia entera o de toda España, con “apenas”
unos 40 millones de habitantes… Acaban de aprobar una suspensión
de cultivo y consumo de alimentos transgénicos desde el próximo
mes de mayo y por cinco años.
En
la región platense, ni nos enteramos, al menos no se entera
“el mundo de la soja” (mejor dicho, claro que se enteran,
pero no se ha convertido en noticia). Una forma radical de “control
del daño” (si algo no existe, no ocasiona dificultades…).
Los
servicios sanitarios de la provincia de Heilongjiang estuvieron verificando
año a año el deterioro sanitario de su población.
Ya en 2014, las autoridades militares “pidieron la prohibición
de alimentos GM para sus tropas”.[7]
Pero
el establishment chino, nutrido desde los emporios de ingeniería
genética madeinUSA intentó desmontar esa resistencia
creando un organismo de pantalla con apariencia de ciencia y “sin
fines de lucro”; la Academia China de Ciencia Agrícolas.
A
la larga, empero, ese personal forjado en los centros de adiestramiento
de los grandes consorcios occidentales de productos transgénicos
no tuvo éxito en sus planes de persuasión, porque el
Ministerio de Agricultura chino resolvió, 22/9/2016, entre
otras medidas, la clausura de la Academia mencionada.
Una
de las “gotas que derramó el vaso” fue la toma
de estado público gracias a un “whistleblower”
chino[8] que explicó que el ministerio se valía de informes
falsos que legitimaban la ingeniería genética. Wei Jingliang,
trabajando en “Genetically Modified Animals and Feeds Safety
Supervision and Inspection Center” (Centro de Inspección
de Animales Transgénicos y Supervisión de Seguridad
Alimentaria) [9] sostuvo que la Academia de que hemos hablado ignoró
su denuncia de falsificación de datos, y que por el contrario
se valió de tales falsificaciones para habilitar transgénicos.
Las
autoridades chinas tuvieron que enfrentar este terrible “tornado”
que conmovió habilitaciones y una confianza que hasta entonces
era de las autoridades aunque no de la población.[10]
Los
chinos percibieron que aumenta el caudal de investigaciones críticas
respecto de las consecuencias del empleo de semillas transgénicas
y del “combo” en el cual rinden. A la vez, desde hacía
ya años, médicos chinos, sobre todo en Heilongjiang,
venían rastreando la indisimulable relación entre la
propagación de enfermedades nuevas, sin precedentes, y el ingreso
masivo de soja transgénica en hogares, cocinas y estómagos
chinos. El “alud GM” proviene de EE.UU., Brasil y Argentina
que fue sustituyendo producciones locales. Y aunque habían
evitado el consumo de tal soja en la alimentación humana directa
(se la destinaba casi exclusivamente a ración para animales),
no dejaron de asociar su deteriorado estado sanitario con los cambios
alimentarios.
Por
eso, las autoridades de salud de Heilongjiang lograron aprobar esa
suspensión por cinco años de empleo de semillas y alimentos
transgénicos.
Hasta
aquí podemos verificar la decisión china (aunque se
trate de escala provincial) y el “silencio de radio” entre
nosotros, en la “República Unida de la Soja” como
en algún momento los CEOs de Syngenta bautizaron la implantación
de la soja GM en Argentina, Brasil, Uruguay, Paraguay y Bolivia.
Pero
“la bomba” no estalló sólo en Heilongjiang.
Sustainable Pulse, un blog ecologista pero no anticapitalista,
ha publicado un informe que detalla “la cocina” o si se
quiere la labor de lobby de los elencos protransgénicos
de EE.UU. en Rusia.[11]
Se
repite la secuencia de China
En
2015 el Parlamento Ruso, la Duma, aprobó la primera instancia
de un proyecto para prohibir OGMs. Se agendó para marzo de
2016 su tratamiento definitivo. Y el mismo día de ese anuncio,
la agencia nacional rusa TASS publica un artículo que alcanza
muchísima difusión, viralizado, titulado: “Russian
scientists have refuted the findings of studies on the hazards of
GMOs” [Científicos rusos han refutado los hallazgos de
investigaciones acerca de los peligros de los productos transgénicos],
que se basa en un examen por parte de científicos rusos (de
IPPI RAS, Instituto para Información de Problemas de Transmisión)
y estadounidenses (de la Universidad Miller de Miami). El artículo
está firmado por Alexander Panchin, del IPPI RAS, y Alexander
Tjuzhikov, de la Universidad Miller de Miami.[12]
Según
Sustainable Pulse, el artículo resultó muy pobre, científicamente
hablando, lleno de errores que destacaron varios investigadores rusos
de primer nivel. No ayuda a la calidad intelectual de uno de los autores
del artículo difundido por TASS el hecho que Panchin haya cuestionado
la investigación de Séralini de 2012 quien se permitiera
seguir estrictamente los protocolos de Monsanto respecto de la toxicidad
del glifosato, sólo que prolongando la experiencia de Monsanto
de tres meses (que no había dado nada negativo) a algunos meses
más y que ya en el cuarto mes reveló una serie de tumoraciones
atroces en los cobayos, patentizando el manejo de la “ciencia”
monsantiana.
Pero
la influencia del lobby “científico” estadounidense
en Rusia es importante, tanto como para lograr un contacto directo
con Vladimir Putin, el namberguán del elenco político
ruso. Algo que logró Vladimir Fortov, presidente de la Academia
Rusa de Ciencias.
Sin
embargo, siempre según Sustainable Pulse, Putin y sus ministros
vienen presentando a Rusia con el proyecto de convertir a ese país
en el mayor productor de alimentos orgáncos del mundo. Como
confirmando este aserto, en 2015 el primer ministro ruso del gobierno
de Putin, Arkady Dvorkovich, afirmó que no es necesario el
uso de ingeniería genética para alimentar el mundo;
exactamente lo opuesto de lo que proclaman Monsanto, Syngenta, el
USDA [Ministerio de Agricultura de EE.UU.] y todo el entramado del
agribusiness incluidos nuestros grandes cultores (y más grandes
beneficiarios) de la agricultura “inteligente”.
En
resumen, vemos la presión trans (-nacional y -génica)
sobre Eurasia, el asiento de la mayor población del planeta,
a la vez que también de los mayores territorios y que no están
totalmente dependizados de Occidente (aunque están sí
bastante dependizados), de todos modos menos que la despedazada África,
América Lapobre, Oceanía…
En
este aspecto, la situación europea es problemática.
Europa es la cuna de lo que llamamos hoy Occidente. Y, muy a grandes
rasgos, ha gozado históricamente ese privilegio. Pero a diferencia
de EE.UU., donde la ingeniería genética se desarrolló
con gran éxito, la inmensa mayoría de los países
europeos rechazan los OGMs o, en última instancia hacen como
China; aceptan forrajes transgénicos con la esperanza de quebrar
continuidades genéticas. Salvo España, Portugal y Ucrania
(“el granero de Europa”), los demás han prohibido
tales cultivos.
Volvamos
a nuestra región, platense
1.
Las vicisitudes de la implantación de transgénicos en
otras partes del mundo pasan totalmente inadvertidas en nuestros medios
de incomunicación de masas. En China se discute si con los
transgénicos no han aparecido enfermedades nuevas; hay autoridades
médicas chinas que asocian el consumo de transgénicos
con el aumento de la infertilidad (hay sospechas incluso que eso puede
ser una política).[13] Nada de eso se plantea “entre
casa”.
2. En febrero, la TV italiana puso al aire el informe de Gaetano Pecoraro
sobre lo que acontece en Argentina con los transgénicos. Horrorizado,
visitó las zonas más devastadas por la contaminación
vinculada a la siembra directa y los cultivos OGMs.[14] Registró
una cantidad inusualmente alta de enfermos de cáncer, por ejemplo.
Algo que vienen diciendo los médicos de la Red de Pueblos Fumigados
desde hace años, aunque con escasa resonancia mediática
dentro de fronteras. Y dentro de la región.
Porque
aquí parece que seguimos viviendo en el mejor de los mundos.
Pecoraro
visitó San Salvador en Entre Ríos al que presentó
como “ ‘el pueblo del cáncer’ donde se
puede respirar una atmósfera espesa con altas concentraciones
de veneno y los habitantes de bajos recursos utilizan los bidones
de glifosato descartados para llevar agua a sus hogares.”
Su
pronóstico es sombrío: “el ‘granero
del mundo’ va camino a convertirse en una gigantesca enfermería.”
3.
Hemos repasado sucintamente la problemática de los transgénicos,
desde el punto de vista sanitario (cuando hablamos de salud y aludimos
a los productos GM no precisamos, ni podemos, si “las nuevas
enfermedades” se correlacionan con los productos transgénicos
o con “el paquete tecnológico” para el cual aquella
transgénesis se ha llevado a cabo); desde el punto de vista
geopolítico, como lo acabamos de reseñar en los casos
de China y Rusia, cuyas políticas alimentarias están
claramente interferidas por intereses transnacionales asentados sobre
todo en EE.UU. y Suiza y vaya uno a saber en qué otros estados
o centros de poder), y desde el punto de vista informativo, mejor
dicho no-informativo o desinformativo.
Lo
futuro es por naturaleza, incognoscible. Pero el presente nos revela
cada vez más prístinamente que la agroindustria tiene
un atroz poder contaminante, que es un temible productor de desechos,
de inundaciones, de contrarreforma agraria y consiguiente desocupación
rural, de gran escala. Y que la gran escala a favor de los poderosos
del planeta, diezmando al campesinado, no se casa bien con el cuidado
del planeta. Al contrario, es, por su naturaleza, un proceso que deja
a “la vera del camino” muchísimos desechos y detritus.
¿Pero
a la vera de qué? ¡De nada! La montaña de desechos
y desperdicios, que en rigor es algo mucho peor que una montaña,
está saturando a todo el planeta.
Y
nuestro principal “almácigo” planetario, el fondo
del mar océano, está totalmente alterado por las políticas
humanas. Como la de la dirección económico-militar estadounidense
que durante décadas, ha llevado desechos industriales a altamar,
los ha quemado y luego los ha fondeado; o mediante la “plastificación”
de los mares (todos los océanos cuentan hoy con “islas”
de plástico tan extensas como Groenlandia o Argentina).
Como
los plásticos no son biodegradables, cuando el oleaje, la falsa
digestión de animales, fricciones, los desmenuzan, partículas,
minipartículas y hasta micropartículas “navegan”
y se van asentando en los fondos marinos, asfixiándolos, bloqueando
sus procesos bióticos, que son los nuestros.
Hace
años lo sabemos, aunque a algunos les cueste ver la conexión
y/o asumirla.
Estamos
poniéndole bulones al ataúd. ¿Habrá tiempo
para reaccionar?
Notas:
[1] Los primeros cultivos GM en EE.UU. y otros países del 1M
se hicieron bajo carpa, en invernaderos; pero la industria biotech
arrasó pronto con tales recaudos. En Argentina un proyecto
de ley presentado por el MAPO (Movimiento Argentino de Producción
Orgánica) alrededor del 2000 para dividir el país mediante
un paralelo y permitir el uso de soja tradicional y/u orgánica
de un lado y transgénica del otro, fue ignorado olímpicamente
en el Congreso y todo cultivo de soja no transgénica pudo recibir
a su lado uno transgénico, con lo cual la mezcla resultaba
inevitable y la pérdida de la calidad de orgánico también.
[2] En Argentina, para mencionar apenas algunos; Grupo de Reflexión
Rural, Ecos de Romang, Grupo de Ecología, Paisaje y Medio Ambiente,
Ecos de Saladillo, CETAAR, revistas futuros, biodiversidad, El Abasto…
En Uruguay, RAPAL, Grupo Guayubirá, Greenpeace, Redes, entre
otros.
[3] Particularmente el Clarìn Rural, pero también los
boletines y suplementos de Expoagro y demás voceros de la agroindustria
a menudo sincerada como “agribusiness”.
[4] Véase Druker, Steven, Alliance for Bio-Integrity, 1998.
[5] La coartada principal: el agua es también un tóxico,
un veneno mortal si uno toma 6 u 8 litros…
[6] Provincias de Buenos Aires, Córdoba, Entre Ríos,
Santa Fe, Santiago del Estero.
[7] Alejandro Villamar, “Un regalo de año nuevo lunar
en China”, ALAI AMLATINA, 30/1/2017.
[8] “Tocador de silbatos, literalmente, aunque está entrando
en uso el vocablo “alertador”: alguien que ubicado en
una posición que le ha permitido saber un acto de corrupción
o de falsificación de quienes están con cuota de poder,
arriesgando su propia posición personal, lo denuncia. Como
Daniel Ellsberg, Jeffrey Wigand, Hervé Falciani, Mordechai
Vanunu, Edward Snowden, Chelsea Manning y tantos otros bravos (y bravas).
[9] “Ministry
Halts Operation of GMO Agency Following Accusations from ex-emloyee”,
[10] Adam Minter, “China Wants GMOs, The Chinese People Don’t”,
16 set. 2016.
[11] “Has the US Biotech Industry Infiltrated the Russian Scientific
Community?”, 17 feb. 2016.
[12] Sustainable Pulse, ibíd.
[13] Claims
That U.S. Soybeans Cause Infertility Stoke China’s GMO Battle
[14] “La Iene”, <https://mail.google.com/mail/u/0/?tab=wm#inbox/15a29cf62cd80de2>,
Por
Luis E. Sabini Fernández
Revista
futuros