Vestidos de negro para imitar
el desarrollo
por Eduardo Gudynas, Alai-amlatina
(12/3/08)
Cuando Sherlock Holmes visitó
Brasil en 1886, mientras investigaba los crímenes de un asesino
serial en Río de Janeiro, quedó deslumbrado con el país.
En una recepción ofrecida por el vizconde de Ibituaçu,
Rodrigo Modesto Tavares, el detective británico comentaba que
encontraba fascinantes las costumbres en esas tierras, pero que había
algo que todavía no entendía. Inmediatamente le preguntaron
sobre esa duda. "Los trajes", respondió Holmes. "No
comprendo porqué todos los hombres se visten de negro, a la europea,
en un país tropical".
Se tocaba una cuestión sensible
para los brasileños que porfiadamente usaban prendas de colores
y materiales adecuados para el frío y la nieve, pero no para
el trópico. Uno de los comensales, la baronesa de Avaré,
le respondió: "El señor Holmes nos debe perdonar,
pero la civilización tiene su precio", y enseguida agregó
que se debe sufrir para lucir hermosos, aunque lo hizo en francés,
para acentuar todavía más su admiración con Europa.
Esta anécdota, relatada en
la novela "O xangô de Baker Street", del reconocido
periodista y escritor brasileño Jô Soares, expresa con
fantasía y humor un drama latinoamericano que se arrastra desde
hace mucho tiempo: imitar, copiar y reproducir las ideas y la cultura
occidental, sean las vestimentas europeas como las ideas sobre el desarrollo.
El problema de los estilos de desarrollo
imitativos es que van más allá del uso de una chaqueta,
y reproducen tanto concepciones teóricas como medidas prácticas.
Se repiten las ideas básicas sobre cómo se concibe el
progreso y cuál es el papel de la sociedad, y se intenta transplantarlas
sin más en nuestro continente. Estas ideas están tan profundamente
arraigadas que rebrotan incluso en el seno de los gobiernos progresistas,
a pesar de los intentos de superar las reformas de mercado emprendidas
en las décadas de 1980 y 1990.
Muchos de los ejemplos actuales
más alarmantes se observan en el medio rural, y precisamente
en países como Brasil, Argentina o Uruguay. En esas y otras naciones
están ocurriendo cambios drásticos en la agricultura y
ganadería, bajo un embate imitativo, aunque a veces deformado,
de los estilos observados en los países industrializados. Se
repiten tanto las bases conceptuales como aspectos instrumentales. Se
defienden las mismas teorías de transformar a los campesinos
y productores en empresarios, dejando que la competencia entre ellos
permita seleccionar a los más eficientes, y se insiste en entender
a la agropecuaria como una proveedora de mercaderías para exportar.
También se aplican los mismos instrumentos, tales como los paquetes
de insumos químicos, la mecanización extrema y el uso
indiscriminado de transgénicos. Los campesinos, agricultores
familiares y hasta los medianos productores son reemplazados por una
gestión agroempresarial, volcada a las exportaciones, donde se
pierde el papel de la agricultura como un nicho que permite mantener
a las familias en el
campo o como proveedora de alimentos para las necesidades nacionales.
El cultivo de soja es seguramente
el caso más evidente. La producción de Argentina, Brasil,
Bolivia, Paraguay y Uruguay superó los 114 millones de toneladas
en la última zafra 2006/07, y se espera que vuelva a subir hasta
por encima de 116 millones de toneladas. En Argentina y Paraguay, la
soja cubre más de la mitad del área agrícola
total de cada país, y en Uruguay este cultivo se ha multiplicado
por cien en la última década. En Brasil, hay más
de 20 millones de hectáreas dedicadas a la soja; esto representa
el doble de la suma de todas las tierras arables en los países
andinos, lo que permite calibrar la dimensión de este proceso.
En todos estos países se
repiten, aunque con distintos énfasis, los reportes y los testimonios
de los impactos de estos cambios. En el plano social, los ejemplos más
conocidos son el desplazamiento de pequeños y medianos productores
rurales, el avasallamiento sobre campesinos e indígenas, y el
endeudamiento. En la dimensión ambiental hay zonas donde se observan
serios impactos por la intensificación del cultivo; se pierden
las rotaciones con otras especies y con el ganado, y consecuentemente
se deterioran los suelos y se acumulan los efectos negativos del uso
exagerado de agroquímicos. En otras regiones el cultivo avanza
sobre áreas naturales desencadenando serios efectos ambientales,
desde la pérdida de las áreas naturales de la ecoregión
del "Cerrado" en el centro de Brasil a la deforestación
en algunos sitios del norte argentino.
Se ha vuelto muy difícil
ensayar un análisis desapasionado sobre la soja. Atrapados en
la lógica de la imitación, la soja es presentada con los
trajes de una avanzada biotecnológica, como un ejemplo de una
afinada aplicación de la ciencia y tecnología contemporánea.
Es también mimada por economistas y gobiernos, por sus jugosas
contribuciones a las exportaciones. En efecto, se ha convertido en un
producto clave en las exportaciones de los países del Cono Sur.
Debe reconocerse que los viejos
análisis en muchos casos son insuficientes frente a estos cambios.
Estamos frente a un nuevo tipo de gestión productiva donde en
muchos casos ni siquiera existe una disputa sobre la tenencia de la
tierra. Bajo la nueva producción sojera no es necesario adquirir
la tierra, ya que basta controlar el
uso del suelo y la producción por medio de convenios, arrendamientos
o contratos de venta sobre las futuras cosechas. En muchas localidades
los contratos a futuro llegaron al campo y no son pocos los que miran
las cotizaciones en la bolsa de granos de Chicago. La producción
es controlada y gestionada por grandes empresas y fondos de inversión
bajo la forma de un monocultivo de gran escala.
Asimismo, las tareas rurales se
han fragmentado en sus distintos pasos para quedar en manos de diferentes
empresas. Cada una de ellas realiza por separado actividades específicas,
como por ejemplo aplicar fertilizantes o levantar una cosecha. Se generó
un nuevo capitalismo empresarial, que se asemeja a un fordismo que llega
a cada rincón del medio rural.
Muchos productores quedan atrapados
en una tercerización productiva ya que comprometen todas sus
cosechas a las empresas intermediarias o con las grandes corporaciones
de alimentos. En algunos casos reciben enormes sumas de dinero, pero
por otro lado los químicos, la maquinaría y hasta las
semillas han disparado sus costos, y por lo tanto los márgenes
de rentabilidad son cada vez más estrechos. Los riesgos por las
fluctuaciones de los mercados son muy altos para los campesinos o pequeños
agricultores, lo que desemboca en repetidas
crisis de endeudamiento toda vez que el mercado internacional baja sus
precios o el clima juega una mala pasada.
No es necesario recurrir a un Sherlock
Holmes del siglo XXI para admitir que este es un nuevo caso de desarrollo
imitativo. Tampoco faltan quienes recuerdan a la afrancesada baronesa
de aquella cena: son los actores locales que reproducen y profundizan
esta estrategia, son los que admiten una vez más que el desarrollo
tiene un "precio", y son los que no reaccionan para remontar
esos costos sociales, económicos y ambientales.
Esto explica que muchos sigan vistiendo
los viejos trajes negros del desarrollo imitativo. Frente a esta situación
es necesario desembarazarse de esas vestiduras, abandonar las imitaciones
y construir estilos de desarrollo propios, originales y genuinamente
adaptados a las condiciones sociales y ambientales de América
Latina.
- E. Gudynas es investigador en
D3E (Desarrollo, Economía, Ecología, Equidad – América
Latina), en Montevideo (Uruguay).