Alimentos transgénicos,
ciencia y predecibilidad
Julio Muñoz Rubio
La jornada - Miércoles 10 de mayo de 2006
Uno de los pilares sobre los cuales se edificó la ciencia moderna,
a partir de la segunda mitad del siglo XVI, con base en el cual intentó
mostrar su superioridad sobre otros sistemas de conocimiento del mundo,
fue su alta predecibilidad.
Tradicionalmente se ha considerado que la ciencia es la actividad que
tiene capacidad indisputada para predecir hechos en los diversos ámbitos
o niveles de estudio. La base de esta tesis se encuentra, en buena medida,
en las concepciones reduccionistas ontológicas que tan importante
papel han jugado en la filosofía moderna.
Según estas tesis, postuladas entre otros por René Descartes
(1596-1650), todos los cuerpos del universo están compuestos
de partes esenciales, cuya suma determina las propiedades del todo;
que esas partes son homogéneas, independientes entre sí;
que los efectos que producen son siempre antecedidos por las causas
y que a cada efecto producido por una de ellas corresponde una causa,
sólo una, que es constante mientras se mantengan condiciones
invariables.
Estas tesis han tenido siempre gran aceptación entre círculos
de científicos, filósofos, políticos y en la sociedad
civil, y ha sido la mecánica clásica el ejemplo paradigmático
de corroboración de la validez
de aquellas tesis, y con ellas, de la alta capacidad predictiva de la
ciencia. La mecánica clásica trata con sistemas muy sencillos,
cuyo comportamiento puede ser predicho con enorme precisión,
como por ejemplo el movimiento de un planeta alrededor del Sol o el
de una bola de billar sobre el paño. Las variables que intervienen
en estos sistemas son muy pocas y pueden ser manejadas cómodamente.
Pero con el desarrollo de las ciencias biológicas se ha evidenciado
que la ciencia no siempre puede tener la capacidad predictiva que muestra
en la mecánica clásica. En los sistemas vivos la cantidad
y calidad de las
variables es múltiple y por ello así lo son las interacciones
entre las partes constituyentes de estos sistemas.
Para complicar aún más el asunto, la interacción
constante de todas y cada una de esas variables con las del medio externo
hace que la capacidad de predecir el comportamiento de éstos
quede restringida a aspectos sencillos
de su funcionamiento, pero al momento en que éstos son integrados
al conglomerado de interacciones y relaciones entre las demás
partes, de éstas con el todo y del todo con las partes, tal capacidad
predictiva se
reduce considerablemente.
Lo anterior se constata cotidianamente en los estudios de ecología
y de los procesos de evolución, en los cuales no es posible tener
una visión anticipada de lo que va a ocurrir con un sistema vivo,
mucho menos cuando
se trata de procesos de largo plazo.
A pesar de que esto ha sido mostrado cotidianamente, los defensores
de la producción de alimentos transgénicos han insistido
en querer aplicar a los sistemas vivos una metodología correspondiente
a la de la mecánica
clásica, comportándose acríticamente frente a las
denuncias de los opositores al desarrollo de organismos genéticamente
modificados.
Así, se pretende que si no se encuentran efectos nocivos de los
organismos genéticamente modificados para la salud o los ecosistemas
a corto plazo, o si no son "estadísticamente significativos",
se concluye que se pueden seguir fabricando y comercializando. Se evade
considerar que los genes pueden tener almacenada información
durante generaciones y generaciones, y que después se llega a
expresar, mediante combinaciones de genes
imposibles de predecir. Se pasa por alto que no siempre existe una relación
unitaria de causa-efecto entre un gen y la proteína que produce,
sino que un mismo gen puede producir, de maneras no totalmente comprendidas,
muchas características, o partes de ellas (fenómeno conocido
como "pleiotropía"), o que en ocasiones ciertas características
solamente se pueden expresar si existe una combinación específica
de genes.
Se argumenta, además, que en todo caso no existe ninguna tecnología
completamente segura y que, por tanto, la biotecnología no puede
ser considerada especialmente peligrosa.
La desvinculación del quehacer científico con respecto
a la ética deriva de la falsa noción de que el científico
es un simple descubridor de hechos: desprejuiciado, objetivo, neutral,
que nada tiene que ver con las decisiones que los políticos tomen
sobre sus descubrimientos. Esta "amoralización" de
la ciencia está alcanzando, en el caso de la producción
de organismos genéticamente modificados, niveles alarmantes que
pueden conducir a eterioros ambientales y de la salud imposibles de
conocer a mediano y largo plazos. Urge, en este sentido, una eorientación
ética del quehacer científico a escala mundial, o las
consecuencias pueden ser
desastrosas.
* Doctor en filosofía de la ciencia