Patentar
la vida es acabar con ella
por
Irene Vélez
Colectivo ENRUEDATE
10 junio 2004
Las patentes
siempre han sido un tema criticado desde todos los frentes. Uno de los
debates de más amplio conocimiento que se ha dado sobre ellas
estuvo relacionado con la pretensión que tuvo hace algunos años
un ciudadano norteamericano de patentar el Yajé (mezcla de varios
bejucos, preparada por los indígenas de la cuenca amazónica
para ceremonias rituales). Pretensiones similares no escasean. Todos
los países que tienen comunidades que aún conservan prácticas
ancestrales de curación, agrícolas, de edificación,
etc. viven en la constante zozobra y el constante peligro de enfrentarse
con pretensiones de este tipo. Perú, por ejemplo, donde se han
manipulado ancestralmente cantidades innumerables de variedades de papa,
se ha visto amenazado permanentemente por individuos y organizaciones
que han querido patentar algunas de ellas, diciendo que han sido invenciones
suyas y no el producto de una experimentación ancestral que los
indígenas y otras comunidades étnicas han llevado a cabo
durante milenios.
El tema de
las patentes se vuelve más complejo cuando se examinan las condiciones
en las que una “creación” debe ser patentada. Hay
quienes, ingenuamente, creen que las patentes representan una oportunidad
económica para las creativas comunidades de nuestros países:
en cuanto es patentable todo lo que sea novedoso, nuestras comunidades,
con todas sus rarezas y singularidades, llevarían siempre la
delantera, cosa que terminaría por lucrar a los pobladores empobrecidos
de nuestros países. A primera vista la idea no suena tan mal:
si nuestros indígenas se inventaron algo que puede llenarlos
de dinero, pues que lo patenten y se enriquezcan con ello. Evidentemente
hay un problema conceptual de fondo en esta idea, pero antes de debatir
sobre él, es preciso evidenciar que, en la práctica, patentar
es mucho más difícil que sólo quererlo. En el mundo
hay pocas instancias en las que es posible tramitar una patente. Todas
ellas están ubicadas en el Norte y son reguladas por organismos
del Norte. Los trámites son costosos. Y, lo que es peor, siempre
hay competencia; siempre hay quien puede llegar y decir que va a patentar
lo mismo que uno y comenzar a competir con uno por la patente. El problema
real es que no es un cualquiera el que puede venir a competir con una
comunidad indígena; puede perfectamente ser la multinacional
Monsanto peleándose una variedad mejorada de una semilla. Quién
pueda ganar esta pelea, no es una pregunta difícil de resolver.
En todo caso,
estas competencias no son una novedad. Exactamente lo mismo pasa en
todos las instancias del mercado. Incluso el arte que se cree que está
fuera de estos juegos termina estando tan adentro como las agencias
de moda y modelaje. Sólo es artista el que tiene medios (entiéndase
“palanca”, dinero y, en general, un poder capaz de superponerse
sobre otro), sólo es empresario el que tiene medios, sólo
es comerciante el que tiene medios, etc. En el mundo del capital nada
puede ser nunca justo. Hay desigualdades viejas e invisibles contra
las que es imposible luchar y que estructuran unas condiciones desiguales
para cualquier jugada que se haga o se pretenda hacer al interior de
las complejas estructuras prefiguradas del mundo capitalista.
A pesar de
la falta de novedad, no deja de ser sorprendente que E.E.U.U. venga
con toda la fuerza a negociar lo poco que nos queda, a saber, la vida.
Es de conocimiento amplio que del petróleo nos queda cada vez
menos, que los recursos carboníferos, que en su mayoría
están siendo explotados por empresas multinacionales, se agotan,
que las empresas de agua y energía son, cada vez más,
empresas extranjeras. Los recursos de los tradicionalmente se ha lucrado
el país están en manos de las multinacionales. ¿Qué
nos queda entonces por vender? La vida. La vida que son muchas cosas:
es el agua que la alimenta, son los árboles que la llenan de
color, es el oxígeno del que dependemos, son las culturas que
la fortalecen y le dan sentido, son los rituales y los dioses que la
regulan, es la medicina que la limpia y purifica, son las plantas, los
animales, los microbios, las bacterias. Esta vida, constituida por surcos
diversos y entretejidos, es lo que nos queda. Y es esta vida, valiosísimo
tesoro, lo que este gobierno quiere feriar a como de lugar.
Digamos que
el panorama de las patentes antes de las negociaciones del TLC no era
ni tranquilo ni iluminado. Empero, lo que sucede ahora es que el artículo
8 del tratado en cuestión, promete atormentarlo y oscurecerlo
mucho más. Los conocedores del tema afirman que las aspiraciones
de Estados Unidos en cuanto al tema de patentes (y, podemos suponer,
que también en todo lo demás) superan en mucho las regulaciones
de la Organización Mundial del Comercio. ¿Era esto posible?.
En el citado artículo se posibilitan las patentes para invenciones
en: “1) plantas y animales, y 2) procedimientos diagnósticos
y terapéuticos para el tratamiento de humanos y animales”.
Hasta este momento las patentes se han utilizado en artefactos, plantas
y animales, no en tratamientos medicinales. ¡Qué capitalismo!
Diré ¡qué egoísmo! Si se supone que la medicina
debe procurar brindar salud a la humanidad. Con las patentes sobre los
tratamientos médicos la aplicación de los mismos se verá
restringida a aquellos con capacidad de pagar lo suficiente por usar,
en pro de su salud, el conocimiento de otro. Adiós a la medicina
genérica: en tanto una medicina puede ser considerada un tratamiento
terapéutico humano, nadie de este mundo (ni de ningún
otro) podrá hacer uso de ella sin pagar lo requerido al dueño
de la idea o del descubrimiento. Drogas cada vez más caras, muertos
cada vez más muertos.
Estamos hasta
aquí de acuerdo con el problema conceptual de fondo: patentar
la vida es acabar con ella. Si una práctica ritual de curación
es patentada, esto quiere decir que nadie podrá realizarla nunca
más a menos que decida pagar para ello; si alguien quiere comer
o hacer uso de un animal o una planta que haya sido sometida a un proceso
de mejoramiento, perfectamente milenario, tendrá que pagar a
quien patentó la “idea novedosa”. Todos de acuerdo.
Pero, por otro lado, tenemos el problema de la biopiratería.
Nada ni nadie nos garantiza que las supuestas invenciones sean tales.
El caso del Yajé tiene su moraleja: cualquiera puede llegar a
decir que algo es auténticamente nuevo y las pruebas para desmentirlo
no parecen estar cerca de nuestro alcance. El TLC habla sobre el asunto:
si hay una publicación que hable sobre la invención, que
date de un año o mas y que haya sido elaborada por una persona
diferente a aquella que aspira a la patente, ésta queda entonces
imposibilitada. La primera y obvia pregunta es ¿qué va
ha pasar con las comunidades cuya tradición es oral y a las que
nunca se les ha pasado por la cabeza (¿o por el corazón?)
la necesidad de publicar sus tradiciones?. Pues no va a pasar nada:
todos a publicar antes de que lleguen los gringos y nos quieran patentar.
La biopiratería es una de las más grandes amenazas que
nuestras comunidades tienen cuando se enfrentan con los poderosos pulpos
del capital y luchar contra ella no parece posible desde dentro de las
estructuras de negociación que el capital configura.
La lucha
contra las patentes de la vida no puede hacerse al interior de instancias
viciadas por el capital. No tenemos por qué ir a “regatear”
a E.E.U.U. para que disminuya su agresividad y su gula al negociar aquello
que es nuestro. Debemos entonces salirnos de las estructuras y reconfigurar
el Mundo desde fuera. Debemos renunciar a la posibilidad de que se firmen
más acuerdos y tratados comerciales en los que nuestros derechos
se nos ven sistemática y permanentemente violados. Por eso, porque
defendemos la vida y resistiremos con ella y para ella: No al ALCA,
No al TLC.