¿Quo
vadis COVID-19?
La pandemia
ha generado con su sola irrupción, una nueva interrogante sobre
el mundo, la realidad, la verdad.
Su peso
es tal y tan perceptible que de inmediato advertimos que estábamos
en un parteaguas; antes y después de.
Como cuando
el 11 de setiembre de 2001.
La primera
interrogante, claramente, es sobre su advenimiento. Si natural, dado
por la “fuerza de las cosas” o promovido, es decir como
expresión de una política.
Optar por
considerarlo estrictamente político nos pone de inmediato bajo
la acusación de lo conspiración, en el mismo sentido
que cualquier crítica a la crueldad y el desprecio racista
del establishment israelí contra lo palestino nos pone bajo
la acusación, radicalmente falsa, de antisemitismo.
Esto significa
que nuestra cultura o mejor dicho que los titulares de nuestra cultura
tienen una línea precisa de lo políticamente correcto,
que no pasa por algunos territorios, vedados.
Sobre el
neologismo conspiranoico y su relación con “la pandemia”,
remito al lector al análisis que Antonio Martínez Belchi
ha desplegado en “El COVID 19 y el problema de la verdad”
(28 04 20), quien, postulando ser escéptico metódico
ante toda conspiración por suscribir “el principio de
simplicidad” (Navaja de Ockham), desarrolla, como la más
convincente de las posiciones, “la tesis de la propagación
intencionada”.
Por mi
parte, he leído una larga exposición de Bill Gates,
“TheFirst Modern Pandemic” (23 04 20) que constituye un
despliegue de identificación con los desamparados, los ancianos,
los niños, los enfermos, que despertaría la envidia
de la Madre Teresa de Calcuta.
Bill Gates
es el mismo que patrocina a la OMS con aportes incomparablemente mayores
a los de cualquier estado (con lo que eso significa de condicionamiento),
es el mismo que organizara un simulacro de pandemia que tuvo lugar
precisamente antes de la encarnación, de la puesta en acto
que ahora nos condiciona en todo el mundo.
Objetivo
declarado y aparente; objetivos reales
Así
como el alegato de Gates destilando bondad a raudales resulta incongruente,
así la cobertura mediática parece también incongruente;
so pretexto de informar, tiene un único resultado (¿u
objetivo?): atemorizar, por no decir aterrorizar a la población
humana.
Todo el
registro de lo que se suponen los estragos de la pandemia se hacen
con estadísticas que parecen partir de la amortalidad humana:
no que los humanos sean inmortales, porque sería una ñoñez,
que ni un filósofo partidario de la construcción de
humanos como Yuval Harari pretende, pero sí que los humanos
no mueren… salvo por coronavirus.
Tuvo que
salir un infectólogoarchirreconocido, jefe de Protección
Civil italiano, Angello Borrelli, estimando que estamos ante “fallecidos
con coronavirus y no por coronavirus” [1]
Si los
voceros e intermediarios de “la info” de nuestro presente
maltratan así a la verdad, tenemos que suponer tontería
sin límites o calculadas estrategias de engaño, disfraz
o confusión. Aunque sepamos el alcance casi ilimitado de lo
tonto, nos parece que hay otros elementos que nos llevan a pensar
que no se trata de tontería o torpeza alguna.
Hagamos
somera recorrida cronológica: cuando la epidemia de COVID-19
parecía instalada en China, concretamente en Wuhan, ciudad
clave por sus laboratorios vinculados a la investigación y
producción de quimeras, y poco más en estados vecinos
o circundantes, como Corea del Sur (nada se sabe de la del Norte),
Singapur, Taiwán, cuando todavía no se había
establecido la corriente de contagio con países de Europa Occidental,
el segundo brote de lo que se iba a configurar como PANDÉMICO,
aparece en Irán; un estado, una sociedad con mucho más
bajo intercambio turístico y humano que todo el asiento del
tercer empuje; Europa Occidental, y relativamente aislada de las zonas
tanto del primer brote como del tercero.
En Irán,
el efecto fue conmocionante, con una tasa sorprendentemente alta de
mortalidad, y los pocos datos que se conocen dan a entender que se
trata de una avalancha de muertos en la dirección política
del estado persa, donde los gerontes tienen o tenían asaz significación.
¿Cómo
explicar el brote iraní? Conociendo el empeño de Israel
en conseguir que EE.UU. le haga la tarea sucia de borrar a Irán
o al menos a toda su dirección militar y política de
la faz de la tierra, mi hipótesis es que el COVID-19 fue plantado
en Irán, como poco antes en Wuhan y extensivamente en toda
China, usando con aparente (porque no podemos decir evidente) sincronización
el momento de mayores traslados dentro de China por el año
nuevo nacional. Para evitar el recurso de “las casualidades
permanentes”
El gobierno
de EE.UU. ha acusado a China de la difusión del virus maldecido
y temido.
El gobierno
chino ha acusado a EE.UU. de su implantación en Wuhan: sabemos
sí que esa ciudad recibió una delegación de 300
militares estadounidenses muy poco antes del estallido PANDÉMICO,
para celebrar juegos olímpicos militares. Aunque no constituya
prueba en sí, no se puede desdeñar la cronología
de lo acontecido: los militares se retiran “fraternalmente”
de Wuhan a fines de octubre de 2019. Pocas semanas después,
se inicia la cadena de contagios…
Se supo,
lo informó un equipo periodístico de la RAI italiana,
que en 2015 laboratorios estadounidenses y chinos trabajaban viendo
cómo forjar quimeras; seres vivos de origen sintético.
Con la técnica que ha permitido forjar seres vivos transgénicos.
Según los periodistas italianos, el laboratorio estadounidense
embarcado en el proyecto se habría bajado. No así el
colega chino. Pero nada hay certero, cuando sabemos que los comportamientos
pueden ser o parecer. Que las negativas pueden ser de renuncia o de
elusión, manteniendo oculto lo que se desecha públicamente.
Martínez
Belchi ha incursionado en una serie de signos o claves que podrían
reflejar el carácter premeditado y secreto de acciones como
el origen de esta pandemia. Lo hace bordeando toda teoría conspirativa,
no por vocación paranoica sino por necesidad interpretativa.
Porque no encuentra otra forma de explicar datos “inexplicables”.
Se refiere, por ejemplo, al valor esotérico del 666; “el
26 de marzo de 2020 Microsoft, la megacorporación de Bill Gates,
ha registrado en la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual
de Naciones Unidas, una nueva patente para obtener criptomonedas usando
datos de actividad corporal humana: es decir, un dispositivo digital
que coincide, punto por punto, con lo que la cultura popular ya conoce
como el “microchip [subcutáneo] 666”. ¿Y
adivina el lector cuál es el número oficial de la patente?
Pues nada menos que “2020/060606”.
Martínez
Belchi también se pregunta si es una pista, una clave…
De éstos,
enlaces, coincidencias, rastros, hay muchos que en general no hacen
sino inflamar las teorías conspirativas. Pero algunos de estos
elementos, como la aparición en la tapa de la revista The
Economist de diciembre de 2018 de un pangolín, que trae
a colación también Martínez Belchi parece ser
como un juego de señas; el mismo armadillo que un año
después –con razón o sin ella– iba a ser
considerado clave en la difuminación del COVID-19.
Martínez
Belchi presenta varios de estos ligamentos o referencias, que parecen
más bien claves entre conjurados, dueños de un secreto
que intercomunican con indisimulable regocijo u orgullo.
¿Qué
papel nos queda a nosotros los ajenos a tales mostraciones, o más
bien objetos de ellas?
Hannah
Arendt tiene algo para decirnos: recuerda que el nazismo inició
medidas cada vez más “gruesas” basándose
en la “necesidad de sensatez”, “imperio del sentido
común” que suele albergar la población. De modo
tal que, cuestiones muy aberrantes suelen generar incredulidad y descrédito.
La gente se resiste a pensar en lo abominable. En lo que suena “demasiado”.
Y eso le otorga impunidad a quienes sí ejercen tales acciones
culturalmente excedidas.
Todos los
estados mayores, no sólo los nazis, se defienden. El ejército
israelí que masacra palestinos desarmados, mujeres, niños,
se denomina “Ejército de Defensa”. Cuando tales
ejércitos cometen atrocidades (es decir, “normalmente”)
tienen buen amparo en “su” población que no imagina
ciertamente que se puedan cometer horrores (la prensa adicta “ayuda”,
mostrando siempre los horrores del contrario).
Si tenemos
una pandemia generada políticamente, tendríamos que
inteligir: 1) las razones; 2) los alcances.
1. Estamos
ante un calentamiento global cada vez menos escamoteable; ante una
crisis energética cada vez más compleja, ante una contaminación
cada vez más palpable, ante una crisis alimentaria que pasa
por la calidad de nuestros alimentos pero que, explosión demográfica
mediante, puede afectar también la cantidad.
Para muchos,
la bomba demográfica es la primera a desmontar. Que la población
humana está recargando insensatamente al planeta es una observación
correcta, pero como el enfoque limitacionista proviene de los privilegiados
del planeta, la idea es disminuir fuertemente no la población
de rubios y ricos sino la de morochos y pobres. Éste es el
cariz racista de la cuestión.
Pero hay
otro, desfachatadamente desnudado hace pocos años por un ministro
japonés: los viejos viven demasiado. Una cosa es jubilarse
e “irse” al poco tiempo y otra es ir generando una cuarta
edad cada vez más longeva.
Así
que, medidas correctivas, “soluciones de achique poblacional”
podrían enfocar a los grandes suburbios planetarios (sobre
todo, los radicados en la periferia) pero también a los adultos
muy mayores; una “guerra del cerdo” innombrable.
Y antes
de encarar los alcances –los fines estratégicos, siguiendo
en la senda de que esta situación planetaria es política–
tenemos que señalar el fundamental papel de lo mediático,
los grandes socializadores del miedo, el pensamiento dominante, los
auspicios.
El conteo
permanente y cotidiano de muertos, algo de por sí comprensible
necesario, ha sido hecho con la misma desprolijidad y parcialidad
con que los medios de incomunicación de masas tratan todas
las cuestiones: cegando zonas, mezclando otras, omitiendo, ignorando
lo que no se adapta a los fines de la info que se “produce”.
No podemos
saber cuáles son los verdaderos muertos del COVID 19, ni siquiera
los contagiados Porque el establishment sanitario ha hecho una escotomización
para ver la realidad y solo atiende a “la pandemia”
¿Dónde
están los miles de muertos de gripe o neumonía cada
año en Italia, Reino Unido o España? ¿Dónde
las decenas de miles de muertos por la misma razón, año
a año, en EE.UU. En 2018 y solo de gripe, murieron en EE.UU.
14 mil. Sobre 26 millones de contagiados.
2. El virus
de esta pandemia parece muy direccionado hacia los mayores entre los
mayores (aunque esa patogenicidad parece, con toda lógica,
ingobernable; hay secuelas problemáticas entre infantes, por
ejemplo, y entre el personal sanitario hay una mortalidad incomparablemente
mayor que en toda la población y eso significa que no ataca
solo a los mayores entre los mayores)
A su vez,
la organización que ha provocado el miedo al COVID-19 (pese
a su baja o muy baja letalidad), nos ha introducido en un universo
de controles y desconfianzas totalmente generalizado: el miedo y los
barbijos, por ejemplo, nos convierten, sin pensarlo, a todos en sospechosos.
Sospechas
(siempre) hacia los otros: una mujer hace cola; se le acerca (a preguntar)
otra persona sin barbijo y la mujer retrocede como si se tratara de
la Muerte Roja: se trataba de dos vecinos sin fiebre, más o
menos sanos. Pero el miedo se canaliza aferrándose al barbijo,
como clave de seguridad
La regimentación
que se está aplicando es funcionalísima a todo proyecto
de control social (de aun mayor control social del que ya tenemos
implantado, obviamente): La represión bajo razones científicas
suele ser de las más admisibles y que permiten mayores avances
(y atrocidades); ya, en los ’60, el experimento de Stanley Milgram
[2] nos lo recuerda.
Queda por
entender qué ha pasado en Bérgamo y Lombardía
con su tan alta mortalidad; qué ha pasado, está pasando
en Nueva York, ante cuyo drama tiemblan y cede todo conspiracionismo
sencillo dictado desde los titulares más proverbiales del poder
mundializado.
Estamos
convencidos que con todos “los adelantos tecnológicos
y comunicacionales” dedicados a combatir la pandemia se procurará
reconfigurar nuestra cotidianidad bajo nuevos controles y planificaciones,
siempre ajenos. Porque provienen de centros de poder, por más
que muchos de tales “adelantos” nos conquisten por su
comodidad y ciertas aplicaciones faciliten nuestra vida cotidiana.
Por eso,
tendremos que ser muy vigorosos si queremos evitar una oleada de regimentación,
control y miedo introyectado, que irá “autorizando”
medidas de intromisión en nuestras vidas, cada vez mayores.
Un mero
ejemplo; nos venden las ventajas, alcances y comodidades del 5G, y
la capacidad que otorga a los centros de conocimiento sobre cada vez
más rasgos de nuestras vidas. Pero los que impulsan la implantación
del 5G no atienden a lo que significa para nuestro hábitat,
es decir para todo el planeta, semejante despliegue y recarga de ondas
electromagnéticas.
Sería
tonto que estemos dentro de unos 15 años doliéndonos
del daño producido y por entonces irreversible. Como se ha
probado que existe ya con los plásticos en el mar océano
de nuestro planeta, de nuestra única nave espacial.
[1]
HoenirSarthou: “La información sobre muertes
“por” o “con” coronavirus, incluso en Italia,
España y EE.UU., así como los pronósticos sobre
letalidad, velocidad de contagio, efectos físicos de la enfermedad
y tratamiento, parecen haber sido erróneos o deliberadamente
exagerados”, “Coronagates: La revolución del sentido
común”, Voces, Mtdeo., 6/5/2020. (aquí)
[2] Estudio del comportamiento de la obediencia, 1964: en
el Occidente moderno y civilizado, solo una escuálida minoría
resiste por sí misma a producir daño en nombre de la
ciencia.
por Luis
E. Sabini Fernández
18 mayo
2020