El
genocidio de los transgénicos. Miles de campesinos indios se
suicidan tras utilizar cultivos genéticamente modificados
14-11-08
Por Andrew Malone
En un pueblecito que visité,
18 campesinos se habían suicidado después de que se los
tragaran las deudas de los GM. Lejos de ser unas “semillas mágicas”,
las variedades de plantas de algodón GM a prueba de pestes han
sido desvastadas por unos gusanos que atacan los capullos y que son
un parásito voraz. Tampoco les dijeron a los campesinos que esas
semillas requerirían el doble de riego. Y esto ha acabado siendo
una cuestión de vida o muerte.
Cuando el Príncipe Carlos afirmó
que miles de campesinos de la India estaban suicidándose tras
utilizar cultivos GM [transgénicos], fue tachado de alarmista.
En realidad, como este escalofriante informe revela, es aún PEOR
de lo que él temía.
Los niños estaban inconsolables.
Mudos de miedo y luchando por contener las lágrimas, se acurrucaban
junto a su madre mientras amigos y vecinos preparaban el cuerpo de su
padre para la cremación sobre una ardiente hoguera levantada
sobre los agrietados y estériles campos cercanos a su casa.
Mientras las llamas consumían
el cadáver, Ganjanan, de doce años, y Kalpana, de catorce,
se enfrentaban a un futuro sombrío. Aunque Shankara Mandaukar
había confiado en que su hijo y su hija tendrían una vida
mejor bajo el boom económico de la India, se tienen que enfrentar
ahora a un trabajo de esclavos por unos cuantos peniques al día.
Sin tierra y sin hogar, se hundirán en lo más hondo.
Shankara, campesino respetado, marido
y padre cariñoso, había puesto fin a su propia vida. Menos
de veinticuatro horas antes se había bebido una taza de insecticida
químico al tener que enfrentarse a la pérdida de sus tierras
a causa de las deudas. Se desesperó al no poder devolver una
deuda equivalente a las ganancias de dos años. No pudo encontrar
solución.
Aún había huellas en la
tierra por donde se había retorcido en su agonía. Otros
campesinos le miraron –sabían por experiencia que no tenía
sentido intervenir- cuando se dobló sobre la tierra, gritando
de dolor y vomitando.
Gimiendo, se arrastró hasta un
banco situado en el exterior de su sencillo hogar, situado a unas 100
millas de Napgur en la India Central. Una hora después, ya no
se oía ruido alguno. Había dejado de respirar. A las cinco
de la tarde de un domingo, la vida de Shankara Mandaukar se apagó.
Cuando los vecinos se reunieron para
rezar alrededor de la casa familiar, Nirmala Mandaukar, de 50 años,
les contó cómo volvió a todo correr de los campos
para encontrar muerto a su marido. “Era un hombre afable y cariñoso”,
dijo llorando suavemente. “Pero ya no podía más.
La angustia mental era demasiado grande. Lo hemos perdido todo”.
La cosecha de Shankara fracasó
durante dos años seguidos. Desde luego, el hambre y la pestilencia
forman parte de la antigua historia de la India.
Pero la culpa de ha muerte de este respetado
campesino la tiene algo más moderno y siniestro: los cultivos
genéticamente modificados (GM).
A Shankara, como a millones de campesinos
indios, le habían prometido anteriormente insólitas cosechas
e ingresos si dejaba de cultivar con las semillas tradicionales y en
su lugar plantaba semillas GM. Pero las cosechas fueron un fracaso,
y no le quedaron más que fuertes deudas y ningún ingreso.
Por eso Shankara se convirtió
en uno de los 125.000 campesinos que se estima se han quitado la vida
como consecuencia de la despiadada campaña que ha convertido
a la India en un campo de pruebas de los cultivos genéticamente
modificados.
La crisis, denominada por los activistas
el “Genocidio del GM”, se puso recientemente de relieve
cuando el Príncipe Carlos afirmó que la cuestión
del GM se había convertido en una “cuestión moral
global” y que ya era hora de poner fin a su imparable marcha.
Hablando a través de vídeo-conferencia
en la capital india, Delhi, enfureció a los dirigentes de las
compañías dedicadas a las biotecnologías y a algunos
políticos al condenar “la tasa verdaderamente atroz y trágica
de suicidios de pequeños campesinos en la India, producto…
del fracaso de muchas de las variedades de cultivos GM”.
Poderosos grupos de presión GM
y prominentes políticos se han alineado contra el Príncipe,
afirmando que las cosechas genéticamente modificadas han transformado
la agricultura de la India, proporcionando mayores cosechas que nunca.
El resto del mundo, insisten, abrazará
ese “futuro” imitándoles.
Entonces, ¿quién dice
la verdad? Para averiguarlo, viajé al “cinturón
del suicidio” en el estado de Maharashtra.
Lo que me encontré fue tremendamente
inquietante, con graves implicaciones para los países, incluido
el Reino Unido, que hacen preciso debatir si al permitirse la plantación
de semillas manipuladas por los científicos no se están
violentando las leyes de la naturaleza.
Las cifras oficiales del Ministerio
indio de Agricultura confirman efectivamente que, conformando una crisis
humanitaria inmensa, más de 1.000 campesinos se quitan aquí
la vida cada mes.
Gente sencilla, rural, que se está
quitando la vida agonizando lentamente. La mayoría ingieren un
insecticida, una cara sustancia que les prometieron no necesitarían
cuando les coaccionaron para plantar los caros cultivos GM. Al parecer,
muchos están masivamente endeudados con los prestamistas locales,
habiéndose endeudado hasta las cejas para poder comprar esas
semillas GM.
Los expertos que están a favor
de los GM afirman que es la pobreza rural, el alcoholismo, las sequías
y las “preocupaciones agrícolas” las razones de esa
horrorosa cantidad de víctimas.
Pero como descubrí durante un
viaje de cuatro días a través del epicentro del desastre,
esa no es toda la historia.
En un pueblecito que visité,
18 campesinos se habían suicidado después de que se los
tragaran las deudas de los GM. En algunos casos, las mujeres se habían
hecho cargo de las granjas de sus maridos muertos, sólo para
acabar matándose ellas también.
Latta Armes, de 38 años, bebió
insecticida cuando sus cosechas fracasaron, dos años después
de que su marido desapareciera cuando las deudas GM le desbordaron.
Dejó a un hijo de diez años,
Rashan, al cuidado de familiares. “Llora cuando piensa en su madre”,
dijo la tía de la fallecida, completamente desmoralizada, sentada
a la sombra cerca de los campos.
Pueblo tras pueblo, las familias cuentan
cómo han ido endeudándose después de que les convencieran
de comprar semillas GM en vez de las tradicionales semillas del algodón.
La
diferencia de precio es escandalosa: 10 libras [*]
por 100 gramos de semillas GM, comparado con lo que cuestan las semillas
tradicionales: menos de 10 libras por mil veces la cantidad anterior.
Pero los vendedores de los GM y los
funcionarios del gobierno habían prometido a los campesinos que
esas eran unas “semillas mágicas”, que producían
mejores cosechas libres de parásitos e insectos.
En efecto, en aras a promocionar el
consumo de semillas GM, en muchos bancos de semillas del gobierno se
prohibió la venta de las variedades tradicionales. El gobierno
indio, desesperado por escapar a la devastadora pobreza de los años
posteriores a la independencia, estuvo de acuerdo en permitir que los
gigantes de las nuevas biotecnologías, como el líder del
mercado estadounidense Monsanto, vendieran sus nuevas creaciones en
semillas.
A cambio de permitir que las compañías
occidentales accedieran al segundo país más poblado del
mundo, con más de 1.000 millones de personas, el Fondo Monetario
Internacional concedió préstamos a la India en las décadas
de los ochenta y los noventa, ayudando así a lanzar una revolución
económica.
Pero mientras ciudades como Mumbai y
Delhi han avanzado mucho, las vidas de los campesinos han retrocedido
hasta la Edad Media.
Aunque
las zonas de la India en las que se han plantado semillas GM se han
duplicado en dos años –hasta alcanzar los 17 millones de
acres [**]-, muchos granjeros han pagado un precio
terrible.
Lejos de ser unas “semillas mágicas”,
las variedades de plantas de algodón GM a prueba de pestes han
sido desvastadas por unos gusanos que atacan los capullos y que son
un parásito voraz.
Tampoco les dijeron a los campesinos
que esas semillas requerirían el doble de riego. Y esto ha acabado
siendo una cuestión de vida o muerte.
A causa de la sequía sufrida
durante los últimos dos años, muchos cultivos GM se atrofiaron
y murieron, dejando a los campesinos con deudas agobiantes y sin medio
alguno para poder pagarlas.
Al haber pedido préstamos a los
prestamistas tradicionales a intereses abusivos, cientos de miles de
pequeños granjeros se han tenido que enfrentar a la pérdida
de su tierra al fracasar las caras semillas, mientras que los que aún
podían luchar se enfrentaron a una nueva crisis.
En el pasado, cuando las cosechas fracasaban,
los campesinos podían aún salvar las semillas y volverlas
a plantar al año siguiente. Pero con las semillas GM no se puede
hacer eso. Y se debe a que las semillas GM contienen la denominada “tecnología
de exterminio”, lo que significa que han sido genéticamente
modificadas para que las cosechas resultantes no produzcan semillas
aprovechables.
Como consecuencia, los campesinos tienen
que comprar nuevas semillas cada año a los mismos prohibitivos
precios. Para muchos, eso significa la diferencia entre la vida y la
muerte.
Tomemos el caso de Suresh Bhalasa, otro
campesino que fue incinerado esta semana, dejando viuda y dos niños.
Al caer la noche, una vez terminada la ceremonia y mientras los vecinos
salían fuera de sus casas a la par que las vacas sagradas regresaban
de los campos, su familia no dudaba de que sus problemas se originaron
en el momento en que se les animó a comprar Algodón BT,
una planta genéticamente modificada creado por Monsanto.
“Ahora estamos arruinados”,
dijo la viuda del muerto, de 38 años. “Compramos 100 gramos
de semillas de Algodón BT. Nuestra cosecha fracasó dos
veces. Mi marido se deprimió mucho. Se fue al campo, se tumbó
entre el algodón y tragó insecticida”.
Los habitantes del pueblo le colocaron
en un rickshaw y le llevaron al hospital por caminos de cabras. “Gritaba
que había tomado el insecticida y que lo sentía mucho”,
dijo, mientras su familia y vecinos acudían a su hogar a expresarle
su solidaridad. “Cuando llegaron al hospital ya estaba muerto”.
Al preguntarles si el muerto era un
“borracho” o sufría otros “problemas sociales”,
como alegan los funcionarios partidarios de los GM, el tranquilo y digno
grupo de campesinos estalló colérico: “¡No!
¡No!”, exclamó uno de los hermanos del muerto. “Suresh
era un buen hombre. Enviaba a sus niños al colegio y pagaba sus
impuestos”.
“Se vio asfixiado por esas semillas
mágicas. Nos venden las semillas diciendo que no necesitarán
pesticidas caros pero sí los necesitan. Tenemos que comprar las
mismas semillas a la misma compañía cada año. Nos
están matando. Por favor, cuéntele al mundo lo que está
pasando aquí”.
Monsanto ha admitido que la deuda desorbitada
había sido un “factor en la tragedia”. Pero, al señalar
que la producción se había duplicado en los últimos
siete años, un portavoz añadió que había
otras razones para la reciente crisis, tales como las “lluvias
intempestivas” o la sequía, añadiendo que los suicidas
siempre habían formado parte de la vida rural india.
Los funcionarios declaran también
que las encuestas dicen que la mayoría de los campesinos indios
quieren semillas GM, sin duda animados por las agresivas campañas
de marketing.
Durante el curso de mis averiguaciones
en Maharastra, me encontré con tres investigadores “independientes”
rastreando los pueblos para informarse sobre los suicidios. Insistieron
en que las semillas GM eran sólo un 50% más caras, para
terminar admitiendo que la diferencia era de 1.000%.
(Un portavoz de Monsanto insistió
después en que sus semillas “sólo cuestan el doble”
del precio de las semillas “oficiales” que no son GM, pero
admitió que la diferencia podía ser inmensa si las tradicionales
y más baratas semillas eran vendidas por comerciantes “sin
escrúpulos”, que a menudo también venden “falsas”
semillas GM, propensas a las plagas).
Ante los rumores de inminentes indemnizaciones
del gobierno para detener la oleada de muertes, muchos campesinos dijeron
que estaban desesperados por conseguir cualquier ayuda. “Queremos
superar nuestros problemas”, dijo uno. “Sólo queremos
que nos ayuden para que se acabe esta cadena de muertes”.
El Príncipe Charles está
tan consternado por la grave situación de los suicidios de los
campesinos que está montando una entidad de beneficencia, la
Fundación Bhumi Vardaan, para ayudar a los afectados y promover
los cultivos orgánicos indios en lugar de los GM.
Los campesinos de la India están
también empezando a contraatacar. Además de tomar como
rehenes a los distribuidores de semillas GM y de organizar protestas
masivas, el gobierno de uno de los estados está emprendiendo
acciones legales contra Monsanto por los costes desorbitados de las
semillas GM.
Todo eso llega tarde ya para Shankara
Mandaukar, quien tenía unas 80.000 rupias (alrededor de 1.000
libras) de deudas cuando se quitó la vida. “Le dije que
podríamos sobrevivir”, dijo su viuda, con sus niños
junto a ella mientras la oscuridad lo invadía todo. “Le
dije que podríamos encontrar una salida. Me contestó que
prefería morir”.
Pero la deuda no murió con la
muerte de su marido: a menos que pueda encontrar una forma para devolverla,
no podrá permitirse llevar a sus niños a la escuela. Perderán
sus tierras, teniendo que unirse a las hordas que mendigan por miles
a los lados de la carretera por todo este inmenso y caótico país.
Precisamente lo más cruel de
todo es que son los jóvenes los que más sufren por el
“Genocidio GM”, la misma generación que se suponía
iba a salir de una vida de dureza y miseria gracias a esas “semillas
mágicas”.
Aquí,
en el cinturón suicida de la India, el coste del futuro genéticamente
modificado es homicidamente alto.
N. de la
T.:
[*] Alrededor de 15 euros.
[**] 1 acre = 4.048,8 metros cuadrados.
Andrew Malone en Global Research - Enlace con texto original: http://www.globalresearch.ca/index.php?context=va&aid=10829
Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández
- http://www.rebelion.org
Fuente: http://www.ecoportal.net/content/view/full/82644