La concentración
de poder no es una buena opción cuando se trata de tomar decisiones
que puedan afectar a la humanidad y al planeta.
por Hernán Sorhuet Gelós
EL PAIS; Montevideo, 12/1/05
A medida que avanza la imposición
de los cultivos y productos transgénicos en la sociedad, siguen
sin responderse preguntas esenciales. A diferencia de la manipulación
genética, que los seres humanos practicamos desde tiempo inmemorial
con resultados sensacionales en materia de razas, frutos y
verduras, la transgenia logra insertar uno o más genes extraños,
foráneos, en la cadena de ADN de un animal, planta, hongo o microorganismo.
El resultado es algo totalmente nuevo para la naturaleza y, por lo tanto,
nadie sabe como impactará en su estructura y funcionamiento.
Al mejorar una raza mediante cruzamientos selectivos -algo que exhibimos
orgullosos en cada oportunidad que se presenta-, si bien podemos generar
organismos antes inexistentes, lo que no transgredimos es la ley natural
de no mezclar material genético (ADN) entre especies diferentes.
Esa norma es la que impide que se crucen por ejemplo un peral y un ombú.
Menos aún podríamos esperar
que ocurra un cruce de genes entre una vaca y una espinaca.
La biotecnología, mediante la ingeniería
genética, ha transpuesto esa barrera con éxito. Pero no
sabemos cual puede ser el alcance final de sus consecuencias. Se argumenta
en su favor que los transgénicos hasta ahoraliberados
en la naturaleza, son organismos que han sufrido una modificación
muy específica y puntual, como por ejemplo, adquirir la resistencia
a un herbicida -como la soja RR-,
o mejorar el sabor o el valor nutritivo de un fruto (nutracéutico).
El error conceptual está en que desconocemos el impacto que tendrá
la liberación de un transgénico, aunque su modificación
genética pueda parecer menor. ¿Se corren riesgos liberando
transgénicos en la agricultura o en la alimentación? Sí,
seguramente. ¿Se pueden determinar y cuantificar? No, por lo
reciente de la aparición de los transgénicos, y lo complejo
que resulta tratar de evaluar impactos en sistemas harto complejos como
los que conforman la naturaleza silvestre y los ecosistemas antropizados.
Razonemos que la liberación de un organismo transgénico
entraña muchas más incertidumbres que la liberación
de una especie exótica en un ecosistema en equilibrio -lo cual
sabemos a ciencia cierta que es muy malo. Entonces, el sentido común
impone la cautela. ¿O al alguien se le ocurrió pensar
que alimentar ganado con harinas animales -fabricadas con carne
y hueso- podía derivar en la epidemia de encéfalopatia
espongiforme bovina (EEB) más conocida por la enfermedad de "la
vaca loca"? Esta terrible enfermedad provocada por una proteína
llamada prión, mató personas, ocasionó enormes
pérdidas económicas, y cambió reglas de juego en
el comercio mundial de carne. ¿Por qué ocurrió?
Porque a alguien se le ocurrió transponer una frontera natural
prohibida: obligar a animales herbívoros a alimentarse como carnívoro.
¡Quién iba a pensar el
resultado final! Estamos presenciando una peligrosa concentración
de poder en pocas personas y corporaciones, que subestiman la razón
de ser de las leyes naturales. No se trata de cruzarnos de brazos y
frenar el avance de la ciencia, sino de mantener nuestra insaciable
sed de conocimientos, pero sin perder la cabeza ni ignorar responsabilidades
sobre nuestras decisiones.