Transgénicos:
verdades y suposiciones
por Silvia Ribeiro
La Jornada, México D.F. Lunes 29 de noviembre de 2004
Los transgénicos
son el ejemplo de concentración corporativa más brutal
de la historia de la agricultura industrial y, en general, de la de
todas las industrias. Sólo cinco empresas controlan los cultivos
transgénicos en campo en todo el mundo, y una sola, Monsanto,
más de 90 por ciento. Las otras cuatro son Syngenta, Bayer, Dupont
y Dow. Estas, miembros fundadores de la "asociación civil
sin fines de lucro" Agrobio México, lanzaron desde su sitio
de Internet una campaña de cartas para enviar a los diputados
del Congreso en México, pidiendo la "aprobación tal
como el Senado la ha aprobado" del proyecto de Ley de Bioseguridad,
porque "la biotecnología supone aumentar las cosechas, mejorar
los alimentos y dejar de utilizar fertilizantes y otros químicos
nocivos, lo cual mejorará la vida de millones de campesinos y
consumidores".
Ninguna de estas afirmaciones se cumple en los países en los
que está la mayoría de los transgénicos; no obstante,
esto no es un dato relevante para Agrobio México. Por cierto,
¿qué querrá decir "responsablemente"
en boca de los mayores productores de armas biológicas como el
agente naranja y el napalm?
Claro que las multinacionales que producen transgénicos no iban
a colocar un texto que dijera: "todos los transgénicos son
de las empresas que promovemos esta campaña y con ellos pretendemos
establecer una dependencia y un control nunca visto sobre productores
y consumidores; entonces, señores diputados, a ver si nos aprueban
ya, ya, ya, esta ley, porque, pese al daño que hemos logrado
hacer hasta ahora en México, todo está en el filo de la
ley o es ilegal: los cultivos de soya y algodón transgénico
son 'experiencias pilotos semicomerciales' -aunque, gracias a las políticas
agrícolas que favorecen a la gran industria agrícola,
están subsidiados con fondos públicos 'para el campo'-,
pero la contaminación del maíz nativo, de la que somos
responsables, es absolutamente ilegal y se nos hace un tanto incómoda.
Con esta ley podremos legalizar todo esto y continuar contaminando con
mayor impunidad".
Como no dirán esto,
que es la verdad, analicemos el mensaje de la web que sostienen estas
multinacionales.
Supuesto uno: aumentarán
las cosechas.
Realidad: los transgénicos producen menos. El principal cultivo
transgénico -la soya con resistencia a herbicida (61 por ciento
de los cultivos a escala global)- produce menos que la soya convencional
con químicos. Según estudios compilados por Charles Benbrook
sobre los primeros ocho años de transgénicos en Estados
Unidos, el promedio de reducción es de 5 a 10 por ciento, aunque
en algunas zonas el promedio llega a 19 por ciento menos. El promedio
total, tomados todos los cultivos, indica menor producción.
Supuesto dos: mejorarán
los alimentos.
Realidad: no, salvo que para estas empresas la mejoría de alimentos
sea aumentar los residuos de agrotóxicos en el consumo. Más
de 80 por ciento de los cultivos en campo son tolerante a herbicidas,
y por tanto aplican cantidades mucho mayores de agrotóxicos de
una sola vez, lo cual deja un porcentaje mucho mayor de residuos en
lo que se consume (se encontró en comida para bebés que
contiene soya transgénica, un porcentaje hasta 200 veces mayor
de residuos del herbicida).
Supuesto tres: dejarán
de utilizar fertilizantes y químicos nocivos:
Realidad: los transgénicos no han sido manipulados para bajar
el uso de fertilizantes; por el contrario, aumentan la demanda de químicos
porque la fertilidad del suelo baja con las aplicaciones masivas de
herbicidas y otros agrotóxicos. Basado en estadísticas
oficiales, otro estudio de Benbrook compila el uso de agrotóxicos
en Estados Unidos de 1996 a 2003, comprobando que con los transgénicos
se ha aumentado el uso de agroquímicos en 23 millones de kilogramos.
Supuesto cuatro: mejorarán la vida de millones de campesinos
y consumidores. Realidad: los transgénicos han producido un aumento
de la expulsión de campesinos y agricultores en Argentina y Estados
Unidos -países que juntos responden por casi 90 por ciento de
la producción mundial-, logrando una verdadera reforma agraria
inversa, debido a las exigencias de capital y áreas cada vez
mayores que implica el cultivo de estas semillas patentadas. Los transgénicos
están llevando a los agricultores a nuevas formas de esclavitud:
si los transgénicos se siguen extendiendo, no les quedará
otra opción que semillas patentadas que es ilegal plantar para
la siguiente estación, y que además son más caras
que las híbridas., En el futuro, tampoco se podrán reproducir
porque serán directamente "suicidas", con la uitlización
de la tecnología Terminator, que obligará a los agricultores
a comprar semillas de la empresa para cada siembra.
En Paraná, Brasil, estado que se declaró libre de transgénicos,
la soya convencional produjo casi el doble que la transgénica
contrabandeada a otros estados por latifundistas y empresas, posteriormente
legalizada por Lula.
La ley de bioseguridad de Brasil, que partió como una iniciativa
promisoria para los intereses de la sociedad y los campesinos, ha sido
deformada al punto de que es irreconocible, acercándose a la
aberración que se discute en México y que las trasnacionales
adoran y quieren que se apruebe inmediatamente.
Pero, como bien dicen en Paraná: las que necesitan leyes de bioseguridad
son las transnacionales. A todos los demás nos alcanza con algo
mucho más simple: prohibir los transgénicos.