Cáncer
e infertilidad relacionados con los productos químicos que
ingerimos con la comida
Entrevista
a Gilles-Eric Séralini, Biólogo molecular
Gilles-Enric es uno de los mayores expertos en transgénicos
y asesor de la Unión Europea sobre el tema. Es también
una pesadilla para la industria por exigir que se hagan con ellos
las mismas pruebas que con los fármacos. En su laboratorio
de Caen, Francia, nos explica por qué deberíamos prestar
más atención a lo que comemos.
En
1980, la Corte Suprema de Estados Unidos aprobó por cinco votos
contra cuatro el derecho a patentar «un microorganismo vivo
hecho por el ser humano». La decisión respondía
a una solicitud de General Electric para explotar comercialmente una
bacteria y abrió la puerta a una de las mayores revoluciones
alimentarias y económicas de todos los tiempos: la patente
de semillas. De hecho, sentó las bases para que ocho corporaciones
de la industria farmacéutica y química iniciasen la
conquista del suministro mundial de alimentos. Al margen de las consideraciones
éticas sobre la manipulación de la naturaleza, esta
actividad plantea una cuestión de salud. Y aquí es donde
‘desembarca’ el biólogo molecular Gilles-Eric Séralini,
49 años y director del Comité de Investigación
e Información sobre Ingeniería Genética (Criigen).
Nos recibe en la Universidad de Caen, Normandía, donde es profesor.
Sus estudios sobre OMG (organismos modificados genéticamente)
vienen avalados por las tres revistas científicas más
prestigiosas de Estados Unidos que los han publicado y por ser uno
de los cuatro consultores de la Unión Europea sobre transgénicos.
Habla en un tono didáctico, de maestro, pero también
con la vehemencia de quien está acostumbrado a las críticas.
Empieza la clase.
XLSemanal.
Por ubicarnos: si yo le digo que acabo de desayunar café con
leche, tostadas, jamon de york y fruta, ¿he comido ya algún
alimento transgénico?
Gilles
Séralini. No directamente. En Europa, hasta ahora,
se han evitado los transgénicos en la comida humana. El OMG
más extendido es la soja importada del continente americano
(especialmente de Estados Unidos, Argentina y Brasil) para alimentar
el ganado: terneros, cerdos y pollos. No es que el jamón o
la leche sean transgénicos, sino que los animales de donde
salen son alimentados con pienso transgénico. La soja representa
el 65 por ciento de los cultivos transgénicos (y me gustaría
aclarar que no tiene nada que ver con la soja de los restaurantes
chinos) y, además de para pienso, se usa para hacer lecitina,
un emulgente de las grasas que se encuentra en el 80 por ciento de
la comida ‘industrial’, como la bollería, las salsas,
las harinas… Luego está el maíz, que sirve para
alimentar animales y para extraer un azúcar que puede ser utilizado
como edulcorante en bebidas gaseosas. Es decir, estamos ingiriendo
residuos de transgénicos.
XL.
Visto así, parece que es un peligro menor, que nos afecta ‘relativamente’…
G.S.
Pues no es así. Todo lo contrario. Mire, es la primera vez
en la historia de la humanidad que somos capaces de modificar el patrimonio
hereditario, genético, de las especies vivas. Y esto se ha
producido en un escenario industrial a una velocidad industrial. El
problema con los transgénicos y la razón de que no sea
un mal menor es que el salto que se ha dado del laboratorio al supermercado
se ha hecho sin los plazos ni las pruebas adecuadas.
XL. ¿Pero se puede afirmar que los transgénicos
son un riesgo para la salud?
G.S. Yo creo que sí y voy a explicarle por qué,
pero la pregunta no es si son un riesgo, sino ¿por qué
se modifican las semillas? ¿Por qué hacemos soja transgénica?
Y la respuesta es que se modifican para contener pesticidas.
XL.
Querrá decir para resistir a los pesticidas.
G.S.
No. Digo «para contener pesticidas». Está probado
que los pesticidas son malos para la salud porque inhiben la comunicación
entre las células y pueden provocar enfermedades nerviosas
y hormonales. Entonces, ¿por qué los transgénicos
son diseñados para contenerlos? Porque lo que buscan es absorberlo
sin morir o, incluso, fabricar ellas mismas el pesticida. El 80 por
ciento de los transgénicos se hacen para absorber un herbicida
en concreto, el Roundup, que fabrica Monsanto, que a su vez es el
mayor productor mundial de OMG.
XL.
¿Qué riesgos para la salud derivados de los pesticidas
están demostrados?
G.S.
Depende de la cantidad de pesticida que ingiera el organismo. No se
trata de un infarto ni de un virus que te hace enfermar en 15 días.
Es un riesgo a largo plazo. Nosotros hemos probado que los residuos
de pesticidas pueden matar células embrionarias humanas y si
sobreviven, disminuye la cantidad de hormonas sexuales que fabrican.
Todos los países desarrollados están llenos de las llamadas
`enfermedades crónicas´: nerviosas; de la sangre, como
leucemias; reproductivas y sexuales, como el cáncer de próstata
y de mama, esterilidad, descenso en la calidad y cantidad de esperma;
enfermedades de carácter inmume, como las alergias… y
no es porque ahora se detecten mejor. Esto no se explica por virus
o bacterias, no se debe a problemas hereditarios (sólo un cinco
por ciento del cáncer de mama tiene relación hereditaria).
Se debe en su mayoría al medio ambiente. Y, ahí, los
productos químicos son determinantes. Así que si los
transgénicos están diseñados para absorber químicos,
algo tendrán que ver con esas enfermedades.
XL.
¿Afirma usted que el aumento del cáncer de mama, de
la infertilidad y de las alergias está relacionado con los
productos químicos que ingerimos a través de la comida?
G.S.
Sí, por supuesto. En la comida, el agua y el aire… Hay
muchos químicos en la atmósfera, pero, si además
comemos algo que contiene un pesticida, aumentamos el efecto. No digo
que los pesticidas sean la única explicación, pero estoy
seguro de que los químicos están relacionados con el
cáncer de pecho y la infertilidad. Ahora bien, es un efecto
a largo plazo. Es importante entender esto. No estamos habituados
a luchar contra los químicos. La Organización Mundial
de la Salud y las autoridades esperan una epidemia y esto no funciona
así.
XL.
Pero es comprensible que necesiten pruebas...
G.S.
Hay pruebas. Está probado que el Roundup es tóxico en
células embrionarias, lo hemos demostrado en el laboratorio,
y lo que decimos es que hay que seguir probando: primero, en animales
de laboratorio; luego, en los de granja, y más tarde, en humanos,
como con cualquier fármaco. La industria ha admitido que no
se ha hecho ningún test sanguíneo de más de tres
meses para comprobar cómo afectan los transgénicos a
los animales. Esto es un crimen porque todas las enfermedades crónicas
aparecen después de ese periodo. Cuando se prueba un fármaco,
antes de dárselo a los pacientes, se exige que esa droga se
administre a ratas en laboratorios durante dos años, lo que
representa su ciclo vital total.
XL.
¿Nadie ha hecho en ningún país pruebas con los
transgénicos similares a las de un fármaco?
G.S.
No
sólo no se han hecho, sino que no quieren que se hagan. Sólo
lo han hecho con ratas durante tres meses y los resultados se declararon
secretos por todas las industrias y todos los gobiernos. Es un gran
escándalo.
XL.
Pero suena tan ‘escandaloso’ que resulta extraño,
casi una de esas teorías de la conspiración. ¿Por
qué `todos´ aceptan esa falta de análisis y ese
secretismo?
G.S.
Pregúnteselo
a los ministros de Agricultura y de Sanidad de su país. Pídales
los análisis de sangre hechos en ratas con el MON-810, el maíz
transgénico que ustedes cultivan y que produce un insecticida.
Insisto, que lo produce, no que lo resiste. Yo no he visto esos resultados,
pero sí los del MON-863 [el número varía según
la toxina, son ligeramente diferentes], y no son muy positivos…
XL.
¿Qué decían esos análisis?
G.S.
Un aumento del 20 al 40 por ciento de triglicéridos, grasa,
en la sangre de las hembras; un diez por ciento de aumento del azúcar;
un siete por ciento de aumento de peso del hígado; del tres
al cinco por ciento de aumento de peso corporal y disfunciones en
los riñones. Y para los machos, alteraciones en los parámetros
del hígado y del riñón, aunque ligeramente inferiores.
Éstos son claros signos de toxicidad. Vale, la enfermedad todavía
no está ahí. No podemos decir que es diabetes, pero
es un perfil prediabético. Si alguien va a su médico
con estos datos, le diría que ingresase en el hospital para
hacerse más pruebas y saber exactamente qué tiene, porque
apunta mal... Así que pedimos más tiempo. No se nos
permitió.
XL.
¿Qué explicación da el fabricante?
G.S.
En primer lugar, se resistieron por todos los medios a que los estudios
se hicieran públicos. Y cuando lo logramos, dijeron que ellos
ya habían reparado en los efectos en las ratas, por supuesto,
ya que ellos hicieron los estudios, pero pensaron que no era importante
porque los efectos no son iguales en machos que en hembras. ¿Le
parece eso una razón?
XL.
¿Por qué no hace usted, el Criigen, los test?
G.S.
Porque necesito dos millones de euros para empezar. Las pruebas científicas
bien hechas son muy caras. Colocar un nuevo fármaco en el mercado
pasa por unas pruebas que cuestan unos 150 millones de euros.
XL.
Admitamos que hay un riesgo en los transgénicos, pero también
en los teléfonos móviles, en la tecnología láser,
en la cirugía estética...
G.S.
¡Pero por lo menos ves los beneficios! No hay beneficio en los
transgénicos. ¿Cuál es?
XL.
Parece evidente: cereales más fuertes y en mayor cantidad,
con menos trabajo para los agricultores, que ganan más dinero
y alimentarán a más gente.
G.S.
Ése es un argumento estúpido, créame. Las patentes
de las semillas sólo llevarán hambre al mundo. En primer
lugar, los transgénicos no alimentan a los pobres, sino el
estómago de los cerdos. Segundo, las semillas patentadas pertenecen
a compañías que ya, hoy, no dejan sus patentes para
luchar contra la malaria o el sida en los países pobres. ¿Por
qué iban a cederlas para alimentarlos si no las dejan para
algo que los está matando? Son farmacéuticas reconvertidas
en industria alimentaria. Y, en tercer lugar, nosotros comemos en
todo el planeta sólo cuatro plantas: trigo, arroz, soja y maíz.
Hay 30.000 plantas conocidas y comestibles en el planeta y sólo
nos alimentamos de cuatro. ¿No le parece anormal?
XL.
Sin duda es curioso, pero es posible que tenga que ver con que cada
vez hay más bocas que alimentar y esas cuatro plantas son las
más productivas.
G.S.
No. Es el resultado de haber industrializado la agricultura. Lo que
deberíamos hacer es potenciar la agricultura local, comer 30
plantas en vez de cuatro. La cuestión no es hacer transgénicos
con pesticidas porque no están hechos para hacer más
plantas, sino para hacer más negocio con los pesticidas. La
forma de alimentar a más gente es diversificar los cultivos
y comer menos carne.
XL.
Pero reconocerá que en los años 40 la introducción
de técnicas de explotación modernas, el monocultivo
y la selección genética, la llamada `Revolución
Verde´ ayudaron al desarrollo y al Tercer Mundo.
G.S.
No.
Hay mucha gente hambrienta en el mundo y ya hubo esa `revolución
verde´, cuyo resultado fue que los países industrializados
tuvieran más carne para comer. Lo cual, recién terminada
la Segunda Guerra Mundial, estuvo bien, estoy de acuerdo. Pero ya
no. Comer carne dos veces al día es malo. Hay estadísticas
en 65 países que prueban que el cáncer de mama y el
de intestino están relacionados con el consumo de grasa animal.
Dentro de un animal hay más pesticidas que en un campo de maíz
o de soja, porque se necesitan muchos campos para alimentar a una
vaca; es una concentración de pesticidas.
XL.
Usted promueve lo ‘natural’, pero quizá la producción
biológica es un lujo que no podemos permitirnos.
G.S.
La
producción natural ha alimentado al mundo durante miles de
años y sin ayuda del Gobierno. Porque, déjeme decirle
una cosa, la agricultura industrializada no es rentable. Está
sostenida por fondos públicos. Los agricultores no sobrevivirían
sin las ayudas gubernamentales.
XL.
Pero los transgénicos podrían beneficiar a la agricultura
en África, en zonas donde los cultivos son difíciles.
G.S.
No usemos a los pobres como excusa. La ONU dijo hace 15 años
que con 50 billones de dólares se acabaría con el hambre
en el mundo y no encontraron el dinero. En tres meses, todos los países
industrializados han encontrado el doble de esa cantidad para ‘alimentar’
a los bancos y las grandes compañías. Durante los últimos
30 años se ha puesto en el mercado una gran cantidad de productos
químicos y transgénicos sin testar, convenientemente
amparados en la confidencialidad de las empresas y sus negocios. Prima
el beneficio económico sobre la salud a largo plazo de la gente.
XL.
Algún tipo de control habrá, ¿no?
G.S.
¡No hay ningún control! ¿Por qué cree que
hay esta crisis financiera? Porque no hay transparencia. Y si no la
hay en las finanzas, ¿cree que la hay en la alimentación?
XL.
¿Vamos a tener un caso Madoff en la industria alimentaria?
G.S.
Y será mucho más importante porque la comida es vital,
afecta a nuestra vida diaria.
XL.
¿Quien controle las semillas controlará el mundo?
G.S.
Por supuesto. Es el mayor objetivo financiero del mundo. Hay sólo
ocho compañías haciendo patentes de semillas. O para
ser más precisos, patentando genes artificiales en semillas.
Es sutil. No se pueden patentar las semillas, se pueden patentar los
genes introducidos en ellas. Y si usas la semilla, tienes que pagar
a la compañía que tiene la patente. Y como sólo
tienes cuatro plantas para alimentar el mundo… La soja y el
maíz ya son transgénicos y quieren hacer lo mismo con
el trigo y el arroz.
XL.
Entiendo, además, que las semillas transgénicas se pueden
expander sin que lo puedas evitar por el viento, los insectos... ¿Hay
alguna forma de controlar esto?
G.S.
No, no la hay. Cuando en un territorio hay un diez por ciento de campo
cultivado con transgénicos, ya no lo puedes detener. Una vez
que sueltas algo en el medio ambiente, por definición no puedes
confinarlo. No puedes poner puertas al campo. Y no son sólo
los insectos. Es suficiente con que se mezclen las semillas en los
silos, con la maquinaria… Por eso es muy importante no hacer
farmacia en el campo. Es incontrolable.
XL.
Suena pesimista...
G.S.
Pues no lo soy. Y le diré por qué. En 1996, todas las
compañías nos decían a los científicos
en los congresos que, hiciésemos lo que hiciésemos,
en 2000 tendríamos la mitad de los campos en Europa cultivados
con transgénicos. Estamos en 2009 y tenemos el 0,05 por ciento
con OMG. Esto, de momento, ya lo llevan perdido.
XL.
¿Han intentado sobornarle alguna vez para que deje de criticar
los transgénicos?
G.S.
¿Puedo pasar de esta pregunta?
XL.
Después de lo que ha dicho, yo creo que no.
G.S.
Digamos que me iría mejor si respaldase los transgénicos,
pero no podría dormir tranquilo. Cuando digo lo que digo, recibo
llamadas de mi universidad o del Gobierno que me recuerdan lo que
ya sé; que si quiero ir a los congresos y tener fondos para
investigar, es mejor trabajar con la industria. Así que siempre
hay presiones. Pero no quiero dar la impresión equivocada.
No estoy en contra de la ingeniería genética. Se pueden
hacer grandes cosas con ella. La mayoría de los científicos
piensa en desarrollo, no en negocio. Pero me temo que lo que está
sucediendo con las semillas es la conclusión natural del mundo
liberal: patentar la vida. Al final, todo pertenece a alguien.
Entrevista
de Ana Tagarro
Fuente: XLSemanal
Julio 2009