Tras
13 años de intensificación de la agricultura, los suelos
del país se han empobrecido significativamente
Un estudio
analiza muestras de entre 2002 y 2014.
En los últimos
tiempos nos hemos acostumbrado a leer cómo algunas prácticas
agrícolas que se aplican en nuestro país afectan al ambiente,
a las personas, a la biodiversidad, o a las tres cosas al mismo tiempo.
El trabajo “Disminución de la calidad del suelo a través
de 13 años de producción agrícola”, publicado
en la revista NutrientCycling in Agroecosystems por los investigadores
del Instituto Nacional de Investigaciones Agropecuarias (INIA) Andrés
Beretta, Osvaldo Pérez y Leonidas Carrasco, muestra que las prácticas
agrícolas en Uruguay tienen efectos adversos también en
el propio suelo y que podrían afectar la sostenibilidad de la
propia producción.
En el artículo
los investigadores hacen público el estudio que hicieron en muestras
de suelo de distintas partes del país que fueron remitidas al
INIA La Estanzuela, ubicado en el departamento de Colonia, entre 2002
y 2014. En las muestras los científicos analizaron el pH (con
que se mide la acidez o alcalinidad), los iones de calcio (Ca), magnesio
(Mg), potasio (K) y sodio (Na), y el carbono orgánico del suelo
(SOC).
Más
es menos
Como señalan
en el artículo, “los cambios en la agricultura que tuvieron
lugar en Uruguay desde 2005 se basan en la intensificación de
la producción de cultivos para obtener un incremento de la biomasa
por unidad de área”, al tiempo que sostienen que “el
incremento en el número de cultivos por año implica un
aumento en la exportación de nutrientes hacia los cultivos con
el potencial de afectar el balance de cationes” (razón
por la cual se fijaron en los iones de los elementos descritos más
arriba). Tras la investigación y el análisis realizados,
los resultados fueron claros: “En el período del estudio,
el promedio del pH, SOC y bases intercambiables del suelo a través
de las muestras analizadas se redujo”, afirman los autores. Dando
más detalles, sostienen que los iones de potasio intercambiables
disminuyeron “al aumentar la producción de grano”,
el carbono orgánico del suelo “disminuyó en 0,43
miligramos por gramo de suelo al año, incluso cuando la mayor
parte de la actividad agrícola se realizó bajo siembra
directa”, al tiempo que se constató una acidificación
de los suelos a ritmo de 0,02 unidades por año del estudio. En
el artículo los autores sostienen: “Si estos cambios continúan
en el futuro, los suelos agrícolas reducirán su potencial
de producción de alimento, y no serán adecuados para la
producción sustentable de cultivos”.
Sobre el
nivel de potasio, los investigadores alertan que “si la tasa de
disminución del contenido de potasio intercambiable en los suelos
de Uruguay se mantiene, para mitad del siglo el valor estará
por debajo de los niveles críticos”. En cuanto a la acidificación,
encontraron “un incremento exponencial en el porcentaje de muestras
analizadas con valores de pH menores a 5,5, que pasó de% 9 a
30% en el período 2002-2014”. Es importante señalar
que el pH se mide en una escala de 0 a 14: los valores de 0 a menores
que 7 son ácidos; 7 es neutro; y los mayores que 7 a 14, alcalinos.
Esto quiere decir que las muestras de suelos con acidez mayor a 5,5
se triplicaron durante los años estudiados, lo que los lleva
a afirmar: “Si esta tendencia continúa, se espera que la
proporción de muestras con pH menor que 5,5 alcance a 50% entre
2017 y 2018”. También señalan que “la disminución
del pH del suelo se correlaciona linealmente con el aumento de la producción
de grano”.
Con ese trabajo,
los autores pudieron confirmar el problema de la relación producción-deterioro
potencial planteado por la FAO para Uruguay: “El análisis
detallado de la base de datos confirma el deterioro de la mayoría
de las variables” en el período. También señalan
que el sistema de siembra directa “no ha impedido la degradación
del suelo” y que “el aumento de la producción de
alimento redujo el pH, el potasio y el carbono orgánico del suelo
necesario para la agricultura”. En la conclusión no queda
el menor margen de duda: “El proceso de expansión/intensificación
agrícola en Uruguay ha excedido el límite sustentable
entre la producción agrícola y el deterioro del suelo”,
por lo que proponen que “es necesario implementar medidas correctivas
en el corto plazo y mantener un sistema para diagnosticar la calidad
de los suelos arables”.
¿Hay
que hacer sonar las sirenas?
Al consultar
sobre lo alarmante de las conclusiones a Andrés Beretta, uno
de los autores del artículo, el investigador, que ahora trabaja
en el Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca, dice con
toda humildad: “Lo que afirma el trabajo era bastante predecible.
Ya había algunos ensayos anteriores que mostraban esta posibilidad.
Había ensayos a escalas reducidas, y faltaba tener observaciones
a nivel de campo. Con este trabajo le ponemos un poco de números
a lo que se sospechaba que iba a suceder”. También afirma:
“En realidad todo suelo, naturalmente, se acidifica, y es muy
difícil que aumente su carbono. La actividad agrícola
tiende a degradar el suelo, y no hay una receta que permita producir
sin efecto en el suelo, al menos con la tecnología actual”.
Ante tal afirmación, uno se pregunta entonces qué significa
cuando hablan de las buenas prácticas agrícolas y los
planes de manejo de suelo.
“En
el ministerio, hace un tiempo, se empezó a trabajar en torno
a las buenas prácticas agrícolas. Se focalizaron en la
erosión, que dentro de la degradación de los suelos es
el proceso más importante”, contesta Beretta, que define
la erosión como la pérdida de la cantidad, y no de la
calidad, de suelo. “Una de las cosas que alarmaba cuando empezó
la soja en Uruguay era su rápido crecimiento y la pérdida
de los sistemas productivos en base a la rotación de pastura
y la agricultura. Al modelar la erosión se vio que no era sostenible,
ya que se perdía mucha cantidad de suelo, por lo que se impulsaron
los planes de uso”, relata. “Pero ese modelo, por el que
en el ministerio nosotros hablamos de producción sostenible,
apunta a la pérdida de masa de suelos. Pero hay otros parámetros
de la calidad del suelo, como el contenido de materia orgánica,
el contenido de bases intercambiables, el pH, que es a los que apunta
este trabajo”. Más allá de lo que esperaban encontrar,
los autores también se sorprendieron: “La acidificación
de los suelos era esperable, pero lo que nos alarmó un poco fue
la magnitud”, dice Beretta.
“Desde
el punto de vista ambiental, la acidificación del suelo no es
un problema grave: los suelos siguen siendo productivos”, afirma
el investigador, pero agrega que el problema es que “la acidificación,
de seguir aumentando, pone un techo a la producción máxima”.
Beretta sostiene que la limitante más importante en general en
Uruguay “es el agua en los períodos de sequía”,
pero de seguir la acidificación de los suelos, aun manejando
la falta de agua, llegará un punto en que “de todos modos
no podés levantar el rendimiento, porque lo que limitará
la producción será el pH”.
Combatiendo
la pobreza
Para Beretta,
lo más alarmante no son los números que le pusieron al
empobrecimiento anticipado de nuestros suelos: “Creo que lo más
preocupante de este trabajo es que no hagamos nada al respecto. Si de
acá a 30 años no cambiáramos nada, eso sí
que sería alarmante”. Pero, ¿qué hacer para
combatir la pérdida de carbono orgánico, la acidificación
y las bases intercambiables? Uno pensaría que al tener suelos
empobrecidos, la agricultura deberá recurrir a un mayor uso de
fertilizantes. Pero no todo es tan simple.
“El
empobrecimiento de carbono del suelo no hay fertilizante que pueda mejorarlo”,
aclara Beretta, pero también habla de otro aspecto a tener en
cuenta: “Nosotros no obtuvimos información suficiente para
poder concluirlo, pero aparentemente una de las cosas que estamos viendo
es que si bien la producción por siembra directa y el manejo
de rotación de cultivos que estamos planteando desde el ministerio
aumenta la producción de biomasa, no es suficiente para que esa
biomasa quede secuestrada en el suelo por falta de nitrógeno”.
Sobre la siembra directa, que consiste en evitar dar vuelta el suelo
y hacer la siembra sobre el rastrojo que se deja del cultivo muerto
anterior, Beretta afirma: “Si bien es efectiva para la pérdida
de masa de suelo por erosión, no soluciona la pérdida
de carbono, ni la de potasio, ni la acidificación del suelo.
Antes, el bajo potasio no era una limitante en Uruguay, pero ahora está
empezando a afectar a muchos cultivos”.
Si una de
las formas de atacar el problema de la pérdida de carbono orgánico
del suelo es suministrar más nitrógeno, uno se pregunta
si el exceso de fertilización no afectará al exceso de
nutrientes en los cursos de agua, lo que, por ejemplo, sería
problemático para las floraciones de cianobacterias. Beretta
es claro y muestra que casi todos los fenómenos son más
complejos de lo que uno suele pensar: “No creo que el nitrógeno
que hoy en día se está aplicando como fertilizante sea
lo que está provocando la contaminación que contribuye
a la floraciones de cianobacterias. Las veces que hemos hecho monitoreo
de nitrógeno, en otros trabajos, no hemos encontrado cantidades
significativas de nitrógeno en el agua, al tiempo que las cianobacterias
tienen la capacidad de fijar el nitrógeno atmosférico,
por lo que para ellas no es un factor limitante”. Incluso va más
allá y afirma: “Hoy en día estamos aplicando demasiado
poco nitrógeno a los cultivos”.
Para el investigador,
tampoco hay que apuntar al fósforo de los fertilizantes como
factor explicativo de las floraciones de cianobacterias: “No me
animo a decir que el fósforo sea un factor desencadenante de
las floraciones, porque las cianobacterias necesitan tan poco fósforo
que parece que siempre hay cantidad suficiente para ellas”. Y
agrega un dato sorprendente: “Mi visión, basada en algunos
cálculos que he hecho, es que sólo la pérdida de
suelo por la erosión levanta los niveles de fósforo por
encima de lo que es limitante para el desarrollo de cianobacterias,
sin que en eso influyan los fertilizantes”. De hecho, cuenta que
una vez simuló que Río Negro tuviera sólo campo
natural –el escenario en el que habría menos erosión–
y la cantidad de fósforo que obtuvo por erosión natural
ya le daba por encima de ese valor limitante. “Por eso creo que
no es sólo el fósforo y el nitrógeno de los fertilizantes
lo que desata los bloom de cianobacterias”, dice, y uno,
que busca ser honesto, se promete no volver a colocar a los fertilizantes
agrícolas como una de las principales causas de las floraciones
de cianobacterias. De todas formas, más allá de que el
nitrógeno no sea el desencadenante de las cianobacterias, Beretta
es enfático: “No se trata de aplicarlo en exceso, todo
hay que hacerlo en la cantidad justa. Pero hoy en día estamos
muy deficitarios en la cantidad de nitrógeno que se aplica a
los cultivos, y hoy en día no veo que fertilizar por el tema
del carbono sea un riesgo para las fuentes de agua”.
Por otro
lado, para atacar la acidificación de los suelos, el investigador
afirma que “en algún momento va a ser necesario comenzar
con programas de encalado” en los que se combata la acidificación
mediante la aplicación de cal. “Lo que pasa es que en un
sistema productivo que tiene una base de leguminosas importante para
alimentar a los animales y por la producción de soja, era esperable
que se acentuara la acidificación del suelo, ya que las leguminosas
naturalmente pueden provocarla”, agrega. “Si fuera un técnico
asesor de un sistema productivo, plantearía la necesidad de fertilizar,
por lo menos con mayores cantidades de nitrógeno, y con encalar,
y evaluaría también la cantidad de potasio. No sólo
lo haría por los cultivos, sino también porque el suelo
es un sistema viviente que también necesita sus condiciones para
mantenerse”, afirma.
El trabajo
es relevante para diagnosticar con números el estado de nuestros
suelos con los sistemas productivos actuales. Pero Beretta considera
que “también hace falta más acción”.
“Hay cosas que ya sabemos: si baja el potasio, hay que aplicar
potasio; si baja el pH, hay investigación que sustenta el encalamiento.
Hay que afinar algún número en temas como el de la aplicación
de nitrógeno, cuándo aplicarlo, pero sobre todo cómo
transformamos el beneficio de aumentar el carbono en valor económico
para que la gente se entusiasme con la idea”, sostiene. Para el
investigador, esa es parte de la estrategia necesaria: “Para los
productores el carbono en el suelo es algo tan intangible que es difícil
que adopten una medida de fertilización con ese fin. Todavía
nos falta poder convencer a los demás de que es algo que afecta
al futuro de los productores, que entiendan los beneficios a mediano
y largo plazo”.
Además
de promocionar y convencer, Beretta señala otro aspecto: “Creo
que el camino a seguir es que la gente esté mejor informada sobre
el estado de su campo para tomar las mejores decisiones. En eso aún
estamos lejos; la gente no envía muestras del suelo para analizar,
por lo que se toman decisiones con falta de información. Más
que investigación, creo que falta más la parte proactiva
de los técnicos, colegas míos, de empezar a juntar datos”.
El empobrecimiento
constatado en el trabajo se produjo en apenas 13 años, es decir,
en un período bastante corto. Beretta señala que Uruguay
ya ha asumido compromisos para mantener su stock de carbono –por
otras razones que no vienen a cuento–, por lo que tal vez el problema
suscite cierta atención. “Sin embargo, el problema del
pH y del potasio aún no se ha abordado” y como ya había
dejado claro, lo más alarmante sería no hacer nada al
respecto. Los números son elocuentes y nos miran desafiantes.
Artículo:
“SoilQualityDecreaseover 13 yearsofAgriculturalProduction”.
Publicación: NutrientCycling in Agroecosystems (abril de 2019).
Autores: Andrés Beretta Blanco, Osvaldo Pérez, Leonidas
Carrasco Letelier.
Leo
Lagos en Investigación científica
7 de mayo
de 2019