El uso de
transgénicos para producir alimentos en Cuba, necesidad de un
debate profundo y participativo
Fernando R. Funes-Monzote, PhD.
Agroecólogo
Introducción
La noticia de que el Centro de
Ingeniería Genética y Biotecnología (CIGB) introducirá
en breve plazo especies de plantas transgénicas a escala comercial
en Cuba, ha sido recibida por unos con optimismo y por otros con preocupación.
Lamentablemente, para la mayoría de la población ha pasado
inadvertida. A diferencia de otros países, en Cuba no ha habido
un debate nacional sobre la producción y consumo de alimentos
transgénicos. Incluso se comenta que desde hace algún
tiempo nos alimentamos con transgénicos sin saberlo. Todo parece
indicar que en breve plazo el CIGB recibirá una licencia para
cultivar maíz transgénico cubano en miles de hectáreas
y que la introducción de esta tecnología cuenta con el
máximo apoyo del Estado.
Como científico comprometido
con la agricultura cubana y mundial, considero que se impone un debate
abierto y profundo sobre el uso de transgénicos para la producción
de alimentos en Cuba.
Mi relativa ignorancia sobre las
sofisticadas técnicas y procesos biotecnológicos que dan
lugar a un Organismo Modificado Genéticamente (OMG), la siento
compensada por el conocimiento que he podido acumular sobre agroecología.
Escribo este análisis convencido de que sin el reconocimiento
de muchos fenómenos ecológico-ambientales, económicos,
organizativos y sociales relacionados con la actividad agrícola,
no se podrá diseñar ninguna estrategia de desarrollo tecnológico
acertada. Y también seguro de que no hay tecnología que
por sí sola solucione los problemas del agro cubano ni de ningún
otro país. Por lo tanto, necesitamos un enfoque integral que
nos lleve a decisiones más conscientes y holísticas.
En este análisis no pretendo
antagonizar, ni enjuiciar o menospreciar el trabajo de científicos
que, desde su óptica, piensan que su contribución puede
ayudar al desarrollo agrícola del país. No dudo de la
competencia científica de las personas involucradas en el proyecto
biotecnológico agrícola cubano, como tampoco cuestiono
a las autoridades encargadas de poner en práctica las normas
de seguridad biológica en Cuba. Sin embargo, creo que aún
es necesario considerar algunos aspectos relevantes del enfoque agroecológico
antes de tomar cualquier decisión que pueda poner en riesgo la
salud de los ecosistemas y de los seres humanos.
Una oportunidad histórica
Las evidencias y la historia reciente
muestran que nunca antes un país tuvo la oportunidad que tiene
Cuba de hacer efectivo un modelo agroecológico a escala nacional.
Ningún país se ha visto en circunstancias tan particulares
como las que han tenido lugar aquí, donde se han creando condiciones
óptimas para una transición de tal magnitud. El capital
social, junto al índice de desarrollo humano, nos ubica en una
situación privilegiada. Numerosas investigaciones desarrolladas
en Cuba demuestran que los sistemas agroecológicos podrían
proporcionar más alimentos de los que necesitaríamos para
satisfacer a la población cubana de forma sostenible, con mínima
dependencia de insumos, sin degradar los agroecosistemas y, lo que es
más importante, sin causar perjuicios a la salud humana. Se ha
demostrado ampliamente que los sistemas agroecológicos, basados
en el uso de la biodiversidad y con un enfoque al desarrollo local,
son intensivos en el uso de los recursos naturales, más eficientes
y productivos que los sistemas convencionales. Son además económicamente
más factibles y socialmente más justos. Satisface ver
cómo con modestia y trabajo el paradigma agroecológico
crece y se fortalece en Cuba, demostrando lo que se puede hacer para
producir alimentos sanos y suficientes para la población. ¿Quién
podría dudar del impacto alcanzado por el movimiento de agricultura
urbana y peri-urbana surgido por movilización popular a inicios
los noventa como respuesta ciudadana a la escasez de alimentos?
Este movimiento ya agrupa unas
380 mil personas ¿Quién podría dudar de la contribución
del sector campesino a la agricultura cubana durante los últimos
años? Los avances del movimiento agroecológico de campesino
a campesino son innegables y el sector cooperativo y campesino logró
producir más del 65% de los alimentos producidos en el país
con solo el 25% de las tierras. No solo existe una sólida base
científica, difundida en cientos de congresos, simposios y talleres
que han permitido crear las bases para desarrollar un modelo factible
para Cuba y demostrado en la práctica cuánto se puede
hacer incluso bajo las más difíciles circunstancias. El
conocimiento acumulado y los estudios en curso garantizan el éxito
del proceso de transición de Cuba hacia sistemas agrícolas
más sostenibles, lo cual ha sido visto con interés por
la comunidad internacional, a tenor con la crisis ambiental, económica,
financiera y energética que enfrenta el mundo. Un número
creciente de miembros de la comunidad científica cubana, académicos,
campesinos y productores agrícolas organizados de muchas maneras,
están cada vez más convencidos de que el paradigma agroecológico
ofrece una perspectiva sostenible para la producción de alimentos
y para la valorización de la agri-cultura cubana.
Sin embargo, vemos con tristeza
que cuando los recursos materiales y financieros vuelven a estar disponibles,
son destinados mayormente a la implementación de sistemas convencionales
de monocultivo, especializados y a gran escala. Estos sistemas son altamente
ineficientes y derrochadores, frágiles y dependientes de insumos
externos. Por principio son ineficientes en el uso de los recursos naturales
disponibles y degradan el ambiente, hipotecando el futuro y amenazan
severamente el desarrollo de la agroecología en Cuba. La mayor
diferencia que tenemos con el resto del mundo es que ese modelo ya fue
experimentado en Cuba durante las décadas de los setenta y ochenta.
Además, sabemos que la escala y el volumen de los recursos entonces
disponibles ya no lo están ni lo estarán en el futuro.
Aún bajo aquellas circunstancias sumamente favorables, los resultados
productivos no fueron los esperados. Otros factores de carácter
ecológico, económico y social no hicieron posible, a pesar
de toda la tecnología utilizada y los recursos financieros puestos
a disposición por el estado, el logro de los objetivos señalados.
Este análisis tiene el propósito de llamar la atención
en cuanto a las consecuencias que sobre nuestro medio natural y socioeconómico
puede ocasionar el uso de especies transgénicas para la producción
de alimentos en Cuba. También se orienta a las enseñanzas
obtenidas de experiencias exitosas en agricultura sostenible desarrolladas
durante los últimos años. Es un llamado a una necesaria
moratoria para la introducción de los transgénicos en
Cuba y una apelación a decidir de forma conciente, coordinada
y holística, qué modelo o modelos de agricultura queremos
promover.
Diversificar y descentralizar
para la autosuficiencia alimentaria
El principal y más dañino
problema de la agricultura en nuestro país desde la llegada de
los españoles hasta nuestros días ha sido su condición
de monoproductor y monoexportador y la excesiva extracción de
los recursos naturales. Erradicar las consecuencias de este modelo ha
estado en el centro de las discusiones científicas a través
de la historia cubana. Este modelo, practicado durante aproximadamente
cuatro siglos, ha generado una alta dependencia (en insumos o en mercados
externos para sus materias primas) y ha tenido un alto impacto ambiental
negativo sobre los suelos, la biodiversidad y la cubierta forestal.
También ha sido una característica permanente la baja
autosuficiencia alimentaria, la baja eficiencia energética, así
como un acentuado proceso de descampesinización, desarraigo,
y pérdida de valores y tradiciones vinculados con la vida en
el campo y la producción de alimentos.
Uno de los propósitos fundamentales
de la Revolución de 1959 fue resolver los problemas de la agricultura
cubana, relacionados con el latifundio nacional y foráneo (sobre
todo estadounidense) de grandes extensiones de tierra en monocultivo.
A inicios de la Revolución se definió que la estrategia
agrícola estaría basada en la diversificación de
las producciones a fin de crear fuentes de materias primas para el desarrollo
de la industria nacional. Sin embargo, la rápida industrialización
de la agricultura basada en métodos convencionales, tendió
a concentrar la tierra en grandes empresas estatales, lo cual derivó
en problemas ambientales similares a los causados por los viejos latifundios.
Por una parte, este modelo incrementó los niveles de producción
y de calidad de vida rural en cumplimiento de las metas sociales de
nuestro sistema político, pero por otra, produjo consecuencias
económicas, ecológicas y sociales negativas que no pueden
ignorarse.
La excesiva aplicación de
insumos agroquímicos producidos en el exterior, la implementación
de sistemas de producción de monocultivo y a gran escala, la
concentración de los agricultores en las ciudades y pueblos rurales,
así como la dependencia de unos pocos productos de exportación,
confirieron una gran vulnerabilidad al modelo agrícola convencional
establecido. Esta vulnerabilidad se hizo más evidente a inicios
de los noventa, con la desintegración del bloque socialista de
Europa del Este y la URSS, cuando desapareció la mayoría
de los insumos con precios preferenciales, tanto materiales como financieros.
La agricultura cubana, junto con otras ramas de la economía nacional,
entró en la mayor crisis de la historia reciente, y a la misma
vez, estos factores ofrecieron condiciones excepcionales para la construcción
de un modelo agrícola alternativo y mucho más sostenible
a escala nacional.
Durante los últimos 15 años
el desarrollo agrícola cubano ha sido reorientado. Hoy existe
una preocupación como nunca antes, por la autosuficiencia alimentaria
y la protección ambiental. En 1994 fue instituido el Programa
Nacional para el Medio Ambiente y Desarrollo (la versión cubana
de la Agenda 21 de las Naciones Unidas), y dos años después
fue aprobada la Estrategia Ambiental Nacional. En 1997 la “Ley
de Protección del Medio Ambiente” permitió que la
protección ambiental se convirtiera en política de Estado.
A pesar de que la protección ambiental aún no se practica
consistentemente con las leyes existentes, es incuestionable que la
ayuda del gobierno para
preservar el ambiente ha permitido que la agricultura cubana tome un
curso más sostenible.
La transformación que se produjo en el campo cubano durante la
última década del siglo XX es un ejemplo de conversión
a gran escala, de un modelo altamente especializado, convencional, industrializado
y dependiente de insumos externos, a uno basado en los principios agroecológicos
y de la agricultura orgánica. Numerosos estudios atribuyen el
éxito de esta conversión a la forma de organización
social empleada y al desarrollo de tecnologías ambientales de
una manera sistemática, desde la base. A diferencia de los movimientos
aislados de agricultura sostenible que se han desarrollado en la mayoría
de los países del mundo, Cuba ha protagonizado un movimiento
masivo y de amplia participación popular donde la producción
agraria se consideró clave para la seguridad alimentaria de la
población. Aún en etapas tempranas, la transformación
del sistema agrícola en Cuba ha consistido básicamente
en la sustitución de insumos químicos por biológicos
y el empleo más eficiente de los recursos. Mediante estas estrategias
se han alcanzado numerosos objetivos de la agricultura sostenible. La
persistente carencia de insumos externos y las prácticas de diversos
sistemas de producción han favorecido la proliferación
de la agroecología en todo el país.
Puede afirmarse, teniendo en cuenta
los argumentos citados anteriormente que: bajo las condiciones actuales,
ni el modelo convencional ni el de sustitución de insumos tienen
la capacidad de ser lo suficientemente versátiles y dinámicos
para cubrir las demandas tecnológicas de una agricultura tan
heterogénea y diversa como la que tiene lugar en Cuba. La re-implantación
de los modelos convencionales de agricultura están teniendo hoy
un doble efecto destructivo. En primer lugar su negativo efecto ambiental,
económico y social, al degradar el medio ambiente, ser sostenidos
a través de subsidios y modelos derrochadores de energía
y recursos financieros. En segundo lugar, el efecto contraproducente
que está teniendo sobre el mantenimiento de los logros alcanzados
por el movimiento agroecológico en los últimos 15 años.
Por lo tanto, se hace necesario desarrollar un enfoque agroecológico
más integrado, participativo y a largo plazo, así como
combinar adecuadamente las dimensiones económica, ecológica
y sociopolítica de la producción agrícola. Es un
imperativo hoy la toma de decisiones políticas más audaces
que promuevan una agricultura
realmente sostenible.
Creciente dependencia externa
A pesar de todos los avances logrados
en términos de agricultura sostenible y agroecología,
aún no existe una política definida en este sentido que
financie, articule y promueva decididamente programas agroecológicos.
Entre los años 1997 y 2007 Cuba experimentó una espiral
de dependencia en cuanto a la importación de alimentos, lo cual
se contrapone a la necesidad de producir alimentos en el país
y sustituir alimentos e insumos provenientes del exterior. A una tasa
de incremento de 100 millones de USD anuales, el país llegó
a importar 2000 millones de USD en alimentos en un año. Debido
a los efectos de fuertes huracanes que afectaron la agricultura nacional,
pero también a los elevados precios de los alimentos en el mercado
internacional, en 2008 llegamos a importar unos 2600 millones de USD
con el objetivo de satisfacer la demanda nacional de alimentos. Por
otro lado, más del 50% de las tierras agrícolas del país,
con excepcionales características de suelo y clima para la producción
de alimentos, permanecen ociosas. La reciente determinación del
Estado de definir la producción de alimentos como prioridad,
junto a la promulgación de la Ley 259 sobre la entrega de tierras
en usufructo, abren un nuevo escenario. Sin embargo, las entregas de
tierras y la capacidad de los nuevos productores agrícolas de
hacer producir estas tierras son insuficientes. Algo está claro:
de las decisiones y estructuras que pongamos en práctica hoy
dependerá el futuro de la agricultura cubana. Tres tendencias
fundamentales han caracterizado el desarrollo agrícola cubano:
la descentralización, la diversificación y la autosuficiencia
alimentaria. Si estoy conciente de que estamos aún lejos de alcanzar
estos objetivos, estoy aún más convencido de que podremos
lograrlos en un breve plazo y sin comprometer el futuro, si finalmente
estas tres tendencias se convierten en prácticas consistentes.
La posición moral
de Cuba dentro del movimiento progresista mundial
Cuba tiene una posición
privilegiada dentro del movimiento progresista mundial. Los aciertos
y desaciertos del proceso revolucionario cubano han estado bajo permanente
supervisión, por considerar la revolución cubana como
un punto de referencia. Entre las tendencias más fuertes en la
actualidad que identifica a los movimientos de izquierda está
la lucha por la soberanía alimentaria y los derechos de los campesinos
a la tierra y a un uso sostenible de los recursos naturales disponibles.
Invariablemente los movimientos sociales que reclaman sus derechos a
la tierra tienen una clara visión ecologista. En esta lucha converge
el repudio a los intereses monopólicos de grandes empresas transnacionales
que dominan el mercado mundial de agroquímicos, la distribución
de semillas y en los últimos años, dueñas de la
propiedad intelectual y los derechos sobre las variedades obtenidas
por vías biotecnológicas.
El uso de variedades de plantas
transgénicas no implica solo un riesgo demostrado para los productores,
al quedar atados de pies y manos a las empresas que dominan la semilla,
sino también a la integridad de la biodiversidad agrícola
y para el desarrollo de otros sistemas que se basan precisamente en
el funcionamiento armónico y natural de los ecosistemas. Estos
son reclamos del movimiento progresista mundial, antiglobalizador y
antiimperialista. Desde su perspectiva no se podría entender
por qué Cuba, disponiendo de otras alternativas, apuesta por
el uso de OMG que tanta desolación y muerte está causando
en todo el y que son la punta de lanza de aquellas compañías
transnacionales, representativas de los intereses más mezquinos
del capitalismo. Las políticas de estas compañías
poderosas ponen en riesgo la diversidad y las agriculturas tradicionales
alrededor del planeta y para Cuba esto no será diferente.
Riesgos económicos
y sociales
La fusión de enormes empresas
ha creado un proceso de concentración del comercio mundial de
alimentos, productos químicos y farmacéuticos. Los OMG
contribuirán a agravar este proceso y la seguridad alimentaria
del mundo quedará en manos de unas pocas empresas de países
ricos que son los que tienen las tecnologías y las patentes de
OMG. Además, las empresas que promueven las tecnologías
OMG “para acabar con el hambre en el mundo” son las mismas
empresas privadas que promovieron la “Revolución verde”,
la cual no solo no terminó con el hambre sino que desplazó
a los agricultores tradicionales a las ciudades, destruyó buena
parte de la biodiversidad y contaminó el ambiente. Es bien conocido
que actualmente se producen cantidades de alimentos más que suficientes
para la población mundial y que en Cuba estos pueden ser producidos
por otras vías. Es también un hecho que el problema del
hambre está causado por la distribución desigual de los
ingresos y riquezas en unos casos y en otros por falta de oportunidades
y apoyo para los agricultores. La tecnología de los transgénicos
en ninguno de los casos solucionará estos dilemas.
Riesgos ambientales
Un elemento indiscutible de las
tecnologías asociadas con los transgénicos es la estrategia
de uniformidad genética. Es absurdo pensar que una tecnología
homogénea tendrá un comportamiento adecuado en diferentes
situaciones ecológicas y culturales; la práctica así
lo ha demostrado.
Numerosos estudios han concluido
que las variedades locales bien adaptadas y domesticadas son desplazadas
por los nuevos cultivos transgénicos y terminan por desaparecer,
como ha ocurrido en muchos casos, al dejar de ser cultivadas. Como consecuencia,
con el monocultivo aumentan los riesgos de pérdidas de cosechas,
pues al aparecer un organismo para el cual no exista control, virus,
bacteria u hongos, las condiciones para su desarrollo son óptimas.
De otro modo habría que recurrir una y otra vez más a
productos químicos en cantidades y concentraciones mayores, mayor
cantidad de aplicaciones y prácticas que incrementan el uso de
energías no renovables. Además, los recursos naturales
como el agua y el suelo, que después de ser contaminados o extinguidos,
no podrán recuperarse, pues son el resultado de millones de años
de evolución, quedarán inutilizables en un plazo menor.
Es simplemente un efecto en espiral que ya ha sido suficientemente documentado
en el mundo y experimentado en Cuba durante la aplicación del
modelo convencional por unos 30 años.
Los cultivos transgénicos
resistentes a herbicidas como el Round-up, que controlan muchos tipos
de malezas, provocan el incremento de la contaminación del ambiente
por su uso indiscriminado y el aumento de la probabilidad de que las
malezas desarrollen resistencia. Está demostrado que los genes
introducidos en el ARN de las plantas transgénicas pueden terminar
por incorporarse a otras plantas silvestres emparentadas con las económicas
y desatar desequilibrios ambientales e interespecíficos de consecuencias
insospechadas y difíciles de controlar. Tal es el caso de la
incorporación de la bacteria Bacillus thuringiensis (Bt) en algunos
cultivos transgénicos para crear resistencia a un grupo grande
de insectos, lo que puede derivar en que: (i) los propios insectos desarrollen
resistencia al Bt, (ii) los cultivos Bt eliminen también insectos
útiles y (iii), las toxinas Bt se incorporen al suelo a través
de los restos vegetales y causar efectos negativos y desórdenes
en la flora edáfica que pueden moverse a través de las
cadenas alimenticias.
Riesgos a la salud humana
En los últimos años
ha sido ampliamente mostrado cómo el consumo de alimentos transgénicos
afecta la salud de los seres humanos. El desarrollo de alergias cada
vez más fuertes ha sido directamente vinculado al consumo de
transgénicos, a lo que también se asocia a la aparición
de diferentes tipos de cáncer y más recientemente se han
comprobado efectos sobre la fertilidad. Muchos de los genes usados actualmente
en los OMG no habían integrado la dieta humana, por lo que es
imposible saber cuáles serán sus efectos sobre la salud.
Hay pruebas de que algunos alimentos transgénicos están
transmitiendo en personas el potencial alérgico de algunos genes.
Por ejemplo, la soya transgénica con genes de Castaño
de Pará, manipulada para aumentar su valor proteico, ha ocasionado
problemas a muchas personas alérgicas. Existen fuertes evidencias
sobre los efectos cancerígenos causados por la GBH, hormona de
crecimiento bovino comercializada por la empresa Monsanto con la marca
Posilac. Por otra parte, muchos de los cultivos transgénicos
incluyen genes de resistencia a antibióticos; estos pueden emigrar
a bacterias patógenas que afectan la salud humana y desarrollan
resistencia a los mismos. Recientemente en experimentos con ratones
se comprobó en Austria que aquellos alimentados con maíz
transgénico tuvieron una tasa de reproducción más
baja que nos alimentados con otros tipos de maíz. Todo esto es
un mundo aún en exploración y se realizan numerosos estudios
a nivel internacional para desentrañar los secretos de estas
variedades producidas por la mano del hombre por métodos imprecisos
y que rompen la lógica de la naturaleza. Lo que es cierto es
que no existe un estudio de inocuidad serio y por tanto publicado y
los umbrales del riesgo son tan altos y tan inciertos que debería
tenerse mayor precaución.
Evidencia científica
y los umbrales del riesgo
Técnicamente, el riesgo
puede ser considerado como la amplitud del daño multiplicado
por la probabilidad de que ese daño ocurra. Las personas toman
riesgos por diferentes razones: por que los tienen que tomar, porque
hay un imperativo moral que los empuja a tomarlo, o porque los beneficios
esperados son suficientemente altos a pesar del daño potencial.
Ninguna de estas razones se ajusta al caso de los transgénicos
en la agricultura mundial y menos en Cuba. Existen suficientes pruebas
de que sin el uso de transgénicos es posible alimentar la población
cubana y del mundo, lo que es necesario son políticas dirigidas
en este sentido que empoderen a los productores y que liberen sus capacidades
productivas. Puede que para los biotecnólogos que llevan años
trabajando en estas investigaciones haya un imperativo moral que sobrepasa
los propios riesgos que se pueda estar corriendo.
Muchos científicos alrededor
de todo el mundo han estado trabajando en el principio de la precaución
inversa. Según este otro principio, todos los procesos y productos
deben ser aprobados, a menos que se pruebe que son absolutamente inseguros.
El argumento de que no se ha visto aún que alguien haya muerto
por comer un alimento genéticamente modificado, no quiere decir
que esto no pueda llegar a ocurrir. Si se han hecho estudios de inocuidad
de los alimentos transgénicos, estos deberían estar disponibles
al público general, lo cual no sucede, pues son clasificados
y padecen de numerosas inconsistencias.
La seguridad de los alimentos que
consume la población debe ser una prioridad para el Estado y,
sin dudas, cualquier efecto asociado al consumo masivo de alimentos
de “dudosa calidad”, puede ser devastador en términos
de salud y comprometer generaciones enteras. Esto ya sucedió
en décadas pasadas y sigue sucediendo a propósito del
uso desmedido de agroquímicos en busca de altos rendimientos.
La producción de alimentos con altos contenidos de tóxicos
ha sido causante de enfermedades cardiovasculares, alérgicas,
respiratorias, óseas, esterilidad, cáncer, entre otras
muchas. Las externalidades de ese modelo de agricultura no han sido
ni podrán ser evaluadas por su tremenda magnitud y se carece
de muchos datos que son clasificados. Sin embargo, contamos con información
suficiente para documentar todo ese desastre humano que ha sido la agricultura
química, que en nombre de la ciencia y del progreso ha comprometido
en alto grado la salud humana. El libro “La primavera silenciosa”,
de Rachel Carson, nos alertó de esto desde épocas tempranas.
A manera de resumen
Los problemas de la agricultura
cubana no radican en la tecnología en sí misma, sino que
están íntimamente ligados a la manera en que son utilizados
los recursos naturales y materiales disponibles y los códigos
que rigen la vida de los agricultores. Problemas socioeconómicos
y medioambientales irreconciliables del modelo de gran escala, de monocultivo
y convencional impiden el desarrollo del potencial agroecológico,
y deben ser atendidos con urgencia para que definitivamente se abran
las puertas a una nueva agricultura en Cuba.
El futuro de la agricultura cubana
dependerá de un modelo que ponga al ser humano, sus necesidades,
aspiraciones y capacidad de transformación en el centro de las
prioridades. Los cultivos transgénicos en Cuba no distarán
mucho de ser lo que han sido en otros países, donde la agricultura
tiene cada vez menos futuro, al desplazar del campo a poblaciones enteras
a las que le han arrebatado su capacidad de producir los alimentos necesarios
para crecer y desarrollarse de una manera sana y soberana. Los modelos
agro-eco-lógicos ofrecen un infinito mosaico de soluciones para
cada problema y una alternativa de futuro para la producción
de alimentos suficientes para la población cubana y del mundo.
Esta agricultura deberá ser diseñada y sostenida por sus
propios protagonistas, bajo condiciones justas, equitativas y solidarias,
lo que garantizará un mundo mejor para las generaciones presentes
y futuras.
Fuente: Funes, Fernando, "Transgenic
Food Production in Cuba; The Need for a Participatory and Serious Debate",
http://www.foodfirst.org/en/node/2451